Reflexión de un adicto al trabajo

8 agosto 2018

NOTA: Alguien que TIENE que trabajar 15 horas para poder comer no es un adicto al trabajo o alguien que se “organiza mal”, no jodamos, es un trabajador explotado. Lo siguiente no se refiere a ellos.


A partir de aquí es opinión personal que podéis usar para vuestra reflexión o descartar.

Para mí la clave está en el “tiene” que os ponía en la nota del principio, el adicto no sufre esa presión material para estar tantas horas dedicado al trabajo, tiene otras y de eso quería hablar.

No sé si adicción es un término correcto, si queréis digamos “mal hábito del que no te puedes desembarazar fácilmente y en el que te sientes atrapado mientras disminuye tu calidad de vida y la de los que te rodean”.

Desde luego el ambiente no es nada favorable a una relación sana con el trabajo, habréis escuchado publicidad de pastillas para el dolor, apps, o incluso compresas para que “no te pares”. Aquellos cuya estructura de personalidad les lleve a ser perfeccionistas o responsables en exceso no encontrarán límites ni alivio en una red productiva que les aplaudirá ese exceso de celo.

Así que, sin culpar al abusado, tendrá que venir de este la respuesta, porque será casi imposible que sea un jefe el que te alivie de una carga o un horario por el que no protestas.

Un error común de este tipo de personas es esperar a “sentir” que un trabajo está suficientemente “bien” para dejarlo ahí. Sería el equivalente, salvando las distancias, a que una anoréxica tomara su percepción de peso como la clave para regular su ingesta. El trabajólico tiene la percepción “estropeada” y debe ser razonable y humilde para dejar de confiar en ella. Para mí, la solución es descansar en el criterio de alguien en el que se confíe en lo personal y profesional o en algo tan sencillo como un reloj.

Me explicaré. Si para este trabajo me han pagado tres horas, cuando suene la alarma, así se queda. Si mi trabajo son ocho horas, cuando suene el timbre me voy.

Soy consciente de que existen picos de trabajo, pero cuando TODOS los días tienes que echar horas es que falta personal. Punto.

Uno no puede volverse más inteligente o equilibrado de la noche a la mañana, pero sí puede acceder a la cordura de saberse loco y establecer protocolos que hagan su comportamiento más cuerdo, como por ejemplo, confiar más en el reloj que en tu (distorsionado) criterio.

Algo muy duro para el trabajólico es aceptar que van a “caerse” cosas, pero es inevitable: si trabajabas como una mula catorce horas y ahora vas a hacer ocho, NO vas a sacar las mismas cosas adelante. El error es asumir como propia esa responsabilidad. Repito, ahí había una falta de personal que estabas supliendo con trabajo y salud tú, normalmente para beneficio de empresarios o usuarios, pero NO es tu responsabilidad, aunque eso sea lo que te han hecho creer. Así que ponerse una alarma en el móvil y marcharse va unido a aceptar que se van a conseguir menos resultados y que alguien va a salir perdiendo. Bueno, alguien ya salía perdiendo antes, eras tú, pero, bah, eso no importa, ¿verdad?

Estas transiciones no tienen por qué hacerse por sorpresa, pero también te digo que nadie te creerá cuando avises… porque lo has dicho mil veces y has tragado mil veces. Te recuerdo que lo que más comunica es el Pacífico lenguaje de los hechos. Decir “A partir de la semana que viene me iré a las cinco” y que el lunes estén contando contigo para las seis, será lo más normal, pero deberá bastar con repetirlo cada vez que te digan que contarán contigo y, sobre todo, IRTE el lunes a las cinco.

Quizá haya gente en tu trabajo que sí haga eso y sean trabajadores respetados, y tú vivas en el alucine de que nadie cuenta con que Marisa se quede, pero sí con que te quedes tú. Bien, es justo lo que una y otro les habéis enseñado. Más allá de buscar culpables, decir que vas a hacer lo que harás y hacer lo que dijiste que harías, es algo a lo que la gente se acostumbra, insisto, si de veras te comportas así.

El reloj y la actitud puede ser suficiente para andar los primeros pasos. Te aseguro que cada paso sabe a victoria y ayuda a seguir, así que la recompensa no anda lejos, todo lo contrario, ese primer anochecer que veas fuera de la oficina será como unas merecidas vacaciones.

Como en tantos malos hábitos, la falta de proporción en comportamientos y expresiones son muy reveladores. Nos hemos visto diciendo cosas o escuchando a amigos decir cosas como: Con tanto trabajo no tengo tiempo de comer, o de ir al médico, o de hacer ejercicio, o de ir a ver a mi madre, o de visitar a un querido amigo, o de jugar con mis hijos…

Imagina ahora que le dijeras a algún subordinado: Te prohíbo que vayas a tu revisión ginecológica en dos años, hasta que la empresa no salga del bache. ¿Te imaginas? Pues eso te dices a TI MISMO. Eres un explotador de la peor calaña.

Esas cosas tan importantes, joder, TAN importantes, no deben tener un huequecillo en la agenda sólo si hay tiempo, si no molestan a nadie. Sé que lo urgente desplaza a lo importante de las agendas, y así debe ser, pero si NUNCA hay tiempo para algo, es una manera de etiquetarlo como “no importante”, y en los casos anteriores un grave error

Aunque ya hemos buscado atajos en la conducta que nos ayuden a soslayar nuestra locura (mientras nos vamos curando), sería interesante indagar un poco en las causas. Y aquí se añade otra capa de opinión personal, así que, a vuestra discreción.

Yo diría que este comportamiento tiene mucho que ver con una baja autoestima. Es de hecho uno mismo el que escoge que, por ejemplo, no comer adecuadamente, tienen un coste inferior a aquel documento que querías entregar. Cómo no somos tan gentuza de pedir eso a otros, entiendo que lo que no tiene coste no es el hecho de que alguien no coma, sino que TÚ no comas. Tu dolor, tu daño, tu falta de bien pesa cero en los balances, así que cualquier bien de otro, por pequeño que sea, supera ese coste. Cuando nuestros jefes o compañeros abusan de este ejemplo nuestro, nos molesta mucho que no les importen nuestros costes, pero nosotros mismos les dimos un valor casi nulo.

De la misma forma, cuando nos lanzamos a “hacer y hacer” de manera compulsiva, a meternos en mil proyectos, parece que queramos mostrar o probar nuestra valía. No sé muy bien a quién, si a nosotros mismos, a los demás, a la familia, a figuras paternas… no sé. Lo que sí veo claro es que queremos validar el “ser” con el “hacer”, quiero decir, por ejemplo, que se crea que SOY una buena persona porque HAGO cosas buenas, y esto es un error primario.

No hay título mayor que ser humano y eso no se engrandece significativamente con nada que pudiéramos hacer.

¿Significa eso que debemos quedarnos inactivos sólo “siendo”? En absoluto.

Para mí la locura no está en el hacer, sino en “hacer PARA ser”. Creo que la sabiduría reside en descansar en la serenidad de que ya somos algo valioso, todos nosotros, y ahora ocupar el tiempo que se nos conceda en hacer las cosas que queramos, por el propio placer de hacerlas. Fíjate que parece que llegamos al mismo lugar: somos y hacemos, pero no tiene nada que ver la manera de vivirlo en un caso y en otro.

De hecho diría que ese hacer no compulsivo, sin objetivos de “ego” o apariencia, va a ser mucho más efectivo, y que algunas actividades se caerán para bendición de todos.

Concluyendo. Usa un reloj que ordene proporcionalmente la importancia de las cosas. Obedécelo. Responsabilízate de tu parte, no del resultado. Dale tiempo a lo importante, lo que incluye tu bien y tu salud. No busques tu valor en lo que haces, ya eres valioso, y disfruta haciendo buenas cosas para todos y para ti.

Con todo cariño, por si os sirve.

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Lo Mejor Que Te Puede Pasar 14/06/2017

26 junio 2017

Hoy hablamos de MIEEEEEDO, de su papel evolutivo y de cómo podemos intentar tener un cierto, poquito, control sobre él. Y un saludete a Xurxo, ya que estábamos.

 


Ikea, ¿dónde están los putos muebles?

17 noviembre 2016

Supongo que habéis visto el anuncio de Ikea y probablemente os haya gustado. Os confieso que a mí también, me gusta la idea, me gustan los actores… me gusta.

Os invito a que lo veáis de nuevo conmigo y os preguntéis mientras lo hacéis: ¿Dónde se habla de los muebles?

Efectivamente, queridos míos… no es a los diez segundos, ni a los veinte, ni a los cuarenta. No se habla de muebles en todo el anuncio.

Con el tiempo he ido aprendiendo a aceptar las tesis de los publicistas, qué funciona y qué no. A veces no comprendo los mecanismos, y supongo que ellos tampoco, es más, me atrevo a pensar que quizá no les importe demasiado, mientras funcione.

Parece ser que para que compre un producto sólo necesito que se estimule un sentimiento amable en mí, o de simpatía, o de comprensión, o de identificación… de la forma que sea, por poco que tenga que ver con el producto que voy a comprar. Parece ser que basta con que me ablanden un poquito el corazón y seré una víctima más fácil para esa marca, que en ese momento vulnerable, se asocie con mi emoción. Insisto, no es necesario establecer un nexo lógico entre el producto en cuestión y el sentimiento. Alucinante, pero lo acepto.

Así que, os dejo deberes. Al igual que a mis alumnos, a los pobres que hoy me escuchaban gritar indignado “¿Dónde están los putos muebles?” mientras lo veíamos, os dejo como ejercicio buscar otros anuncios donde se siga una estrategia similar.

Finalmente, sed humildes y huid de la publicidad… no sois, no somos,  suficientemente listos para resistirnos.


¡Dirígeme, por Dios!

28 febrero 2016

Con todo respeto y admiración por el payo Pierce desde que era Remington Steele, vamos a usarle un poqui para hablar de nuestras cosas.

Pierce Brosnan Berlinale 2014Pierce Brosnan Berlinale 2014 - 02

¿Qué fan de Mr. Brosnan no ha sentido un escalofrío cuando sonríe a boca llena?

¿En qué momento el elegante caballero de la izquierda se transforma en ese señor del bar del pueblo de la derecha, que bien podría protagonizar alguna de las historias de @DonMostrenco?

Lo hablo mucho con mis chavales, la autopercepción es un cosa bien jorobada, ¿cómo evalúo mi trabajo? ¿Cómo evalúo mi apariencia o lo que transmito?

Hace tiempo hablábamos del valor que necesitan las personas con anorexia para ceder su certeza de estar gordas ante la opinión de otra persona, un médico, si quieren salvar su vida.

Como somos científicos por aquí, ¿qué hacemos? ¿Preguntamos a alguien? ¿Contrastamos con la realidad? ¿Cómo?

Complicado, sí.

En el arte más aún, porque puede ser que estén creando algo genialmente original y que será evaluado como negativo por una enorme mayoría de tus contemporáneos.

Y si me encierro en mi taller de creador y empiezo a producir por el puro impulso y dirección de mis tripas, puede que esté creando… bueno, algo parecido a otro fruto de mis tripas.

La genialidad y la locura son vecinas.

Recordando a Urbizu, en una comida nos contaba que evitaba a los opinalaris (genial término) pero que sí buscaba el consejo de pocos expertos de su confianza.

Ahí nos quedamos.

Busca y atesora ese consejero con competencia técnica y que te quiere lo suficiente como para decirte la verdad y de la mejor manera.

También es crucial este “de la mejor manera”, porque el creador debe estar en un estado de ánimo de libertad y cariño para poder mostrarse y aventurarse.

Así que sí, dirígeme, por favor.

Y que alguien le diga a nuestro querido Pierce que se quede en un puntito anterior a la última foto que ahí está guapérrimo y canallote, como nos gusta.

 

 

 


De lovers y haters

22 febrero 2016

Anda coleando el tema de Dani Rovira, cómo hizo la presentación de los Goya, la turra que al parecer le dieron en las redes y las defensas de unos y otros. Bien, metamos un poquito el dedo en la llaga.

Establezcamos unos presupuestos para que luego me odiéis con fundamento.

  1. Dani Rovira me parece un tipo divertido y hasta diría que me cae bien. Incluso he puesto en clase más de una vez su monólogo sobre las “unidades”: la mijilla y todo eso. Desternillante.
  2. Decir cosas feas u horribles sobre tu trabajo (ciertas o no) no es ofenderte, ofenderte es decirte que eres un imbécil (de nuevo con razón o sin ella).
  3. Me parecen mal las persecuciones y los linchamientos en las redes sociales. Aquí no incluyo las críticas al poder y al que lo mal usa, para el que igual te han cercenado toda vía de respuesta y sólo queda gritar en la plaza.

Dicho esto.

Es un pack.

Quiero decir, las decisiones, las acciones, nuestras virtudes y fallas… llevan asociadas características que nos pueden resultar positivas y otras negativas, pero son un pack. Te zampas ambas.

Por ejemplo, un joven que empieza a trabajar relativamente pronto en lugar de seguir formándose. Tendrá más dinero en el bolsillo que un estudiante, pero menos posibilidades laborales en un entorno cambiante. Te puedes esforzar en minimizar lo que consideras negativo, pero está ahí.

Irte al extranjero suele mejorar tus posibilidades laborales, pero socava tus relaciones familiares y amistosas en tu lugar de origen. Que sí, que sí… que llames mucho por teléfono, que vengas lo más que puedas, para suavizarlo, pero el efecto está ahí.

Si eres sensible al halago, si te emociona que te digan lo bien que lo has hecho… te va a doler cuando te digan que está mal. Tú abres la puerta, a lo que eres sensible es a la opinión ajena, cualquiera que sea la dirección.

Es un pack.

Me parece muy razonable que, sabedores de esto, nos aprovechemos de las buenas cosas e intentemos minimizar las desventajas, lo que no me gusta tanto es que neguemos esas desventajas, o no las reconozcamos como parte irrenunciable del asunto.

Y ahora voy con lo de Dani Rovira.

Le hemos visto en la publicidad del Corte Inglés, ¿verdad?

¿Por qué?

¿Qué me tiene que decir sobre moda o sobre alimentos precocinados este estupendo humorista?

¿No se trata del archiconocido efecto Halo y otros sesgos cognitivos que me van a hacer ver más deseable esos productos porque los usa (o dice que los usa) y los recomienda él?

Si no es así, ¿por qué habrá cobrado el pastizal que se habrá llevado? ¿El Corte Inglés es idiota y paga sin esperar sacar un rédito igual o mayor en ventas?

Pues eso.

No pensamos con claridad, así somos los humanos.

Por eso le queremos sin motivo y le odiamos sin motivo.

No digo que el odio le vaya con el trabajo de actor, léeme bien, digo que:

El mismo sesgo cognitivo que me lleva a apreciar a alguien al que no conozco y a aceptar sus recomendaciones de sopas de sobre es el que me lleva a odiarle.

Es un pack. Lo siento.

Os dejo con el estupendo monólogo del que os hablaba


Eres tonto, te insulta quien NO te lo dice

8 febrero 2016

Yo también soy tonto, lo somos todos. Me explicaré.

Es posible que por el título dejes de leer el post, pero este articulo no es para hacer amigos, es para decir la verdad.

¿Qué te (nos) estoy llamando?

Tonto (RAE): Dicho de una persona, falta o escasa de entendimiento o razón.

Algunos piensan que lo que falta es información, pero preguntémonos: ¿Alguna duda sobre lo perjudicial de muchos comportamientos que mantenemos? Bien, si no hay dudas, el hecho de que los mantengamos, ¿es una muestra de entendimiento o de falta de él? Decir que mantenemos esos comportamientos es por falta de información, ¿es una muestra de capacidad de razonar adecuadamente?

Miremos a la política de forma general. ¿Tienen los partidos programas vinculantes? Aunque no lo sean, ¿los cumplen? ¿Votamos, por tanto, a unas medidas? ¿Conoces los estudios que muestran inequívocamente que votamos más a los candidatos más “guapos”? ¿Conoces que con los mismos votos según el reparto por circunscripciones y la ley electoral puede salir elegido un partido u otro? Muy probablemente sí, ¿verdad? ¿Tenemos, entonces, un comportamiento racional respecto de la política?

Vayamos a comprar: Ofertas, marcas “prestigiosas” o anunciadas por actores/cantantes/populares, compras de última hora, carritos para hacernos comprar más… ¿Crees que nuestra actitud de consumidores es razonable?

No somos racionales… tú tampoco. Por eso no intentaré discutir algo importante contigo cuando tengas hambre, o cuando tengas sueño… y no lo intentes conmigo.

Desde luego esto no es nada nuevo, está ampliamente estudiado y no cabe ninguna duda sobre ello. Mira un ejemplo muy sencillo: Pongamos nombre a los dos dibujos de debajo, uno se llama Kiki y otro Bubba, ¿quién es quién?

boobakiki

Imagen de Wikipedia

Si consultas la fuente verás que casi el 100% decimos que Kiki debe ser el amarillo puntiagudo. ¿Por qué? ¿POR QUÉ?

Este es un sencillo ejemplo de sesgo cognitivo. Nuestro coco funciona “mal”, toma atajos, decide cosas sin información suficiente, va en bastante medida por donde le parece…

Esto ha sido evolutivamente favorable o, a menos, no ha estorbado, y mantenemos estos rasgos generación tras generación.

En la página de la Wikipedia sobre sesgos podrás leer un nutrido grupo de ellos y, observar con facilidad cómo actúan en los demás, y con disgusto cómo actúan en ti.

No somos racionales, no del todo, no lo suficiente. Somos tontos, faltos.

Quizá la única cordura accesible sea sabernos locos, pero eso nos permitirá tener cierto grado de control.

No iremos a comprar con hambre, no debatiremos temas complicados con hambre o sueño, no compraremos en la primera conversación con el vendedor… Incluso evitaremos exponernos a ciertos mensajes porque sabemos que harán mella en nosotros.

Quizá ya hacías estas cosas, hoy voy a proponerte una más.

¿Habéis oído eso de: “La audiencia sabe lo que quiere, lo que es bueno.”, “El votante sabe lo que le conviene”, etc.?

No te fíes de quien te diga que no eres tonto. Lo eres, y lo sabes. Quien te dice que no lo eres o bien es aún más ignorante que nosotros… o, lo que es más probable, se dispone a usar nuestra falta de capacidad contra nosotros.

Finalmente:

Si te has ofendido, date un momento de reflexión, ¿es quien te engaña quien te insulta o quien intenta ayudarte a ver más allá?

Si crees que podría haber pensado en otro título y otra manera de abordarlo para llegar a más gente… Sí, lo sé, podría haber usado los sesgos cognitivos para transmitir mejor mi mensaje, pero hoy no, no en este artículo.

Y, en todo caso, como desagravio final. Yo es que además de ser tonto, soy gilipollas, así que tú tranquilo.


Apple, no me times

17 octubre 2015

Cuando uno toma la decisión de entrar en una tienda de Apple es porque está dispuesto a pagar las cosas caras… bastante caras, asumiendo la teoría de que pago por comodidad, usabilidad, etc. Pero ayer, llegaron a su límite.

Esto es algo muy importante porque los precios no se fijan por las razones que a veces se piensan:

  • Por el coste de fabricación (¿camisetas de fútbol?)
  • Por lo que sea “justo”
  • Por el mérito o la dificultad de hacerlo (¿artículos de artesanía?)
  • Por el deseo del vendedor (sin límite…)

En realidad el precio de un artículo lo fija el cliente con lo que está dispuesto a pagar. Así de simple.

Por eso podemos pagar propinas de un euro, además del precio pactado en el restaurante,, y quejarnos del precio de Whatsapp, algo que usamos locamente, y que no llega al euro. Podemos pagar un refresco en un bar varias veces más caro que en la tienda de enfrente… y, de nuevo, volver a pagar propina… y mil ejemplos más, que recordaréis de vuestras propias vidas.

A esto lo llamamos contabilidad compartimentada. Hacemos cuentas de forma diferente según el origen del ingreso o del gasto, o según la partida en el que lo vamos a gastar.

Total, vuelvo a mi historia.

Un día voy a la tienda Apple y me dicen que por ser profe me harán un descuento del 6%, me informan del producto que me interesa y me voy.

Como el descuento es mayor que el que me hacían en otra tienda por el mismo producto (un 5%) decido ayer ir a comprarlo.

Llego y me vuelven a confirmar que me descontarán un 6%, así que después de esperar un rato a que me atendieran y otro a que me informaran/daran la brasa sobre lo chupis que son (algo que tenía asumido) me suman mi compra y me enseñan el número diciéndome “¿OK?”

De acuerdo, digo yo. Pero me sonaba raro el número y repito la cuenta que ya había hecho en casa con la sorpresa de que el descuento que me están haciendo es de un 4%.

Se lo señalo y me dicen que según el sitio en el que trabajes te hacen un descuento u otro, entre el cuatro y el seis. Primera noticia en dos días y posterior a mi petición de explicaciones.

En fin, que les pido que me devuelvan el dinero y me voy.

Esto me hizo recordar algo de la carrera: Teoría de catástrofes.

Trata de sistemas en los que vas “tensando” la cuerda, no pasa nada… un poco más, no pasa nada… y de repente, BUM, salta bruscamente a otro estado.

No hay un valor exacto, pero sí una “zona peligrosa” de los valores de las variables del sistema… en el que todo puede cambiar.

¿Cuándo un perro acorralado pasará de estar asustado a atacarte? ¿Cuándo una montaña de arena se derrumbará?

¿Cuándo una sociedad oprimida se rebelará? Esa gota que colma el vaso… y que está tardando… (pero ese es otro tema).

En mi caso había tomado la decisión de comprar además otro artículo más que sabía que podía obtener más barato en otro sitio, pero: “tenía prisa”, “ya que estoy aquí”, “voy a tardar en ir y al final me va a hacer falta”…

Pero esa mínima cantidad de dinero, que me gasto sin problema en pagar una ronda, en comprar palomitas en el cine o en cualquier estupidez… no me la gasto contigo si me haces sentir gilipollas.

Ojo que digo, “me haces sentir”, puede que lleves un buen rato tratándome como si lo fuera y yo dándote la razón… pero si me lo haces sentir… desisto de la compra.

Incluso puede ocurrir que te estén cobrando un precio más que justo, incluso demasiado bajo y que tú te sientas timado… le pasa a mis queridos tíos que son zapateros y cobran baratísimos los arreglos, pero la gente les dice “Por eso me compro unos nuevos en la tienda de enfrente”. Por supuesto, de mala calidad… y por eso van luego al zapatero. En fin.

Finalmente, podríais preguntaros por qué escribo este post. Ya hemos hablado de psicología, de ventas y de teoría de catástrofes… pero aún me queda un tema más.

Hay gente muy buena por el mundo, que actúa por una ética muy elevada. No se limitan a cumplir la ley, lo hacen cuando es justa y la incumplen si es necesario cuando no es justa. Son mejores que la ley. Existen, buscadlos y queredlos mucho.

El resto, que son muchos, actúan por pura evaluación de coste/beneficio.

Piensan más o menos inconscientemente: ¿Cuánto me favorece esta acción? ¿Qué me cuesta?

Esto no quiere decir que hagan ese cálculo de manera inteligente. De hecho, no lo suelen hacer. En mi opinión, la maldad es una forma de ignorancia, así que suelen salir perdiendo. Por ejemplo, sacrificando una amistad por beneficios temporales e irrisorios… cuando esa persona podría ayudarles de mil maneras en el futuro (pensando exclusivamente de forma egoísta).

¿Por qué entonces nos timan aquí y allá, si saben que al final algunos se darán cuenta?

Fácil, porque los beneficios superan a los costes.

Un eurito de más en las cuentas telefónicas, un descuento menor, una aplicación de IVA a lo que creíamos el precio final…

¿Cuánta gente desiste y cuánta gente sigue pagando?

Esta idea subyace cuando “castigamos” o premiamos a hijos, mascotas, jefes, empleados… puro condicionamiento operante, positivo o negativo.

Pues nada, aquí va este post. Este es el coste que yo le paso a Apple por esa política de empresa (me lo hicieron dos empleados distintos).

Aquí queda dicho y explicado, en un texto que leerán probablemente unos pocos miles de personas. No es demasiado, pero espero que duela… que duela lo suficiente para que se comporten de forma más ética.

¿Será un coste suficiente? Eso lo decides tú lector, compartiendo.


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