Inteligencia artificial, creatividad y miedo

9 abril 2019

Fuente: Wikipedia

La inteligencia artificial provoca muchos miedos infundados mientras, curiosamente, se dejan de tomar precauciones para situaciones peligrosas más que predecibles.

Hay personas, algunas científicos reputados, que advierten de que si/cuando las máquinas tomen autoconciencia y capacidad de autorreplicación pasarán a eliminarnos porque somos un competidor en recursos que no les aportará nada que les interese.

Otros creen que nuestros propios algoritmos (mal programados) podrían llevar a hacerles pensar que acabar con nosotros es la mejor opción. Por ejemplo: Si el objetivo a conseguir de nuestro algoritmo es reducir el gasto sanitario sin más consideraciones, podría empezar a valorar matar enfermos.

En muchos artículos ya se nos cuenta que hoy, ahora, en estos momentos, los algoritmos de decisión resultan sesgados por los datos con los que se les entrena y que eso a veces nos pasa desapercibido. De esto habla mucho @HelenaMatute

También tenemos en el horizonte los vehículos autónomos, su fiabilidad, su capacidad de decidir en situaciones complicadas. Por ejemplo: un peatón entra en la calzada y dar un volantazo salvará su vida, pero comprometerá la del conductor. ¿Qué debe hacer?

Pero yo quería hablaros de otro miedo, menos tangible, que tiene que ver con que el desarrollo de la inteligencia artificial nos plantea preguntas inquietantes sobre qué es lo que somos.

Para empezar, digamos que no tenemos una definición concreta y detallada  de la IA, y no os creáis que es por la “A”… es por la “I”. El problema es que tampoco tenemos una teoría satisfactoria sobre la mente, qué es la inteligencia o qué es ser inteligente.

Se suele asumir como “prueba de IA” lo que se conoce como el Test de Turing, que podría resumirse en que si te estás escribiendo mensajes con “algo” y es capaz de hacerse pasar por una persona, siendo una máquina, sin que puedas detectarlo, diremos que es una inteligencia artificial.

Como ves, un “desastre” de definición: subjetiva, poco detallada…

Nuestras tradicionales definiciones de inteligencia solían tener que ver con diferenciarnos del “resto de animales” y ponernos en una situación superior: autoconsciencia, uso de herramientas, cultura… pero, la verdad es que se han ido encontrando animales cuyo comportamiento difería más en grado que en algo cualitativamente diferente de nosotros, respecto de estas categorías.

Hoy creo, y ese el miedo del que os quería hablar, que nos preocupa sentirnos inferiores a las máquinas.

– Oye, que hay un bicho que corre más rápido que tú.

– Ya, pero correr rápido no es lo que me hace humano.

Y así con muchas características en animales y máquinas: la capacidad sensorial, la fuerza, la resistencia, la capacidad manipulativa, la rapidez de cálculo, juegos como el ajedrez o el Go…

Uno de los últimos bastiones de la “humanidad superior” es la creatividad, y a mí se me junta con mis cosas de profes… ya sabéis que los profesores nos dedicamos a matarla. (Me niego a enlazar al listillo que dice esto, pero es la charla TED más vista… grrrr).

Primer problema… el de siempre, ¿qué es la creatividad? ¿Qué es hacer algo nuevo? ¿Es posible la novedad? ¿Es sólo un remix? ¿Quién “valida” esa novedad? ¿Con qué criterio?

Preguntas no resueltas para humanos, así que imagina cómo conseguir saber si una máquina ha sido creativa en alguna tarea.

En educación se invoca constantemente la creatividad, sobre todo desde fuera del aula, porque desde dentro del aula sabemos bien que no puede crearse sin tener “elementos” para crear, sin tener conocimientos concretos sobre las técnicas, los objetos y procedimientos del campo en el que quiere uno ser creativo.

Es el problema de las cosas abstractas, se aprenden a través de lo concreto y se expresan a través de lo concreto. Por eso también es tan difícil medir la inteligencia, porque resulta inseparable, en la práctica, del lenguaje, de las matemáticas, de conceptos de otras disciplinas. Estudiando esas cosas desarrollamos la inteligencia y preguntándolas la evaluamos. Para algunos que sólo escuchen a gurús educativos supongo que esto será un descubrimiento.

Por lo tanto, cuando me pregunto si la música que compone una IA ha sido un acto creativo, debería ser capaz de responder primero si la música que compone un humano lo es.

Si pienso que una IA sólo reconoce patrones, extrae “leyes” de su experiencia, y las recombina y que eso no es crear, debería ser capaz de explicar si mi proceso creativo de entrenamiento de mi red neuronal de mi encéfalo y mi desempeño no puede explicarse de una manera similar.

En un artículo que leí recientemente apelaba a algún músico revolucionario de principios del siglo XX y fundamentaba su defensa de la creatividad humana en que cambió la estructura y la forma de pensar la música, que no se limitaba a escribir una “partitura más”. Si aceptáramos eso, aunque triste defensa me parece, date cuenta de que no marca como superior la creatividad de todos, sino sólo la de grandes genios reformadores. Fíjate también que deja en el saco de los “remezcladores”, además de a ti y a mí, a exponentes relevantes que se desenvolvieron dentro de movimientos artísticos ya iniciados. Me hizo recordar que en la película “Yo, robot”, un personaje interpretado por Will Smith le decía a un robot que él era sólo “relojería” que no podía escribir una sinfonía, y el robot le contestó: ¿puedes tú?

Al leer el artículo no podía dejar de acordarme de aquel programa que jugaba al Go, y que en lugar de aprender de partidas humanas, jugaba con versiones anteriores de sí mismo (AlphaGo Zero) de forma que “dedujo”, sólo a partir de las reglas del juego, estrategias ganadoras. Un comentario muy curioso de los jugadores de Go es que jugaba de una forma “diferente”, ejem, ejem… otro mito que se nos cae. Si este programa pudiera enseñarnos ahora a nosotros, lo haría con un estilo diferente, nuevo, rompedor. Entonces, ¿ha sido creativo?

Quizá deberíamos asumir nuestra limitada condición mental, emocional, artística y vivir tranquilos con eso. Todos sabemos que no tenemos el genio de Mozart, y que eso no nos hace menos humanos ni menos personas. Ya hemos asumido que no hacemos cálculos con la fiabilidad o la rapidez de un ordenador, ¿somos menos por eso? ¿Tenemos que ser más en algo para considerarnos “valiosos?

Hay que tener mucho ojo con esto, porque a veces se infiltra en nuestras creencias sin que nos demos cuenta y, efectivamente, estemos “midiendo” el valor de las personas por lo que son capaces de hacer, haciendo “rankings” y, disculpadme, pero me da casi tanto asco hacer una lista de gente por sueldo que por cociente intelectual. No olvidemos que no tenemos mayor título que ser humano y que esto es lo único y necesario para hacernos acreedores de respeto.

Siguiendo con la creatividad, si entendemos que dar pinceladas al azar no es un acto creativo porque tenemos un sistema de “validación” que tiene que ver con conceptos como “belleza”, “provocar una emoción”, etc., recordad momentos en los que habéis visto tocar con emoción cosas escritas sin ella, o viceversa, y a algunos os ha provocado emoción y a otros no. Es perfectamente posible emocionarse con una composición artificial que ejecute un humano o una composición humana ejecutada por una máquina. Mucho ojo aquí también que es muy fácil empezar a asumir una forma de dualismo “alma”/cuerpo, que es una postura filosófica respetable, pero entonces asúmase también que ya no se habla desde la perspectiva científica del asunto, que es eminentemente materialista y en la que “la mente” es la consecuencia de la fisiología.

Es muy probable que nos veamos de nuevo “descentralizados” de la creación como en tantas revoluciones científicas (copernicana, darwiniana, etc.) y no pasará nada, porque quizá nos estamos equivocando y, como en tantas cosas en la vida, no se trata tanto de ser “el mejor de tu portal” como de la experiencia que vives y de cómo la vives. Qué sientes TÚ al cantar esa canción, cómo aprendes TÚ a dibujar, cómo es tu viaje…

Somos habitantes de La zona intermedia cuyos logros quizá no sean reseñables en los libros de Historia del Universo, pero cuyas aventuras fueron apasionantes. Así que, tranquilos: Vivan, disfruten, quiéranse, permiten que les quieran… y dejen que ganen otros.

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La cordura de saberse loco. NUEVO LIBRO!!

1 enero 2019

Empezamos el año con la publicación en electrónico de mi nuevo libro.

Un libro muy personal con esas reflexiones que os comparto por aquí de cuando en cuando y que ayudan a este loco vuestro a vivir de una manera un poco más cuerda. Igual os sirven para esos propósitos de año nuevo en los que andaréis enfrascados.

Aquí os podéis descargar las PRIMERAS PÁGINAS

Si os gusta, aquí lo tenéis en AMAZON

Como es autopublicado se agradece mucho la difusión.

Muchas gracias a Isabel Ocaña por su divertida portada!

ADVERTENCIA: Este libro contiene esos consejos, esas lecciones que personalmente he creído aprender de la vida. Ni constituye un tratado de psicología, ni sustituye a ningún profesional o terapia. Cualquier discrepancia que encontréis con la evidencia científica en psicología será, sin duda, error por mi parte.


¿Qué vas a hacer?

17 octubre 2018

Eso es la Vida, una interpelación constante.

Te coge de la pechera y te pregunta: ¿Qué vas a hacer?

Pues no lo sé, no tengo suficiente información para decidir, no quiero pensarlo ahora…

Y Ella repite: ¿Qué vas a hacer?

Incansablemente, de forma constante, más allá de nuestras excusas o peticiones de prórrogas.

¿Qué vas a hacer?

Y aquí estamos los que vivimos en el espacio-tiempo, los que jugamos al antes y al después, al tú y yo, al aquí y allí, interpelados con una petición constante de acción.

No nos hace mucha gracia, ya lo hablamos en Te jodes y decides, pero es lo que hay.

Y no sólo eso, nos vienen con prisas, porque la vida sigue con su pregunta constante: ¿Qué vas a hacer? Ese amigo “especial” que te ha propuesto algo, no puede esperar hasta que llegues a una conclusión con el nivel de certeza suficiente sobre si vuestro encuentro o proyecto en común será satisfactorio cuando medites sobre ello en tu lecho de muerte… De hecho está esperando en el teléfono a que le contestes que si quedas hoy o no. También hablábamos de esto en Te juzgo, sí, ¿qué pasa?

La evolución lidió con ello dotándonos de una red neuronal (nuestro sistema nervioso). Un sistema de procesamiento en paralelo que, por mucho que se repita, no se parece a lo lineal, secuencial, que son nuestros ordenadores, y que tiene la propiedad de ser bastante eficiente para clasificar, decidir, predecir, tratando con información limitada, incluso con información errónea.

Uno de los elementos que nos han ayudado es ese “vive para follar otro día” (definción panaderística de la selección natural) han sido los tan vapuleados sesgos cognitivos que con frecuencia son denostados como errores en los razonamientos o defectos mentales, pero que nos proporcionan atajos y decisiones rápidas que nos han sacado de no pocos apuros en nuestro camino evolutivo. Imagina, por ejemplo, este comportamiento medroso nuestro ante cualquier ruido, una estrategia que hace saltar muchas falsas alarmas, pero nos evita falsos negativos que podrían ser un depredador y terminar allí con nuestra línea genética. Y, ¿qué me dices del efecto “halo”? Aquí criticamos mucho que las personas más agraciadas físicamente sean percibidas también como mejores, pero puede ser que ese sesgo evitara a nuestros abuelos el contacto con enfermos contagiosos o que les llevara a emparejarse con individuos con una carga genética más resistente a dolencias que pudieran haber “afeado” sus rasgos.

Un poquito más erguidos del barro, figuradamente hablando, ahora buscamos mejores maneras de (intentar) llevar el timón e intervenir lo más posible en la dirección que toma nuestro barco en este mar tan agitado.

Con este propósito y, como me gusta contaros últimamente: “Quien no tiene talento, que se busque protocolos”. Me refiero a que, probablemente, la única cordura accesible es saberse loco y que, desde ahí, podemos tomar ciertas medidas de control, los citados protocolos.

Hoy quería hablaros de uno en particular que llamo “Suspensión del juicio”. Lo explicaré con un ejemplo.

Unos alumnos me preguntaron por mi opinión sobre la Ouija (una pretendida manera de invocar muertos o seres de otros mundos).

Mi respuesta es la siguiente:

Puede que sea falso y que esté perdiendo el tiempo.

Puede que sea cierto y esté invitando a meterse en mi casa a muertos, demonios y demás.

En ningún caso me interesa.

Conclusión: Puedo suspender el juicio sobre el asunto concreto y tener clara mi línea de actuación, porque os repito que la vida lo que me pide es actuación, en su continuo examen no me hace “preguntas de teoría”.

Os pondré algún ejemplo más que quizá os sirva.

Aquel que no desea mi compañía…

Puede que tenga razón y que mi compañía no sea valiosa.

Puede que se equivoque y desprecie algo de valor.

En ambos casos mi actuación es la misma: les alivio de la carga (o del regalo) de mi presencia porque, en ambos casos, quien no me quiere, no me merece (por su acierto o por su error).

Como veis, más allá de mis complejos, falta de autoestima y demás, el protocolo me permite funcionar como una persona más equilibrada de lo que en realidad soy. El tiempo que me lleve ir mejorando mi estado mental será más o menos largo, pero mi actos son más cuerdos desde hoy mismo.

Os dejaré con una última suspensión del juicio en un asunto bastante grave.

Ya oís a muchos vende-humos decir que escuches la voz de tu interior, que te dejes guiar por lo que sientes y demás palabrería. No sé cómo estaréis vosotros, pero en mi cabeza hay un follón de tres pares de pelotas y no me resulta fácil identificar la fuente de la mayoría de impulsos, deseos o apetencias.

Ese análisis de mi coco, ese decidir “quién es quién”, si es que es posible, llevará toda mi vida, pero os recuerdo que el universo me interpela aquí y ahora, ¿qué vas a hacer?

Bien, la fuente de todas esas voces es una red neuronal que lleva millones de años “entrenándose”, dando respuestas y recibiendo feedback (químico o por selección natural), reajustándose una y otra vez. Y te recuerdo que sigue haciéndolo aquí y ahora, tu forma de vivir modifica tu encéfalo y viceversa.

Mi pregunta es, ¿por qué debería darle más valor a las ideas que “propone” mi red, que a las sugerencias del autocorrector del teclado de mi teléfono? Intentaré explicarme.

El autocorrector también es un sistema adaptativo que se ajusta y va dando respuestas de acuerdo con el feedback que recibe. De hecho, te animo a que abras el teclado y aceptes todas las sugerencias que vayan saliendo una tras otra, verás surgir frases o fragmentos que bien podrías haber escrito tú.

Quiero decir que nos tomamos quizá muy en serio lo que “pensamos” y lo que “nos apetece”, cuando una explicación científicamente más ajustada sería decir que somos más un espectador que un sujeto de esas acciones.

Entonces, Panaderito nuestro, ¿cuál es el protocolo que nos propones?

Pues que no te tomes tan en serio. No “aceptes” las sugerencias tan a la ligera. Haz aquello que en tu mejor calma y análisis entiendes que te hace más libre y más feliz, incluso, acepta el consejo de otros más sabios y “descarta” las propuestas de tu “red” que no van en esa línea, porque, ¿quién es esa voz, querido lector? ¿La falta de azúcar que te hace estar irritable, algún desequilibrio hormonal que te tiene especialmente eufórico, la presión de tu programación genética o cultural?

Saber con certeza qué somos, más allá de eso que llamas “yo” y que tiene los pies de barro, nos llevará también toda una existencia (o más), pero no tenemos que esperar tanto para vivir una vida mejor.

Así que, querido lector, es tu turno: ¿qué vas a hacer?

Fuente de la foto: Caspar David Friedrich [Public domain], via Wikimedia Commons


Reflexión de un adicto al trabajo

8 agosto 2018

NOTA: Alguien que TIENE que trabajar 15 horas para poder comer no es un adicto al trabajo o alguien que se “organiza mal”, no jodamos, es un trabajador explotado. Lo siguiente no se refiere a ellos.


A partir de aquí es opinión personal que podéis usar para vuestra reflexión o descartar.

Para mí la clave está en el “tiene” que os ponía en la nota del principio, el adicto no sufre esa presión material para estar tantas horas dedicado al trabajo, tiene otras y de eso quería hablar.

No sé si adicción es un término correcto, si queréis digamos “mal hábito del que no te puedes desembarazar fácilmente y en el que te sientes atrapado mientras disminuye tu calidad de vida y la de los que te rodean”.

Desde luego el ambiente no es nada favorable a una relación sana con el trabajo, habréis escuchado publicidad de pastillas para el dolor, apps, o incluso compresas para que “no te pares”. Aquellos cuya estructura de personalidad les lleve a ser perfeccionistas o responsables en exceso no encontrarán límites ni alivio en una red productiva que les aplaudirá ese exceso de celo.

Así que, sin culpar al abusado, tendrá que venir de este la respuesta, porque será casi imposible que sea un jefe el que te alivie de una carga o un horario por el que no protestas.

Un error común de este tipo de personas es esperar a “sentir” que un trabajo está suficientemente “bien” para dejarlo ahí. Sería el equivalente, salvando las distancias, a que una anoréxica tomara su percepción de peso como la clave para regular su ingesta. El trabajólico tiene la percepción “estropeada” y debe ser razonable y humilde para dejar de confiar en ella. Para mí, la solución es descansar en el criterio de alguien en el que se confíe en lo personal y profesional o en algo tan sencillo como un reloj.

Me explicaré. Si para este trabajo me han pagado tres horas, cuando suene la alarma, así se queda. Si mi trabajo son ocho horas, cuando suene el timbre me voy.

Soy consciente de que existen picos de trabajo, pero cuando TODOS los días tienes que echar horas es que falta personal. Punto.

Uno no puede volverse más inteligente o equilibrado de la noche a la mañana, pero sí puede acceder a la cordura de saberse loco y establecer protocolos que hagan su comportamiento más cuerdo, como por ejemplo, confiar más en el reloj que en tu (distorsionado) criterio.

Algo muy duro para el trabajólico es aceptar que van a “caerse” cosas, pero es inevitable: si trabajabas como una mula catorce horas y ahora vas a hacer ocho, NO vas a sacar las mismas cosas adelante. El error es asumir como propia esa responsabilidad. Repito, ahí había una falta de personal que estabas supliendo con trabajo y salud tú, normalmente para beneficio de empresarios o usuarios, pero NO es tu responsabilidad, aunque eso sea lo que te han hecho creer. Así que ponerse una alarma en el móvil y marcharse va unido a aceptar que se van a conseguir menos resultados y que alguien va a salir perdiendo. Bueno, alguien ya salía perdiendo antes, eras tú, pero, bah, eso no importa, ¿verdad?

Estas transiciones no tienen por qué hacerse por sorpresa, pero también te digo que nadie te creerá cuando avises… porque lo has dicho mil veces y has tragado mil veces. Te recuerdo que lo que más comunica es el Pacífico lenguaje de los hechos. Decir “A partir de la semana que viene me iré a las cinco” y que el lunes estén contando contigo para las seis, será lo más normal, pero deberá bastar con repetirlo cada vez que te digan que contarán contigo y, sobre todo, IRTE el lunes a las cinco.

Quizá haya gente en tu trabajo que sí haga eso y sean trabajadores respetados, y tú vivas en el alucine de que nadie cuenta con que Marisa se quede, pero sí con que te quedes tú. Bien, es justo lo que una y otro les habéis enseñado. Más allá de buscar culpables, decir que vas a hacer lo que harás y hacer lo que dijiste que harías, es algo a lo que la gente se acostumbra, insisto, si de veras te comportas así.

El reloj y la actitud puede ser suficiente para andar los primeros pasos. Te aseguro que cada paso sabe a victoria y ayuda a seguir, así que la recompensa no anda lejos, todo lo contrario, ese primer anochecer que veas fuera de la oficina será como unas merecidas vacaciones.

Como en tantos malos hábitos, la falta de proporción en comportamientos y expresiones son muy reveladores. Nos hemos visto diciendo cosas o escuchando a amigos decir cosas como: Con tanto trabajo no tengo tiempo de comer, o de ir al médico, o de hacer ejercicio, o de ir a ver a mi madre, o de visitar a un querido amigo, o de jugar con mis hijos…

Imagina ahora que le dijeras a algún subordinado: Te prohíbo que vayas a tu revisión ginecológica en dos años, hasta que la empresa no salga del bache. ¿Te imaginas? Pues eso te dices a TI MISMO. Eres un explotador de la peor calaña.

Esas cosas tan importantes, joder, TAN importantes, no deben tener un huequecillo en la agenda sólo si hay tiempo, si no molestan a nadie. Sé que lo urgente desplaza a lo importante de las agendas, y así debe ser, pero si NUNCA hay tiempo para algo, es una manera de etiquetarlo como “no importante”, y en los casos anteriores un grave error

Aunque ya hemos buscado atajos en la conducta que nos ayuden a soslayar nuestra locura (mientras nos vamos curando), sería interesante indagar un poco en las causas. Y aquí se añade otra capa de opinión personal, así que, a vuestra discreción.

Yo diría que este comportamiento tiene mucho que ver con una baja autoestima. Es de hecho uno mismo el que escoge que, por ejemplo, no comer adecuadamente, tienen un coste inferior a aquel documento que querías entregar. Cómo no somos tan gentuza de pedir eso a otros, entiendo que lo que no tiene coste no es el hecho de que alguien no coma, sino que TÚ no comas. Tu dolor, tu daño, tu falta de bien pesa cero en los balances, así que cualquier bien de otro, por pequeño que sea, supera ese coste. Cuando nuestros jefes o compañeros abusan de este ejemplo nuestro, nos molesta mucho que no les importen nuestros costes, pero nosotros mismos les dimos un valor casi nulo.

De la misma forma, cuando nos lanzamos a “hacer y hacer” de manera compulsiva, a meternos en mil proyectos, parece que queramos mostrar o probar nuestra valía. No sé muy bien a quién, si a nosotros mismos, a los demás, a la familia, a figuras paternas… no sé. Lo que sí veo claro es que queremos validar el “ser” con el “hacer”, quiero decir, por ejemplo, que se crea que SOY una buena persona porque HAGO cosas buenas, y esto es un error primario.

No hay título mayor que ser humano y eso no se engrandece significativamente con nada que pudiéramos hacer.

¿Significa eso que debemos quedarnos inactivos sólo “siendo”? En absoluto.

Para mí la locura no está en el hacer, sino en “hacer PARA ser”. Creo que la sabiduría reside en descansar en la serenidad de que ya somos algo valioso, todos nosotros, y ahora ocupar el tiempo que se nos conceda en hacer las cosas que queramos, por el propio placer de hacerlas. Fíjate que parece que llegamos al mismo lugar: somos y hacemos, pero no tiene nada que ver la manera de vivirlo en un caso y en otro.

De hecho diría que ese hacer no compulsivo, sin objetivos de “ego” o apariencia, va a ser mucho más efectivo, y que algunas actividades se caerán para bendición de todos.

Concluyendo. Usa un reloj que ordene proporcionalmente la importancia de las cosas. Obedécelo. Responsabilízate de tu parte, no del resultado. Dale tiempo a lo importante, lo que incluye tu bien y tu salud. No busques tu valor en lo que haces, ya eres valioso, y disfruta haciendo buenas cosas para todos y para ti.

Con todo cariño, por si os sirve.


Lo Mejor Que Te Puede Pasar 14/06/2017

26 junio 2017

Hoy hablamos de MIEEEEEDO, de su papel evolutivo y de cómo podemos intentar tener un cierto, poquito, control sobre él. Y un saludete a Xurxo, ya que estábamos.

 


Ikea, ¿dónde están los putos muebles?

17 noviembre 2016

Supongo que habéis visto el anuncio de Ikea y probablemente os haya gustado. Os confieso que a mí también, me gusta la idea, me gustan los actores… me gusta.

Os invito a que lo veáis de nuevo conmigo y os preguntéis mientras lo hacéis: ¿Dónde se habla de los muebles?

Efectivamente, queridos míos… no es a los diez segundos, ni a los veinte, ni a los cuarenta. No se habla de muebles en todo el anuncio.

Con el tiempo he ido aprendiendo a aceptar las tesis de los publicistas, qué funciona y qué no. A veces no comprendo los mecanismos, y supongo que ellos tampoco, es más, me atrevo a pensar que quizá no les importe demasiado, mientras funcione.

Parece ser que para que compre un producto sólo necesito que se estimule un sentimiento amable en mí, o de simpatía, o de comprensión, o de identificación… de la forma que sea, por poco que tenga que ver con el producto que voy a comprar. Parece ser que basta con que me ablanden un poquito el corazón y seré una víctima más fácil para esa marca, que en ese momento vulnerable, se asocie con mi emoción. Insisto, no es necesario establecer un nexo lógico entre el producto en cuestión y el sentimiento. Alucinante, pero lo acepto.

Así que, os dejo deberes. Al igual que a mis alumnos, a los pobres que hoy me escuchaban gritar indignado “¿Dónde están los putos muebles?” mientras lo veíamos, os dejo como ejercicio buscar otros anuncios donde se siga una estrategia similar.

Finalmente, sed humildes y huid de la publicidad… no sois, no somos,  suficientemente listos para resistirnos.


¡Dirígeme, por Dios!

28 febrero 2016

Con todo respeto y admiración por el payo Pierce desde que era Remington Steele, vamos a usarle un poqui para hablar de nuestras cosas.

Pierce Brosnan Berlinale 2014Pierce Brosnan Berlinale 2014 - 02

¿Qué fan de Mr. Brosnan no ha sentido un escalofrío cuando sonríe a boca llena?

¿En qué momento el elegante caballero de la izquierda se transforma en ese señor del bar del pueblo de la derecha, que bien podría protagonizar alguna de las historias de @DonMostrenco?

Lo hablo mucho con mis chavales, la autopercepción es un cosa bien jorobada, ¿cómo evalúo mi trabajo? ¿Cómo evalúo mi apariencia o lo que transmito?

Hace tiempo hablábamos del valor que necesitan las personas con anorexia para ceder su certeza de estar gordas ante la opinión de otra persona, un médico, si quieren salvar su vida.

Como somos científicos por aquí, ¿qué hacemos? ¿Preguntamos a alguien? ¿Contrastamos con la realidad? ¿Cómo?

Complicado, sí.

En el arte más aún, porque puede ser que estén creando algo genialmente original y que será evaluado como negativo por una enorme mayoría de tus contemporáneos.

Y si me encierro en mi taller de creador y empiezo a producir por el puro impulso y dirección de mis tripas, puede que esté creando… bueno, algo parecido a otro fruto de mis tripas.

La genialidad y la locura son vecinas.

Recordando a Urbizu, en una comida nos contaba que evitaba a los opinalaris (genial término) pero que sí buscaba el consejo de pocos expertos de su confianza.

Ahí nos quedamos.

Busca y atesora ese consejero con competencia técnica y que te quiere lo suficiente como para decirte la verdad y de la mejor manera.

También es crucial este “de la mejor manera”, porque el creador debe estar en un estado de ánimo de libertad y cariño para poder mostrarse y aventurarse.

Así que sí, dirígeme, por favor.

Y que alguien le diga a nuestro querido Pierce que se quede en un puntito anterior a la última foto que ahí está guapérrimo y canallote, como nos gusta.

 

 

 


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