Quién eres y quién podrías ser

23 noviembre 2020

Me ha llegado por enésima vez el “chiste”, “zasca” o como lo queráis llamar:

– ¡Pateras del carajo, nos quitan el trabajo!

– Pues si alguien sin papeles, formación, contactos y sin hablar el idioma te quita el trabajo, igual eres tú el que no vale un carajo.

Entiendo a lo que se refiere y lo que critica. Ya sabéis, ese inmigrante de Schrödinger, que por un lado no trabaja y vive de paguitas y ayudas, pero que por otro te quita el puesto de trabajo, pero creo que incurre en un error que me gustaría comentar.

La mayoría de nosotros encontramos que tenemos cierto mérito en lo que sabemos hacer o en nuestras capacidades físicas porque, aunque haya una parte innata en algunos talentos, seguro que le hemos dedicado horas y esfuerzos a perfeccionarlos.

En la economía de mercado, la provisión de los derechos básicos nos la “ganamos” a través de la remuneración del trabajo.

Seguro que muchos de vosotros no pensáis en tener que solicitar una cobertura asistencial más que como un hecho temporal, una eventualidad, algo pasajero; aunque no dudo de que otros habéis probado la amargura de la exclusión y marginalidad (parados de larga duración o discapacitados, por ejemplo). Este post va dirigido principalmente a los primeros, a los que se creen seguros y acreedores de derechos, por méritos. Quería proponeros un experimento mental.

Imaginad que de repente toda la población dobla su capacidad intelectual y física. ¿En qué posición social nos deja eso?

Yo soy profesor y divulgador, pero si todo el mundo entiende que aquello que soy capaz de entender y explicar es trivial… mi trabajo se hace innecesario.

¿Qué sería de Rafa Nadal, si ahora cualquier chaval de quince años juega como él?

Y si todos sabemos electricidad, hacernos cualquier peinado, hay máquinas que cargan los pesos, coches que se conducen solos, ¿qué puedo hacer para “ganarme” la vida? ¿Hay algo que pueda hacer por lo que alguien quiera pagar?

Fijaos que en esta situación hipotética yo NO he cambiado. No concurre mérito o demérito alguno por mi parte. Simplemente, todo el mundo corre más rápido que yo y, ahora, con mi misma marca personal, soy el último de la carrera.

Mi esfuerzo es el mismo de siempre y cuando voy a buscar trabajo les aseguro que intentaré aprender lo que sea necesario y me esforzaré al máximo de mi potencial… el único problema es que ambas cosas son poco valoradas económicamente en esa realidad que imaginamos.

Volvamos a nuestro mundo, ¡qué alivio! Aquí (aún) sigo pudiendo cargar (algo de) peso como para trabajar de mozo de almacén, sé más física y matemáticas que muchos, con lo que mis enseñanzas o mi capacidad de hacer trabajos sofisticados son mayores que las de otros, vaya, tengo una (cierta) empleabilidad que me tranquiliza, porque mis necesidades siguen siendo las mismas: vivienda, salud, educación, justicia…

Y así estamos todos, ¿no? No, claro.

Imagina una discapacidad mental, la incapacidad de entender aquello que a todo el mundo le parece evidente o de pasar de cierto nivel de instrucción. Imagina una discapacidad física, una enfermedad incapacitante, una edad avanzada… o simplemente, ser poco agraciado físicamente (post sobre ser feo).

Estas personas están en esa realidad hostil, en este mismo momento, a tu alrededor, no hay que viajar muy lejos.

Podría ser cierto que yo no valiera un “carajo” para ningún empleador, pero quiero colaborar con lo que pueda en mi sociedad, comer y dormir bajo techo. ¿No es un deseo justo?

¿Qué puede hacer un humano, qué debe hacer un humano, para ser acreedor a la provisión de sus derechos más básicos?

¿Seguro que las cacareadas “leyes del mercado” darán la provisión básica a TODOS?

¿Crees que nunca serás ELLOS? ¿Estás protegido ante cualquier eventualidad sanitaria, económica o familiar? ¿Cuánto puedes vivir si se paran tus ingresos en este momento? ¿Y las personas que dependen de ti? ¿Y si a eso le añadimos recortes de servicios públicos que ahora se pagan con impuestos?

Los derechos no se “ganan”, ni se “merecen”, ni se “piden”… los Derechos humanos, no. A esos eres acreedor por tu condición de persona, esos debemos exigirlos. Para nosotros… y para todos.

EXTRA: No contaré detalles para no hacer spoiler, pero os recomiendo un capítulo de Futurama en el que salía Leonardo Da Vinci.


¿Cómo vamos a avanzar, tan confundidos?

15 noviembre 2020
Caspar David Friedrich – Wanderer above the sea of fog

Fuente

Una de las cosas que más me preocupan (en realidad me aterra) es ver a la buena gente tan confundida, en los objetivos y en las formas, y a los malvados tan seguros de que sus métodos funcionan… y con tanta razón.

Cuando los que se nutren de la desigualdad y la defienden dicen cosas como “nosotros queremos que todo el mundo llegue a nuestro estatus”, MIENTEN, y lo saben. Es evidente que su forma de “riqueza” implica necesariamente la pobreza de otros. Si no estás dispuesto a pagar un sueldazo al mes por limpiar alcantarillas, el que lo haga, será porque no pueda elegir otra cosa… que no sea peor. Hay formas de riqueza común, que no involucran necesariamente la precariedad, la pobreza o la marginalidad de otros, pero no son las que ellos defienden.

Luchar contra estas ideas, defendidas por los que se benefician de ellas (a costa de mucha sangre) me parece “normal”, a lo que no me acostumbro es tener que discutir esto con quien vive en la precariedad y en la marginalidad, precisamente, creadas por esas ideas. Así que dejadme que exponga por aquí un par de lugares comunes que parece que nos hemos creído y que nos paralizan.

Empecemos por ese “hay sitio para todos”.

No, no lo hay… si tú sigues quedándote con tres sillas para ti, no puede haberlo. Los recursos son limitados, igual que la capacidad de producción, así que, en la inmensa mayoría de los casos, lo que hay es un REPARTO y, como la cantidad disponible no suele ser enorme, si alguien acapara, necesariamente, en otro lugar va a haber escasez.

Pensemos de nuevo en esas personas “hechas a sí mismas” cuya fortuna, en muchas ocasiones, tiene que ver con dinero que obtienen de las administraciones públicas. ¿No es limitado el presupuesto del estado? ¿Están perfectamente provistas todas las administraciones? ¿Esos millones que se van a aquella empresa no son los que faltan en sanidad, educación o justicia, porque NO HAY MÁS? Los recursos del estado no son un mágico cuerno de la abundancia. Eso es extraer lo que ganamos y pusimos entre todos para la provisión de Lo Común. La (poca) renta de nuestro trabajo que nos dejaron, ahora la retiran también por ese camino.

A esto se une una normalización de la desigualdad de las castas o clases sociales o como lo quieras llamar. El tomar como normal que el complemento para vivienda de un diputado sea 1800€ (si no tiene casa en Madrid) mientras que el sueldo mínimo del que tiene que salir la vivienda y lo demás ronde los 1000€ para los demás. Las necesidades y gastos de unos y otros son de naturaleza diferente. Hace pensar en otras épocas y otros sistemas sociales que creíamos superados.

Cuando la sociedad reclama que se gaste el dinero que le PERTENECE, el dinero del Estado, para proveer Lo Común, los servicios públicos, este tipo de individuos suele decir “que muy bien”, pero que no se toque lo suyo. ¿Cómo puedo no tocar lo tuyo? ¿Cómo que “lo tuyo”? Perdón, hablamos de lo “nuestro”, de lo que te estabas apropiando injustamente, tergiversando las leyes o incumpliéndolas en no pocas ocasiones.

¿Cómo puedo conseguir un Consejo de Administración paritario, sin que esos hombres, que estaban allí por delante de mujeres de mayor mérito, dejen de estar? ¿Doblamos las plazas?

No se le está retirando un derecho a nadie, se está reclamando lo que tenían… sin tener ese derecho, lo que estaba siendo usurpado.

Así que, debemos dejar de pensar que en estos actos de justicia social no va a haber “damnificados” porque no puede ser de otra forma. De la misma forma que si recuperas una bici robada, puede que el ladrón pretenda que ha perdido algo.

Se suele decir que con estas medidas de justicia social ganamos todos, y no es cierto. Todos no. Hay quien dejará de tener lo que tenía sin que le correspondiera. Y protestarán.

¿A qué jugamos si en lugar de hacer lo justo cuando tenemos la capacidad de hacerlo nos ponemos a pensar en qué manera podemos molestar lo menos posible a empresas o particulares que estaban vaciando lo público, que estaban haciendo que el médico no pudiera atender a mi madre enferma o que alguien acabe en la calle porque no tiene trabajo?

Cuando se hace un acto de justicia social, hay personas que recibirán un daño: aquellas que eligen ponerse al otro lado, y no debemos dejar de hacer lo correcto por molestar a quien elige tu daño por encima de engrosar su privilegio.

Y esto me lleva a un segundo punto.

Vamos a llegar a un acuerdo, todos tenemos que ceder…

¿De veras? ¿Un acuerdo? ¿Con cualquiera?

Yo, oveja, ¿voy a llegar a acuerdos con el lobo que me mira y se relame? ¿A qué acuerdos? ¿Horario de la cena? ¿Por qué pata empieza?

No hay acuerdo posible con quien tiene fines contrarios a los tuyos, con quien discute tus derechos más fundamentales. Si soy homosexual y quiero poder casarme en igualdad de condiciones no puedo pactarlo con quien piensa que tengo una enfermedad y quiere “curarme”. Tengo que EXIGIR mis derechos e IMPONER que se respeten. No mi opinión, mis derechos.

Otra cosa es llegar a acuerdos con quien comparte el fin último o con quien tiene algunos objetivos en común, claro, llegar a acuerdos en eso es la base de la sociedad. Esperar a que los racistas crean que todos debemos tener los mismos derechos para legislar la igual, no… y menos si estoy en una sociedad que me “racializa” para discriminarme.

Y esto me lleva al tercer punto.

Es necesaria la fuerza. No la violencia, ojalá que no. Pero la fuerza, sí.

Este hecho os puede entristecer (como me pasa a mí) pero, ¿cuál es la situación que hemos descrito?

  • Los recursos están distribuidos de forma tan desigual que hay una parte significativa de la sociedad que está viéndose desprovista de los derechos fundamentales.
  • Aquellos que están a cargo de ese reparto desigual, y beneficiándose de él, saben que perderán lo que usurparon si se llevan a cabo medidas de justicia social.
  • No tienen una cuota de poder precisamente pequeña.

¿Y aún creemos que no va a ser necesaria la fuerza para proveer el derecho de todos? ¿Quién ha cedido sus privilegios motu proprio en el pasado? ¿Es algo habitual? ¿Tenemos tiempo para esperar? ¿Todos?

No hablo de romper escaparates o incendiar contenedores, hablo de fuerza, de fuerza política.

Al final todo pasará por allí, necesitamos un sistema de provisión y de defensa de los derechos fundamentales, si entramos en la espiral de que quien grite más o queme más contenedores, tendrá razón, será un camino muy espinoso y nos llevará a sitios muy oscuros.

Yo quiero representantes que… nos representen. A nuestros intereses como ciudadanos: los servicios públicos, los derechos fundamentales. Que legislen para proteger y proveer y que lo hagan de forma valiente y expeditiva. Con tantos apoyos como se pueda, pero sin vacilar. Los más desfavorecidos no tienen ni siquiera el “derecho a la paciencia” que tengo yo, porque les desahucian mañana, porque llevan en el paro varios años o porque se mueren sin atención médica.

Y tienen que hacerlo ejerciendo la fuerza que les da la representación de la sociedad frente a muchos agentes que ya hemos dicho que tienen intereses contrarios: individuos, empresas u organizaciones. Que quieren otras cosas, tan diferentes que en muchos casos son literalmente CONTRARIAS, y que se opondrán, y se oponen ya, a esas acciones.

Así que, en mi opinión, hasta que no entendamos esto, hasta que no nos demos cuenta de que esto es una lucha en la que hay poderosos agentes que se juegan mucho, que no lo quieren perder y que tienen el ánimo y los medios para oponerse con mucha fuerza, seguiremos viendo cómo nos roban la tostada en nuestras narices, cómo los derechos parecen algo utópico y algunos seguirán diciendo que hay que tomárselo todo con una sonrisa, porque nosotros somos muy pacíficos y no somos como ellos… No, desde luego que no lo somos, ellos saben lo que quieren y actúan en consecuencia.

Dos no pelean si uno no quiere…

Claro que no, porque si uno quiere mucho, no será una pelea, será una PALIZA.

Y esto es lo que estamos viviendo.

Con cariño, para L.


El sesgo del Panadero

5 noviembre 2020
Una foto mía

Detalle de una foto que me hizo Daniel Mordzinski para el décimo aniversario de Páginas de Espuma

Os voy a explicar un sesgo que, como parece que nadie le ha puesto nombre todavía, me lo voy a pedir. Así que le llamaremos, “el sesgo del Panadero”, porque además os lo voy a explicar con el ejemplo de un panadero y así ya tenemos polémica para el futuro sobre su origen y si se escribe con mayúscula o minúscula.

Imaginemos un panadero que vende muy alegremente su mercancía a los vecinos del barrio desde hace varios años. Ya ha hecho números y suele comprar la misma cantidad de harina cada poco tiempo, porque sus ventas son bastante estables.

Hace poco han ampliado el barrio, hay unos bloques nuevos y comienzan a ocuparse sus locales: una mercería, una zapatería, una librería…

Algunos de sus vecinos le han preguntado que si no le preocupa que abran un bazar o un hiper y pongan el pan muy barato, con la consiguiente pérdida de clientela. Pero él dice que no, que las cosas NUNCA HAN SIDO ASÍ.

Ya os podéis figurar cómo acabó todo. (Bueno, es ficción, ¿quién iba a pensar que, a estas alturas, es un buen negocio abrir una mercería, una zapatería o una librería?)

Bromas (y no tantas bromas), aparte.

Vamos a enunciarlo:

Sesgo del Panadero: Tendencia a pensar que el futuro será muy parecido al presente.

En realidad es una forma de la ilusión de serie o apofenia, una tendencia a ver patrones donde no los hay (parecida también a la pareidolia que nos hace ver “cosas” en las nubes, por ejemplo), pero en MI CASO particularizada a la serie temporal concreta de los acontecimientos de nuestras vidas.

Con esta pandemia que vivimos se oye mucho la pregunta: ¿Quién iba a pensar que estaríamos así? La respuesta es: ¿Quién? TODO DIOS.

Es que YA hemos vivido pandemias terribles y, aunque hemos tenido la suerte de que no hayan resultado globales, en muchos sitios no les suenan raros términos como SARS o ébola y contar los muertos por miles.

El surgimiento de una pandemia global es un hecho PREDICHO, ya sabíamos que iba a ocurrir. De hecho, esta es la PRIMERA y, ya os anuncio que no será la más grave.

A la vista de cómo reaccionamos ante estos cambios, creo que nos da la impresión de que si la situación que nos anuncian o imaginamos se diferencia mucho de la actual la consideramos improbable, pero esto no es necesariamente así. En algunos casos es tan probable que es sólo una cuestión de tiempo que ocurra.

Esta forma de pensar sesgada hace que ni nos preparemos ni presionemos a las autoridades para que tengamos sistemas que estén dispuestos para afrontar estas situaciones, que además suelen ser graves.

La vida es mudanza… e incertidumbre. Es aterrador y agotador pensarlo a cada momento y quizá es imposible vivir con eso en la cabeza (salvo que sigas mi consejo de “Cabalgar la incertidumbre” que explicaba en La Cordura de Saberse Loco, que tienes gratis por aquí), pero esconderse de los hechos no los anula.

Es muy curioso que tengamos ese sesgo de adultos y no sea algo reducido a la infancia donde, en el reducido intervalo de tiempo que manejan, efectivamente mucho de lo que sucede es bastante ordenado y predecible (aunque algunas infancias estén muy acortadas).

Pero, adultos y adolescentes: ¿Quién no ha visto o vivido una separación de pareja? ¿La muerte de un familiar? ¿Un cambio de domicilio? ¿De trabajo? Por favor, ¿quién no ha vivido un suceso que ha “roto” completamente la “serie temporal”? Pero parece que, pasado el susto, “renombramos” nuestro nuevo estado a “estado fundamental” y pasamos a considerarlo bastante extrapolable en el tiempo. Ha muerto el abuelo, ah, vale, pues ya sólo tengo una abuela… pero no creo que ella vaya a morir nunca.

Como os decía el gran peligro es no prepararse de manera individual para estas situaciones, y no preparar tampoco los sistemas públicos.

Porque es muy diferente decir No sé si va a ocurrir o No sé cuándo va a ocurrir. O bien, decir Nos ha pillado de improvisto o Este suceso era impredecible.

¿Vamos a sorprendernos también cuando el cambio climático haga ciertas zonas inhabitables por desérticas o anegadas? ¿No estamos avisados? ¿Sorpresón? Cuando esto acarree movimientos migratorios enormes, ¿quién avisó? ¿Nadie? ¿Crisis de abastecimiento de agua? ¿Tampoco? ¿Fuentes de energía suficientes y fiables? ¿Superpoblación y alimentos? ¿Polarización política y riesgo de violencia, guerras? ¿Nada?

¿Ni siquiera vas a hacer, de una puta vez, la copia de seguridad de tu móvil y tu ordenador que te decimos siempre que hagas? Anda, hazla ya y por lo menos este post habrá servido para algo.

ACTUALIZACIÓN

Señala con acierto @El_Inquisito que se parece a la historia del pavo de Russell poniendo en juego la dificultad del conocimiento por inducción. Aquí os lo cuenta Cuentos Cuánticos Quizá el elemento diferenciador aquí es el desprecio del aviso y la omnipresencia de este. Pero, ¡que venga Russell a pedir su sitio!


¿Cómo mides cuando no te importa?

26 octubre 2020
Identificación antropométrica (Dibujo antiguo)

Fuente

Aunque yo soy Físico Fundamental (digamos tirando a teórico), mi carrera profesional como profesor ha sido enseñar Tecnología/Informática en Secundaria, así que he aprendido a amar a los ingenieros 😉

Serán imprecisos, usarán tablas y modelos que no saben ni de donde salen, de acuerdo, pero se suben encima y se ponen debajo de lo que construyen. Y eso es tener compromiso con lo que se hace. Respect.

Un día dije esto en Twitter y alguien me contestó: “Coeficiente de seguridad”.

Ya, ya. I know. Calculan el grosor de una columna… y lo multiplican por dos, por ejemplo, pero fijaos que CONTROLAN su grado de aproximación, y esto es fundamental. Os lo contaba en Aproxímate.

La medida es una parte fundamental de la Ciencia, o de cualquier otra actividad que descanse en lo empírico como criterio de certeza.

Medir la realidad es la manera en la que tomamos los datos con los que modelamos el mundo y volver a medir es la manera para cotejar los resultados de nuestros modelos. Así comprobamos si son adecuados o no.

Pero, ¿qué pasa cuando quien mide no tiene que pasar por ese “examen final”? ¿Qué pasa cuando el valor medido no tiene que “demostrar” que es una buena medida? ¿Qué pasa cuando te da igual el resultado de tu medida?

Pues pasa lo que vemos en las noticias a diario: Muchos números pero muy poca vergüenza.

Imagina que soy un productor de alimentos enlatados. Para la pregunta “¿Cuándo caduca esta lata?” quiero una respuesta REALISTA. Quiero saber la verdad, porque me IMPORTA, porque va a afectar seriamente a la fuente de dinero con la que pago mis facturas. Más allá de las decisiones que tome con este valor, quiero saber cuál es. Por ejemplo, podría poner una fecha muy adelantada para asegurarme de que nunca jamás se le estropeara a nadie una lata, o podría querer apretarme mucho a esa cifra para liquidar un stock (avisando al comprador). Sea como fuere, NECESITO SABER ese valor para poder “trabajar” con él. Me la juego.

Pero, ¿qué pasa cuando no me la juego? ¿Qué pasa cuando las decisiones que se toman con tus medidas se aplican a otras personas? ¿Evalúas igual una inversión en la que pones tu dinero que otra en la que involucras a un cliente, o a un peatón sin relación contigo? ¿Qué pasa cuando se toma una “medida” sobre el nivel educativo de los estudiantes, el IPC, la tasa de pobreza, el impacto sobre la esperanza de vida de una buena sanidad pública?

Empezaré diciendo que esas medidas “sociales” o “humanas” son de gran dificultad, pero se incrementa hasta el extremo cuando no te importa, y añadiré que hay mucha gente muy preocupada por hacerlo de la mejor manera posible, pero en las cúpulas donde se manda están… quienes están, y no suelen ser aquellos con las mejores competencias técnicas.

Quitamos unos profesores de apoyo en las escuelas, aumentamos el nivel permitido de un contaminante… ¿a quién le interesa medir el impacto real sobre la vida de la gente?

¿Quién se ocupa de cuidar de que el IPC o la tasa de pobreza reflejen eso que predica sus nombres? ¿Qué actos políticos se verían forzados a tomar a partir de un valor realista?

Como ya no somos tan jóvenes hemos visto subir los precios con la llegada del euro y que ese año BAJARA el IPC. O que una descomunal burbuja inmobiliaria tampoco hiciera que se dispararan los “precios”, aunque el gasto en vivienda se coma un porcentaje muy amplio de los ingresos de las familias. Raro, ¿verdad?

Claro, es que el IPC, es un valor que sirve de “semilla” para calcular otras cosas. “Es que si sube mucho, tengo que subir las pensiones.” Ya, ya. Pero los pensionistas están pagando los precios REALES, por más que tú digas que no han subido y que ellos vean mermado su poder adquisitivo.

Pero vaya, te digo el IPC como te podría hablar del aislamiento térmico de un edificio, del aprobado en una asignatura, de la tasa de pobreza… de cualquier indicador que me obligue a tomar decisiones que no quiero.

Si estos valores no van a sufrir el contraste directo con la realidad y no inciden sobre quien me importe, puedo medir “mal” para que salga el valor que me permita decidir en la dirección que había elegido previamente. Han dejado de ser una medida para ser una herramienta de control, una mentira más.

Esto incrementa la desafección de la sociedad por la Estadística y las Ciencias Sociales, porque les han hecho creer que esos valores falsos, en evidente contraste con “lo real” a ojos del peatón, son la conclusión que arrojan esas disciplinas. “No hay peor mentira que la Estadística”, JA.

Claro que puede uno medir seriamente, tratar los datos con respeto y extraer lo mejor de ellos, pero para eso hace falta dominio técnico y honestidad, y no andamos muy sobrados de ninguna de las dos en las altas esferas.

Decía un conocido economista, el mejor consejo sobre inversión es que tu gestor invierta SU dinero donde te aconseje invertir el tuyo. Quizá esa sea la manera, vincular el destino de los que deciden con el nuestro, sus intereses con los nuestros. No podemos dejar que la gestión de Lo Común siga siendo llevada a cabo por los que sólo buscan destruirlo, hacerlo trocitos y repartirlo entre sus amigos. Dañar el Bien común, no puede salir tan barato, y menos aún reportar beneficios.

Al igual que no culpamos a la lengua o al idioma de las mentiras que tejen con ellos, no culpemos a la Estadística o a las Ciencias Sociales de las mentiras que envuelven con ellas.


Tenme paciencia

21 octubre 2020
Adulto y niña andando por un camino

Fuente

En la ficción hay un concepto clave que es la suspensión de la incredulidad. Empieza una obra y uno escucha: siglo XXVII, vale, estamos en una estación espacial alrededor de Júpiter, vale, existe la magia, vale, tenemos tres brazos, vale… Nadie se pone nervioso, tú cuéntame tus reglas, yo las acepto y después me dejo llevar por tu narración. Ya sé que lo que me dices no existe, incluso que científicamente es imposible, pero no pasa nada, acepto tus presupuestos, empecemos.

Nadie abre una novela policíaca y se pone a gritar: “Oiga, y esto, ¿para qué vale?” o “Llevamos dos páginas y no sé quién es el asesino. Dígamelo primero y luego me explica cómo llegó usted a saberlo”. “¿Qué aplicación tiene lo que lea aquí en el MundoRealTM ?”

Me recuerda a la expresión inglesa bear with me, que en este caso sería posible traducirla como, “acompáñame, tenme paciencia”.

En la enseñanza de la ciencia y en la divulgación, también necesitamos esto. Necesitamos que nos dejes avanzar un poco, que establezcamos ciertos conceptos o parámetros, o incluso darte un marco para entender la respuesta a tus preguntas. Un buen ejemplo es este artículo que he publicado en el Cuaderno de Cultura Científica a partir de una pregunta de una alumna, tan sencilla como “¿Se pueden ver los átomos?”, pregunta que sólo puede ser contestada adecuadamente después de unos párrafos.

¿Cómo puedo contestar a esa pregunta sin hablar de lo que es la visión, la luz, o cómo están formados los átomos? Si ni siquiera hemos pactado el “vocabulario”, ¿cómo vamos a entendernos?

Pero para la ciencia no hay esa paciencia. Quiero la respuesta, ¿sí o no? Quiero el dato, quiero el final del camino. No quiero escuchar nada “teórico”, todo tiene que ser aplicable en el mundo… que no es más que un modelo en tu cerebro construido a partir de tu percepción, pero vaya… en el “mundo”.

Lo siento, pero si realmente nos interesa la transmisión del conocimiento, no se pude trabajar así. Otra cosa es que estemos haciendo un teatrillo con intención más lúdica que divulgativa o que demos una respuesta “fácil” y que sepamos que, en el fondo, no están entendiendo lo que creen haber entendido.

Nos pasa también cuando generamos materiales para los alumnos. ¿Asumimos que sólo van a picotear pretendiendo encontrar una respuesta concreta a una pregunta concreta (como en esta lista de minivídeos para aprender procesador de texto) o generamos un texto coherente y progresivo donde tenemos un “plan”, vamos incrementando la dificultad, incluyendo conceptos clave, como en este manual de Python que escribí?

¿Cómo hilamos en el primer caso un aprendizaje? Aprender algo no es sólo responder dudas

¿Cómo conseguimos en el segundo que no se salten las cosas y vayan directos a las “actividades” para intentar hacerlas sin leerse el texto? A mí me han llegado a preguntar que por qué un código daba error cuando en el texto se avisaba de que iba a dar error y precisamente se trataba de analizar por qué lo daba.

Acabo de ver en un vídeo a un conocido (y muy buen) divulgador defender que introduzcamos las matemáticas como respuestas a necesidades y contemos sus aplicaciones prácticas, para segundos después, pedir un momento de paciencia para hacer una demostración de la que después concluiría algo.

Necesitamos ese momento, necesitamos establecer ese marco… de hecho, si nos esperan un momento, hasta podemos hilar algo que le dé sentido a lo que estamos diciendo, pero…

Ténganos paciencia, caminen con nosotros… sabemos lo que nos hacemos.


Quiero una ley que me proteja, no un mártir que me inspire.

18 octubre 2020

Un conocido articulista, (al que le agradezco desde aquí su lucha por Lo Común), Antonio Maestre, ha titulado un artículo “Una izquierda que ofrezca su cuello al cuchillo” y no puedo evitar escribir un post. Ya me perdonaréis…

Empecemos diciendo que todo esto viene al hilo del asesinato terrible y la decapitación posterior de un profesor en Francia por poner imágenes satíricas sobre el Islam en su clase. Sin duda los hechos, pero también las actitudes que acaban allí, deben ser confrontadas por la ley, los estados y los individuos. Y aquí se enmarcan artículo y post.

Muy de acuerdo con el fondo del texto de Maestre, pero creo que cae en un sutil error secular del que debemos librarnos ya, precisamente para la lucha que él defiende.

¿Habéis oído decir alguna vez que el mejor juez o el mejor policía serían aquellos que no quieren el puesto? Una exageración que pretende mostrar que el uso de la fuerza deberían ser ejercido por aquellos más reticentes a hacerlo entendiendo que lo harían con la mesura necesaria. En nuestra educación se suele unir “el Bien” con una austeridad “genérica” que incluye a menudo ese rechazo por el poder, aunque luego necesitamos, precisamente, a gente buena que lo ejerza, que desee ejercerlo.

Repitan conmigo: Lo único que garantiza que el derecho esté provisto para todos es un sistema.

Frente a esta necesidad, un hecho: somos muy amigos de los héroes y mártires, están en nuestras mitologías desde siempre y son nuestros referentes humanos e ideológicos. Ni que decir tiene que pagamos todos los días por ello en las estructuras de nuestros partidos políticos articuladas en torno a líderes y no a ideas, pero quiero ir un poco más allá.

Yo no quiero una izquierda que ofrezca su cuello, que se ofrezca como un mártir más para servir de ejemplo y estimular corazones. Quiero un sistema de protección de derechos.

Quiero una ley que me proteja, no un mártir que me inspire.

Quiero la fuerza del estado, la fuerza de lo común, la fuera del sistema que no tolere que se pisoteen mis derechos más fundamentales.

Soy educador y sé, quizá por eso, que una parte ineludible de educar es mostrar los límites y aplicar los costes cuando se rebasan. Pero en la vida en sociedad hay que ir más allá, el respeto a mis derechos no puede esperar a que los demás lo “entiendan” y estén de acuerdo. Si lo entienden, estupendo. Si no, que acaten la ley.

Me enseñaron que la democracia era el gobierno del pueblo. No la posibilidad de martirizarme hasta que la gente estuviera de acuerdo con mis derechos. De hecho, entiendo que la organización en un estado democrático tiene que ver con tener la fuerza necesaria como grupo para defender lo común frente a actores individuales con mucha más fuerza que el individuo aislado, desde las empresas hasta otros estados.

Por lo tanto, yo no quiero una izquierda o un gobierno que ofrezca el cuello ante un cuchillo, quiero que el sistema le quite el cuchillo, que le sujete la mano, o que ponga a esa persona fuera del alcance de mi cuello. Y fíjate que no digo mi cuello fuera de su alcance, digo su alcance fuera de mi cuello, no es la víctima la que tiene que huir, como tantas veces pasa.

Juraría que Antonio Maestre está de acuerdo con la mayoría lo dicho aquí, que me corrija si lo desea, y mi intención no es enmendarle la plana (yo también estoy muy de acuerdo con su artículo), pero creo que, como explicaba en “El respeto no se gana ni se pide, se exige”, tenemos que dejar de pedir derechos, para exigirlos. En mi opinión, para este objetivo, la figura del mártir no ayuda.


Si las pilas del mando están gastadas, aprieta el botón más fuerte.

5 octubre 2020

¿Os suena? ¿Lo habéis hecho? ¿Pensáis que funciona?

Me disculparéis, pero no funciona. Apretar fuerte un interruptor no influye en el voltaje de un circuito, salvo que el interruptor esté roto, vaya.

Lo importante de esto es, como siempre, la reflexión.

Cuando veáis a alguien golpeando el lateral de un PC, pidiendo por favor que vuelva Internet o invocando a cualquier santo para que termine la actualización del portátil, pensad por un momento en las leyes que rigen el comportamiento de esos aparatos.

La conclusión es que el usuario no necesita ningún conocimiento sobre el funcionamiento del aparato para poder utilizarlo.

No necesitas saber una palabra de termodinámica para conducir tu coche o para ducharte con tu caldera, ni haber oído mencionar a Maxwell o a Berners-Lee para conectarte a una WiFi. Hasta puedes hacerlo pensando que provoca cáncer… y te funcionará igual de bien que a mí.

Y este hecho terrible, es una de las razones por las que los “utilitaristas” (en el peor sentido, el más básico y cortoplacista) no tienen ningún interés en ese conocimiento básico de la ciencia. No lo necesitan para sus actividades cotidianas. Nadie pide un logaritmo de patatas.

Y por eso, cuando argumentamos en favor de la popularización del conocimiento científico, hay que ser fino y no errar el tiro. Si erramos en el diagnóstico, ¿cómo vamos a acertar en el tratamiento?

Tanto me ocupó este pensamiento, que mi último libro divulgativo (hasta este momento) iba precisamente dirigido a esa población que considera que ninguna ciencia era de aplicación “útil” en su vida cotidiana.

Así que recopilé un conjunto de experimentos caseros y life hacks en los que el conocimiento científico te producía una ventaja directa en las actividades más prosaicas del día a día, junto con una somera explicación científica de su por qué (o de su cómo).

Si os apetece echarle un ojo… o regalárselo a aquel que te repite una y otra vez que la ciencia no sirve para nada, aquí lo tienes. Y de paso puedes contestarle: A ti no te sirve, porque no la conoces.

Como Einstein por su casa. La (brico)ciencia para todos


No es tan difícil: ni falacias, ni contradicciones.

23 septiembre 2020

Fuente

Me tortura que no haya una manera formal de distinguir lo cierto de lo falso… pero no la hay.

Por eso acudimos piedras de toque, a criterios de certeza según el gusto de cada uno: revelaciones, doctrinas religiosas y otros argumentos de autoridad, experiencia propia, experiencias internas o el criterio científico, el empírico, el contraste con el mundo que percibimos.

Sé que hay una gran corriente que apela al espíritu crítico una y otra vez, como un criterio abstracto, como una capacidad que, una vez aquirida, puede aplicarse a cualquier disciplina… pero, lamentablemente, no es cierto.

Mirad la siguiente afirmación: “El 5G provoca cáncer”.

¿Cómo decidimos que es cierta o falsa?

¿Vas a creerlo porque lo dice alguien que te cae bien y te gusta como canta?

¿Vas a pensar, a ver qué “te parece”, y abrazar esa postura?

¿Vas a meditar a ver si recibes información directa del Ser?

¿Tienes capacidad experimental para hacer un estudio por tu cuenta?

¿Crees en el consenso científico por la confianza en sus métodos?

En todas esas aproximaciones están eligiendo un criterio de certeza, apelando a un determinado conocimiento experto, no formal, un conocimiento del tema concreto por parte de tu cantante favorito, tu intuición, el Ser supremo o el empirismo. Me extiendo más sobre esto en este post: Al final el espíritu crítico era el conocimiento experto.

Ya, ya… COTEJAR… la palabra mágica. Muy bien, ¿con quién cotejo? ¿Con otros cantantes, personas intuitivas, gurús, otros científicos? ¿Veis que “cotejar” tampoco es un ejercicio formal, sino que apela a contenidos concretos y criterios de certeza concretos?

Pues dicho esto, sí existen elementos formales que podemos comprobar.

Aquí hablamos de ellos a veces, son las falacias lógicas y otros malos usos de las leyes lógicas. Algo que no es especialmente complejo y se enseña a los alumnos de bachillerato, pero que incluso se podría incluir en cursos de la educación obligatoria.

Por ejemplo:

  1. Sé que si llueve la calle se moja.
  2. Veo que está la calle mojada.
  3. Concluyo que ha llovido.

Esto no está bien. Es cierto que si llueve la calle se moja, pero no es la única causa que puede hacer que la calle se moje. Así que no puedo concluir que haya llovido porque la calle esté mojada. No es tan difícil, ¿verdad? Esta falacia se llama “afirmación del consecuente”. En el enlace que os puse podéis ver multitud de ellas y si miráis los mensajes públicos, las noticias, los anuncios… encontraréis montones de ellas. Parece mentira que aún “cuelen”… pero cuelan.

Pero estos malos usos de las leyes de la lógica que sí que te permiten decidir que un argumento es incorrecto pueden ser tan básicos como lo que llamamos el principio de no contradicción: A es lo contrario de “no A”.

Es algo tan simple como que si una proposición es cierta no puede ser falsa y viceversa.

Bueno, pues incluso sobre esto toca discutir.

Ayer me pasó con alguien que considero valioso en la lucha por lo común, lo que me da más miedo aún. Si gente tan formada y con el ánimo de apoyar lo justo para todos, anda enfangada en cosas tan básicas como estas, ¿qué podemos esperar del resto? ¿Cómo vamos a defendernos de los que usan toda su inteligencia y recursos materiales para profundizar la desigualdad y el egoísmo?

Bueno, pues el tema de ayer fue el respeto a las opiniones.

Si queréis leer algo detallado, aquí lo tenéis. Perdóneme, pero yo no respeto opiniones.

Voy a ir directamente a buscar la contradicción que hay en el argumento: Respeto todas las opiniones.

¿Qué ocurre con la opinión de que “no hay que respetar las opiniones”? ¿También la respetas?

¿Qué ocurre con las opiniones contradictorias? ¿Respetas ambas? ¿Qué es ese respeto del que hablamos?

La única manera de poder respetar cosas contradictorias es vaciar de contenido al “respeto” a las ideas. Ese respeto no tendría ningún componente de “aprecio” o “juicio” sobre esa idea. Sólo puedo respetar ideas contrarias si mi respeto no significa nada.

Quizá lo que quiere decir la gente que dice “Respeto todas las opiniones” es “Respeto el derecho de las personas a tener cualquier opinión”, pero eso es algo muuuuuuuy diferente. Eso es respetar a las personas, respetar sus derechos, no a las ideas. De hecho, las ideas no son acreedoras de derechos.

En el respeto a los otros estamos muy de acuerdo, de hecho, aquí pensamos (no como hacen algunos que dicen respetar “opiniones”) que El respeto ni se pide ni se gana, se EXIGE, precisamente porque entendemos que es un derecho humano inalienable.

Buscar la verdad es algo muy complejo y dependiente al final de nuestro criterio de certeza (y sigo cabreado con esto), pero qué menos podemos pedir que razonar y elaborar argumentos que estén libres de falacias lógicas y de contradicciones que, en muchas ocasiones, llegan a suceder incluso dentro de una misma frase. Ayer, en un programa de “citas”, una participante pedía un compañero que no fuera superficial y, al preguntarle cómo le gustaría que fuese, dijo: Más alto que yo, que soy alta y suelo ir con tacones…


Mini Video Tutoriales para Google Docs

20 septiembre 2020

Buenas, aquí tenéis CUARENTA Y NUEVE mini video tutoriales de funciones del editor de textos de Google.

Los he preparado para que sean extremadamente cortos y expliquen cada uno una función suelta del editor de texto para que puedan servir como referencia, sobre todo pensando en estudiantes y principiantes que necesiten hacer esa consulta concreta.

Como profesores os pueden servir para dar referencias para tareas concretas o para estructurar un tema sobre procesadores de texto.

Aquí tenéis unos videotutoriales similares para GoogleSheets

La razón para usar este procesador de texto es la facilidad de acceso online desde cualquier equipo y su popularidad. No soy especial fan de Google y menos aún “certified” ni esas cosas. De hecho, si podéis controlar la configuración de los equipos en los que enseñéis, quizá sería más interesante usar LibreOffice, tanto por potencia, como por filosofía.

En todo caso, estos vídeos os pueden servir para saber qué cosas existen y son posibles, y cómo se hace en una particular versión de un particular procesador, que cambiará con el tiempo, pero al menos ya sabréis que está, por dónde buscarla y cómo aplicarla en un nivel básico.

Se agradece difusión, sobre todo para que alguien se pueda ahorrar el trabajo que ya he hecho yo, y si queréis/podéis aportar, pues también se agradece, que lo que con amor se ofrece, también con amor puede agradecerse… y un cafelillo es una estupenda muestra de reconocimiento 😉 Aquí tenéis mi ko-fi


¿Quién es responsable del mal?

20 septiembre 2020

Nadie culparía a un bebé que te araña al mover una mano cuyos movimientos no controla aún.

Por otra parte, no creo que nadie tuviera demasiada comprensión con una persona adinerada de sesenta años que malversa un millón (para sumarlo a los otros que tiene), con serio perjuicio otros.

Entre ambos extremos, la persona debe ir sumando responsabilidad a sus acciones.

Así lo entiende también la ley y, obligada a poner un límite concreto y objetivable, hace surgir el concepto “mayoría de edad”, que viene acompañado también de muchos problemas.

Como momento vital forma parte de mi trabajo desde hace más de dos décadas, vivo muy de cerca esa transición tan brusca: de ser considerados menores y eximirles de muchas responsabilidades, contar con una cierta protección de derechos (manutención, educación, etc.) a pasar, de un día para otro, a ser “arrojados” a la calle con mucha menor protección y todo el peso de la ley pendiendo de un hilo sobre ellos. Esta situación es aún más kafkiana para aquellos menores en situación de exclusión social.

A esto se le añade que hay muchas “mayorías de edad” que también varían de un país a otro: para conducir, para consumir alcohol/tabaco, consentimiento sexual, trabajar, votar, decidir una interrupción de embarazo… cayendo en contradicciones lógicas de difícil resolución. Por ejemplo, en España se puede trabajar con dieciséis pero no se puede votar hasta los dieciocho, siendo ya alguien sobre el que caen responsabilidades laborales serias, pero que no consideramos capaz de decidir quién quiere que elabore las leyes que se le aplican. Que conste aquí que me considero incapaz de proponeros un listado de edades “correctas”, sólo señalo los problemas filosóficos que conllevan.

Dejaremos la ley a los expertos, hablemos de educación.

Yo diría que una definición útil y bastante acertada de lo que significa ser adulto podría ir por aquí:

Madurar es asumir las responsabilidades de tus actos y sus consecuencias.

Así que, como educador y enseñante en todas mis facetas, mi labor autoescogida se orienta, sobre todo, a que entiendan esta responsabilidad y vayan asumiéndola. También los que hayan cumplido años sin madurar, que una cosa es hacerse viejo, y otra, adulto.

Por eso escribo posts como este, sobre la responsabilidad individual (Tú ordenas y yo obedezco, o no.)

Ya habéis oído muchas veces que los maltratadores suelen haber sido víctimas del maltrato o que pasados traumáticos explican (no digo justifican, ni lo dejo de decir) y quizá fueran atenúen la responsabiidad de ciertos comportamientos. Pero, ¿hasta cuándo podemos esgrimir esta justificación? Cualquier norma justa tiene un ámbito de aplicación y unos límites temporales.

Supongo que cada caso es un mundo, por más que la legislación tenga que fijar ciertos límites que siempre adolecerán de arbitrariedad, para eso están los jueces, para matizar su aplicación.

Y tampoco hay que dejar de decir que, a quien vivencias pasadas le resulten traumáticas y no le dejen vivir una vida amable para sí mismo y para otros, hará bien en reclamar su derecho a la atención sanitaria en salud mental. Lo que no puede reclamar es el derecho a tener “víctimas”.

Pero a los educadores y a la sociedad (que también educa, voluntaria o involuntariamente) también les queda un trabajo, ir haciendo que sus niños y adolescentes vayan asumiendo su responsabilidad.

No sé si habéis visto estas tablas de tareas asumibles por los chavales (por edad), me gustan mucho. No entraré a discutir el detalle, ni a defender el método en el que se basa, sólo quiero decir que existen tareas factibles y que es bueno que las hagan y se responsabilicen de su resultado. De hecho, más allá de quien avale unas tablas u otras, cada chaval progresará a un ritmo diferente y habrá que hacer SU tabla particular, según su nivel de desarrollo y competencia.

Dada la situación educativa actual, va a tocar que los niños y jóvenes tomen un papel más activo en responsabilizarse de su proceso educativo, ya que ni las administraciones, ni los funcionarios educativos ni los propios usuarios se han plantado, de momento, para exigir una presencialidad segura. Y tendré que adaptar mi enseñanza en ese sentido.

Mi intención es que cada alumno lleve un diario/cuaderno en el que vaya reflejando su aprendizaje, elemento que podrán usar en algunas pruebas presenciales, así conseguiré que los más refractarios a esta medida tengan ese aliciente para hacerlo. A su vez, además de la instrucción que impartiré, dejaré establecido el “camino” con las referencias necesarias para que cualquiera pueda sumarse y recorrerlo desde el punto en el que se haya parado. Pero de nuevo la responsabilidad de recorrerlo es suya. La mía es establecer un camino, no “empujarle” desde atrás, o “perdonarle” lo no hecho.

Así que este año estaré más aún preocupado por que aprendan contenidos, aunque esto no sea una corriente que parezca muy popular. Mis alumnos tienen el derecho a que se les enseñe ese saber sofisticado que no es tan sencillo adquirir por cuenta propia. Saber del que yo soy especialista y derecho del que yo soy garante.

El respeto al que aprende, tanto intelectual como a su libertad de elección, no se muestra eliminando las dificultades del camino, sino tendiendo el camino para que pueda superarlas.

Y esto, lo cantó muy bien Mahalia Jackson.

Lord don’t you move the mountain
Just give me strength to climb
Lord don’t move my stumbling block
But lead me around

Aquí la letra completa

Añadido

Permitidme un pequeño añadido para los más curiosos sobre este tema tan bonito que es el libre albedrío (como decía Cassen).

Quizá el la responsabilidad del mal no sea de nadie, si nuestras decisiones no las tomamos nosotros. Si nuestra conciencia es “informada” de la decisión en lugar de ser la fuente en la que se origina, como apuntaba cierto estudio que merece una investigación más profunda que lo corrobore o desmienta, si es que nos atrevemos a ello. En él, la preparación del estímulo muscular era anterior al momento en el que el sujeto tomaba la decisión de moverlo. Échense a temblar. ¿Cómo articulamos un sistema legal con esto en la mente? ¿Cómo articulamos una vida? Permanezcan atentos a sus pantallas… o no. Es aterrador.


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