¿Por qué escribir?

16 julio 2021

Esta es una pregunta que nos hacen mucho a los que escribimos… ya veréis por qué no he dicho a los “escritores”.

Cada uno tiene su respuesta, claro. Os comparto la mía porque creo que tiene cierto interés más allá de que sea el motivo de este escritor en particular.

Yo escribo cuando siento que sucede lo siguiente.

Algo debería decirse y…

  1. No se dice
  2. No se dice lo suficiente
  3. No se dice como creo que podría/debería decirse

Y entonces me pongo a hacerlo.

Creo que esto es interesante más allá de mi circunstancia personal porque me produce varias ventajas psicológicas.

Primero, al centrarme en decir lo que debe ser dicho, me olvido de mi ego, tanto si se crece como si anda de capa caída. Me centro en servir a la idea. No es el nuevo libro de Panadero, es un libro donde se cuenta esto tan importante que debe ser dicho. Curiosamente, sorteando así mi complejo de impostor, luego resultará erosionado al contemplar la obra hecha y ver que es buena. Así que es una manera de poder trabajar sin andar cuerdo del todo y a la vez ir mejorando un poco.

Segundo, amplía mi rango de trabajo y me permite florecer. Me explicaré. Si pienso en lo que (creo que) soy para ver qué tareas puedo acometer, mi visión es muy estrecha. En cambio, si entiendo que algo debe ser hecho y veo claro el camino, me embarco en tareas que desde mi autoevaluación no consideraría posibles. Al final del camino veremos si efectivamente teníamos razón y podía ser hecho. La riqueza de nuestra humanidad, que normalmente minusvaloramos, os llevará a muchas más sorpresas positivas que negativas.

Y aquí os lo dejo para quien le pueda servir tanto para acrecentar su obra como para florecer y descubrir todo su potencial.

Ya sabéis, pensé que debía decirlo porque… no se suele decir, o no lo suficiente, o no de esta forma.


Audiolibro La Cordura de Saberse Loco

2 julio 2021

Es una alegría enorme para mí compartir por fin con vosotros el audiolibro de este querido título.

LO TENÉIS EN ESTE ENLACE.

Muchos ya conoceréis el texto, os recuerdo que son una colección de protocolos y reflexiones para sobrellevar esos hábitos mentales que nos hacen caer una y otra vez en situaciones que nos perjudican. Yo los uso como señales en el camino para intentar perderme lo menos posible y recuperar, al menos, la única cordura accesible, la de saberse loco.

Solo son los consejos bienintencionados de un compañero de viaje, por si os sirven de provecho.

La locución va a cargo de Ana Nieto Pardeiro, con su inconfundible estilo: claro, cercano, intenso y a quien agradecemos la estupenda labor que ha llevado a cabo con tanto esmero y cariño.

Por supuesto, se agradece mucho la difusión.

Portada de La Cordura de Saberse Loco

Buenrollismo y calmantes

4 junio 2021

Ayer, después de leer la última llamada al buenrollismo me enfadé y pensé: El buenrollismo es privilegio. Punto.

Pero un segundo después me di cuenta la persona que decía aquello ha visto no pocas dificultades y tiene un compromiso de esos que te ocupan todos los días durante años, no sólo un esfuerzo puntual. Así que, privilegio, mis cojones.

¿Qué pasa entonces? Mi propia familia es de esa vieja escuela, luchadora incansable con una sonrisa. ¿Qué es entonces lo que me chirría?

Y esta mañana ya lo he visto más claro. Creo que un símil con los calmantes lo explica bien.

Ya sabéis que el dolor es nuestro aliado, Es una alarma de que algo no está funcionando bien. Resulta molesto, pero más molesto es no saber que has puesto la mano sobre la vitrocerámica o que te está comiendo un cáncer.

¿Qué hacemos cuando duele?

Miramos qué falla y tomamos medidas… y calmantes. Pero primero analizamos y tomamos medidas.

Lo que me molesta de la llamada al buenrollismo generalizada y la crítica a la crispación o a la denuncia es que se parece mucho a esos trabajadores de Estados Unidos que se atiborran a ibuprofeno porque no tienen ni los derechos laborales ni el acceso a la salud para hacer otra cosa que matarse trabajando.

“Entregarse” al buenrollismo para sobrellevar una situación jodida, SIN haber tomados las acciones personales o políticas adecuadas es similar a tomarse calmantes ante dolores intestinales, para acabar muriendo de cáncer de colon.

El dolor no es la enfermedad, es el aviso. Benditos calmantes, bendita anestesia… mientras me trato el problema subyacente del que el dolor es sólo un síntoma.

“Sonríe y no seas tan quejica”. ¿Esto lo hago mientras me joden y me aguanto o mientras lucho? ¿O es que lo damos todo por tan perdido que ya solo queremos emborracharnos (con alcohol, risas o entretenimiento) y olvidar hasta el día siguiente?

Curiosamente el símil también nos sirve para hacernos esta otra pregunta: ¿Me opero sin anestesia? ¿Intento aguantar el dolor mientras me repongo de algo sin tomar calmantes? Lo que equivaldría a ¿seguimos de mala hostia continua mientras luchamos hasta que todo acabe? ¿Les entregamos también nuestra serenidad, además de lo que ya nos han usurpado?

Bien, os propongo un trato.

Crispados del mundo, ¿ya estáis haciendo lo posible? Entonces, defended vuestra serenidad, la integridad de vuestro espíritu y la vida amable con los vuestros… calmándoos un poquito.

Happy Flowers del mundo, ¿estáis haciendo lo posible? ¿No? Entonces poneos a hacer vuestra parte individual y política antes de lanzar guirnaldas y cantar canciones.

Y así podremos vernos ambos después, con los deberes hechos, y celebrar la comunidad de los bienintencionados que lo llevan a la práctica.

Quizá hubiera sido más fácil escribir sólo: “A Dios rogando y con el mazo dando”.


La certeza de la incertidumbre

2 junio 2021

Sé que no resulta fácil cabalgar la incertidumbre, precisamente porque yo también deseo certezas a las que asirme.

Muchos de nosotros vivimos en burbujas de una cierta certidumbre, justicia, capacidad de control o propósito. No le damos muchas vueltas y encontramos cierto confort ahí.

“Si trabajo bien, no me despedirán”. “Si me cuido no caeré enfermo”. “Si no he hecho nada malo, ¿por qué una persona o la administración va a ir contra mí.”

¿Os suena? ¿Alguien lo ha dicho en vuestra presencia? Quizá reconozcáis alguna de esas ideas “corriendo en segundo plano” en vuestro cerebro.

Pero esto no va así. Un día te pones malo… o muy malo. Tienes un accidente. Te despiden y, contra toda “lógica”, no consigues encontrar trabajo por más que tengas buena formación y seas un trabajador responsable. O puede que te cruces con alguien que te da una paliza… a la que quizá quieras poner sentido porque eras de un equipo de fútbol o le miraste mal o no tienes una orientación sexual mayoritaria. Pero, ¿es que cualquiera de esas cosas es una “razón” para lo que te acaba de suceder”?

Queremos irnos a la cama y que todo lo que ha pasado en el día encaje, más o menos, pero esto no funciona así.

Quizá te baste con aceptar los golpes de suerte, la buena y la mala, organizar un relato que te cuadre y seguir en tu ilusión de un mundo bajo tu control, bajo la lógica o bajo la justicia… pero esto no funciona así.

Lo saben bien aquellos que tratan con la cara más amarga de este mundo, que la tiene y que llena densamente de abismos nuestra “amable” cotidianeidad, cosas terribles que pasan en el piso de al lado o entre los cartones a la puerta de tu banco. Podrías asustarte si supieras lo cerca que estás de esos que llamas “ellos” y de los que te crees que te separa una distancia grande o un muro grueso, pero estás a dos o tres golpes de mala fortuna de caer en esas simas de desesperación, donde dejan de funcionar todas aquellas “palancas” que parecían las causas de tus derechos o tus privilegios como los contactos, el patrimonio, la salud física o los talentos.

Últimamente veo cierto pensamiento filosófico/religioso poco serio que pretende darte esa confianza que anhelamos. A ver si consigo explicarme.

Según ciertas concepciones el mundo que percibimos es irreal, nuestras cuitas partidas de Monopoly y la sangre, salsa de tomate, en tanto que seríamos espíritu trascendente no afectado por lo que pasa aquí. Así que, en puridad, desde aquí no nos ofrecerán consuelo material, más allá de alcanzar el estado de conciencia donde tampoco a nosotros nos importe vivir o morir, sufrir o gozar.

Según otras, habrá un balance. Eso que un buen amigo dice “El tiempo pone a cada uno en su sitio”. Pero ojo, ese balance se hace a escalas de tiempo cósmicas. El dharma y el karma (digamos el debe y el haber de mi cuenta) se ajustará, pero no hoy, ni después de dos años que llevo sufriendo… quizá no ocurra en toda esta encarnación. Por lo tanto, el consuelo material que te quieran dar por aquí, entendiendo que ese balance va a poner justicia en tu situación en un periodo de meses, es que no están entendiendo el asunto que pretenden predicar. De hecho, si finalmente quieres abandonar la incesante rueda de reencarnaciones tendrás que acabar renunciando a “cobrar” tu dharma en tanto que seguir pensando en esa dualidad te ata precisamente a permanecer en el ciclo para recibir lo que te “mereces”.

Y según otras hay una posibilidad de intervención trascendente en el mundo material. Digamos, milagros. Bien concedidos por alguna deidad o subalterno, bien porque tu propia conexión con la fuente consigue aplicar una leyes de orden superior al mundo material. Vaya, que eres el Neo de Matrix, esquivas balas y atraviesas muros. Pero en este caso, de nuevo, el mundo material es ilusorio, en tanto que sometido a otras leyes superiores. Desde este punto de vista si te cortan un brazo no es que “aprendas a afrontar el desafío de tener solo uno y sacar lo mejor de la experiencia”, es que eres capaz de hacerlo volver a aparecer. Si ese nivel de consciencia es accesible, tus cuitas materiales pasarán a no tener mucha importancia, al no afectarte o estar bajo tu control.

¿Qué hacemos entonces, Javi, si nos duele el vivir?

La incertidumbre no es estar condenados a un destino horrible e inevitable. Es tener reducida nuestra capacidad como agentes en esta situación. Es tener que contemplar las acciones de otros agentes o las del puro azar como posiblemente determinantes.

Pero ya os haréis cargo que no es lo mismo lanzar un dado y apostar a que sale seis o apostar a que sale impar. En un caso tengo una probabilidad de éxito de 1/6 y en el otro de 1/2, mucho mayor.

Lo que tenemos que hacer es devolverle la mirada al horror en lugar de negarlo. Hacer “lo posible” (¿qué otra cosa si no?) y protegernos tanto como podamos y usar las cartas que tengamos para jugar nuestra mano lo mejor que sepamos.

Algo que debería ser obvio es la poca capacidad que tenemos como individuos y lo mucho que mejoran nuestras posibilidades como grupo. Por eso la defensa que hago siempre de sistemas y estructuras, de servicios públicos, de que entre todos podemos superar mucho lo que venga. No sabemos si serás tú o seré yo el que se tuerza un pie, pero si el otro le ayuda, los dos podremos seguir caminando.

Esta aterradora falta de propósito, de control, de que haya alguien haciéndose cargo de lo que pasa y por qué, no parece más que acrecentarse por lo que nos vamos encontrando en la ciencia pero, ¿sabéis que es una certidumbre? ¿Sabéis qué podemos hacer? ¿Sabéis qué es cierto y está en nuestra mano elegirlo?

Querernos.

Dotarle nosotros de sentido en lugar de ver si lo encontramos bajo una piedra o contemplando una galaxia.

Podemos trabajar en lo individual, en las relaciones que tengamos y en la sociedad para acrecentar la amabilidad y el cariño entre los que quieran participar.

Y eso será cierto y muy cierto. Que nos quisimos. Que nos dimos amor y compañía aunque no podamos hacer nada contra ese meteorito que se acerca, esa enfermedad incurable o esa pobreza.

Y si somos muchos y ese amor se traduce en los hechos (como no puede ser de otra manera si de veras lo es) encontraremos en la colectividad la mejora de muchas de esas condiciones que sí ceden ante el grupo, pero no ante el individuo débil, inerme o desvalido.

Así que, o bien mientras Dios se desvela, vuelve, lo encontramos en nuestro interior, o bien mientras el universo se congela, tenemos en nuestra mano crear la certeza que andábamos buscando y hacerla tan real y patente como nos atrevamos a soñar.


Luchas “compartidas”, medios y fines

9 mayo 2021

¿Habéis oído eso de que “el fin justifica los medios”?

Casi seguro que no estáis de acuerdo, ¿verdad? Si los medios no están a la altura ética del fin que se persigue, nos habremos “perdido” por el camino, y quizá nos hayamos convertido en los monstruos contra cuyos males luchábamos.

De esta forma, admitimos que los medios no pueden ser demasiado “malos” si quieren servir a un fin. Hoy me pregunto, ¿deben tener un cierto “mínimo”? Intentaré explicarme… las conexiones de mi cabeza no son siempre claras. Tampoco para mí.

Recuerdo un chiste de mis admirados Faemino y Cansado. “Soltemos una jauría de perros rabiosos por la paz.”

¿Qué os parece? ¿Puede argumentarse que eso es un medio para conseguir la paz por más que se enuncie así? ¿Llega siquiera a acto simbólico? Y vaya esto sin criticar la hipocresía y falta de efectividad de muchos actos simbólicos, que eso ya lo podéis leer aquí.

De esta forma, ¿podría ser que tuviéramos una lucha compartida si hacemos cosas muy “diferentes”? ¿Cuál es ese límite?

En mi opinión hay un límite, quizá con una frontera difusa, como todas, pero con zonas claras de comunidad y separación.

¿Estaban los funcionarios que trabajaban en Vichy diciendo que sí a todo en la misma lucha que la resistencia francesa? ¿Y si te digo que en los bares y en sus casas hablaban con profundo desacuerdo sobre la política colaboracionista?

Soy consciente de que hay mucho indolente que se quiere engañar y otros que quieren engañarnos a los demás pero que, cuando se miran al espejo, saben que están en otra cosa.

También soy consciente de que hay mucha gente que vive engañada y que cree sinceramente estar en la misma lucha, pero de lo que no me cabe ninguna duda es de la certeza de abandono que sufren los que sí que están de veras en esa lucha, sobre todo de los que pagan un precio más caro por estar en primera línea.

No todo se puede hacer con los medios que te parezcan adecuados o te resulten más cómodos, hay fines que requieren de la participación en ciertos medios. Si tu interés en una causa es sincero, dale una vuelta, hay muchos de los que te sientes, y te quieres sentir, compañero que te echan de menos.


Acatar y respetar

5 mayo 2021

Hoy es a cuenta de las elecciones, pero otros días es a raíz de sentencias judiciales o cualquier discurso que aparezca en los medios.

Estoy en un estado de derecho y la ley no me pide respeto a las decisiones judiciales o al resultado de las urnas, me pide que los acate. Bueno, en realidad no me lo pide, me lo exige, lo que en un estado de derecho se traduce en que puedo incluso no hacerlo y aceptar las consecuencias, como hacen tantos infractores que asumen las multas como costes de hacer lo que les parece. Podéis verlo en lo personal con aquellos conductores que van “a los suyo” o en el comportamiento medioambiental de muchas empresas.

Pero Javi, aquí hablamos de ciudadanía. Efectivamente podemos matar a alguien y asumir los años de cárcel, pero queremos un análisis ético. La pregunta es si éticamente debemos respetar esas decisiones o sentencias.

Pues es que yo ya di mi amor a alguien…

En este post, De ligaduras y hombres, ya os contaba que tener muchas lealtades puede llevar a conflictos entre ellas. Y yo ya le he declarado mi amor a la verdad y a los derechos humanos.

Este compromiso previo me obliga a respetar a todos los humanos pero a despreciar profundamente ciertas opiniones, decisiones, sentencias y leyes, precisamente las que atentan contra los derechos fundamentales.

Esto no significa, como algunos apuntan, que te parezca odioso todo lo que no sea tu opinión, pero jamás me alegraré ni pensaré que es respetable que haya quien quiera tener diputados nazis y menos aún de que lo consiga.

Las decisiones humanas son falibles, como cualquiera que lleve en la tierra más de quince minutos debe saber por propia experiencia. Lo son las mías y lo son las tuyas, por lo tanto es perfectamente posible que tus decisiones sean perjudiciales para otros e incluso para ti mismo, por más que sea tu libertad tomarlas. Si alguien necesita un ejemplo, puede usar su libertad para arrancarse un dedo de la mano de un bocado y reflexionar sobre ello. Es cierto que mi análisis sobre lo erróneo de la decisión de otro puede estar equivocado… como el suyo.

Así que, no tengo ningún respeto por los resultados de las urnas de ayer (que traerán mucho dolor y algunas muertes por el destrozo de los servicios públicos), ni por que quien coquetea con lo más despreciable de la xenofobia tenga algo de poder, ni por que la mentira y el acoso sean las nuevas armas preferidas de la política. 

Pero no se preocupen, todo aquello será acatado y tendremos asientos de primera para ver el mundo arder.


¿Demasiado joven para opinar? No, demasiado joven para publicarlo

1 mayo 2021
Árbol. Foto propia
Árbol en Burgos. Foto propia.

Se ha hecho viral el vídeo de una joven que propone hacer experimentación con presos en lugar de con animales porque unos son inocentes y otros no. Y, ante la que se ha liado, reconoce que su propuesta es radical, pero la mantiene.

Al hilo de esto me viene a la memoria la cara de horror de una buena amiga cuando opiné una barbaridad en un bar en nuestros tiernos veinte años con la única compañía de un grupo de amigos, que gracias al cielo aún nos conservamos como tales.

Es imposible no tener opinión, ya lo discutimos aquí, pero, ¿es necesario expresarla a los cuatro vientos, que se publique y permanezca, persiguiéndome por los siglos de los siglos? ¿Es necesario que ese registro de mis primeros “balbuceos” con la lógica, las ideas, las ideologías, empiece tan pronto?

Quizá hayáis oído hablar del derecho al olvido, pero si andáis en ello también sabréis lo difícil que es hacer valer ese derecho… vaya, como tantos otros.

Esta joven quizá no ha tenido quien le explique que la dignidad humana es un derecho inalienable, a pesar de los delitos que haya cometido, que se lo haga entender tranquilamente, parsimoniosamente, dándole el tiempo necesario para que su raciocinio acalle la llamada de sus tripas que piden la peor tortura para quien daña a los tuyos. Esto quizá requiera unos años. O puede que esta persona necesite experimentar lo fácil que es pasar “al otro lado de la ley” y la vida se lo muestre en sus carnes o en las de alguien cercano.

También pudiera ocurrir que todo ese esfuerzo sea inútil y simplemente estemos ante una joven que en el futuro anhele la ocasión de ser algún Menguele o verle trabajar con delectación, que espere el momento de unirse a las ideologías que se escondieron unas décadas y ahora vuelven a mostrar con orgullo su maldad. Ahora mismo es difícil saberlo. Ahora mismo es una joven con la cabeza hecha un lío, cosa que podría tener solución o no tenerla, pero cuyas barbaridades no deberían ser públicas y cuya educación debería suceder en el ámbito de lo privado.

¿Es injusto entonces el vapuleo que está recibiendo en las redes? Pues no sé. ¿Debemos permitir que prosperen y ocupen lo público los discursos de odio, en contra de los más básicos derechos humanos, como el de la salud?

Sin duda su discurso está obteniendo lo que merece, pero ¿y ella? ¿Merece ese escarnio y exposición? ¿Quién es responsable de que la tenga? ¿Quién se lucra de ello? ¿A quién le importa?

Pues a ella debería importarle, porque, por ejemplo, mañana, cuando vaya a buscar trabajo, busquen su nombre por la red y aparezcan estas palabras terribles es posible que pague un precio. Y es posible que también suceda pasado mañana. Y al otro.

Una cosa que creo les enseñamos poco a los jóvenes es la falta de proporcionalidad entre los errores y el coste que la vida te pasa por ellos, por exceso y por defecto. Y si se lo tiene que enseñar la vida, igual va a doler mucho.

Si no sois ya tan jóvenes, pensad en lo que habéis hecho, en lo dicho y en la bendición que es que sólo quede el rastro en alguna foto amarillenta o en algún recuerdo.

Cuidemos a nuestros jóvenes.


Bienvenidos a la distopía

8 abril 2021
Cielo reflejado en la arena mojada de una playa. Foto propia

En el diccionario nos encontramos con esta definición:

“Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.”

Pues ya está aquí, en realidad ya lo estaba y siempre lo ha estado.

Lamentablemente nuestro anumerismo y pensamiento sesgado hace que no reparemos en ella… o quizá sea el egoísmo y la incapacidad de cambiarlo lo que hace que miremos hacia otro lado con horror y vergüenza.

Pensamos regular. Nadie mete la mano en el fuego porque se quema el cien por cien de la veces, pero a la lotería sí echamos… por si acaso. No evaluamos bien las cosas que no ocurren de manera constante, cíclica o al “cien por cien”.

Y eso le pasa a la distopía, que no es constante, no es uniforme para todos los humanos. De esta forma es muy sencillo que los que estamos un poco lejos del borde pensemos que todo es una meseta, como nuestro pequeño entorno local.

Lo curioso de esta meseta es que está llena de agujeros, de pequeños abismos en los que podemos caer en cualquier momento y son tan profundos como los bordes exteriores.

Un día vas por una calle de tiendas lujosas y ves un tipo sentado en unos cartones lleno de heridas.

Otro día estás en la playa tomándote un mojito y de repente desembarca una patera llena de ilegales que corren por sobrevivir.

En otra ocasión recibes un diagnóstico que te aboca a la muerte porque requiere un tratamiento que no puedes pagar.

O un despido te “transforma” en un parado de larga duración…

O una discapacidad sobrevenida te convierte en un gran dependiente…

Y muchas de estas situaciones pueden producirse por azares que escapan del control de tu voluntad o tu esfuerzo.

De repente, necesitas ese sistema que despreciabas, al que no querías contribuir, del que ahora dependes. Qué triste que nos demos cuenta en la cola para que te den algo de comida para tus hijos o desahuciado y durmiendo en la calle o necesitando una máquina que te permita respirar o a una persona que te limpie el culo.

Ninguna de estas situaciones son indignas, aunque así lo perciba (o se lo hagan percibir) el que las sufre, la indignidad es la de una sociedad incapaz de proveer los derechos humanos básicos. Recuérdalo cuando te pase. Un día nos toca ayudar y otro pedir ayuda. Nada más. Eso es vivir en comunidad.

Convivimos con el horror, con la distopía.

Fantaseo con que nuestros descendientes sean incapaces de entenderlo y nos pregunten “Abuelo, ¿por qué había gente pasando necesidad si había recursos?


Siente a un alumno a su mesa

19 marzo 2021
Caminante entre las nubes. Caspar David

Seguro que recuerdan aquella llamada “Siente a un pobre a su mesa”, probable fruto de una concepción caritativa de la provisión de los derechos fundamentales. Hoy la recordaba porque otra consigna, mucho más celebrada y de moda, comienza a sonarme parecida: “Actúa local”.

Cada vez veo más claro que tenemos dos dimensiones irrenunciables en la actividad humana, digamos la privada y la política, la personal y la social… entendiendo, por supuesto, que hay intersección no nula. No escatimo el adjetivo, irrenunciable, ya que la vida nos interpela en ambas facetas y la ausencia de respuesta es, de hecho, una clamorosa respuesta.

Diría que en la juventud se le atribuye a la dimensión política mucha más capacidad de la que, en la práctica, tiene. Todos queríamos cambiar el mundo.

Cuando se intenta actuar, o con el tiempo, empieza a verse que no es tan sencillo, ni tan rápido. En algunos casos esto genera una deriva conservadora e individualista, buscando mantener las migajas que se han acumulado, en otros, simplemente hartazgo, sumisión, aceptación de que las cosas son como son. Mención aparte para los más dañados por las circunstancias, que simplemente se afanan en subsistir. Y, entre los que comen caliente, hay también quienes no son capaces de acallar sus conciencias, que les siguen pidiendo esa necesaria transformación del mundo.

Con el tiempo me he vuelto menos “comprensivo” con la negación de la dimensión política de la vida que se practica tan a menudo por los indolentes y, lo que es más preocupante, por los bondadosos. De la misma forma que un político “amable” de una organización corrupta o dañina acarrea una responsabilidad en su militancia, los ciudadanos que damos la espalda a la responsabilidad de nuestra participación en las estructuras, o que directamente las obviamos, también somo deudores de nuestras acciones y omisiones.

Que la condesa sentase a un pobre a su mesa en un día señalado, mientras seguía perpetuando la opresión, se nos antoja repugnante. Salvando las diferencias, ¿qué hago yo cuando hago extraescolares por la cara o trabajo los fines de semana? ¿No estoy “sentando a un alumno a mi mesa”? ¿No es eso pan para hoy y hambre para mañana? ¿No debería luchar porque fuese estructural el tiempo y el personal necesario para la atención adecuada, el periódico del centro, el grupo de teatro, el equipo de deportes, etc.?

No lo hacemos porque seamos gilipollas, es que tú ves los ojos del chaval que “sientas a tu mesa”, al que le dedicas horas, al que le das apoyo… los ojos que no contemplas son los de los que no ven provisto su derecho porque da la casualidad de que no hay suficientes mártires o héroes en su centro para cubrir todas las necesidades.

Como en el caso del dilema del tranvía, me duele más el daño que se produce por mi acción que por mi inacción, y me siento mucho más culpable de dejar a ese chaval tirado que si lucho por mejorar la estructura, pero el daño que se hace es mucho mayor. Tenemos una responsabilidad política por las implicaciones de nuestros actos individuales y por la participación, o ausencia de ella, en lo común.

Ir a llevar café a las personas sin hogar, dar clases gratis, ir a atender enfermos, nos produce una sensación agradable de empatía con el prójimo, nos ocupa el tiempo, nos gasta las energías… nos vamos a la cama complacidos con hacer lo que se puede. Me pregunto si es eso todo lo que podemos hacer, si elegimos ese refugio cómodo de la acción local dando por perdido el cambio estructural, pensando en vivir como Kung Fu, arreglando lo que salga a nuestro encuentro, secando las lágrimas de los ojos que vemos y no pensando mucho en los que no vemos. ¿Es quizá una profecía autocumplida? ¿Nada puede cambiarse justo porque no lo intentamos?

Javi, encima que hacemos cosas, con tanto cabrón suelto que hay, ¿nos sacas los colores a nosotros?

Y, ¿con quién podría hablarlo, queridos, con quién? ¿Con los cabrones? ¿Con los que no tienen fuerzas más que para agradecernos la ayuda cuando se la podemos dar? ¿Quién está llamado a cambiar esto? ¿Nos rendimos del todo? No lo sé. Sólo hablo en alto para los que se paran a escuchar.


¿Es rentable el mal?

21 enero 2021
Fuente. Cuadro Caminante sobre mar de nubes

Sí, el mal sale rentable. Aunque, como siempre, esta frase no significa nada si no pactamos el significado de los términos que usamos. En este caso la clave está en “rentable”.

Quizá podríamos decir que rentable es algo que nos produce un beneficio neto positivo, superando a los costes. Es fácil que estés de acuerdo, pero esto sigue sin ser preciso. ¿Tenemos un definición consensuada de costes y beneficios?

Utilizo a un amigo para obtener un contrato sustancioso y pierdo esa amistad. ¿He ganado o perdido? ¿Y si no es muy amigo? ¿Y si es sólo conocido? ¿Y si ni siquiera es conocido?

Algo muy curioso de la reflexión sobre la inteligencia artificial es que te hace tener que definir con precisión y con cierta coherencia cosas sobre las que no nos ocupamos mucho, sobre todo la coherencia.

Alguien ponía un ejemplo, creo que era Helena Matute: Si programo una máquina en la que su función beneficio sea producir el máximo número de naranjas posibles, podría entender que eliminar a parte o toda la humanidad pondría a sus disposición un montón de energía que se está desperdiciando, en tanto que no se invierte en naranjas. ¿Quieres que la vida humana tenga un coste? Pues más te vale decírselo a la máquina… y ahora te va a preguntar cuánto es ese coste, para poder comparar con los beneficios de ciertas acciones y tomar decisiones. Esto, que te debe parecer tan oscuro, lo hacen personas, a diario, cuando se toman decisiones sobre la contaminación atmosférica.

Ayer veía en la tele cómo se le afeaba a una “pequeña” famosa no querer trabajar más para poder crecer (económicamente) más, aunque fuera a coste de su vida personal. Ese mantra del crecimiento económico constante ¿es una teoría del beneficio compartida? Los que se lo afeaban tienen patrimonio para vivir una vida tranquila y medianamente modesta sin volver a trabajar, aunque, de hecho, siguen trabajando mucho. Esgrimían el argumento de estar “preparado” para un futuro (económicamente) incierto, pero el suyo ya no lo es.

A veces olvidamos que no todos queremos lo mismo y no a todos nos importa lo mismo. Leí hace poco una interesante reflexión sobre gente que no siente (casi) nada al mentir, al usar la palabra como una herramienta más, componiendo mensajes que le favorezcan, estén o no alineados con la verdad, sin que les provoque un mínimo choque cognitivo. ¿Es para ti un coste mentir? ¿Según a quien? ¿No te produce ni siquiera incomodidad o carga cognitiva al intentar que no “te pillen”? ¿O te da igual que te pillen?

Quizá por eso a veces no nos entendemos o no entendemos al otro, porque estamos suponiendo una base común de los conceptos coste y beneficio que no tienen por qué darse, cuando a la luz de estos sus actos serían muy claros.

Otro día discutíamos entre amigos, ¿es una mala estrategia una actitud poco ética que te reporta dinero y una buena posición laboral? A estas alturas ya convendréis conmigo en que la pregunta está incompleta, habría que decir “para qué”: ¿Qué fines buscas y qué costes te importan? Y otra cosa que se ha colado: ¿A qué “ética” nos estamos refiriendo? Hay quien dice que, en tanto que esto es una puta jungla, (casi) cualquier comportamiento es ético.

Hasta aquí me podríais decir que es obvio lo que digo y que no tiene mayor importancia, en tanto que me rodeo de gente que comparte mis principios éticos y un buen subconjunto de valores (lo que considera deseable y lo que le dolería perder), PEEEEERO….

Resulta que somos profesores, educadores… o lo que es peor, padres. Aquí ya no puedes alegar transpiración genital y pasar de quien te parezca un gilipollas, un aprovechado o una mala persona. porque la Educación de esa persona es, en parte, tu Responsabilidad (permitidme las mayúsculas). Y si eres padre o madre, percibirás que es totalmente tu responsabilidad, aunque no lo sea así, ya que, por más que te duela, sólo eres un agente de los muchos que le influyen.

“Quiero que mi hijo no piense que las personas son un medio para sus fines”. ¿Es esto una aspiración legítima? Más allá de que asumamos (temporalmente) que tienes (un cierto) derecho a “inculcar” los valores que desees a tu progenie, me refiero a que, ¿hay una “manera” para que se lo crea/interiorice/asuma? ¿Podemos conseguirlo?

Dar la turra ya sabes tú que no siempre funciona, por las muchas que hay oído, y que sigues oyendo, y que te entran por un oído y te salen por el otro. En algunos casos, afortunadamente.

“Yo, si veo que mi hijo no comparte con su hermano, le dejo sin nada”. Muy bien, tienes mi apoyo, pero aquí el coste es el castigo y el riesgo, que te pillen. Igual le coge el gusto a compartir, pero puede que siga siendo egoísta donde resulte difícil que le detecten, o bien, donde no le pongan coste si le vieran.

Predicar con el ejemplo. Ah, seguro que estabas pensando en esto, ¿eh? Nadie lo discute, todos piensan que es lo mejor y que funciona. Olvidas lo fácil que es sortear este “adoctrinamiento”. Y digo olvidas porque tú lo haces, todo el puto día. Consiste en etiquetarte como diferente al otro, de esta forma ese ejemplo ya no es “para ti”. Repasa cómo no imitas el comportamiento de gente cuyas cualidades dices admirar, porque luego añades: Es que yo no soy como tú de bueno/responsable/generoso… Fácil, ¿eh?

Así que no, tú puedes pasar todas las tardes en una ONG y que tus hijos piensen que eres un pringao mientras roban en el bazar de la esquina, porque es un viejo que no se entera.

Me resulta curioso que personas muy “racionales”, por ejemplo respecto a las creencias religiosas, no duden en repetirles a sus retoños que El tiempo pone a todos en su lugar, Al final se acaba pagando y otras ideas que me gustaría ver sustentadas con datos y pruebas, porque lo que yo veo es que: no siempre ocurre a corto plazo, tampoco a medio plazo y a veces no ocurre jamás. Y, si el nivel de empatía de aquellos “malvados” es bajo, posiblemente duerman mejor que tú y que yo y no tengan ningún problema al mirarse en el espejo.

Y por fin llego al título del post (cada vez me cuesta más).

Sí, el mal es rentable, según cuáles sean tus objetivos y lo poco que valores lo que vayas a perder en el camino. Sobre todo en entornos organizados, en sistemas garantistas. Piensa en la carretera: Si todos conducís más o menos bien, mi objetivo es ganar tiempo, no me importa pagar multa y no es fácil que me pillen porque hay poca vigilancia… es “beneficioso” ir haciendo pirulas, sirve a mis objetivos. Otra cosa es una carretera llena de pillos, o un sistema fiscal donde todo el mundo defraudara mucho. Se convierte en inviable. No, el río revuelto no es el mejor sistema para ser un pillo. Al menos, no si está muy revuelto.

¿Qué hacemos? ¿Seguimos amenazando con castigos las conductas “no buenas”, a ver si se “aficionan”? ¿Seguimos vendiendo la moto de que “los malos al final salen perdiendo”? Es mejor eso cuando son jóvenes para que les llegue la crisis más tarde? ¿Igual que con Papá Noel? Quizá con niños muy pequeños os sirva, ya te digo yo que los adolescentes ven claro que tu compromiso con el trabajo y el ciertos “influencers” funciona diferente a la hora de acercarte a cierto hedonismo, típico de esas edades. De hecho, es posible que hayas cumplido cuarenta o cincuenta y estén pensando que llevas haciendo el gilipollas toda la vida, ¿es así? ¿Estás revisando valores? ¿Los sientes impuestos o los has elegido? ¿Has invertido algún tiempo en revisarlos en todos estos años? ¿Quién eres? ¿Quién quieres ser? ¿Ahora crees que te hubiera gustado haber sido otro?

Ya te digo que, respecto del pasado, te vas jodiendo. Está fuera de tu alcance por más que lo revises. Sí puede ser interesante que pienses respecto del presente y del futuro.

¿A qué se debe tu adhesión al “bien”? Sirve a tus “intereses”, porque es posible que a ti si te haga dormir tranquilo ser “bueno” según tus parámetros, y que le dé una dirección a tu vida o incluso una identidad a tu persona.

Y terminaré diciendo que estoy no es una apología del mal o del que “cada perro que se…”, digo, “cada palo que aguante su vela”, mejor. A lo que sí llamo es a una reflexión y un discurso valiente respecto a esto, que es un terrible abismo al que hay que enfrentarse, o vivir en un letargo intelectual constante.

Mi opinión, expresada mil veces y detallada en La Cordura de Saberse Loco, que os dejé gratis por aquí, va en una dirección muy diferente: el Amor es el único sentido “razonable” de este mundo, tanto si lo es de manera trascendente, como si decidimos elegirlo y atrevernos a dotar de sentido a una naturaleza caótica, pero desde luego no porque “me paguen” en la otra vida, o “acabe peor” si soy malo. Joder, que ya somos (o deberíamos ser) mayorcitos.

¿Están nuestros adolescentes, estamos nosotros, maduros para tener esta conversación o es mejor seguir con el hombre del saco y paraísos futuros?

Y ahora así, por último, “dar ejemplo” es el puro resultado de comportarte con cierta coherencia y constancia alineado con ciertos principios. Dar “turra” (ligera, por favor), la explicación pertinente a quien la pida y el ejercicio de la libertad de expresión, derecho al que también somos acreedores. Así que sigamos haciéndolo, pero no por si “sirve”, porque, ¿qué ejemplo sería un comportamiento ético que tuviese como motivación ser ejemplar? ¿Sería, entonces, ético?


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