Profesores por azar

7 noviembre 2018

Fuente: Wikipedia

Una de las perlas que nos dejó ayer la Ministra de Educación en su comparecencia fue quejarse de personas que llegan a profesores por azar.

Cuando adjetivamos una palabra, cuando marcamos una situación, siempre se produce una diferencia que la distingue del conjunto de su misma especie. Si hablo del coche rojo, o grande, o del mío; será porque el resto de coches considerados no cumplen alguna de esas características.

Así que, cuando marcamos a la gente que llega a determinada profesión “por azar” será porque el resto habrá llegado por algo diferente al azar.

Primero habría que definir qué es eso de llegar por “azar”. ¿Será que en la tapa del yogur le ofrecieron una plaza de profesor? ¿Será que salió a trabajar y abrió la primera puerta que resultó ser de un colegio?

Y los que no llegaron por azar, ¿por qué llegaron? ¿Por el ejercicio de la voluntad? ¿Por el ejercicio LIBRE (glups) de la voluntad? ¿Desde cuándo? Si su voluntad de ser profesor sólo tiene la antigüedad de un año, ¿es “azarosa”? ¿Es libre?

A mis alumnos les mando como ejercicio que revisen sus vidas e identifiquen cómo fueron tomadas decisiones cruciales en ellas, qué participación tuvo su voluntad y qué participación tuvieron otros factores incontrolables (pero determinantes) que podríamos llamar “azar”. Como aún viven vidas cortas, les sugiero que pregunten también a sus padres cómo se conocieron, cómo eligieron estudios, cómo eligieron profesión, cómo llegaron a su primer trabajo…  Cualquiera que haga este ejercicio, si no se engaña demasiado, encontrará que su libertad y su voluntad tiene una influencia mucho menor de lo que nos gusta reconocer en sus resultados, por más que sea en lo único que podamos trabajar para mejorar nuestras posibilidades.

Pero no se preocupen, que el resto del discurso de la ministra y sus expertos (o la opinión dominante) ya ha encontrado cuál es ese antónimo tan buscado al “azar”. Y resulta que es…. (redoble)… la vocación. Acabáramos.

¿”La llamada del corazón”, “La llamada de Dios”?

Tócate las pelotas…

Si ya era difícil definir o identificar si hay alguna voluntad libre en nuestras vidas, ahora resulta que hay que oír la voz de la vocación para poder ejercer un trabajo, porque no se engañen, ser profesor es un trabajo.

Supongo que lo siguiente será realizar un juramento o quizá hacer votos. Esto empieza a parecerse más a un sacerdocio que a un trabajo realizado por un profesional en unas condiciones concretas y durante un tiempo estipulado.

No sé si reconocéis lo peligroso que es todo esto. Pensadlo respecto de cualquier otro trabajo, y cambiad vuestro estatus de trabajador en el de monja o cura. Mirad lo que eso significa respecto a la interferencia en el resto de vuestra vida, disponibilidad absoluta en tiempo y recursos, jerarquías abusivas, etc. No, ser profesor no es un sacerdocio. Basta de tonterías.

Yo mismo he hablado de la conveniencia de que el amor sea lo que impulsa tu vida, incluido el trabajo. Como profesor creo que es importante amar tu materia y a la gente que la enseñas, pero esto puede concretarse en poseer una buena formación en tu materia, disfrutar con ella y tener la suficiente empatía para tratar a tus alumnos con el respeto y cariño que se merece cualquier persona. Si a esto le añades una capacidad didáctica suficiente, tendrás un profesor digno.

Esto me gustaría poder decirlo de cualquier profesión. Si voy a la mercería a comprar hilo me gusta que quien me atienda conozca su materia y me trate con respeto y aprecio. Por supuesto cuando el trato con personas sea más cercano y la situación de las personas que atiendes más demandante, más necesaria será esa empatía, pero empatía, respeto y ya.

Quiero ser un profesional, quiero poder llevar una vida sana, tener un horario y atribuciones concretas y asequibles. No quiero ser el héroe o el mártir de un sistema que está mal diseñado, que cuenta con que la gente trabaje por encima de sus horas y atribuciones para el funcionamiento normal.

Así que no, no quiero irme a vivir al colegio, que todo mi día gire en torno a eso, tener que comprar el desayuno a chavales que les niegan una beca de comedor, pagar materiales a los que no tienen dinero para comprarlo.. no.

Quiero un sistema robusto que provea derechos para todos y que los trabajadores no tengan que vivir explotados para que los usuarios puedan ver sus derechos provistos.

Sé que muchos profesores sacamos a veces nuestra propia estima o nos definimos como personas desempeñando ese papel, contamos nuestras batallas con indignación, pero con un tufillo de orgullo, y es un error, tanto psicológico como laboral. Por eso escribí esta otra entrada con la que tanto os bombardeo en redes “Los profesores son un mal ejemplo”.

Por lo tanto, no, Sra. Ministra:

Que la decisión de tomar un trabajo tenga un año más o menos de antigüedad, no me hace más valioso que otro trabajador.

Mi trabajo no es mi religión. Es la forma en la que aporto a mi sociedad en la medida de mis capacidades y es sólo una parte de mi actividad humana que no se agota con mi condición de obrero. (Aprovecho para recordar que por esto mismo siempre repetimos que no formamos obreros en la educación pública, formamos personas.)

Que los trabajos tienen que estar bien definidos y los sistemas bien diseñados. Y, a partir de ahí, hablemos de evaluación del profesorado y de ver si se están cumpliendo las funciones para las que fuimos contratados. Hoy no dejamos de apagar fuegos y hacer más de la cuenta en un entorno hostil y de continua emergencia.

Finalmente, y como un hijo más de esos que nacieron porque nuestros padres no usaban medidas anticonceptivas, como alguien que llegó a esta tierra por el azar de que mis padres se conocieran y practicaran sexo sin demasiadas precauciones, le diré que no me siento un ciudadano de segunda e intentaré vivir con todas mis ganas una vida valiosa para mí y para mi sociedad, aunque, repito, no sea un hijo “vocacional”.

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¿Qué vas a hacer?

17 octubre 2018

Eso es la Vida, una interpelación constante.

Te coge de la pechera y te pregunta: ¿Qué vas a hacer?

Pues no lo sé, no tengo suficiente información para decidir, no quiero pensarlo ahora…

Y Ella repite: ¿Qué vas a hacer?

Incansablemente, de forma constante, más allá de nuestras excusas o peticiones de prórrogas.

¿Qué vas a hacer?

Y aquí estamos los que vivimos en el espacio-tiempo, los que jugamos al antes y al después, al tú y yo, al aquí y allí, interpelados con una petición constante de acción.

No nos hace mucha gracia, ya lo hablamos en Te jodes y decides, pero es lo que hay.

Y no sólo eso, nos vienen con prisas, porque la vida sigue con su pregunta constante: ¿Qué vas a hacer? Ese amigo “especial” que te ha propuesto algo, no puede esperar hasta que llegues a una conclusión con el nivel de certeza suficiente sobre si vuestro encuentro o proyecto en común será satisfactorio cuando medites sobre ello en tu lecho de muerte… De hecho está esperando en el teléfono a que le contestes que si quedas hoy o no. También hablábamos de esto en Te juzgo, sí, ¿qué pasa?

La evolución lidió con ello dotándonos de una red neuronal (nuestro sistema nervioso). Un sistema de procesamiento en paralelo que, por mucho que se repita, no se parece a lo lineal, secuencial, que son nuestros ordenadores, y que tiene la propiedad de ser bastante eficiente para clasificar, decidir, predecir, tratando con información limitada, incluso con información errónea.

Uno de los elementos que nos han ayudado es ese “vive para follar otro día” (definción panaderística de la selección natural) han sido los tan vapuleados sesgos cognitivos que con frecuencia son denostados como errores en los razonamientos o defectos mentales, pero que nos proporcionan atajos y decisiones rápidas que nos han sacado de no pocos apuros en nuestro camino evolutivo. Imagina, por ejemplo, este comportamiento medroso nuestro ante cualquier ruido, una estrategia que hace saltar muchas falsas alarmas, pero nos evita falsos negativos que podrían ser un depredador y terminar allí con nuestra línea genética. Y, ¿qué me dices del efecto “halo”? Aquí criticamos mucho que las personas más agraciadas físicamente sean percibidas también como mejores, pero puede ser que ese sesgo evitara a nuestros abuelos el contacto con enfermos contagiosos o que les llevara a emparejarse con individuos con una carga genética más resistente a dolencias que pudieran haber “afeado” sus rasgos.

Un poquito más erguidos del barro, figuradamente hablando, ahora buscamos mejores maneras de (intentar) llevar el timón e intervenir lo más posible en la dirección que toma nuestro barco en este mar tan agitado.

Con este propósito y, como me gusta contaros últimamente: “Quien no tiene talento, que se busque protocolos”. Me refiero a que, probablemente, la única cordura accesible es saberse loco y que, desde ahí, podemos tomar ciertas medidas de control, los citados protocolos.

Hoy quería hablaros de uno en particular que llamo “Suspensión del juicio”. Lo explicaré con un ejemplo.

Unos alumnos me preguntaron por mi opinión sobre la Ouija (una pretendida manera de invocar muertos o seres de otros mundos).

Mi respuesta es la siguiente:

Puede que sea falso y que esté perdiendo el tiempo.

Puede que sea cierto y esté invitando a meterse en mi casa a muertos, demonios y demás.

En ningún caso me interesa.

Conclusión: Puedo suspender el juicio sobre el asunto concreto y tener clara mi línea de actuación, porque os repito que la vida lo que me pide es actuación, en su continuo examen no me hace “preguntas de teoría”.

Os pondré algún ejemplo más que quizá os sirva.

Aquel que no desea mi compañía…

Puede que tenga razón y que mi compañía no sea valiosa.

Puede que se equivoque y desprecie algo de valor.

En ambos casos mi actuación es la misma: les alivio de la carga (o del regalo) de mi presencia porque, en ambos casos, quien no me quiere, no me merece (por su acierto o por su error).

Como veis, más allá de mis complejos, falta de autoestima y demás, el protocolo me permite funcionar como una persona más equilibrada de lo que en realidad soy. El tiempo que me lleve ir mejorando mi estado mental será más o menos largo, pero mi actos son más cuerdos desde hoy mismo.

Os dejaré con una última suspensión del juicio en un asunto bastante grave.

Ya oís a muchos vende-humos decir que escuches la voz de tu interior, que te dejes guiar por lo que sientes y demás palabrería. No sé cómo estaréis vosotros, pero en mi cabeza hay un follón de tres pares de pelotas y no me resulta fácil identificar la fuente de la mayoría de impulsos, deseos o apetencias.

Ese análisis de mi coco, ese decidir “quién es quién”, si es que es posible, llevará toda mi vida, pero os recuerdo que el universo me interpela aquí y ahora, ¿qué vas a hacer?

Bien, la fuente de todas esas voces es una red neuronal que lleva millones de años “entrenándose”, dando respuestas y recibiendo feedback (químico o por selección natural), reajustándose una y otra vez. Y te recuerdo que sigue haciéndolo aquí y ahora, tu forma de vivir modifica tu encéfalo y viceversa.

Mi pregunta es, ¿por qué debería darle más valor a las ideas que “propone” mi red, que a las sugerencias del autocorrector del teclado de mi teléfono? Intentaré explicarme.

El autocorrector también es un sistema adaptativo que se ajusta y va dando respuestas de acuerdo con el feedback que recibe. De hecho, te animo a que abras el teclado y aceptes todas las sugerencias que vayan saliendo una tras otra, verás surgir frases o fragmentos que bien podrías haber escrito tú.

Quiero decir que nos tomamos quizá muy en serio lo que “pensamos” y lo que “nos apetece”, cuando una explicación científicamente más ajustada sería decir que somos más un espectador que un sujeto de esas acciones.

Entonces, Panaderito nuestro, ¿cuál es el protocolo que nos propones?

Pues que no te tomes tan en serio. No “aceptes” las sugerencias tan a la ligera. Haz aquello que en tu mejor calma y análisis entiendes que te hace más libre y más feliz, incluso, acepta el consejo de otros más sabios y “descarta” las propuestas de tu “red” que no van en esa línea, porque, ¿quién es esa voz, querido lector? ¿La falta de azúcar que te hace estar irritable, algún desequilibrio hormonal que te tiene especialmente eufórico, la presión de tu programación genética o cultural?

Saber con certeza qué somos, más allá de eso que llamas “yo” y que tiene los pies de barro, nos llevará también toda una existencia (o más), pero no tenemos que esperar tanto para vivir una vida mejor.

Así que, querido lector, es tu turno: ¿qué vas a hacer?

Fuente de la foto: Caspar David Friedrich [Public domain], via Wikimedia Commons


Si me quieres convencer, no me mientas

12 octubre 2018

Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons

Como ya sabréis soy profesor de instituto.

Dedico mucho tiempo a hablar con mis alumnos de temas “transversales”, ya sabéis, esas cosas a las que nos obliga el compromiso educativo personal y, no olvidemos, la ley. Esas cosas que cuando van en la línea de tu pensamiento llamas “formación” y cuando no, “adoctrinamiento”. Esas cosas.

En muchos aspectos, los profesores tenemos un feedback inmediato y descarnado, algo que no todos los comunicadores tienen, porque ya sabéis que la suma de fans y trolls no es un indicador bueno para casi nada. Nosotros, en cambio, tenemos ojos que brillan, otros que se cierran de sueño, gestos de desagrado, palabras de agradecimiento… y todo sobre un número de personas relativamente grande como para ser significativo.

Os diré que mis alumnos se quejarán probablemente de defectos personales y profesionales (en ocasiones con toda la razón), pero no podrán quejarse de que les “venda motos” a sabiendas. Les hablo muy clara y sinceramente, exponiéndome en lo personal y laboral, de lo que creo que deben saber y de lo que entiendo cierto.

Más allá de que es una postura vital que trasciende este aspecto profesional, diría que también es una buena estrategia comunicativa, aunque se opte con frecuencia por contar mentiras fáciles y (aparentemente) efectivas.

Lo vemos a diario en expresiones como “Cómete la sopa, que viene el Coco” y otras para adultos con distintos “Cocos” que sabemos tan aterradores como falsos o exagerados.

En otras ocasiones pasamos por negar nuestra humanidad, nuestra emocionalidad, nuestra irracionalidad y esperar que eso surta efecto. Por ejemplo, la idea de una alimentación sana, frente a la “tentación” de comer un pastel. Es fascinante que sigamos pensando que ganará “la cabeza”.

Por supuesto que es tentador comerse un pastel, quedarse con lo que no es de uno, buscarse las mañas para pagar menos impuestos (o directamente defraudar) y un montón de etcéteras que podéis listar en vuestras cabezas.

Os oigo protestar… “A mí no me tienta quedarme con lo de los demás”, bueeeeno, bueno. De acuerdo, entonces, ¿crees que es para ti para quien va el mensaje sobre eso? ¿Es a ti, que odias el dulce, a quien se le está intentando convencer de no comer tantos pasteles? Tenemos que pensar que el mensaje que estamos componiendo va dirigido precisamente a quien sí le parece bien, o al menos tentador, aquel comportamiento contra el que estamos hablando. Si no, estaremos predicando a conversos, actividad tan sencilla como inútil.

¿A dónde quieres llegar, Panadero nuestro?

Pongamos el típico ejemplo de “¿Con factura o sin factura?”, lo que se traduce en “¿Pagando impuestos o sin pagar impuestos?”.

Si digo que hay que pagar impuestos porque es mi deber, un grupo de adultos asentirá con la cabeza por “urbanidad” y luego seguirá haciendo lo mismo que antes. En un grupo de adolescentes, no pocos levantarán ostensiblemente una ceja cuando les digas que podemos estar hablando de que paguen 60€ más en una factura de 300€.

¿Les digo entonces que da igual, que no necesitan ese dinero, que no “apetece” quedarse con esos sesenta eurazos? ¿A mis muchachos de clase obrera? ¿Es que no preferiríamos todos una rebaja de de sesenta euros en esa factura?

Digamos la verdad, la pura y descarnada verdad.

Sois obreros, la provisión de vuestro derecho depende necesariamente de un sistema público ya que no tenéis patrimonio, acceso a crédito ni contactos para afrontar un problema grave de salud, educación, justicia, etc.

Los impuestos que os pretendéis ahorrar son los que acortan la lista de espera de la operación de tu familiar, proveen una justicia que no dependa de vuestra capacidad de pagar un abogado o la atención educativa de vuestros pequeños.

Esto genera un argumento emocional y verdadero que podría contraponerse al otro argumento emocional de la tentación en el momento que haga falta. No es una “consigna moral” repetitiva y racional que no hace mella, ni es un falso Coco que mañana deje de atemorizarme y, por lo tanto, de moverme a la acción.

Así que, cerrando el círculo, fíjate que estoy haciendo justo lo que acabo de explicar. Estoy intentando convencer a aquel que miente para convencer de que deje de hacerlo, y no lo he hecho mintiendo… ya me diréis si ha dado resultado.


Vídeo. Charla en Eduhorchata

4 octubre 2018

Aquí os dejo mis Panaderismos sobre cacharrismo, metacacharrismo y la profesión de profe que anduve desgranando en Eduhorchata.

Mil gracias a Jordi (@xarxatic) por su invitación y al resto de organizadores.

Mil gracias también a todos los viejos amigos y a los nuevos que hicimos en ese ratito. Un privilegio quererse.

Muy recomendable que veáis también la charla de Marta Ferrero, sobre evidencias y prácticas educativas.


La importancia de contar lo básico

24 septiembre 2018

En nuestra sociedad hay una falta de conocimiento sobre lo más básico de la ciencia que hace que seamos más débiles, menos libres, más fáciles de manipular, menos felices.

Los que me conocéis, ya sabéis que esa es mi batalla y mi trinchera.

Os dejo mi intervención de Naukas Bilbao 18, donde veréis claro que contar ciencia fundamental puede ser, además de necesario, divertido, entendible e incluso aplicable al día a día.

Desde aquí hago de nuevo un llamamiento a los medios para que se den cuenta de que este tipo de contenidos son de mucha calidad y entretenidos, además de un servicio público.

Agradecemos mucho a eitb su diligencia con el streaming y con esta provisión de vídeos.


Reflexión de un adicto al trabajo

8 agosto 2018

NOTA: Alguien que TIENE que trabajar 15 horas para poder comer no es un adicto al trabajo o alguien que se “organiza mal”, no jodamos, es un trabajador explotado. Lo siguiente no se refiere a ellos.


A partir de aquí es opinión personal que podéis usar para vuestra reflexión o descartar.

Para mí la clave está en el “tiene” que os ponía en la nota del principio, el adicto no sufre esa presión material para estar tantas horas dedicado al trabajo, tiene otras y de eso quería hablar.

No sé si adicción es un término correcto, si queréis digamos “mal hábito del que no te puedes desembarazar fácilmente y en el que te sientes atrapado mientras disminuye tu calidad de vida y la de los que te rodean”.

Desde luego el ambiente no es nada favorable a una relación sana con el trabajo, habréis escuchado publicidad de pastillas para el dolor, apps, o incluso compresas para que “no te pares”. Aquellos cuya estructura de personalidad les lleve a ser perfeccionistas o responsables en exceso no encontrarán límites ni alivio en una red productiva que les aplaudirá ese exceso de celo.

Así que, sin culpar al abusado, tendrá que venir de este la respuesta, porque será casi imposible que sea un jefe el que te alivie de una carga o un horario por el que no protestas.

Un error común de este tipo de personas es esperar a “sentir” que un trabajo está suficientemente “bien” para dejarlo ahí. Sería el equivalente, salvando las distancias, a que una anoréxica tomara su percepción de peso como la clave para regular su ingesta. El trabajólico tiene la percepción “estropeada” y debe ser razonable y humilde para dejar de confiar en ella. Para mí, la solución es descansar en el criterio de alguien en el que se confíe en lo personal y profesional o en algo tan sencillo como un reloj.

Me explicaré. Si para este trabajo me han pagado tres horas, cuando suene la alarma, así se queda. Si mi trabajo son ocho horas, cuando suene el timbre me voy.

Soy consciente de que existen picos de trabajo, pero cuando TODOS los días tienes que echar horas es que falta personal. Punto.

Uno no puede volverse más inteligente o equilibrado de la noche a la mañana, pero sí puede acceder a la cordura de saberse loco y establecer protocolos que hagan su comportamiento más cuerdo, como por ejemplo, confiar más en el reloj que en tu (distorsionado) criterio.

Algo muy duro para el trabajólico es aceptar que van a “caerse” cosas, pero es inevitable: si trabajabas como una mula catorce horas y ahora vas a hacer ocho, NO vas a sacar las mismas cosas adelante. El error es asumir como propia esa responsabilidad. Repito, ahí había una falta de personal que estabas supliendo con trabajo y salud tú, normalmente para beneficio de empresarios o usuarios, pero NO es tu responsabilidad, aunque eso sea lo que te han hecho creer. Así que ponerse una alarma en el móvil y marcharse va unido a aceptar que se van a conseguir menos resultados y que alguien va a salir perdiendo. Bueno, alguien ya salía perdiendo antes, eras tú, pero, bah, eso no importa, ¿verdad?

Estas transiciones no tienen por qué hacerse por sorpresa, pero también te digo que nadie te creerá cuando avises… porque lo has dicho mil veces y has tragado mil veces. Te recuerdo que lo que más comunica es el Pacífico lenguaje de los hechos. Decir “A partir de la semana que viene me iré a las cinco” y que el lunes estén contando contigo para las seis, será lo más normal, pero deberá bastar con repetirlo cada vez que te digan que contarán contigo y, sobre todo, IRTE el lunes a las cinco.

Quizá haya gente en tu trabajo que sí haga eso y sean trabajadores respetados, y tú vivas en el alucine de que nadie cuenta con que Marisa se quede, pero sí con que te quedes tú. Bien, es justo lo que una y otro les habéis enseñado. Más allá de buscar culpables, decir que vas a hacer lo que harás y hacer lo que dijiste que harías, es algo a lo que la gente se acostumbra, insisto, si de veras te comportas así.

El reloj y la actitud puede ser suficiente para andar los primeros pasos. Te aseguro que cada paso sabe a victoria y ayuda a seguir, así que la recompensa no anda lejos, todo lo contrario, ese primer anochecer que veas fuera de la oficina será como unas merecidas vacaciones.

Como en tantos malos hábitos, la falta de proporción en comportamientos y expresiones son muy reveladores. Nos hemos visto diciendo cosas o escuchando a amigos decir cosas como: Con tanto trabajo no tengo tiempo de comer, o de ir al médico, o de hacer ejercicio, o de ir a ver a mi madre, o de visitar a un querido amigo, o de jugar con mis hijos…

Imagina ahora que le dijeras a algún subordinado: Te prohíbo que vayas a tu revisión ginecológica en dos años, hasta que la empresa no salga del bache. ¿Te imaginas? Pues eso te dices a TI MISMO. Eres un explotador de la peor calaña.

Esas cosas tan importantes, joder, TAN importantes, no deben tener un huequecillo en la agenda sólo si hay tiempo, si no molestan a nadie. Sé que lo urgente desplaza a lo importante de las agendas, y así debe ser, pero si NUNCA hay tiempo para algo, es una manera de etiquetarlo como “no importante”, y en los casos anteriores un grave error

Aunque ya hemos buscado atajos en la conducta que nos ayuden a soslayar nuestra locura (mientras nos vamos curando), sería interesante indagar un poco en las causas. Y aquí se añade otra capa de opinión personal, así que, a vuestra discreción.

Yo diría que este comportamiento tiene mucho que ver con una baja autoestima. Es de hecho uno mismo el que escoge que, por ejemplo, no comer adecuadamente, tienen un coste inferior a aquel documento que querías entregar. Cómo no somos tan gentuza de pedir eso a otros, entiendo que lo que no tiene coste no es el hecho de que alguien no coma, sino que TÚ no comas. Tu dolor, tu daño, tu falta de bien pesa cero en los balances, así que cualquier bien de otro, por pequeño que sea, supera ese coste. Cuando nuestros jefes o compañeros abusan de este ejemplo nuestro, nos molesta mucho que no les importen nuestros costes, pero nosotros mismos les dimos un valor casi nulo.

De la misma forma, cuando nos lanzamos a “hacer y hacer” de manera compulsiva, a meternos en mil proyectos, parece que queramos mostrar o probar nuestra valía. No sé muy bien a quién, si a nosotros mismos, a los demás, a la familia, a figuras paternas… no sé. Lo que sí veo claro es que queremos validar el “ser” con el “hacer”, quiero decir, por ejemplo, que se crea que SOY una buena persona porque HAGO cosas buenas, y esto es un error primario.

No hay título mayor que ser humano y eso no se engrandece significativamente con nada que pudiéramos hacer.

¿Significa eso que debemos quedarnos inactivos sólo “siendo”? En absoluto.

Para mí la locura no está en el hacer, sino en “hacer PARA ser”. Creo que la sabiduría reside en descansar en la serenidad de que ya somos algo valioso, todos nosotros, y ahora ocupar el tiempo que se nos conceda en hacer las cosas que queramos, por el propio placer de hacerlas. Fíjate que parece que llegamos al mismo lugar: somos y hacemos, pero no tiene nada que ver la manera de vivirlo en un caso y en otro.

De hecho diría que ese hacer no compulsivo, sin objetivos de “ego” o apariencia, va a ser mucho más efectivo, y que algunas actividades se caerán para bendición de todos.

Concluyendo. Usa un reloj que ordene proporcionalmente la importancia de las cosas. Obedécelo. Responsabilízate de tu parte, no del resultado. Dale tiempo a lo importante, lo que incluye tu bien y tu salud. No busques tu valor en lo que haces, ya eres valioso, y disfruta haciendo buenas cosas para todos y para ti.

Con todo cariño, por si os sirve.


El lado oscuro de las graduaciones

4 junio 2018

Llegan los días en los que despedimos a los chavales, el día en el que los mandamos al mundo.

Como ya están los demás para poneros fotos preciosas, decir cosas lindas y llenaros el corazón de nostalgia y esperanzas… me toca a mí contaros el lado feo.

Hay unos chavales que también devolvemos al mundo, pero que no nos llenan de esperanzas, más bien de tristeza y malos augurios.

Chavales que conocemos desde hace algunos años, que hemos tratado, que hemos visto crecer, en los que hemos invertido muchas horas y esfuerzo… que no ha funcionado.

No estoy hablando del “fracaso académico”, sino del ético, un fracaso más “humano”.

Son chavales que han robado el móvil a otro chaval, simplemente porque se dio la ocasión.

Gente que cuenta que encontraron un producto en una tienda que no tenía “alarma” y que lo echaron al bolso de su madre, sin su conocimiento, para sacarlo.

Otros que, cuando les explicas lo oscuro que es tener un vídeo obtenido fraudulentamente y guardarlo durante años (el caso Cifuentes) para poder chantajear a alguien, te responden “Es lo que toca”, “Yo también lo haría”.

Personitas que abusan de aquel que perciben débil o que la ocasión pone a su merced.

Los hay que se ríen de un compañero que sabe algo menos que ellos… mientras demandan compresión y ayuda para su propio y enorme desconocimiento.

No son niños, lo siento, tienen dieciséis años y más, pueden ser el profesional que te atienda mañana en un servicio, tienen edad laboral y penal.

Hemos pasado muchas horas, y no exagero, en contarles que el mundo no tiene que ser necesariamente así, que así lo hacemos nosotros. Que las relaciones siempre son desiguales, pero hacerlas de abuso es la elección de la parte fuerte. Que la amabilidad no es debilidad, sino una opción. Que aquel que no les aplica con toda su dureza la fuerza de la norma no es alguien débil al que tomar el pelo, sino alguien que busca comprensión y no miedo. Que las personas no son un medio para sus fines, sino un fin en sí mismo.

Os confieso la terrible realidad de que hay algunos de ellos que juegan a escurrirse y a escapar de la responsabilidad de sus acciones en un entorno de adultos amables y comprensivos, para salirse con la suya.

Esos chavales también se gradúan y también van al mundo del que vinieron… que nunca abandonaron… y cuya influencia o su propia forma de ser fueron más fuertes que nuestra acción educativa.

Esas personas que piensan en la mentira como una herramienta, en el bien propio como el bien supremo, en el mal sobre otros como un mal menor, o quizá también una palanca para sus fines… esas personas también se gradúan.

Muy lamentablemente, como los hijosdeputa®de mi generación sustituyeron a los de la generación anterior, parece que van saliendo nuevos individuos que intentarán pescar en río revuelto o revolverlo más.

Me entristece mucho no haber podido ser un elemento transformador, en alguna medida, de esas personas y hacerlas quizá más felices y que fueran fuente de felicidad también para otros, pero no, los veo ir, indolentes a veces, malvados otras, egoístas siempre… y muy ignorantes.

Estos pobres sueñan con escaparse en un “sálvese quien pueda”, que es el engaño a un pueblo oprimido del que por simple aritmética sólo podrán escaparse unos pocos (si acaso) y no es fácil que sean ellos, lo más probable es que acaben siendo pequeños pillos miserables, con pequeñas vidas miserables, mientras incrementan la miseria de todos, los que somos sus compañeros de viaje.

Quizá sea mi hijo, o el de tu vecino… o quizá sea tu hijo, sí, quizá sea tu hijo.

¿No hay esperanza en la familia, en la educación, en la sociedad para transformar esto?

Quizá la esperanza es que no queramos nunca dejar de intentarlo desde todos esos frentes.


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