¿Deben los profesores tener un comportamiento ejemplar??

6 julio 2019

Fuente: Wikipedia

En realidad, esta pregunta se suscita por otra más grave aún: ¿Cómo se enseña el Bien?

Creo que hay tantos intentos de responderla como escasos resultados en la práctica.

Muchos diréis que analizando o hablando sobre la empatía, poniendo a la gente físicamente en el lugar de otros más desfavorecidos, recibiendo ejemplos de bondad por parte de figuras como padres o maestros, o incluso la experiencia del dolor o la limitación en diversos grados.

Pero sabréis, como yo, que nada de eso asegura el resultado, incluso el paso por experiencias dolorosas, que pudieran activar la empatía, también produce seres amargados y vengativos contra “el mundo en general”.

Pero centrándonos en “dar ejemplo”, que es el título original del post, se nos presentan enormes problemas.

El primero es común a casi todas las disciplinas y es la creencia de que los razonamientos puramente formales producen conclusiones aplicables en lo concreto. Me explicaré.

“Un profesor debe vestir adecuadamente” parece una frase que cualquiera firmaría y tan llena de sabiduría que concluye el debate para satisfacción de todos… hasta que hay que concretar “qué me pongo”.

Lejos de ser una idea iluminada es un razonamiento circular: “Los profesores deben ponerse lo que deben ponerse”, y rinde homenaje a varios ex-presidentes de gobierno que hacían “lo que debía hacerse”. Este tipo de expresiones son, en realidad un intento de llamarnos lelos, que confirmamos al aceptarlas.

En ocasiones funcionan, porque hay un acuerdo concreto, no formal, preexistente. Por ejemplo, que haya que ir con corbata. Si todos los participantes ya han pactado esa cosa tan concreta de manera explícita o tácita, la frase formal no añade nada al acuerdo con el que ya contamos.

Pero, ay, cuando nos ponemos a concretar. Sólo hacen falta unos minutos para que andemos midiendo cuantos centímetros sobre la rodilla nos llegan las faldas o como de abiertas pueden ir las camisas. Unos momento y la imagen que te devolverá el espejo será la de un censor totalitario, un mojigato o un guardián de la fe.

Pasa igual en todos los campos. ¿Cuál es la exposición pública adecuada en redes sociales que debe tener un docente, respecto de su ideología política, identidad sexual, actividades fuera del trabajo?

Por supuesto, hablo más allá de las estupideces que se oyen sobre “no adoctrinar” en las que se niega nuestra obligación LEGAL de formar en el respeto a los derechos humanos o de los incumplimentos de la ley. Eso está fuera de discusión.

Me refiero a cosas como: ¿Es inadecuada…

… la militancia política explícita?

… la actuación no anónima en redes sociales sobre temas variados?

… que haga porno gótico por las tardes?

Todas ellas actividades DENTRO DE LA LEY y, en el caso de que se dé el acceso de menores a contenidos para adultos, no es la responsabilidad de los productores de esos contenidos, sino de los adultos a cargo de esos menores. Si unos chavales de doce años ven Pesadilla en Elm Street, no culparé de ello a Freddy Kruger, sino a sus tutores legales.

¿Hay “una moral” que pueda imponérseme más allá del respeto de la ley?

Los docentes que trabajan para organizaciones privadas se ven obligados a pasar por el aro, si quieren mantener el puesto de trabajo, pero esto no es un deber moral, sino el mismo instinto de supervivencia que tiene cualquier otro trabajador que traga para comer.

Pero no creo que nadie a estas alturas defienda que haya docentes que escondan su identidad sexual para que no les echen del colegio religioso, o que simulen estar casados por la iglesia, o que acudan (y lleven a sus alumnos) a actos religiosos para poder mantener los ingresos de los que vive su familia.

¿Habéis oído esta frase: “Claro, si enseñas las tetas en las redes es normal que los alumnos te digan cosas.”?

No, no es normal. No. Nadie tiene derecho a decirme nada sobre mi forma de vestir, de vivir la sexualidad o de comportarme (dentro de la ley) cuando no estoy en mi entorno de trabajo.

Está completamente fuera de lugar y es una falta de respeto que un chaval levante la mano en mi clase y pase a reírse del poco pelo que tengo en la cabeza o del mucho que tengo en el cuerpo (cosa que me hace un peluchín encantador, por cierto). Tampoco tiene ningún derecho a comentar que mis libros le parecen una puta mierda, o que mis películas góticas no son de su agrado.

Si alguien piensa que al ir sin sombrero estoy provocando esos comentarios y tienen derecho a hacerlos en cualquier entorno, se equivoca, y puede que alguna denuncia se lo aclare al que albergue dudas.

¿Os dais cuenta de lo cerca que están estas cosas de “se vestía así, iba provocando”, “ella se lo ha buscado”, “cómo va a ser violación, si era una puta (no puede elegir tener sexo o no)”, etc.?

Las actividades extralaborales son nuestra libertad, en ellas hacemos lo que nos parece, nadie tiene derecho a afeárnoslas o a comentarlas a su antojo en nuestro entorno de trabajo. Es un delito, es acoso laboral.

Que haya quien tenga un entorno laboral tan abusador que tenga que tragar,  que no olvide que está siendo abusado. No lo normalicemos.

Os recuerdo que el respeto no se “gana”, el respeto se EXIGE. Es un derecho.

Una amiga me ponía esta pega: “No se trata de si debes o no debes, si no de qué te facilita más tu trabajo”.

Pero esto es extremadamente peligroso, porque en un entorno desequilibrado y hostil, efectivamente me resulta más “cómodo” no decir nada si mi sexualidad no es “la normal”, o callar mis ideas políticas… o llevar burka.

Otra amiga decía: ¿Cómo podemos conseguir enseñarles que deben tener una actitud prudente en redes sociales si nosotros no la tenemos?

Interesante pregunta, pero vayamos un paso más arriba (ya sabéis cómo me gusta).

¿Debemos entonces alinear nuestras vidas con todo lo que enseñamos? De acuerdo. Empecemos entonces por comportamientos que acortan la esperanza de vida, vaya, que MATAN.

Espero que ningún docente consuma tabaco o alcohol, ni en el centro o sus proximidades (que es ilegal), pero tampoco en el resto de su vida. ¿Qué os parece? Un poco nazi, ¿verdad? Pues mirad, como ejemplo para los chavales peor que publicar “demasiado” tu vida en redes me parece llevar un comportamiento MORTAL.

Como os digo es un asunto extremadamente peliagudo, en el que, si no hay un consenso previo sobre “lo normal y bueno”, es necesario concretar, y ese es el momento en el que te conviertes en algo terrible.

Dicho esto y recordando (para algún comentarista despistado) que este que os habla es de las personas más coherentes que conozco (con mis luces y sombras) y que, como podrían atestiguar mis alumnos y compañeros, me oiréis decir las mismas cosas en clases, en claustros, en libros, en posts, en conferencias, en la radio o en la tele… NO puede exigirse ese “ejemplo debido”.

Así que, una vez más, en un estado de derecho no hay más moral exigible que la legal.

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¿Podría derogarse una ley si todos la respetásemos?

30 junio 2019

Fuente: Wikipedia

Mucha gente se siente ofendida cuando se señala la necesidad de legislar y cómo la “educación” resulta insuficiente, siendo además parte de la educación que se reclama el propio acto de legislar.

Una de las razones es porque nosotros siempre somos “los buenos” y no queremos que nadie nos diga qué tenemos que hacer.

También se añade que no pocos vivimos en confortables burbujas de seguridad física, económica y social, en la que no parece ser necesario regular, porque las cosas “funcionan solas”.

Por supuesto, se trata de un error, pero aquí estamos para reflexionar entre todos y alcanzar mayor cordura.

Os propongo un simple ejercicio.

Hace poco se creó una zona en el centro de Madrid de exclusión de tráfico, en distintos grados y según diferentes escenarios de contaminación, precisamente para limitar esta y todos los problemas de salud asociados, entre los que se encuentran MUERTES tempranas.

Muchos ponemos el grito en el cielo ahora que ha cambiado el gobierno municipal y ha expresado su voluntad de revertir esta medida, que incluso nos acarrearía multas por parte de Europa al incumplir los compromisos sobre contaminación a los que nos debemos.

Pero no os quería hablar tanto sobre esto, como sobre el hecho de que nosotros PODRÍAMOS MANTENER MADRID CENTRAL.

Es muy sencillo. Se trata sólo de obedecer la misma normativa que se puso, aunque no sea bajo la amenaza de ser multado, en caso de incumplirla.

Fijaos que una ley no puede ser derogada en sentido profundo si una abrumadora mayoría de la sociedad elige seguirla, más allá de lo que diga este político o el otro.

Bien, no es tan sencillo de llevar a cabo, ¿verdad? Ni siquiera por los más convencidos y beligerantes… no somos tan buenos, aún no.

Mirad vuestro compromiso con algunas leyes que no os parecen bien, o que no os convienen mucho, miraos dentro y sabréis por qué es necesario legislar aún. Ojalá un día seamos mejores personas, todos, ojalá. Por mi parte no es sólo un buen deseo, es a lo que he dedicado mi vida laboral. Pero hay una diferencia fundamental entre luchar por algo y creer que ya se ha conseguido.


¿Información parcial => Resultado aproximado?

27 junio 2019

Fuente: Wikipedia

Me encuentro con esta afirmación en discusiones de manera implícita o explícita… y es más falsa que las promesas educativas de la administración.

El problema de la información limitada, incluso aunque sea cierta, es que puede dejarse factores fundamentales que den la vuelta completamente a nuestras conclusiones.

Permitidme este ejemplo tan sencillo.

Tengo una multiplicación de dos números, uno es menos dos (-2) y el otro, bueno, del otro sólo conozco el valor absoluto, el cual sé que es cuatro, pero desconozco el signo.

Fíjate, conocemos de qué operación se trata, sabemos uno de los factores completo y, del otro factor, sólo desconocemos el signo. ¿Podemos entonces dar un valor aproximado de la operación? La respuesta es no, puede ser 8 o -8, bastante lejos uno del otro, uno positivo y otro negativo… no tenemos ni idea del resultado, no sabemos si tenemos superavit o déficit, no sabemos si nuestra nota es un notable o nos han restado tantos puntos en un test que ni llegamos al cero.

Lo sé, queridos lectores, tenemos que decidir, tenemos que pensar con lo que sabemos, no nos queda otra… ni siquiera es un acto inmoral, es el único acto posible. Lo que sí se nos puede pedir es relajar el dogmatismo de nuestras conclusiones provisionales, pero no que las tengamos. Os lo contaba en Te juzgo, sí, ¿qué pasa? y en Te jodes y decides.

Cuando pensemos sobre algo, no podemos dejar de valorar que, justo el factor que no has considerado o un agente externo con suficiente influencia, o el propio azar, puede “cambiar el signo” de tu conclusión.

No hay una receta mágica, y menos puramente formal, para distinguir lo acertado de lo incorrecto (más allá de errores de lógica formal, como las falacias), pero “La sustancia X causa cáncer”, es una afirmación que necesita del conocimiento experto para ser refutada o confirmada, y que, podría ocurrir que mañana, aparecieran elementos que pusieran todo patas arriba. Por eso las “verdades” de la ciencia son provisionales.

Por esto es tan importante que se siga haciendo hincapié en los conocimientos, en la formación específica, precisamente hoy que encumbramos abstracciones como las “competencias” que, en realidad, se aprenden abstrayendo de la experiencia concreta, se evalúan haciéndolas trabajar sobre elementos concretos y que aplicarán finalmente de nuevo sobre elementos concretos. Es lo que tiene ser una abstracción.

No hay algo así como un “espíritu crítico” abstracto, no dependiente del contenido y que, una vez aprendido, pueda aplicarse a cualquier campo del conocimiento para ver si aquello es verdadero o falso. ¿Cuándo nos olvidamos de que nuestro saber científico es empírico?

¿Os dais cuenta de que precisamente por esto es posible el engaño, el propio y el ajeno?

La gente no se engaña porque sea imbécil, tienes información parcial (incluso incorrecta) que te conduce de forma “razonable” a conclusiones equivocadas. Puede que estés muy a favor de hacer biodiesel con maíz, hasta que alguien te diga lo que pasa con el precio del alimento básico de millones de latinoamericanos. De repente, lo que parecía una medida estupenda, ecolochupi, provoca el horror a multitudes. Un detallín que faltaba… pero en general, estaba bien “profe”. No, estaba muy mal.

La información limitada arroja conclusiones provisionales, no necesariamente aproximadas. La vida no era tan fácil.


Setenta veces siete

24 junio 2019

Fuente: Wikipedia

¿Debo ser un buen cristiano y perdonar hasta setenta veces siete o ser un buen troyano y temer a los griegos hasta cuando traen regalos (2)?

Ayer sucedió, una vez más, que un político de un sector “crítico” dentro de su partido, se quejase de que el partido había tomado una dirección diferente a la que se prometía en su fundación. Hay que reconocer que es una sorpresa que, en esta ocasión, la queja se acompañe de una dimisión.

Vayamos más allá de la mera anécdota a ver qué podemos aprender.

Contaba el político que había sido “leal” y había expresado sus quejas una y otra vez en los órganos correspondientes del partido sin que repercutiera, viéndose, por tanto, abocado a esta decisión. Por supuesto me recordó aquel post “Los críticos tienen fecha de caducidad”.

Eso quiere decir que no ha sido una respuesta inmediata a un cambio de dirección, sino que después de “aguantar” que se traicionaran esos ideales un número no pequeño de veces, la cosa acabó en divorcio.

Como os comentaba en aquel post, es muy curioso el papel de los críticos que viven de una organización con la que están en desacuerdo, mientras que esta usa el atractivo personal de aquel o la pluralidad aparente de la que se viste al acogerlo entre sus filas, para blanquear sus acciones.

Mas allá de esto me gustaría señalar, algo que cualquier educador experimentado conoce:

Aprender pasa por asumir los costes de las propias acciones.

Y yo me pregunto, ¿quién paga estos “errores de confianza”, estas “traiciones” de las que se quejan los críticos? Claro, tú y yo, como siempre. Los ciudadanos.

Estas “paciencias”, estos “perdones”, de los que nadie parece arrepentirse, están muy lejos de ser experimentos con gaseosa, inocuos y bienintencionados. Se parece mucho más a probar fuegos artificiales en el salón de mi casa, y después irse a la suya, sin recoger.

Se parece más a la retahila típica de niños y adolescentes “perdón, perdón, perdón, perdón…” que sólo busca pasar de largo, esquivar las consecuencias, evitar la reparación del daño. Los que nos dedicamos a educar sabemos lo improbable que es la comprensión del error sin que se tenga que asumir un coste por él. De hecho, no veo en los adultos un comportamiento muy diferente, en general, que no se mueva por evaluación de coste y beneficio, por mucho que me entristezca y trabaje contra ello.

Hay una responsabilidad en traicionar unos principios. Hay una responsabilidad en recomendar a alguien y que luego resulte perjudicial para aquellos que asumieron tu recomendación.

Si jugamos a ser el “crítico”, el “verso libre” deberemos asumir nuestra responsabilidad, en lugar de “perdonar” a la organización y dejar que los demás paguen los platos rotos. Hemos participado en el engaño a otros, hemos sido imprudentes y atrevidos, y alguien ha resultado dañado.

Y, los ciudadanos, consumidores y votantes, haríamos bien en pasar costes a quienes actúan así de irresponsablemente (o de malintencionadamente). Y hacerlo en la moneda que les importa: el dinero… u otros elementos monetizables, como los votos.

(1) Mt 18, 21-22

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

(2) https://es.wikipedia.org/wiki/Timeo_Danaos_et_dona_ferentes


Exámenes: ¿Problemas tipo o problemas de idea feliz?

10 junio 2019

Fuente: Wikipedia

Si le preguntas a los alumnos se decantarán claramente por el primer tipo, pero más allá de sus gustos o intereses, discutamos qué opciones son pedagógicamente más interesantes, como profesores y como científicos.

Reconozco la falsa dicotomía del título ya que. en realidad, todos los profesionales estaremos de acuerdo en que lo ideal es un problema que pueda resolverse con los conocimientos que deben demostrar, pero que no resulte tan sencillo como para ser un ejemplo común que puedan haber memorizado sin mayor comprensión.

¿Dejamos aquí el post? Nada de eso.

Como en tantas ocasiones, es muy fácil escribir una solución que sea casi tautológica o autorreferente, de forma que sea innegable, pero a la vez no dé ninguna pista de como podría concretarse.

¿Cuál es ese ejercicio magnífico en el que tienen que usar de manera comprensiva los conocimientos que les enseñamos, pero que ni es el mismo problema del libro con los datos cambiados, ni algo que no pueda resolverse sin darse cuenta de un detalle especial que ni siquiera tiene que ver directamente con lo que les enseñamos?

Mi tesis es que… no existe. Nuestros esfuerzos por salir de los problemas tipo suelen acabar en problemas de idea feliz.

Puede ser que esto sea mucho más cierto en los niveles menos sofisticados de la educación, aunque por esto me refiera incluso a los primeros cursos universitarios.

Pero esto a mí no me preocupa. Me gustan los problemas tipo… porque me gusta la ciencia.

Me explicaré. Me gustan las regularidades que encontramos en la naturaleza, me gustan los patrones, me gustan las fórmulas, me gusta que los que nos precedieron se dieran cuenta de que de aquella manera se podía resolver un problema o muchos.

Me gustan los sistemas, los protocolos. Acercarme a un problema y saber que puedo aplicar ciertas “técnicas” y resolverlo, de una manera sistemática.

Algo distinto es “adornar” los problemas, por ejemplo, casi todos los profesores que hemos enseñado física hemos puesto ese problema de caída de objetos en los que se calcula desde qué piso se tiró el tiesto que mató a la víctima de un asesinato o cosas parecidas, pero hay unas fórmulas, hay unas maneras de plantear el problema, hay unas condiciones para la altura máxima, para el tiempo de vuelo.

Lo mágico de las regularidades matemáticas de la naturaleza es que, con este sistema, podemos resolver “cualquier” problema.

Recordemos de nuevo que en los primeros niveles de conocimiento estamos enseñando las técnicas básicas y que es justo eso de lo que tenemos que examinar a nuestros estudiantes. ¿Sabe resolver una integral racional? ¿Sabe calcular el alcance máximo de un tiro parabólico? ¿Sabe diagonalizar una matriz?

Creo que parte del problema es que entender algo y tener la habilidad de hacerlo de una manera eficiente son dos cosas que pueden no estar relacionadas, necesariamente.

Por ejemplo, es necesario conocer las tablas de multiplicar y ser capaz de hacer esa operación de una forma rápida y eficiente, más allá de que sea una suma de sumandos iguales. Se puede tener una profunda comprensión de la definición y tardar una barbaridad en resolverlo, haciendo la suma de los sumandos iguales, o haber olvidado eso pero ser capaz de aplicar el algoritmo, dando un resultado fiable en segundos.

Ningún profesor busca activamente la incomprensión de sus alumnos (salvo algún sádico esporádico), otra cosa es que consigamos que lo comprendan, o que los alumnos pongan el esfuerzo o el interés necesario.

Intentar que se comprenda lo que explicamos y que se sea eficiente en resolver los problemas (dos cosas diferentes, insisto) es justo lo que tenemos que hacer en las clases.

Preguntar los usos más básicos de un conocimiento incipiente es justo lo que tenemos que hacer en un examen.

Buscar que no nos cuelen una resolución tipo sin entender nada, también es nuestra obligación, pero caer en generar exámenes de una gran dificultad para evitarlo, creo que es un error.

Recordemos que estos problemas no son un divertido desafío que has elegido y en el que piensas relajadamente una tarde lluviosa, es una situación de estrés en la que te juegas el aprobado.

Así que, en mi opinión (espero las vuestras), nuestros ejercicios deberían ser abordables usando las técnicas que enseñamos y en el tiempo del que se dispone… lo que nos lleva a algo muy parecido a “problemas tipo”.


Tendremos que ser los funcionarios

27 mayo 2019

La educación y la salud son derechos humanos. Como tales y, según se hagan las cuentas, no resultan “rentables”.

Atender a determinados enfermos y a determinados alumnos, bien por su “gravedad” o simplemente por su situación geográfica, puede ser un asunto caro. Sólo por esto ya debería verse que asegurar la provisión del derecho para cualquier ciudadano no puede quedar en manos de empresas privadas, que evitarán a estos, como ya lo hacen en los lugares donde está privatizada. Hace poco volvió a salir en las noticias que la primera causa de bancarrota en USA son las facturas médicas.

La redistribución de la riqueza no parece ser una idea que cale muy profundamente en todos los que están en el lado (injustamente) favorecido. Puede ser por puro egoísmo, pero también hay quien ha construido un relato de “merecimiento” y se lo ha creído, parece que sin conocer a quienes se parten el lomo tanto o más que ellos, y cuyo único demérito consiste en la diferencia sobre cuánto ha establecido la sociedad que debe cobrarse por hora limpiando váteres o jugando al fútbol.

En un sistema público de provisión de derechos nos encontramos con la figura del funcionario, término malentendido por muchos… entre los que se incluyen, paradójicamente, demasiados funcionarios.

Para ser funcionario hay que pasar unas oposiciones, típicamente unas pruebas y una evaluación de méritos. Una vez superadas, el funcionario disfruta de una protección laboral superior al resto de trabajadores. Hay quien cree que lo segundo es consecuencia de lo primero y se equivoca. Muchos compañeros funcionarios creen que se “han ganado” esa protección laboral por haber pasado las oposiciones. Gravísimo error.

Las oposiciones tienen como objetivo escoger a los profesionales mejor cualificados para ejercer la función pública. Que conste que discrepo mucho en cómo se llevan a cabo, hablo de su espíritu.

La protección laboral tiene como objetivo que pueda ejercerse la función pública con independencia (política, intereses empresariales, presiones de superiores o usuarios, etc.), por eso también existe un régimen de incompatibilidades (y también con muchas pegas en su concreción).

Así que, como veis, todo está orientado a que la provisión de derechos sea efectiva. Es nuestra obligación como funcionarios defender el servicio, lo que significa, en el fondo, defender a los ciudadanos.

De esta forma, cuando voy al médico, cuento con que si me manda a casa porque “no tengo nada” no sea por ahorrarse pruebas o tratamientos, o porque su supervisor le ha dicho que no pase de un número determinado de resonancias. Y si realmente tengo algo, cuento con que me mande todo lo necesario sin tener otras consideraciones más que las sanitarias.

Me entristece tener que contaros esto, que debería ser de cajón, pero el momento es delicado.

En España los que se denominan “liberales”, los que se retratan con símbolos fascistas y los que se denominan “derecha” parecen olvidar o no saber nada de lo dicho más arriba. Curiosamente, también aquellos votantes de menos recursos y para los que los sistemas públicos son la única garantía de derechos ante eventos graves, como un cáncer (algo que tiene o tendrá con mucha probabilidad uno de cada tres).

Los derechos civiles también están viéndose atacados y mermados, así como los laborales. La situación es bastante grave. (Sé que siempre es más grave en otros lugares, y sabéis que lo recuerdo por aquí de vez en cuando, pero, si me permitís el símil, también quien sólo tiene un hueso roto -y no un cáncer, necesita de que le curen).

Vienen tiempos difíciles donde servicios que llevan décadas siendo atacados y recortados, pueden recibir el golpe de gracia y quedar convertidos en algo testimonial y asistencial.

Un asunto que debería haber quedado claro por la historia o, al menos, por los sucesos más recientes, es que los recortes, los pasos retrocedidos en unas líneas de un boletín oficial, que aparece hoy, no se recuperan, o tardan muchos años.

Y, por fin llego al título del post: Tendremos que ser los funcionarios.

¿Quién debe encabezar la defensa de esos derechos, si el poder político no sólo no nos abandona sino que verbaliza y actúa en contra de esos servicios públicos?

¿Quién en una situación laboral tan degradada tiene la capacidad de asumir huelgas y movilizaciones?

¿El puesto de quienes debe su razón de ser al servicio público?

¿Cómo puedo pedir a un falso autónomo, a un joven sin experiencia laboral, a quien sólo por cumplir 45 le han convertido en un parado de larga duración, a quien encadena contratos de días o semanas, a quien renueva cada año… cómo puedo pedirles que sean ellos los que se pongan a la cabeza y se jueguen el pan?

¿No tendremos que ser nosotros, los funcionarios, quienes no vamos a ser despedidos (o no “renovados”) por hacer un día de huelga, quienes podemos asumir varios días de huelga en la seguridad de un sueldo que seguirá llegando?

Si aún, compañero funcionario, no lo ves claro. Te recuerdo que tu sueldo razonable, se convertirá en claramente insuficiente si te privatizan la sanidad. Un cáncer pasará a ser la ruina económica del que lo padece y la de su entorno familiar, como ocurre en tantos países.

Y, por último, te recuerdo también… que estás a un par de leyes de convertirte en un “contratado laboral” y en ese momento, ya será, probablemente, demasiado tarde.

Si sólo fuésemos egoístas o ignorantes, nos salvábamos, porque defenderíamos lo público por empatía o por ser lo que también nos conviene a nosotros, pero, lamentablemente, es muy frecuente padecer los dos males.

Compañeros, si encabezamos nosotros, con decisión, sin ceder aquello que representa la salud, los derechos de sus hijos, la vida o la muerte para muchos, quizá sirva para que la sociedad se nos una y reclame a los políticos que sean, efectivamente una representación del pueblo, que gestionen NUESTRO dinero para el mejor interés de todos y que nos defiendan frente a los que no les importa nuestro daño.


¿Qué “fuerza” lleva el fuego de los dragones de Daenerys?

14 mayo 2019

Fuente: Giphy

Algo que resulta molesto en la ficción es la variabilidad de la fuerza, resistencia o poderes de los distintos personajes de un momento a otro de la trama. Quien aguantaba bombazos, resulta ser derribado por un puñetazo… Ni siquiera se respeta una cierta “relación” de orden, quiero decir, que si Pepito es más fuerte que Juanito al principio de la obra, no hay problema en que pase a tener una diferencia muy apreciable en sentido contrario poco después, y juego de Tronos no se escapa de esto.

Como público no puedo dejar de pensar que es un fallo, una manera fácil de hacer parecer alguien invencible y terrible durante un rato, para luego poder acabar con él, convenientemente. Agradecería mucho más que fuera lo ingenioso de la trama lo que produjera las situaciones insuperables o la victoria de quien sigue siendo más débil.

En mi entorno esto no es algo que moleste sólo a tikismikis demasiado ocupados de detalles, sino que es bastante general.

Además de esto, a mí se me unen mis pegas como físico… pero no me culpéis, es que se incumplen las más básicas leyes físicas. Y de esto es de lo que os quería hablar.

La pega de hoy también aparecía en una de las últimas de StarWars, y escribí un post sobre ello.

Se trata de la Conservación del momento y la tercera ley de Newton (acción y reacción).

El fuego de esos dragones se comporta como si tuviera una masa muy variable. Lo veremos, pero empecemos por el principio, la conservación del momento lineal.

Cuando hablamos de cómo se mueven las cosas, la velocidad es una cantidad interesante, pero insuficiente para muchos propósitos. Os pondré un ejemplo.

Una pelota a 50 km/h y un camión a 50 km/h.

Se mueven a la vez, pero hay una diferencia obvia. Esa pelota puede cogerse sin problema con una mano mientras que… no lo intentes con el camión.

En física resulta mucho más importante una magnitud que se llama momento lineal (o cantidad de movimiento) y que se define por el producto de la masa por la velocidad. Más allá de que resulte más intuitiva para ilustrar, precisamente la “cantidad de movimiento” que “tiene” un objeto, es muy relevante y aparece en multitud de ecuaciones. De esta forma un objeto de 2 kg a 10 km/h tiene el mismo momento lineal que uno de 1kg a 20 km/h.

Pues resulta que la cantidad total de momento que hay en un choque o cuando algo explota es constante, si no operan fuerzas externas. Algo que no detallaré, pero que es consecuencia de la segunda ley de Newton.

Esto quiere decir que si dos bolas van a chocar y sumo el producto de sus masas por sus velocidades antes y después del choque, darán la misma cantidad. O que si algo explota, o pierde una parte, el momento que se “lleva” un trozo en una dirección, debe ser compensado por el momento que se “lleva” el otro trozo en la otra dirección.

Es lo que pasa cuando disparamos una bala. La bala es poco masiva pero va muy rápido, eso hace que el arma deba moverse en sentido contrario con una velocidad tantas veces menor, cuanto más pese.

Por esto mismo cuando nos chocamos con alguien mucho más grande (pesado!) que nosotros, solemos salir despedidos con mucha más velocidad que la otra persona.

Teniendo claro esto, me pregunto, ¿qué momento tiene el fuego que lanzan los dragones?

En algunas ocasiones, parece sólo una llama “gaseosa” como la que pueda desprenderse de un mechero de gas, pero en otras, diríase que es un chorro de líquido inflamable, como el que produce un lanzallamas y con una “masa” aparente muy variable.

Si ese “fuego” es capaz de tirar una muralla de piedra o derribar una torre, ¿hasta dónde debería mandar a una persona cuando las han ejecutado… y se han quedado en el mismo sitio?

Y, ¿qué pasa con el “retroceso”? Si realmente ese fuego sale con un momento lineal suficiente para romper una muralla, el dragón debería salir con el mismo momento hacia atrás. Con una fracción de la velocidad correspondiente a cuántas veces tiene el dragón más masa que la llamarada que está echando. Y fijaos que lo hace desde el aire, que no puede “sujetarse” en el suelo para parar el retroceso. Sería el equivalente a disparar un arma subido a un monopatín.

Y, aún una pregunta más… si durante una batalla “dispara” muchos “chorros de fuego masivo”, ¿dónde está toda esa masa en el dragón?

Dedicamos esta entrada a Carlos Lobato, que es nuestro maestro de dragones y os recomendamos este fantástico post que escribió sobre los dragones que SÍ que existen.


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