10 años, 3 millones de visitas

4 enero 2019

Hoy cumple diez años (y a punto de 3 millones de visitas) este lugar de difusión de la ciencia, discusiones educativas, materiales para profesores… y panaderismos.

Esto ha ayudado a la difusión de mis libros, shows, actividad en los medios y a entrar en contacto con mucha gente que ya forman parte de mi vida profesional y personal. La pandilla Naukas, por ejemplo.

Pero lo que más me gusta de este sitio son los lectores. Gente muy diversa que me concede su tiempo y se lleva un poquito de luz, dudas en sus certezas, de conocimiento o de reflexión, lo que espero que les haga un poco más libres y más felices.

Mucha gente me ha agradecido mi dedicación por aquí, pero dejadme que también os agradezca yo el tiempo que me regaláis y la interacción. Es vuestra atención la que le da sentido a que escriba por aquí. Mis reflexiones están hechas para ser leídas, no es un ejercicio formal o algo que “me saco de dentro”. Así que, gracias.

Aunque para estas celebraciones suelo poneros un poco de música, permitidme hoy que insista en el reciente nacimiento de mi último libro, un compendio de panaderismos como no ha habido otro 😉

Como es autopublicación electrónica, se agradece mucho toda la difusión que podáis aportar.

En el enlace podéis leer las 10 primeras páginas gratis. A cata y a prueba.

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La cordura de saberse loco. NUEVO LIBRO!!

1 enero 2019

Empezamos el año con la publicación en electrónico de mi nuevo libro.

Un libro muy personal con esas reflexiones que os comparto por aquí de cuando en cuando y que ayudan a este loco vuestro a vivir de una manera un poco más cuerda. Igual os sirven para esos propósitos de año nuevo en los que andaréis enfrascados.

Aquí os podéis descargar las PRIMERAS PÁGINAS

Si os gusta, aquí lo tenéis en AMAZON

Como es autopublicado se agradece mucho la difusión.

Muchas gracias a Isabel Ocaña por su divertida portada!

ADVERTENCIA: Este libro contiene esos consejos, esas lecciones que personalmente he creído aprender de la vida. Ni constituye un tratado de psicología, ni sustituye a ningún profesional o terapia. Cualquier discrepancia que encontréis con la evidencia científica en psicología será, sin duda, error por mi parte.


Toda la vida explicando y no os habéis enterado de nada

3 diciembre 2018

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Ni yo tampoco, os lo confieso.

¿Qué es entender?

Me da la impresión de que se cree que entender es un proceso profundo. Si esto fuera así, sería imposible entender una explicación errónea, nos saltarían mil alarmas en ese camino de comprensión tan detallado. Pero no lo es.

Una de las experiencias más decepcionantes que tiene uno como profesor es cuando se confunde explicando algo y todo el mundo lo ha entendido. De repente te das cuenta de que estabas cometiendo un error y te cuestionas qué estaban entendiendo. Te corriges, se lo explicas bien, les insistes en que si lo han entendido y te dicen que sí… pero también te lo decían antes. Triste.

Las matemáticas toman enunciados complejos y en sus pruebas los reducen a los principios fundamentales que se aceptan como válidos. Son, por tanto, autocontenidas. En cambio, las demás formas de conocimiento acaban apoyándose en “certezas” de distintos tipos (que vosotros estaréis más o menos de acuerdo en aceptar como ciertas: la experiencia sensible, la verdad revelada, las experiencias interiores).

Todas estas cosas acaban sintiéndose de “sentido común”, obvias, y pasan a ser nuestros “principios” sobre los que podemos elaborar “teoremas”, “verdades” más sofisticadas. Mucho ojo porque entre estos principios se esconden no pocos preconceptos y errores (como que los objetos pesados caen más rápido, que todos los líquidos conducen la electricidad, o que si te esfuerzas seguro que consigues lo que pretendías…)

Os pondré un ejemplo.

Un truco de magia donde un objeto se mueve sin que se le toque.

Alguien te explica que es porque está usando un imán y en el objeto hay una pieza de metal.

Ah, vale. Entendido.

¿Entendido? ¿Seguro?

¿Es esto lo que tienes en la cabeza?

Fuente de la imagen

¿No?

Entonces no estás ni cerca de entender lo que está pasando ahí.

Me dirás que no necesitas eso, ni aunque lo sepas, para poder hacer muchas cosas con imanes y metales, y tendrás razón. Serás operativo, de acuerdo, pero no lo entiendes.

Como os decía hace poco la frase: “Yo me voy a la tienda a comprar dos kilos de pollo.” Esconde una infinidad de misterios que tenemos tremendas dificultades para definir con precisión (el yo, el tiempo, el espacio, la masa…).

Eso no impide que compremos pollo… pero no lo entendemos.

En mi opinión, explicar es un proceso de disgregación y simplificación de la complejidad hasta reducirla a principios que el oyente entiende como “de sentido común” y que le dejan satisfecho.

En el ejemplo del mago.

– ¿¿Es que puede mover los objetos con la mente??

– No, es que usa imanes.

– Ah, vale.

Operativo, sí. Entendido, no.

Si a esto le añadimos el uso de metáforas, tan común, tan útil… y tan falaz, en cierta forma, pues nos acabamos de deprimir.

Hablaba con unos compañeros hace poco de hacer cosas en el gimnasio con pelotas pequeñas y grandes para explicar el movimiento Browniano, vaya, para intentar que los chavales entiendan la teoría atómica. Permitidme la simplificación, se trata de jugar un rato con pelotas y de decirles luego a los chavales:

– ¿Habéis visto lo de las pelotas?

– Síiiiiiiii

– ¿Lo habéis entendido?

– Síiiiiiii

– Pues lo de los átomos es igual.

Y no, no es igual. Y no, el juego con pelotas no PRUEBA la teoría atómica.

Que les ha convencido. De acuerdo.

Que se lo creen. De acuerdo.

Que lo que creen es cierto. De acuerdo.

Que lo entienden… ¿el qué? ¿la física atómica? No.

Y os recuerdo que quien escribe esto es un profesor de secundaria, un divulgador de ciencia básica conocido por sus demostraciones en público… con las que convenzo a muchos, pero lo siento, no entendemos casi nada… de nada. Porque también os recuerdo que soy físico fundamental y conozco la profundidad de las cosas de las que hablamos y lo mucho que queda por recorrer incluso a los que más saben.

¿Es desalentador? ¿Es paralizante?

¿Es cierto?

¿Qué vamos a hacer?

Pues explicar, razonar, desmontar preconceptos erróneos, usar metáforas, símiles, demostraciones y alegrarnos cuando nos digan “Ahhhh, vale”, aunque en el fondo sepamos que no lo han entendido… ni tampoco nosotros lo entendemos…


¿Nos espía WhatsApp?

23 noviembre 2018

Bundesarchiv, Bild 101I-198-1363-29A / Henisch / CC-BY-SA 3.0 [CC BY-SA 3.0 de (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/de/deed.en)%5D

ACTUALIZACIÓN: Lo anduvimos contando en Julia en la Onda (min 16:45)

Habréis oído alguna vez que hay quien tiene una conversación privada por WhatsApp mencionando algún producto y poco después recibe publicidad en Facebook justo de ese producto.

¿Cómo saber si esto es realmente así?

Junto con algunos de mis alumnos de este año, nos propusimos hacer un experimento para comprobarlo. Aquí os dejo el reporte, con un saludo para mis alumnos 😉

Posible paso de datos de conversaciones de WhatsApp a Facebook e Instagram

Javier Fernández Panadero

como profesor responsable de

la clase 4ºD curso 18/19 del IES Vicente Aleixandre de Pinto (Madrid)

javierfpanadero@yahoo.com

@javierfpanadero

Resumen

Animados por los rumores sobre personas que tenían conversaciones escritas privadas en WhatsApp y recibían anuncios en Facebook e Instagram relacionados con esas conversaciones, hemos llevado a cabo un pequeño experimento.

Los alumnos van repetir un término en una conversación privada y luego comprobar si reciben publicidad relacionada con ese término.

Se hace el experimento dos veces y salvo algún caso aislado no se produce ese efecto.

Introducción

Es un rumor recurrente que si hablas de un tema en WhatsApp recibes luego publicidad relacionada en Facebook e Instagram.

Sabemos ocurren cosas parecidas, por ejemplo, hacer búsquedas en Google y que aparezca publicidad relacionada en Facebook.

En este caso nos parecía mucho más grave, la conversación en WhatsApp se supone que está encriptada y es secreta.

También podría ser un caso de “cherry picking” en el que el usuario está fijándose solamente en la coincidencia que ha tenido y no en todos los casos en los que no ha habido coincidencia (como pasa con los videntes, que agrandan sus mínimos aciertos).

O podría ser que los usuarios ya fueran público objetivo de ese producto y que el hecho de hablar de él haya sido irrelevante. Por ejemplo, un concierto en una ciudad cercana a la que viven.

Experimento 1

Participantes: 17

Número de repeticiones del término en WhatsApp: 15

Antes de hacer el experimento decidimos con cuántos casos consideraríamos positiva la relación (para evitar sesgos en la interpretación de los resultados) y decidimos que si hubiese publicidad relacionada en la MITAD de los casos podríamos descartar que fuese un asunto aleatorio.

Buscamos términos para los que ellos no fueran público objetivo por su edad, sexo o su historial (lugares en los que hayan estado ellos, o amigos) y llegamos a esta lista.

Lucena, El Ejido, Nimes, Grenoble, Horcajo, Cazzu, Perito moreno, Gran Cañón del Colorado, Hopewel, estilete, tapones de corcho, buje, trinchacadenas, Parque de la Reina, Taipei, Campillo, Mondoñedo.

Mientras discutíamos esta lista mantuvimos apagados los móviles por si tenían dados permisos de micrófono directamente a Facebook o Instagram y hubieran recibido publicidad por un acceso directo de estas apps y no por la interacción con WhatsApp.

Resultados del Experimento 1

En ningún caso apareció publicidad directa con el concepto en concreto, aunque en dos casos que apareció algo con cierta relación.

Quien habló de Nimes vio luego publicidad de viajes a Francia y quién habló de Campillo (y había mencionado la palabra “vino”, típico de allí) recibió publicidad de vino.

Analizando los resultados pensamos que quizá no encontrábamos publicidad relacionada, porque los términos que usábamos no la contratan, no porque no se estuviera monitorizando la conversación. Por ejemplo, que no hubiera nadie pagando a Facebook para publicitar “estiletes”.

Como los casos “sospechosos” (el vino y Francia) surgieron inmediatamente, pensamos que no hay problemas con las repeticiones, el tiempo de espera hasta mirar los anuncios, y procedemos a volver a hacer el experimento con algún producto que sí esté publicitándose de manera masiva y que a la vez no sean los estudiantes público objetivo.

Experimento 2

Participantes: 18

Repeticiones del término: 15

Pactamos usar el término “pañales” que sabemos que se publicitan a mucho público, que recuerdan no haber recibido con anterioridad y para los que aún no son público objetivo.

Resultados del Experimento 2

El resultado de este segundo experimento es el siguiente, hay dos personas que reciben publicidad relacionada, mientras otros dieciséis, no.

Antes de empezar el experimento decidimos poner un límite en el 50% de ocurrencias, y nos hemos quedado muy lejos, pudiendo atribuir estos dos anuncios a otras causas.

Sin duda resulta llamativo que alguien, aunque solo sea una persona, reciba ese anuncio, pero para eso se hacen experimentos controlados y estadística, para distinguir lo que parece de lo que es. Si no, a quien le toca la lotería le parecería “lo normal”.

Conclusiones

Aunque este tipo de experimento tienen muchas posibles fuentes de error  y el número de participantes es bajo, nuestra conclusión debe ser que no hay relación entre nuestras conversaciones de WhatsApp y los anuncios que recibimos en Facebook e Instagram.

Animamos a que se haga en condiciones más controladas y con muchas más personas y quedamos pendientes de esos resultados.

Respecto a quienes encuentran esas coincidencias (aunque podría tratarse de casualidades) lo más probable es que fueran anuncios seleccionados por la cantidad de información que las RRSS recopilan monitorizando nuestra actividad o que nosotros mismos facilitamos con la publicación de información privada (comida, amigos, viajes, etc.).

Por otra parte no nos extraña la sospecha inicial. Las propias compañías han reconocido las prácticas “aceptadas por el usuario” (otras no tanto) como escuchas del micrófono por Facebook, lectura del interior de los correos por Google, etc.

En este extremo animamos a que se consulte, si se posee cuenta en Google, las siguientes páginas para conocer qué información tiene de nosotros esta compañía de forma legal (y sin ocultarlo), y que vayamos tomando decisiones sobre vuestra privacidad, un bien que pocos piensan en proteger.

Registros de voz, lugares visitados, búsquedas, etc.

https://myactivity.google.com/myactivity

Personalmente, en este caso me ha llamado mucho la atención en mi registro de voz, que Google no se ocupa sólo de escuchar a ver si digo “OK Google” e intentar reconocer lo que va después, sino que escucha y almacena audio aleatoriamente, que elige recoger cuando le parece.

Información personal para darnos publicidad segmentada por parte de Google.

https://adssettings.google.com/authenticated?utm_source=search-privacy-advisor

Aquí otras compañías y la información que compartimos con ellas

http://www.youronlinechoices.com/es/preferencias/

Estos enlaces nos llegaron gracias a @InerciaCreativa estupendo compañero en Naukas.

Finalemente

Nuestra privacidad y nuestros datos son objeto de intercambio, un producto que se vende a publicistas o que se almacena para usar en el futuro, como hemos visto en numerosos casos.

Como ciudadanos debemos actuar. Hay una acción personal en la discreción y en proteger nuestros datos, hay una acción de vigilancia y denuncia sobre las compañías que los utilizan indebidamente y hay una acción política para forzar legislación que nos proteja.


Profesores por azar

7 noviembre 2018

Fuente: Wikipedia

Una de las perlas que nos dejó ayer la Ministra de Educación en su comparecencia fue quejarse de personas que llegan a profesores por azar.

Cuando adjetivamos una palabra, cuando marcamos una situación, siempre se produce una diferencia que la distingue del conjunto de su misma especie. Si hablo del coche rojo, o grande, o del mío; será porque el resto de coches considerados no cumplen alguna de esas características.

Así que, cuando marcamos a la gente que llega a determinada profesión “por azar” será porque el resto habrá llegado por algo diferente al azar.

Primero habría que definir qué es eso de llegar por “azar”. ¿Será que en la tapa del yogur le ofrecieron una plaza de profesor? ¿Será que salió a trabajar y abrió la primera puerta que resultó ser de un colegio?

Y los que no llegaron por azar, ¿por qué llegaron? ¿Por el ejercicio de la voluntad? ¿Por el ejercicio LIBRE (glups) de la voluntad? ¿Desde cuándo? Si su voluntad de ser profesor sólo tiene la antigüedad de un año, ¿es “azarosa”? ¿Es libre?

A mis alumnos les mando como ejercicio que revisen sus vidas e identifiquen cómo fueron tomadas decisiones cruciales en ellas, qué participación tuvo su voluntad y qué participación tuvieron otros factores incontrolables (pero determinantes) que podríamos llamar “azar”. Como aún viven vidas cortas, les sugiero que pregunten también a sus padres cómo se conocieron, cómo eligieron estudios, cómo eligieron profesión, cómo llegaron a su primer trabajo…  Cualquiera que haga este ejercicio, si no se engaña demasiado, encontrará que su libertad y su voluntad tiene una influencia mucho menor de lo que nos gusta reconocer en sus resultados, por más que sea en lo único que podamos trabajar para mejorar nuestras posibilidades.

Pero no se preocupen, que el resto del discurso de la ministra y sus expertos (o la opinión dominante) ya ha encontrado cuál es ese antónimo tan buscado al “azar”. Y resulta que es…. (redoble)… la vocación. Acabáramos.

¿”La llamada del corazón”, “La llamada de Dios”?

Tócate las pelotas…

Si ya era difícil definir o identificar si hay alguna voluntad libre en nuestras vidas, ahora resulta que hay que oír la voz de la vocación para poder ejercer un trabajo, porque no se engañen, ser profesor es un trabajo.

Supongo que lo siguiente será realizar un juramento o quizá hacer votos. Esto empieza a parecerse más a un sacerdocio que a un trabajo realizado por un profesional en unas condiciones concretas y durante un tiempo estipulado.

No sé si reconocéis lo peligroso que es todo esto. Pensadlo respecto de cualquier otro trabajo, y cambiad vuestro estatus de trabajador en el de monja o cura. Mirad lo que eso significa respecto a la interferencia en el resto de vuestra vida, disponibilidad absoluta en tiempo y recursos, jerarquías abusivas, etc. No, ser profesor no es un sacerdocio. Basta de tonterías.

Yo mismo he hablado de la conveniencia de que el amor sea lo que impulsa tu vida, incluido el trabajo. Como profesor creo que es importante amar tu materia y a la gente que la enseñas, pero esto puede concretarse en poseer una buena formación en tu materia, disfrutar con ella y tener la suficiente empatía para tratar a tus alumnos con el respeto y cariño que se merece cualquier persona. Si a esto le añades una capacidad didáctica suficiente, tendrás un profesor digno.

Esto me gustaría poder decirlo de cualquier profesión. Si voy a la mercería a comprar hilo me gusta que quien me atienda conozca su materia y me trate con respeto y aprecio. Por supuesto cuando el trato con personas sea más cercano y la situación de las personas que atiendes más demandante, más necesaria será esa empatía, pero empatía, respeto y ya.

Quiero ser un profesional, quiero poder llevar una vida sana, tener un horario y atribuciones concretas y asequibles. No quiero ser el héroe o el mártir de un sistema que está mal diseñado, que cuenta con que la gente trabaje por encima de sus horas y atribuciones para el funcionamiento normal.

Así que no, no quiero irme a vivir al colegio, que todo mi día gire en torno a eso, tener que comprar el desayuno a chavales que les niegan una beca de comedor, pagar materiales a los que no tienen dinero para comprarlo.. no.

Quiero un sistema robusto que provea derechos para todos y que los trabajadores no tengan que vivir explotados para que los usuarios puedan ver sus derechos provistos.

Sé que muchos profesores sacamos a veces nuestra propia estima o nos definimos como personas desempeñando ese papel, contamos nuestras batallas con indignación, pero con un tufillo de orgullo, y es un error, tanto psicológico como laboral. Por eso escribí esta otra entrada con la que tanto os bombardeo en redes “Los profesores son un mal ejemplo”.

Por lo tanto, no, Sra. Ministra:

Que la decisión de tomar un trabajo tenga un año más o menos de antigüedad, no me hace más valioso que otro trabajador.

Mi trabajo no es mi religión. Es la forma en la que aporto a mi sociedad en la medida de mis capacidades y es sólo una parte de mi actividad humana que no se agota con mi condición de obrero. (Aprovecho para recordar que por esto mismo siempre repetimos que no formamos obreros en la educación pública, formamos personas.)

Que los trabajos tienen que estar bien definidos y los sistemas bien diseñados. Y, a partir de ahí, hablemos de evaluación del profesorado y de ver si se están cumpliendo las funciones para las que fuimos contratados. Hoy no dejamos de apagar fuegos y hacer más de la cuenta en un entorno hostil y de continua emergencia.

Finalmente, y como un hijo más de esos que nacieron porque nuestros padres no usaban medidas anticonceptivas, como alguien que llegó a esta tierra por el azar de que mis padres se conocieran y practicaran sexo sin demasiadas precauciones, le diré que no me siento un ciudadano de segunda e intentaré vivir con todas mis ganas una vida valiosa para mí y para mi sociedad, aunque, repito, no sea un hijo “vocacional”.


¿Qué vas a hacer?

17 octubre 2018

Eso es la Vida, una interpelación constante.

Te coge de la pechera y te pregunta: ¿Qué vas a hacer?

Pues no lo sé, no tengo suficiente información para decidir, no quiero pensarlo ahora…

Y Ella repite: ¿Qué vas a hacer?

Incansablemente, de forma constante, más allá de nuestras excusas o peticiones de prórrogas.

¿Qué vas a hacer?

Y aquí estamos los que vivimos en el espacio-tiempo, los que jugamos al antes y al después, al tú y yo, al aquí y allí, interpelados con una petición constante de acción.

No nos hace mucha gracia, ya lo hablamos en Te jodes y decides, pero es lo que hay.

Y no sólo eso, nos vienen con prisas, porque la vida sigue con su pregunta constante: ¿Qué vas a hacer? Ese amigo “especial” que te ha propuesto algo, no puede esperar hasta que llegues a una conclusión con el nivel de certeza suficiente sobre si vuestro encuentro o proyecto en común será satisfactorio cuando medites sobre ello en tu lecho de muerte… De hecho está esperando en el teléfono a que le contestes que si quedas hoy o no. También hablábamos de esto en Te juzgo, sí, ¿qué pasa?

La evolución lidió con ello dotándonos de una red neuronal (nuestro sistema nervioso). Un sistema de procesamiento en paralelo que, por mucho que se repita, no se parece a lo lineal, secuencial, que son nuestros ordenadores, y que tiene la propiedad de ser bastante eficiente para clasificar, decidir, predecir, tratando con información limitada, incluso con información errónea.

Uno de los elementos que nos han ayudado es ese “vive para follar otro día” (definción panaderística de la selección natural) han sido los tan vapuleados sesgos cognitivos que con frecuencia son denostados como errores en los razonamientos o defectos mentales, pero que nos proporcionan atajos y decisiones rápidas que nos han sacado de no pocos apuros en nuestro camino evolutivo. Imagina, por ejemplo, este comportamiento medroso nuestro ante cualquier ruido, una estrategia que hace saltar muchas falsas alarmas, pero nos evita falsos negativos que podrían ser un depredador y terminar allí con nuestra línea genética. Y, ¿qué me dices del efecto “halo”? Aquí criticamos mucho que las personas más agraciadas físicamente sean percibidas también como mejores, pero puede ser que ese sesgo evitara a nuestros abuelos el contacto con enfermos contagiosos o que les llevara a emparejarse con individuos con una carga genética más resistente a dolencias que pudieran haber “afeado” sus rasgos.

Un poquito más erguidos del barro, figuradamente hablando, ahora buscamos mejores maneras de (intentar) llevar el timón e intervenir lo más posible en la dirección que toma nuestro barco en este mar tan agitado.

Con este propósito y, como me gusta contaros últimamente: “Quien no tiene talento, que se busque protocolos”. Me refiero a que, probablemente, la única cordura accesible es saberse loco y que, desde ahí, podemos tomar ciertas medidas de control, los citados protocolos.

Hoy quería hablaros de uno en particular que llamo “Suspensión del juicio”. Lo explicaré con un ejemplo.

Unos alumnos me preguntaron por mi opinión sobre la Ouija (una pretendida manera de invocar muertos o seres de otros mundos).

Mi respuesta es la siguiente:

Puede que sea falso y que esté perdiendo el tiempo.

Puede que sea cierto y esté invitando a meterse en mi casa a muertos, demonios y demás.

En ningún caso me interesa.

Conclusión: Puedo suspender el juicio sobre el asunto concreto y tener clara mi línea de actuación, porque os repito que la vida lo que me pide es actuación, en su continuo examen no me hace “preguntas de teoría”.

Os pondré algún ejemplo más que quizá os sirva.

Aquel que no desea mi compañía…

Puede que tenga razón y que mi compañía no sea valiosa.

Puede que se equivoque y desprecie algo de valor.

En ambos casos mi actuación es la misma: les alivio de la carga (o del regalo) de mi presencia porque, en ambos casos, quien no me quiere, no me merece (por su acierto o por su error).

Como veis, más allá de mis complejos, falta de autoestima y demás, el protocolo me permite funcionar como una persona más equilibrada de lo que en realidad soy. El tiempo que me lleve ir mejorando mi estado mental será más o menos largo, pero mi actos son más cuerdos desde hoy mismo.

Os dejaré con una última suspensión del juicio en un asunto bastante grave.

Ya oís a muchos vende-humos decir que escuches la voz de tu interior, que te dejes guiar por lo que sientes y demás palabrería. No sé cómo estaréis vosotros, pero en mi cabeza hay un follón de tres pares de pelotas y no me resulta fácil identificar la fuente de la mayoría de impulsos, deseos o apetencias.

Ese análisis de mi coco, ese decidir “quién es quién”, si es que es posible, llevará toda mi vida, pero os recuerdo que el universo me interpela aquí y ahora, ¿qué vas a hacer?

Bien, la fuente de todas esas voces es una red neuronal que lleva millones de años “entrenándose”, dando respuestas y recibiendo feedback (químico o por selección natural), reajustándose una y otra vez. Y te recuerdo que sigue haciéndolo aquí y ahora, tu forma de vivir modifica tu encéfalo y viceversa.

Mi pregunta es, ¿por qué debería darle más valor a las ideas que “propone” mi red, que a las sugerencias del autocorrector del teclado de mi teléfono? Intentaré explicarme.

El autocorrector también es un sistema adaptativo que se ajusta y va dando respuestas de acuerdo con el feedback que recibe. De hecho, te animo a que abras el teclado y aceptes todas las sugerencias que vayan saliendo una tras otra, verás surgir frases o fragmentos que bien podrías haber escrito tú.

Quiero decir que nos tomamos quizá muy en serio lo que “pensamos” y lo que “nos apetece”, cuando una explicación científicamente más ajustada sería decir que somos más un espectador que un sujeto de esas acciones.

Entonces, Panaderito nuestro, ¿cuál es el protocolo que nos propones?

Pues que no te tomes tan en serio. No “aceptes” las sugerencias tan a la ligera. Haz aquello que en tu mejor calma y análisis entiendes que te hace más libre y más feliz, incluso, acepta el consejo de otros más sabios y “descarta” las propuestas de tu “red” que no van en esa línea, porque, ¿quién es esa voz, querido lector? ¿La falta de azúcar que te hace estar irritable, algún desequilibrio hormonal que te tiene especialmente eufórico, la presión de tu programación genética o cultural?

Saber con certeza qué somos, más allá de eso que llamas “yo” y que tiene los pies de barro, nos llevará también toda una existencia (o más), pero no tenemos que esperar tanto para vivir una vida mejor.

Así que, querido lector, es tu turno: ¿qué vas a hacer?

Fuente de la foto: Caspar David Friedrich [Public domain], via Wikimedia Commons


Si me quieres convencer, no me mientas

12 octubre 2018

Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons

Como ya sabréis soy profesor de instituto.

Dedico mucho tiempo a hablar con mis alumnos de temas “transversales”, ya sabéis, esas cosas a las que nos obliga el compromiso educativo personal y, no olvidemos, la ley. Esas cosas que cuando van en la línea de tu pensamiento llamas “formación” y cuando no, “adoctrinamiento”. Esas cosas.

En muchos aspectos, los profesores tenemos un feedback inmediato y descarnado, algo que no todos los comunicadores tienen, porque ya sabéis que la suma de fans y trolls no es un indicador bueno para casi nada. Nosotros, en cambio, tenemos ojos que brillan, otros que se cierran de sueño, gestos de desagrado, palabras de agradecimiento… y todo sobre un número de personas relativamente grande como para ser significativo.

Os diré que mis alumnos se quejarán probablemente de defectos personales y profesionales (en ocasiones con toda la razón), pero no podrán quejarse de que les “venda motos” a sabiendas. Les hablo muy clara y sinceramente, exponiéndome en lo personal y laboral, de lo que creo que deben saber y de lo que entiendo cierto.

Más allá de que es una postura vital que trasciende este aspecto profesional, diría que también es una buena estrategia comunicativa, aunque se opte con frecuencia por contar mentiras fáciles y (aparentemente) efectivas.

Lo vemos a diario en expresiones como “Cómete la sopa, que viene el Coco” y otras para adultos con distintos “Cocos” que sabemos tan aterradores como falsos o exagerados.

En otras ocasiones pasamos por negar nuestra humanidad, nuestra emocionalidad, nuestra irracionalidad y esperar que eso surta efecto. Por ejemplo, la idea de una alimentación sana, frente a la “tentación” de comer un pastel. Es fascinante que sigamos pensando que ganará “la cabeza”.

Por supuesto que es tentador comerse un pastel, quedarse con lo que no es de uno, buscarse las mañas para pagar menos impuestos (o directamente defraudar) y un montón de etcéteras que podéis listar en vuestras cabezas.

Os oigo protestar… “A mí no me tienta quedarme con lo de los demás”, bueeeeno, bueno. De acuerdo, entonces, ¿crees que es para ti para quien va el mensaje sobre eso? ¿Es a ti, que odias el dulce, a quien se le está intentando convencer de no comer tantos pasteles? Tenemos que pensar que el mensaje que estamos componiendo va dirigido precisamente a quien sí le parece bien, o al menos tentador, aquel comportamiento contra el que estamos hablando. Si no, estaremos predicando a conversos, actividad tan sencilla como inútil.

¿A dónde quieres llegar, Panadero nuestro?

Pongamos el típico ejemplo de “¿Con factura o sin factura?”, lo que se traduce en “¿Pagando impuestos o sin pagar impuestos?”.

Si digo que hay que pagar impuestos porque es mi deber, un grupo de adultos asentirá con la cabeza por “urbanidad” y luego seguirá haciendo lo mismo que antes. En un grupo de adolescentes, no pocos levantarán ostensiblemente una ceja cuando les digas que podemos estar hablando de que paguen 60€ más en una factura de 300€.

¿Les digo entonces que da igual, que no necesitan ese dinero, que no “apetece” quedarse con esos sesenta eurazos? ¿A mis muchachos de clase obrera? ¿Es que no preferiríamos todos una rebaja de de sesenta euros en esa factura?

Digamos la verdad, la pura y descarnada verdad.

Sois obreros, la provisión de vuestro derecho depende necesariamente de un sistema público ya que no tenéis patrimonio, acceso a crédito ni contactos para afrontar un problema grave de salud, educación, justicia, etc.

Los impuestos que os pretendéis ahorrar son los que acortan la lista de espera de la operación de tu familiar, proveen una justicia que no dependa de vuestra capacidad de pagar un abogado o la atención educativa de vuestros pequeños.

Esto genera un argumento emocional y verdadero que podría contraponerse al otro argumento emocional de la tentación en el momento que haga falta. No es una “consigna moral” repetitiva y racional que no hace mella, ni es un falso Coco que mañana deje de atemorizarme y, por lo tanto, de moverme a la acción.

Así que, cerrando el círculo, fíjate que estoy haciendo justo lo que acabo de explicar. Estoy intentando convencer a aquel que miente para convencer de que deje de hacerlo, y no lo he hecho mintiendo… ya me diréis si ha dado resultado.


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