¿Para qué? ¿A costa de qué?

24 mayo 2022

Ya hemos hablado de estas dos preguntas por aquí, fundamentales a mí entender en cualquier propuesta educativa.

Andamos con nuevas leyes y nuevos currículums en cada comunidad autónoma. Veo a muchos compañeros empeñados en explicarnos sus bondades cuando quizá un análisis crítico debería ser primero en la lógica y en el tiempo. Al fin y al cabo, nos jugamos la educación de miles de chavales.

Preguntémonos para qué queremos que aprendan cierta cosa.

¿Es importante por sí misma? ¿Es un vehículo para aprender algo más abstracto?

Por ejemplo, si hablamos de enseñar programación, podríamos escoger un lenguaje solamente como un vehículo para el «pensamiento computacional», o podríamos estar interesados en que tuvieran nociones de ese lenguaje en concreto por su implantación o cualquier característica particular.

En el caso de estar utilizando algo como un vehículo, toca hacerse la pregunta de si es el mejor vehículo y si es eficiente. A veces las herramientas complican más que aclaran, como ya sabéis.

A veces escuchamos decir que con tal o cual actividad se aprende «algo», que no es completamente inútil.

Si me permitís llevarlo al extremo, la simple actividad contemplativa, el hecho de estar vivo y despierto también enseña cosas. La cuestión es que si vamos a pasar una hora haciendo algo, el «jugo» que saquemos, la «densidad educativa» tiene que ser relevante y significativamente diferente de sentarse a escuchar crecer la hierba.

Si queremos enseñar a pensar ordenadamente, por seguir con ese ejemplo, podríamos no sólo usar un lenguaje de programación en concreto, podríamos usar sólo diagramas de flujo, podríamos enseñar a cocinar o a hacer malabares. Todas ellas actividades interesantes e incluso divertidas pero, ¿cuál es nuestro objetivo? No es «entretener», es educar. ¿Cuál de estas actividades resulta más efectiva para unas personas en concreto en una situación concreta? Las respuestas tampoco son uniformes.

Bueno, Javi, ¿qué problema hay en que se tiren dos horas haciendo esto si aprenden «un poco»? Es algo bueno.

Pues aquí entra la segunda parte del título. ¿A cambio de qué?

Las horas de clase y el tiempo es limitado. Si me tienes una hora haciendo alguna actividad estás dejando de hacer otras. No se trata de si sirve para algo, si no si es comparativamente mejor que otra actividad que pudiéramos llevar a cabo.

Por supuesto que algo se aprende después de estar toda la mañana en el Parque Warner, la pregunta que quizá deberíamos hacernos es, ¿es esto lo mejor que podemos hacer, educativamente, en SEIS horas?

Ser divertido o que al docente le guste hacerlo no son (o deberían no ser) motivos para elegir una actividad u otra. Nuestro objetivo es enseñar, no entretenerles ni lucirnos. El objetivo es buscar qué es lo mejor, educativamente hablando, que podemos hacer con estos chavales en este tiempo.

Y si me tomo un rato en decir esto, y la libertad de pedirte que lo leas, es porque no me parece que estas dos preguntas se hagan lo suficiente entre legisladores y docentes, con nefastas consecuencias.


¿Cómo sortear el complejo de impostor?

12 marzo 2022

¿Qué es el complejo del impostor?

El complejo de impostor es esa sensación de no ser lo suficientemente bueno para ocupar el puesto en el que uno está. De esta forma, te sientes un «timador», alguien al que echarán con vergüenza cuando por fin se den cuenta de la «verdad».

Si preguntáis sobre esto a personas que os parezcan muy cualificadas o cuyo desempeño os parezca digno o incluso bastante bueno, hallaréis con sorpresa que muchos de ellos lo sufren sin que esa sensación se corresponda con la realidad sobre su nivel. Por eso hablamos de «complejo» es una distorsión de la realidad en la mente del que así se siente, no son impostores de verdad.

Vivir con ello tiene muchos efectos negativos.

Lo primero es vivir con mucha angustia, como os podéis imaginar. Después te vuelcas en el trabajo, claro para intentar compensar tu «incapacidad». También ocurre que rechazas trabajos o tareas para las que eras capaz y te apetecían, porque no te evalúas a ti mismo con justicia. Cobras poco o lo haces gratis Como veis, un desastre.

¿Cómo dejar de sentirme como me siento?

Eso se lo dejamos a los profesionales de la salud mental. Lo que intento hacer yo es buscar maneras de poder actuar de manera más cuerda, aunque me siga sintiendo un «impostor». Por eso el post se titula «sortear» y no «curarse de».

Os confieso que al sortearlo, en muchas ocasiones la sensación se vuelve más débil. Así que, aunque no sea una «cura», sí que se le va ganando terreno.

Este tipo de comportamientos. Buscar protocolos para «sortear» mis «locuras» es lo que os contaba en La Cordura de Saberse Loco, os dejo por aquí el enlace al audiolibro.

Entonces, vamos al grano: ¿Cómo sortearlo?

Digamos que te plantean hacer un trabajo, te ofrecen un puesto.

1. Despeja dudas objetivas

¿Me contratan para esto porque se creen que tengo el título de entrenador? ¿Me contratan porque creen que soy un actor con experiencia?

Se les avisa.

«Oiga, que yo he hecho algo de teatro, pero no soy un actor con estudios de teatro, ni tengo gran experiencia.»

Normalmente lo que ocurre es que ellos YA lo saben y ya te han visto trabajar, han leído cosas tuyas, han tenido en sus manos cosas que has fabricado tú. Y te llaman, precisamente, porque saben lo que quieren… y te quieren a ti.

Eso nos lleva directamente al segundo punto.

2. Que se jodan

Quien te quiere te merece y viceversa. (Sacado de mi libro, citado antes)

No te preocupes por ellos. Saben quien eres y eso es lo que quieren. Pues que se jodan. En su elección tienen su premio (si eres guay) o su castigo (si eres la mierda), pero es SU decisión.

Tú preocúpate de pensar si A TI te apetece/conviene ese trabajo, que los demás ya se preocupan de si les conviene a ellos.

3. Concéntrate en la obra y olvídate de ti

Durante mucho tiempo (y a veces lo sigo diciendo) cuando me preguntaban sobre cómo presentarme, yo les decía: «Di que soy Javi y que hago cosas».

Lo que yo ofrezco al mundo no es lo que soy, es mi obra.

La gente se comerá mi tortilla, leerá mis libros, escuchará una conferencia mía, una clase, una actuación musical…

Quién soy yo es un asunto secundario. Lo importante es que la tortilla esté buena, mis libros sean de calidad, mi conferencia o mis clases enseñen y mi actuación sea artísticamente digna.

No hace falta tener mil títulos de cocinero que avalen mi tortilla si está buena, y si está mala, no te la querrás comer por más que tenga catorce estrellas Michelín.

Insisto, yo le ofrezco al mundo mi obra, para que la disfrute o la rechace en el ejercicio de su libertad y su gusto.

Con esto en la mente, reduzco el tiempo en que pienso si soy buen o mal fotógrafo y me esmero en hacer una buena fotografía, que es lo que quiere mi cliente.

A mí esta idea me da mucha paz y me permite producir obras de mucha más calidad y en muchos campos en los que en principio no me hubiera atrevido.

4. ¿Cuánto cobro?

Otra derivada del complejo del impostor es minusvalorar tu obra.

Si te parece que no deberías tener este trabajo, imagina cómo vas a «atreverte» a pedir dinero por ello. De esto se aprovecha mucha gente y acabas mal pagado o incluso haciendo cosas gratis. A veces no es que se quieran aprovechar es que tú te niegas (!) a cobrar lo justo.

Esto también tiene arreglo, insisto, aunque te sigas sintiendo raro por dentro.

¿Cuánto debo cobrar? Muy sencillo. Lo que cobren otros. Fin.

Ya hemos quedado en «que se jodan». Ellos quieren que yo les haga la comida, la han probado y, «sorprendentemente» quieren que la haga yo. Bien, que se jodan. Hasta ahí ya hemos llegado. Sigamos.

¿Cuánto debo cobrar? ¿Cuánto cobran otros?

  • Busca a profesionales que den el servicio que a ti te piden.
  • Pregúntales cuánto cobran
  • Ahí tienes tu tarifa

Si le quieres hacer un «descuento de amigo» o lo que sea, pues se lo dices: «Mira esto cuesta X, te voy a cobrar un diez por ciento menos». Y así todos sabemos en qué punto estamos.

Ellos se van a comer tu comida. Tu obra «les vale». Lo mismo que se comerían la de un cocinero «de verdad». Ya la han probado y les parece rica. Tu obra ES una obra profesional, cumple la función. Así que debes cobrar lo que cobra un profesional.

Si mi comida te apaña, la pagas a precio de comida.

Si mi comida no te apaña, no te la hago y todos felices.

Pero eso de tu tortilla me vale si me la das tirada de precio o gratis, no. Si te apaña, la pagas. Si no, no perdemos tiempo ninguno.

Finalmente

Y ya, como veréis no son cosas tan difíciles de hacer y a mí, al menos, me resultan muy efectivas.

Así que, con todo cariño: Dejad de preocuparos y ¡floreced!


Niño rico, niño pobre

4 marzo 2022

Para evitar malos entendidos, empecemos por el principio.

No hay nada que distinga a esos dos niños más allá del adjetivo.

Si surgen más músicos, científicos, artistas, artesanos o deportistas en un entorno acomodado es simplemente porque resulta mucho más fácil pensar qué color voy a usar en mi lienzo si tengo lienzo y colores, para empezar, no estoy helado de frío, no me ruge el estómago por el hambre ni tengo la mente ocupada con que nos desahucien porque mis padres no tienen ingresos, o escucho peleas de bandas por la ventana.

Y si estamos hablando de circunstancias y no de cosas que esos niños «sean», será mejor entonces decir:

Niño en entorno seguro, niño en situación vulnerable.

Así que tenemos niños que nacen aleatoriamente en unos entornos u otros y cuyas capacidades y desarrollo dependerá de las circunstancias. Vidas que serán menos felices y plenas si no has tenido mucha suerte. Un desastre humanitario y una enorme pérdida de talento que se queda sin florecer para su poseedor y para su sociedad.

¿Están condenados?

Bueno, si las circunstancias son extremas, es casi seguro. Morirán en tiroteos urbanos, violaciones, guerras.

Si las circunstancias no son tan extremas, depende.

¿Cuáles son los ingredientes del éxito?

Muchos.

Y no participa cada uno en un porcentaje. Hay elementos que pueden hacer que suene la flauta o que se vaya todo al garete. Citemos algunos

  • Un entorno seguro

No es igual vivir en una sociedad con garantías sanitarias o de seguridad, tener cubierto un ingreso mínimo vital, que vivir en un estado fallido o en un barrio comido por la delincuencia. No es lo mismo poder acceder a una subvención estatal que tener que buscar el dinero debajo de las piedras para intentar montar un negocio.

  • Patrimonio

Contar con un patrimonio con el que poder subvencionar tus proyectos, no tener que agarrarte a cualquier trabajo para subsistir, poder disponer de tiempo para desarrollarte, estudiar o pensar en tus ideas, son cosas que marcan una diferencia tremenda entre dos personas por mucho que su nivel de trabajo o talento sea similar.

Aquí viene muy a cuento en concepto de «suelo de cristal». Decimos que las personas económicamente favorecidas tienen un suelo de cristal para indicar que pueden permitirse equivocarse o caer en un negocio, necesitar tratamiento psiquiátrico, de adicciones, que el «suelo» de su patrimonio les «parará» y conseguirán salir adelante con mucha más facilidad que otro para el que un negocio que fracasa significa su ruina personal y familiar o para el que no puede pagarse una clínica de desintoxicación.

  • Renta

Puede que no tengas un gran patrimonio, pero que recibas una renta por unas tierras, viviendas o herencia. No es tan vistoso como el patrimonio pero tiene un efecto parecido de respaldo que te pone en un lugar muy diferente a quien no dispone de ello.

  • Acceso a crédito

Otra forma de «seguridad económica» no tan cómoda y no tan vistosa, pero también muy útil. ¿Habéis oído a esos «exitosos empresarios» que aseguran haberse arruinado completamente varias veces y después han vuelto a construir imperios? ¿De dónde salió aquello? Poder conseguir que te preste dinero un amigo o una entidad puede darte esa nueva oportunidad que otros no tienen.

  • Contactos

Mencionábamos a un «amigo». Si lleváis un rato dando vueltas por el mundo ya lo sabéis por propia experiencia. En multitud de ocasiones es una llamada, una conexión, alguien que pasa tu currículum, lo que te lleva a estar en la posición de conseguir un contrato, una concesión, una buena oportunidad de negocio.

Esta es la razón, y no la calidad académica, que lleva a los más favorecidos a matricular a sus hijos en centros privados o similar. Que se vaya creando una red de amigos y conocidos que más adelante allanarán caminos, abrirán puertas, conseguirán entrevistas. La calidad académica en España, al menos hasta hace no mucho era igual, si no mejor, en los centros públicos.

De hecho, estos mismos padres se apuntarán a clubes de golf, casinos y otros lugares donde tener bien engrasadas sus conexiones.

  • Talentos especiales

Al decir especiales, ya marcamos que son raros. No estamos hablando de que te guste un poco la música y tus amigos digan que cantas bien o de que seas el mejor delantero de tu portal. Me refiero a que seas el puto Usain Bolt y que (casi) exclusivamente con una característica que te diferencia de la gente seas capaz de tener ingresos.

Fíjate en el detalle que además de ser poco común, tu talento especial debe ser «apreciado económicamente por la sociedad de tu momento». Si eres el mejor del mundo eructando el abecedario, no esperes rentabilizarlo demasiado y, si quieres un ejemplo menos florido, piensa en los maravillosos artesanos que nos encontramos en los puestos de las ferias, sacando lo justo para malvivir.

  • Suerte

Sí, queridos. La suerte. O el azar o como queráis llamarlo.

Causas incontrolables e impredecibles que pueden echarlo todo al traste o ponerte en el sitio justo.

¿Qué tienen en común todas estas cosas que hemos mencionado?

Que escapan de nuestro control. Que, ni las tenemos (o dejamos de tener) porque las merezcamos, ni podemos hacer mucho para conseguirlas.

¿Y qué nos queda entonces?

¿Qué nos queda, me preguntáis?

¿A quiénes? ¿A nosotros, personitas de clase trabajadora, sin patrimonio, ni renta, ni acceso a crédito, ni talentos especiales y sin una varita mágica para controlar la suerte? ¿Qué nos queda?

Hay dos vertientes:

  1. En lo individual

El trabajo y es esfuerzo. Pero no porque sea la vía SEGURA del éxito como muchos os dicen. Sino porque no nos queda otro camino.

Así de simple, así de claro, así de duro, así de injusto… así de verdadero.

De esta forma una de las cosas más revolucionarias que podáis hacer, queridos jóvenes, es estudiar y formaros. Crecer como personas, conocer el mundo y sus mecanismos.

Recordemos esquemáticamente para que se entienda perfectamente.

  • El esfuerzo y el trabajo mejoran tus probabilidades de tener éxito
  • El esfuerzo y el trabajo no te garantizan el éxito
  • Alguien que sólo puede tirar de esfuerzo y trabajo no está condenado al fracaso

Sé que es duro tener que vivir con esta incertidumbre, pero así son las cosas.

2. En lo colectivo

Asociaros.

Ya lo hemos dicho, nosotros somos pequeños para pintar algo ante fuerzas mucho mayores que nosotros… pero somos muchos, de hemos somos demasiados. Solo falta que nos reconozcamos en la misma trinchera y dejemos de pelear entre nosotros para luchar por nuestros derechos, para conseguirlos y para defenderlos de las fuerzas que no quieren que el mundo prospere. Que existen, tristemente, existen.

Asociaciones de barrio, alrededor de aficiones, profesionales, sindicatos… Solo uniéndonos podemos tener algo de fuerza contra gente mucho más grande y poderosa que nosotros como individuos.

Finalmente, a modo de resumen

Supongo que no es agradable tener que oír estas cosas. También sería más fácil para mí venderos las habituales motos, pero aquí hemos venido a otra cosa.

  • Somos clase trabajadora, nuestra situación es vulnerable y el entorno, hostil.
  • Habrá quien consiga el éxito por «atajos» que a nosotros nos están vedados o por pura suerte.
  • La mayoría de nosotros dependeremos de nuestro trabajo y el apoyo de otros para prosperar.

En mi opinión, es importante decir esto a quien se cree las mentiras de la «meritocracia» o a quienes son engañados haciéndoles pensar que sus enemigos somos los otros trabajadores. Y, decírselo a los más jóvenes, un imperativo.

Así que, aquí os lo dejo para vuestra reflexión y quizá algún profesor le pueda dar buen uso en sus clases o tutorías.


La belleza del sabio

30 septiembre 2021

La belleza física (según los cánones que queráis) está a la vista y bien puede ser objeto de anhelo por parte de cualquiera: Los ojos de tal, la nariz de cual, las piernas de este, los brazos de aquel o la melenaza del de más allá.

De este forma, nos reconocemos incompletos/imperfectos, o mejor dicho, «mejorables/perfectibles» según el criterio que cada uno elija (o que la publicidad te haya marcado sin darte cuenta, pero eso es otra movida).

Así que, seguiré dietas, haré ejercicios o incluso visitaré el quirófano, para poder acercarme a este estado que me parece deseable. No entraré ahora en todos los problemas que acarrea esto porque voy a otra cosa. Si les apetece seguirme…

Me pregunto, ¿quién percibe la «belleza» del sabio, para poder anhelarla?

El otro día me preguntaban los alumnos aquello de «para qué sirve esto». Les di cuatro opciones, no excluyentes, para su gobierno.

  1. Ejercicio mental
  2. Formación de cara a un empleo deseado
  3. Formación para aumentar su empleabilidad general
  4. Crecimiento personal

En este caso estoy más enfocado a la cuatro y un poco a la uno, que por sí mismas deberían justificar la necesidad de instrucción.

Cuando integramos conocimiento nuestra visión se hace más rica y más profunda. Cuando un biólogo y yo vamos a un bosque, mi percepción no es igual a la suya.

«¿Qué ven tus ojos de biólogo, de experto en pintura, de físico, de matemático, de músico?»

Es algo que podríamos preguntar y que a veces preguntamos, para luego maravillarnos de la riqueza de matices que tiene la realidad y que no percibíamos.

Pero todos decimos: He estado en esa ciudad, he visto ese cuadro, he pensado sobre ese asunto… pareciendo que se olvida lo limitada de nuestra experiencia, frente a la riqueza de la del experto.

La misma capacidad de pensar varía mucho pero nadie reconocerá que piensa «regular», como sí podemos ver claramente que vamos vestidos regular o que nuestra forma física es deficiente.

Si habéis vivido la experiencia de estrenar gafas después de un tiempo sin ellas, o por primera vez, recordaréis la sorpresa: Ah, ¿vosotros veis así de bien?

El conocimiento y afinar tu «máquina de pensar» te posibilita una vida más rica, más humana en el mejor sentido, en lugar de consistir en tiempos muertos entre comer, dormir y cagar.

Pero si nunca se ha experimentado, si nunca has tenido un destello de lo que puede ser recorrer el mundo con quien ve, al menos alguna faceta, con esa riqueza, no sólo te la pierdes, es que ni te imaginas que existe. Y ya sabemos que está muy bien engullir comida, cantar a gritos o follar como conejos, pero en otras ocasiones nos apetece degustar algo sabroso, deleitarnos con los matices de música más compleja o hacer el amor. Porque saber más no empequeñece tus horizontes o los sustituye, sino que profundiza y amplía tus posibilidades de disfrutar de la experiencia humana.

Y esa es la grandeza de la sabiduría que florece del conocimiento, y esa es la belleza de la experiencia del sabio que parece no estar a la vista y, por lo tanto, queda lejos del anhelo del resto o incluso se ignora o niega su existencia.


Individualismo espiritual

1 agosto 2021

Detalles, matices, precisiones… palabras que suelen significar algo pequeño y de poca repercusión, pero que no suele considerarse así por quien lo hace. Hoy seré yo quien los haga, pensando sobre todo en la repercusión.

Recordemos aquello del efecto mariposa en los sistemas caóticos: el batido de las alas de una mariposa puede provocar a la larga una tormenta en el otro extremo del mundo. Si me aceptáis la metáfora, pequeñas ideas pueden desencadenar importantes consecuencias.

Vayamos con el título. Me da la impresión de que actitudes o ideologías que conocemos bien en lo material se esconden en una versión «espiritual» para seguir con su pernicioso efecto mientras pasan desapercibidas. Un ejemplo muy claro es lo que llamo «materialismo espiritual». Cualquier persona medianamente ética no considerará mejor a quien tenga más dinero o posesiones que otra, en cambio sí que vemos, con no poca frecuencia, como quien tiene más conocimientos, más CI o más talentos se siente superior a los demás. Y no me refiero a mejor en su disciplina, que sería una obviedad, sino en tanto que persona. Vaya, el clasismo de siempre.

Los educadores tenemos un problema grave al intentar conjugar impulsar a nuestros educandos con darles una descripción adecuada del mundo, porque esto último es a menudo descorazonador.

En mi opinión la solución pasa por servir a la verdad, ya que bonitas frases como «El tiempo pone a cada uno en su sitio», «Si te esfuerzas lo conseguirás» se muestran como falsas a corto o medio plazo. Tirar por contrario: «Da igual lo que hagas, todo es suerte», «Siempre ganan los mismos» «Las cosas son así», además de ser paralizantes tampoco son del todo ciertas.

A mis alumnos, clase trabajadora, les digo: Si no tienes patrimonio, rentas, acceso a crédito, contactos o talentos muy especiales… la única baza que te queda es el esfuerzo y el trabajo. De esta forma no pongo al esfuerzo como la panacea sino como la mejor opción, en tanto que única, explicándoles que mejora sus probabilidades de éxito sin garantizarlas.

¿Triste? Quizá. ¿Verdad? Seguro. ¿Alguno trabajaría más apoyado en una mentira como el niño que se come la sopa para que no le rapte el Hombre del saco? Probablemente, pero mi compromiso es con la verdad, y ellos saben que pueden acudir a mí para oír lo que me parece más cierto. En el largo plazo, a mi entender, más educativo. Lo mismo para vosotros, queridos lectores, creo que es lo que venís a buscar aquí.

Llegados a este punto, ¿a qué me refiero con el individualismo espiritual?

Pues a la actitud de que mis emociones y mi forma de encarar los problemas son la clave para su solución.

A mí me parece estupendo que creas que eres el Neo de Matrix y que con tu pensamiento y actitud puedas parar las balas, pero ojo, lo que determina que seas Neo no es que te lo creas, es que las balas se paren. Como decía aquí, lo único que los científicos le pedimos a los milagros es que ocurran.

Hasta el momento en que seas capaz de transformar de forma efectiva la realidad con solo desearlo, tu actitud positiva ante un despido o un cáncer no los solucionará. De hecho lo que puede ponerles alguna solución o el completo remedio será una ley laboral, los tribunales, los sindicatos y el sistema sanitario. Si te fijas, algo que tienen en común todas estas cosas es su carácter sistémico y colectivo.

Los ciudadanos llevamos a cabo acciones y tenemos responsabilidades tanto individuales como colectivas. De hecho, no son conjuntos disjuntos, casi todas las acciones que tomamos tienen influencia en otros y, por lo tanto, en la comunidad.

El problema aquí surge cuando desistimos de la acción política de manera deliberada por entender que es «juego político», «debates artificiales», «peleas de poder», o directamente alegando nuestra falta de interés en esos temas.. aunque justo después salgamos a andar por la acera cuyo trazado, construcción y mantenimiento dependen directamente de esa política que se desprecia. A menudo esta desafección se viste de cierta «pureza», de estar por encima de estas cosas, en un acto de ignorancia similar al que desprecia campos completos de conocimiento dándoselas de intelectual (aquello de «es que soy de ciencias/letras»).

No hay actitud posible que ayude al tratamiento de tu cáncer… si no te lo aplican porque no hay sanidad pública y la privada no la puedes pagar. No hay actitud que te haga trabajar mejor… si no tienes trabajo en el que aplicarla. No puedes decidir cómo llevar a cabo tu tarea de manera profesional y ética si te imponen una ley que lo impida.

No puedes multiplicar panes y peces o resucitar muertos. Tú no. Al menos, por ahora. Si vieras a alguien que lo pretende sin ser capaz le tildarías de loco… pero se parece mucho a lo que hace quien niega lo político, lo común.

No hay manera posible de salir solo de todo, particularmente de lo más grave. Tú no. Yo tampoco. Juntos… quizá.

Como en el caso del esfuerzo, es lo único que está en nuestra mano intentar.

Ya incidía sobre esto en estas entrada que quizá quieras leer.

La certeza de la incertidumbre

Buenrollismo y calmantes


Acatar y respetar

5 mayo 2021

Hoy es a cuenta de las elecciones, pero otros días es a raíz de sentencias judiciales o cualquier discurso que aparezca en los medios.

Estoy en un estado de derecho y la ley no me pide respeto a las decisiones judiciales o al resultado de las urnas, me pide que los acate. Bueno, en realidad no me lo pide, me lo exige, lo que en un estado de derecho se traduce en que puedo incluso no hacerlo y aceptar las consecuencias, como hacen tantos infractores que asumen las multas como costes de hacer lo que les parece. Podéis verlo en lo personal con aquellos conductores que van «a los suyo» o en el comportamiento medioambiental de muchas empresas.

Pero Javi, aquí hablamos de ciudadanía. Efectivamente podemos matar a alguien y asumir los años de cárcel, pero queremos un análisis ético. La pregunta es si éticamente debemos respetar esas decisiones o sentencias.

Pues es que yo ya di mi amor a alguien…

En este post, De ligaduras y hombres, ya os contaba que tener muchas lealtades puede llevar a conflictos entre ellas. Y yo ya le he declarado mi amor a la verdad y a los derechos humanos.

Este compromiso previo me obliga a respetar a todos los humanos pero a despreciar profundamente ciertas opiniones, decisiones, sentencias y leyes, precisamente las que atentan contra los derechos fundamentales.

Esto no significa, como algunos apuntan, que te parezca odioso todo lo que no sea tu opinión, pero jamás me alegraré ni pensaré que es respetable que haya quien quiera tener diputados nazis y menos aún de que lo consiga.

Las decisiones humanas son falibles, como cualquiera que lleve en la tierra más de quince minutos debe saber por propia experiencia. Lo son las mías y lo son las tuyas, por lo tanto es perfectamente posible que tus decisiones sean perjudiciales para otros e incluso para ti mismo, por más que sea tu libertad tomarlas. Si alguien necesita un ejemplo, puede usar su libertad para arrancarse un dedo de la mano de un bocado y reflexionar sobre ello. Es cierto que mi análisis sobre lo erróneo de la decisión de otro puede estar equivocado… como el suyo.

Así que, no tengo ningún respeto por los resultados de las urnas de ayer (que traerán mucho dolor y algunas muertes por el destrozo de los servicios públicos), ni por que quien coquetea con lo más despreciable de la xenofobia tenga algo de poder, ni por que la mentira y el acoso sean las nuevas armas preferidas de la política. 

Pero no se preocupen, todo aquello será acatado y tendremos asientos de primera para ver el mundo arder.


¿Es rentable el mal?

21 enero 2021
Fuente. Cuadro Caminante sobre mar de nubes

Sí, el mal sale rentable. Aunque, como siempre, esta frase no significa nada si no pactamos el significado de los términos que usamos. En este caso la clave está en «rentable».

Quizá podríamos decir que rentable es algo que nos produce un beneficio neto positivo, superando a los costes. Es fácil que estés de acuerdo, pero esto sigue sin ser preciso. ¿Tenemos un definición consensuada de costes y beneficios?

Utilizo a un amigo para obtener un contrato sustancioso y pierdo esa amistad. ¿He ganado o perdido? ¿Y si no es muy amigo? ¿Y si es sólo conocido? ¿Y si ni siquiera es conocido?

Algo muy curioso de la reflexión sobre la inteligencia artificial es que te hace tener que definir con precisión y con cierta coherencia cosas sobre las que no nos ocupamos mucho, sobre todo la coherencia.

Alguien ponía un ejemplo, creo que era Helena Matute: Si programo una máquina en la que su función beneficio sea producir el máximo número de naranjas posibles, podría entender que eliminar a parte o toda la humanidad pondría a sus disposición un montón de energía que se está desperdiciando, en tanto que no se invierte en naranjas. ¿Quieres que la vida humana tenga un coste? Pues más te vale decírselo a la máquina… y ahora te va a preguntar cuánto es ese coste, para poder comparar con los beneficios de ciertas acciones y tomar decisiones. Esto, que te debe parecer tan oscuro, lo hacen personas, a diario, cuando se toman decisiones sobre la contaminación atmosférica.

Ayer veía en la tele cómo se le afeaba a una «pequeña» famosa no querer trabajar más para poder crecer (económicamente) más, aunque fuera a coste de su vida personal. Ese mantra del crecimiento económico constante ¿es una teoría del beneficio compartida? Los que se lo afeaban tienen patrimonio para vivir una vida tranquila y medianamente modesta sin volver a trabajar, aunque, de hecho, siguen trabajando mucho. Esgrimían el argumento de estar «preparado» para un futuro (económicamente) incierto, pero el suyo ya no lo es.

A veces olvidamos que no todos queremos lo mismo y no a todos nos importa lo mismo. Leí hace poco una interesante reflexión sobre gente que no siente (casi) nada al mentir, al usar la palabra como una herramienta más, componiendo mensajes que le favorezcan, estén o no alineados con la verdad, sin que les provoque un mínimo choque cognitivo. ¿Es para ti un coste mentir? ¿Según a quien? ¿No te produce ni siquiera incomodidad o carga cognitiva al intentar que no «te pillen»? ¿O te da igual que te pillen?

Quizá por eso a veces no nos entendemos o no entendemos al otro, porque estamos suponiendo una base común de los conceptos coste y beneficio que no tienen por qué darse, cuando a la luz de estos sus actos serían muy claros.

Otro día discutíamos entre amigos, ¿es una mala estrategia una actitud poco ética que te reporta dinero y una buena posición laboral? A estas alturas ya convendréis conmigo en que la pregunta está incompleta, habría que decir «para qué»: ¿Qué fines buscas y qué costes te importan? Y otra cosa que se ha colado: ¿A qué «ética» nos estamos refiriendo? Hay quien dice que, en tanto que esto es una puta jungla, (casi) cualquier comportamiento es ético.

Hasta aquí me podríais decir que es obvio lo que digo y que no tiene mayor importancia, en tanto que me rodeo de gente que comparte mis principios éticos y un buen subconjunto de valores (lo que considera deseable y lo que le dolería perder), PEEEEERO….

Resulta que somos profesores, educadores… o lo que es peor, padres. Aquí ya no puedes alegar transpiración genital y pasar de quien te parezca un gilipollas, un aprovechado o una mala persona. porque la Educación de esa persona es, en parte, tu Responsabilidad (permitidme las mayúsculas). Y si eres padre o madre, percibirás que es totalmente tu responsabilidad, aunque no lo sea así, ya que, por más que te duela, sólo eres un agente de los muchos que le influyen.

«Quiero que mi hijo no piense que las personas son un medio para sus fines». ¿Es esto una aspiración legítima? Más allá de que asumamos (temporalmente) que tienes (un cierto) derecho a «inculcar» los valores que desees a tu progenie, me refiero a que, ¿hay una «manera» para que se lo crea/interiorice/asuma? ¿Podemos conseguirlo?

Dar la turra ya sabes tú que no siempre funciona, por las muchas que hay oído, y que sigues oyendo, y que te entran por un oído y te salen por el otro. En algunos casos, afortunadamente.

«Yo, si veo que mi hijo no comparte con su hermano, le dejo sin nada». Muy bien, tienes mi apoyo, pero aquí el coste es el castigo y el riesgo, que te pillen. Igual le coge el gusto a compartir, pero puede que siga siendo egoísta donde resulte difícil que le detecten, o bien, donde no le pongan coste si le vieran.

Predicar con el ejemplo. Ah, seguro que estabas pensando en esto, ¿eh? Nadie lo discute, todos piensan que es lo mejor y que funciona. Olvidas lo fácil que es sortear este «adoctrinamiento». Y digo olvidas porque tú lo haces, todo el puto día. Consiste en etiquetarte como diferente al otro, de esta forma ese ejemplo ya no es «para ti». Repasa cómo no imitas el comportamiento de gente cuyas cualidades dices admirar, porque luego añades: Es que yo no soy como tú de bueno/responsable/generoso… Fácil, ¿eh?

Así que no, tú puedes pasar todas las tardes en una ONG y que tus hijos piensen que eres un pringao mientras roban en el bazar de la esquina, porque es un viejo que no se entera.

Me resulta curioso que personas muy «racionales», por ejemplo respecto a las creencias religiosas, no duden en repetirles a sus retoños que El tiempo pone a todos en su lugar, Al final se acaba pagando y otras ideas que me gustaría ver sustentadas con datos y pruebas, porque lo que yo veo es que: no siempre ocurre a corto plazo, tampoco a medio plazo y a veces no ocurre jamás. Y, si el nivel de empatía de aquellos «malvados» es bajo, posiblemente duerman mejor que tú y que yo y no tengan ningún problema al mirarse en el espejo.

Y por fin llego al título del post (cada vez me cuesta más).

Sí, el mal es rentable, según cuáles sean tus objetivos y lo poco que valores lo que vayas a perder en el camino. Sobre todo en entornos organizados, en sistemas garantistas. Piensa en la carretera: Si todos conducís más o menos bien, mi objetivo es ganar tiempo, no me importa pagar multa y no es fácil que me pillen porque hay poca vigilancia… es «beneficioso» ir haciendo pirulas, sirve a mis objetivos. Otra cosa es una carretera llena de pillos, o un sistema fiscal donde todo el mundo defraudara mucho. Se convierte en inviable. No, el río revuelto no es el mejor sistema para ser un pillo. Al menos, no si está muy revuelto.

¿Qué hacemos? ¿Seguimos amenazando con castigos las conductas «no buenas», a ver si se «aficionan»? ¿Seguimos vendiendo la moto de que «los malos al final salen perdiendo»? Es mejor eso cuando son jóvenes para que les llegue la crisis más tarde? ¿Igual que con Papá Noel? Quizá con niños muy pequeños os sirva, ya te digo yo que los adolescentes ven claro que tu compromiso con el trabajo y el ciertos «influencers» funciona diferente a la hora de acercarte a cierto hedonismo, típico de esas edades. De hecho, es posible que hayas cumplido cuarenta o cincuenta y estén pensando que llevas haciendo el gilipollas toda la vida, ¿es así? ¿Estás revisando valores? ¿Los sientes impuestos o los has elegido? ¿Has invertido algún tiempo en revisarlos en todos estos años? ¿Quién eres? ¿Quién quieres ser? ¿Ahora crees que te hubiera gustado haber sido otro?

Ya te digo que, respecto del pasado, te vas jodiendo. Está fuera de tu alcance por más que lo revises. Sí puede ser interesante que pienses respecto del presente y del futuro.

¿A qué se debe tu adhesión al «bien»? Sirve a tus «intereses», porque es posible que a ti si te haga dormir tranquilo ser «bueno» según tus parámetros, y que le dé una dirección a tu vida o incluso una identidad a tu persona.

Y terminaré diciendo que estoy no es una apología del mal o del que «cada perro que se…», digo, «cada palo que aguante su vela», mejor. A lo que sí llamo es a una reflexión y un discurso valiente respecto a esto, que es un terrible abismo al que hay que enfrentarse, o vivir en un letargo intelectual constante.

Mi opinión, expresada mil veces y detallada en La Cordura de Saberse Loco, que os dejé gratis por aquí, va en una dirección muy diferente: el Amor es el único sentido «razonable» de este mundo, tanto si lo es de manera trascendente, como si decidimos elegirlo y atrevernos a dotar de sentido a una naturaleza caótica, pero desde luego no porque «me paguen» en la otra vida, o «acabe peor» si soy malo. Joder, que ya somos (o deberíamos ser) mayorcitos.

¿Están nuestros adolescentes, estamos nosotros, maduros para tener esta conversación o es mejor seguir con el hombre del saco y paraísos futuros?

Y ahora así, por último, «dar ejemplo» es el puro resultado de comportarte con cierta coherencia y constancia alineado con ciertos principios. Dar «turra» (ligera, por favor), la explicación pertinente a quien la pida y el ejercicio de la libertad de expresión, derecho al que también somos acreedores. Así que sigamos haciéndolo, pero no por si «sirve», porque, ¿qué ejemplo sería un comportamiento ético que tuviese como motivación ser ejemplar? ¿Sería, entonces, ético?


La granularidad exigible

22 diciembre 2020

Vaya títulos os pongo… tenedme paciencia.

Un divertido ejercicio que se hace en clase de matemáticas es el siguiente:

Pedimos a dos alumnos una lista de veinte valores aleatorios (no puede ser un número muy pequeño). Uno los genera lanzando una moneda y el otro los apunta al azar. El profesor no mira quién escribe cada lista, pero después, a la vista de los valores anotados, es capaz de distinguir qué lista ha sido producida por el tiro de la moneda y cuál por el alumno.

Prueba a escribir una tú, yo te pondré dos hechas al azar en una hoja de cálculo

IF(RAND()>0.5, «C»,»+») Genero un número aleatorio entre 0 y 1, si es menor que 0,5 elijo cara, y elijo cruz para el resto.

CC++C+CC+++CCC+++CC+
+++CCCCCCCCC+++C+C+C

¿Se parecen a las que has escrito tú? Apostaría a que no.

Fíjate en la estructura con poca apariencia de aleatoriedad que tenemos en la primera lista casi al final: tres cruces, tres caras, tres cruces, o en la lista de nueve(!) caras seguidas de la segunda lista. ¿Alguien preguntado por una lista al azar se hubiera atrevido a poner eso? Sin formación matemática, lo dudo mucho.

Si haces una lista más larga te encontrarás con «artefactos» similares en forma de secuencias y patrones, aparentes, porque el azar no implica necesariamente que un lanzamiento sea cara y el siguiente sea cruz.

Si una moneda está equilibrada esperamos aproximadamente un 50% de probabilidad de cada resultado, cuando el número de tiradas sea suficientemente alto. Esto es lo que llamamos la Ley de los grandes números.

Obtener tres caras en cuatro lanzamientos no es sospechoso, obtener tres mil en cuatro mil lanzamientos, lo es. Y mucho.

Así que, como veis, una tendencia general no se cumple necesariamente a cualquier nivel de granularidad, quiero decir, al hacer subconjuntos de cualquier tamaño. De hecho, un conjunto aleatorio generado correctamente producirá inhomogenidades locales.

Y ahora, vamos al charco del día. Voy a hablar de feminismo…

Os confieso que en este tema tiene uno la sensación de hallarse en un campo de minas. No sólo es difícil «acertar», sino que es resulta peligroso hasta preguntar qué es lo «correcto», más aún en público.

Gran parte de ese problema es mío. Me he criado en una sociedad machista y no me cabe duda de que tengo aspectos machistas bien por no haber sido capaz de cambiar actitudes o pensamientos, bien por lo recalcitrantes que son los hábitos.

Dicho esto, no hay un discurso único de lo que es «correcto» en más de un aspecto, ni siquiera entre las estudiosas del tema, lo cual dificulta mucho más la labor de reconstruirse. Y no son ligeros matices, en estos momentos hay incluso denuncias entre colectivos y personas de largas trayectorias en la lucha por la igualdad. Digo esto para que nos hagamos una idea de hasta qué punto pueden estar alejadas las posturas.

Bien, hablemos de cuotas.

Supongo que estaréis al tanto del término «discriminación positiva». Se trata de favorecer intencionadamente a ciertos colectivos para compensar su posición marginal o desfavorecida de origen. Un ejemplo serían las becas por ingresos, por ejemplo.

Se ha discutido también mucho sobre esto, en mi caso, estoy a favor. Eliminar esas becas, por ejemplo, supondría dar a entender que dos estudiantes de muy distinto entorno socioeconómico están en condiciones similares y es un hecho científico que no es así.

Como os decía, hablemos de cuotas. Es también un hecho que las mujeres (y otros colectivos) están infrarrepresentadas en órganos de dirección y en muchos entornos, de hecho incluso las mismas mujeres han sido criadas en ese sesgo y, al ser preguntadas por un experto en un tema, muchas de ellas nombrarán antes a un hombre que a una mujer, simplemente porque las mujeres capaces no están «visibles».

Cuidado con esto, si queremos organizar un evento, un debate o un grupo de expertos, tener en cuenta la paridad y las cuotas, no significa poner la mitad de hombres capaces que nos vienen a la mente y salir a calle y escoger las primeras mujeres con las que nos crucemos para llenar el resto del cupo. Significa que hagamos el esfuerzo de pensar y buscar mujeres capaces, que estaban siendo obviadas, para esos puestos que estaban siendo ocupados por hombres, en ocasiones menos capaces pero más visibles, y reparar así la injusticia previa.

De hecho, se organizan eventos, concursos y demás encuentros en los que sólo pueden participar mujeres, algo que no resulta discriminatorio para los hombres, en tanto que esa asimetría local está compensando una tendencia general sesgada a favor de ellos.

Como veis, estoy muy a favor… mi problema es la granularidad.

¿Hasta qué nivel de detalle «debe» cumplirse esa paridad? ¿Qué disparidad y en qué volumen total es «admisible» si es nuestra intención apoyar la igualdad entre las personas?

Por ejemplo, si yo doy una conferencia es un acto no paritario. No puede serlo.

¿Y si somos dos? ¿Deben ser hombre y mujer? ¿Dos hombres en un evento es «perpetuar el patriarcado»?

¿Me entendéis? Está claro que hay cosas que dan hasta vergüenza verlas. Hay veces que tenemos «Grupos de gestores» de diez o más, todos hombres, en profesiones cuyos integrantes son en un porcentaje apabullante mujeres. Eso lo vemos claramente todos. Pero en otras ocasiones no está tan claro, y no se explica lo suficiente (al menos para que lo entienda yo, disculpen).

Como os he argumentado, estando de acuerdo con la tendencia general, es normal tener asimetrías locales en ambos sentidos, sobre todo en pequeños números. Si mañana organizara un evento divulgativo con cuatro amigos más, ¿es esto incorrecto? No dudo de que se me montará un pollo tremendo en redes sociales, pero me gustaría que más allá de linchamientos, que nunca son buenos, se me explicara, con un discurso que sea lo más común posible entre expertas, qué granularidad es aceptable. Se agradecería también el detalle sobre cargos públicos y privados, financiación pública y privada, iniciativa empresarial y actos voluntarios… que me da la impresión de que tampoco sea exigible lo mismo.

Cuando queremos que alguien cambie su conducta en cualquier sentido necesitamos marcar una dirección clara y sustentarla con argumentos claros y suficientes, si no es muy difícil… incluso queriendo.


Tenme paciencia

21 octubre 2020
Adulto y niña andando por un camino

Fuente

En la ficción hay un concepto clave que es la suspensión de la incredulidad. Empieza una obra y uno escucha: siglo XXVII, vale, estamos en una estación espacial alrededor de Júpiter, vale, existe la magia, vale, tenemos tres brazos, vale… Nadie se pone nervioso, tú cuéntame tus reglas, yo las acepto y después me dejo llevar por tu narración. Ya sé que lo que me dices no existe, incluso que científicamente es imposible, pero no pasa nada, acepto tus presupuestos, empecemos.

Nadie abre una novela policíaca y se pone a gritar: «Oiga, y esto, ¿para qué vale?» o «Llevamos dos páginas y no sé quién es el asesino. Dígamelo primero y luego me explica cómo llegó usted a saberlo». «¿Qué aplicación tiene lo que lea aquí en el MundoRealTM

Me recuerda a la expresión inglesa bear with me, que en este caso sería posible traducirla como, «acompáñame, tenme paciencia».

En la enseñanza de la ciencia y en la divulgación, también necesitamos esto. Necesitamos que nos dejes avanzar un poco, que establezcamos ciertos conceptos o parámetros, o incluso darte un marco para entender la respuesta a tus preguntas. Un buen ejemplo es este artículo que he publicado en el Cuaderno de Cultura Científica a partir de una pregunta de una alumna, tan sencilla como «¿Se pueden ver los átomos?», pregunta que sólo puede ser contestada adecuadamente después de unos párrafos.

¿Cómo puedo contestar a esa pregunta sin hablar de lo que es la visión, la luz, o cómo están formados los átomos? Si ni siquiera hemos pactado el «vocabulario», ¿cómo vamos a entendernos?

Pero para la ciencia no hay esa paciencia. Quiero la respuesta, ¿sí o no? Quiero el dato, quiero el final del camino. No quiero escuchar nada «teórico», todo tiene que ser aplicable en el mundo… que no es más que un modelo en tu cerebro construido a partir de tu percepción, pero vaya… en el «mundo».

Lo siento, pero si realmente nos interesa la transmisión del conocimiento, no se pude trabajar así. Otra cosa es que estemos haciendo un teatrillo con intención más lúdica que divulgativa o que demos una respuesta «fácil» y que sepamos que, en el fondo, no están entendiendo lo que creen haber entendido.

Nos pasa también cuando generamos materiales para los alumnos. ¿Asumimos que sólo van a picotear pretendiendo encontrar una respuesta concreta a una pregunta concreta (como en esta lista de minivídeos para aprender procesador de texto) o generamos un texto coherente y progresivo donde tenemos un «plan», vamos incrementando la dificultad, incluyendo conceptos clave, como en este manual de Python que escribí?

¿Cómo hilamos en el primer caso un aprendizaje? Aprender algo no es sólo responder dudas

¿Cómo conseguimos en el segundo que no se salten las cosas y vayan directos a las «actividades» para intentar hacerlas sin leerse el texto? A mí me han llegado a preguntar que por qué un código daba error cuando en el texto se avisaba de que iba a dar error y precisamente se trataba de analizar por qué lo daba.

Acabo de ver en un vídeo a un conocido (y muy buen) divulgador defender que introduzcamos las matemáticas como respuestas a necesidades y contemos sus aplicaciones prácticas, para segundos después, pedir un momento de paciencia para hacer una demostración de la que después concluiría algo.

Necesitamos ese momento, necesitamos establecer ese marco… de hecho, si nos esperan un momento, hasta podemos hilar algo que le dé sentido a lo que estamos diciendo, pero…

Ténganos paciencia, caminen con nosotros… sabemos lo que nos hacemos.


¿Quién es responsable del mal?

20 septiembre 2020

Nadie culparía a un bebé que te araña al mover una mano cuyos movimientos no controla aún.

Por otra parte, no creo que nadie tuviera demasiada comprensión con una persona adinerada de sesenta años que malversa un millón (para sumarlo a los otros que tiene), con serio perjuicio otros.

Entre ambos extremos, la persona debe ir sumando responsabilidad a sus acciones.

Así lo entiende también la ley y, obligada a poner un límite concreto y objetivable, hace surgir el concepto «mayoría de edad», que viene acompañado también de muchos problemas.

Como momento vital forma parte de mi trabajo desde hace más de dos décadas, vivo muy de cerca esa transición tan brusca: de ser considerados menores y eximirles de muchas responsabilidades, contar con una cierta protección de derechos (manutención, educación, etc.) a pasar, de un día para otro, a ser «arrojados» a la calle con mucha menor protección y todo el peso de la ley pendiendo de un hilo sobre ellos. Esta situación es aún más kafkiana para aquellos menores en situación de exclusión social.

A esto se le añade que hay muchas «mayorías de edad» que también varían de un país a otro: para conducir, para consumir alcohol/tabaco, consentimiento sexual, trabajar, votar, decidir una interrupción de embarazo… cayendo en contradicciones lógicas de difícil resolución. Por ejemplo, en España se puede trabajar con dieciséis pero no se puede votar hasta los dieciocho, siendo ya alguien sobre el que caen responsabilidades laborales serias, pero que no consideramos capaz de decidir quién quiere que elabore las leyes que se le aplican. Que conste aquí que me considero incapaz de proponeros un listado de edades «correctas», sólo señalo los problemas filosóficos que conllevan.

Dejaremos la ley a los expertos, hablemos de educación.

Yo diría que una definición útil y bastante acertada de lo que significa ser adulto podría ir por aquí:

Madurar es asumir las responsabilidades de tus actos y sus consecuencias.

Así que, como educador y enseñante en todas mis facetas, mi labor autoescogida se orienta, sobre todo, a que entiendan esta responsabilidad y vayan asumiéndola. También los que hayan cumplido años sin madurar, que una cosa es hacerse viejo, y otra, adulto.

Por eso escribo posts como este, sobre la responsabilidad individual (Tú ordenas y yo obedezco, o no.)

Ya habéis oído muchas veces que los maltratadores suelen haber sido víctimas del maltrato o que pasados traumáticos explican (no digo justifican, ni lo dejo de decir) y quizá fueran atenúen la responsabiidad de ciertos comportamientos. Pero, ¿hasta cuándo podemos esgrimir esta justificación? Cualquier norma justa tiene un ámbito de aplicación y unos límites temporales.

Supongo que cada caso es un mundo, por más que la legislación tenga que fijar ciertos límites que siempre adolecerán de arbitrariedad, para eso están los jueces, para matizar su aplicación.

Y tampoco hay que dejar de decir que, a quien vivencias pasadas le resulten traumáticas y no le dejen vivir una vida amable para sí mismo y para otros, hará bien en reclamar su derecho a la atención sanitaria en salud mental. Lo que no puede reclamar es el derecho a tener «víctimas».

Pero a los educadores y a la sociedad (que también educa, voluntaria o involuntariamente) también les queda un trabajo, ir haciendo que sus niños y adolescentes vayan asumiendo su responsabilidad.

No sé si habéis visto estas tablas de tareas asumibles por los chavales (por edad), me gustan mucho. No entraré a discutir el detalle, ni a defender el método en el que se basa, sólo quiero decir que existen tareas factibles y que es bueno que las hagan y se responsabilicen de su resultado. De hecho, más allá de quien avale unas tablas u otras, cada chaval progresará a un ritmo diferente y habrá que hacer SU tabla particular, según su nivel de desarrollo y competencia.

Dada la situación educativa actual, va a tocar que los niños y jóvenes tomen un papel más activo en responsabilizarse de su proceso educativo, ya que ni las administraciones, ni los funcionarios educativos ni los propios usuarios se han plantado, de momento, para exigir una presencialidad segura. Y tendré que adaptar mi enseñanza en ese sentido.

Mi intención es que cada alumno lleve un diario/cuaderno en el que vaya reflejando su aprendizaje, elemento que podrán usar en algunas pruebas presenciales, así conseguiré que los más refractarios a esta medida tengan ese aliciente para hacerlo. A su vez, además de la instrucción que impartiré, dejaré establecido el «camino» con las referencias necesarias para que cualquiera pueda sumarse y recorrerlo desde el punto en el que se haya parado. Pero de nuevo la responsabilidad de recorrerlo es suya. La mía es establecer un camino, no «empujarle» desde atrás, o «perdonarle» lo no hecho.

Así que este año estaré más aún preocupado por que aprendan contenidos, aunque esto no sea una corriente que parezca muy popular. Mis alumnos tienen el derecho a que se les enseñe ese saber sofisticado que no es tan sencillo adquirir por cuenta propia. Saber del que yo soy especialista y derecho del que yo soy garante.

El respeto al que aprende, tanto intelectual como a su libertad de elección, no se muestra eliminando las dificultades del camino, sino tendiendo el camino para que pueda superarlas.

Y esto, lo cantó muy bien Mahalia Jackson.

Lord don’t you move the mountain
Just give me strength to climb
Lord don’t move my stumbling block
But lead me around

Aquí la letra completa

Añadido

Permitidme un pequeño añadido para los más curiosos sobre este tema tan bonito que es el libre albedrío (como decía Cassen).

Quizá el la responsabilidad del mal no sea de nadie, si nuestras decisiones no las tomamos nosotros. Si nuestra conciencia es «informada» de la decisión en lugar de ser la fuente en la que se origina, como apuntaba cierto estudio que merece una investigación más profunda que lo corrobore o desmienta, si es que nos atrevemos a ello. En él, la preparación del estímulo muscular era anterior al momento en el que el sujeto tomaba la decisión de moverlo. Échense a temblar. ¿Cómo articulamos un sistema legal con esto en la mente? ¿Cómo articulamos una vida? Permanezcan atentos a sus pantallas… o no. Es aterrador.


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