Pseudociencias, víctimas y verdugos

10 abril 2017

Hace poco ha muerto una niña no vacunada en el primer mundo, una vez más.

Aquí hay una víctima clara, la niña, pero, los padres, ¿qué son?

Os traigo esto porque es habitual que en la lucha contra la pseudociencia y la ignorancia, se hable de perseguir a los timadores y defender (y no ofender) a las víctimas. Suena precioso, el problema es que no hay una frontera clara.

¿Qué son los padres de esa niña? Sin duda fueron engañados por alguien que les contó lo estupendo que era no vacunarse y, por lo tanto, son víctimas. Pero respecto de esa pobre niña, han sido los que, por negligencia en su obligación de cuidar, la han puesto en riesgo de muerte y de hecho eso ha sucedido. ¿Qué debe hacer la sociedad civil con esto? ¿Nada? ¿Ya han sufrido bastante? ¿No tienen las penas también una función desalentadora para quien pueda verse en ocasión de cometer el mismo acto?

Entonces, ¿perseguimos al que les aconsejó a los padres?

Y… ¿si resulta ser otro padre que, en su mejor voluntad y en su peor ignorancia, aplica el mismo principio con sus hijos? ¿No es él una víctima también?

¿No habéis oído noticias sobre defensoras del parto en casa que han muerto… pariendo en casa? ¿O sobre conocidos antivacunas que han visto morir a un hijo?

Aunque hay claros timadores y mangantes contra los que no hay ninguna duda acerca de aplicar todo el peso de la ley, en este mundillo hay también un gran número de usuarios que se convierten en “evangelizadores” de aquello que les parece bueno, transformándose en propagadores y verdugos de otros.

¿Qué hacemos?

¿Incrementamos el sufrimiento de los padres que acaban de enterrar a un hijo?

¿Qué mensaje mandamos si no hacemos nada?

Qué pocas preguntas he respondido y cuántas he añadido… pero mi intención era solamente remarcar que no es tan fácil


Al final el espíritu crítico resulta que era conocimiento experto

4 abril 2017

Andaba con este post pendiente y mientras tanto han salido dos post muy interesantes, uno de Iñako sobre la creatividad y la memoria y este otro sobre la enseñanza del espíritu crítico en el colegio traducido y redactado por César.

En ambos casos se discute sobre unas supuestas habilidades “abstractas”, más allá de contenidos concretos, que es bueno adquirir o enseñar.

Yo ando también en el lado discrepante.

Y no es nuevo, ya os hablaba de esto en mi charla de Naukas de hace un par de años (aquí os la dejo para el que la quiera ver).

Escuchar algo, dudar de su veracidad, cotejarlo con tus conocimientos no es espíritu crítico, es conocimiento experto.

Escuchar algo, dudar de su veracidad, ir al blog de Francis a ver si es verdad, no es espíritu crítico, es argumento de autoridad + conocimiento experto.

Como capacidades abstractas se me ocurren pocas más que (aunque no desdeñables en absoluto):

  • Lógica formal (silogismos, falacias lógicas, etc.)
  • Conocimientos matemáticos (que puedan detectar estadísticas mal hechas, etc.)

Aunque esto también es conocimiento experto (sobre todo un buen nivel de matemáticas) sí es algo más formal.

Por lo tanto, y para dificultar más movernos por este mundo, no es “lo formal” lo que me hará saber si algo es cierto o no, sino mis conocimientos (propios o delegados) sobre el campo en cuestión. Si una mentira me la “redactan” correctamente… me la tragaré, si soy lego.

Por eso concluimos como empezamos.

No era espíritu crítico, era conocimiento experto.

Sí, lo sé, ni bonito, ni agradable. Pero aquí decimos lo que creemos cierto, no lo que alguien quiera oír.


Prácticas para Arduino (especial profes)

6 febrero 2017

Buenas, he escrito unas prácticas para iniciarse en Arduino, para que las use cualquiera que quiera empezar, pero principalmente pensando en mis compañeros profesores de Tecnología para que las usen con sus chavales!

Compartidlo hasta la extenuación, creo que a muchos les podrá ayudar.

portada-practicas-arduino

Están a vuestra disposición, se agradece la atribución, que no las pintéis bigotes y que no os lucréis de lo que no se lucra uno 😉


Lo Mejor Que Te Puede Pasar 07/12/2016

7 diciembre 2016

Yo sigo a lo mío, divulgando locamente.

Hoy hablamos de que en realidad lo que se ve es la luz que viene de los objetos, no los objetos mismos y de por qué en los escaparates unas veces nos vemos reflejados y otras vemos a través. Y, al hilo de esto, un divertido experimento, que ya os contaba en El Mundo de Max


Variables intensivas y extensivas… e intensitos

6 diciembre 2016

– ¿Qué temperatura hace fuera?

– Veinte grados.

– Estupendo, diez para cada uno.

Tontería común entre los que somos de ciencias, bueno en el subconjunto de los que somos de ciencia y mu tontos.

Esto está a todas luces mal, claro. Esa es la temperatura que habrá en cada punto y en todos esos puntos (promedios, estadísticas, corrientes… disculpadme).

Tampoco podemos calcular la temperatura total de la habitación sumando la temperatura de cada punto. Esto es porque la temperatura es una variable intensiva, no depende del tamaño de sistema o de su cantidad de materia.

En cambio hay otras variables que sí lo son, por ejemplo el volumen o el peso. De hecho, para calcular estas cantidades, sí podemos hacerlo como la suma del valor de las distintas partes del sistema.

Una cosa divertida es que dividiendo magnitudes extensivas entre la masa o el volumen, podemos, en algunos casos, obtener una magnitud intensiva. Por ejemplo, si divido la masa entre el volumen, obtengo la densidad (intensiva) o si miro cuánta cantidad de energía puede proporcionarme un trozo de carbón y ahora lo divido por su masa, obtendré la energía/kg que es una magnitud intensiva.

¿A qué viene esto? Pues a que acabo de tener una discusión con un intensito, a la sazón doctor en economía, que dice que calcula la ratio entre alumno y profesor, como el cociente entre todos los alumnos del instituto y todos los profesores, lo que le da un cómodo 15 alumnos/profesor. Magnitud intensiva que no depende del centro o del profesor y da una imagen lustrosa de la carga de trabajo que tenemos en los centros educativos.

Esta simpleza sería como decir que, en tanto que el agua tiene una densidad de 1 kg/litro, puedo pedirte que cargues con una cantidad arbitraria de agua, que no será un problema.

(Si, a mí también se me eriza el pelo con quién tiene doctorados y predicamento público y, por lo tanto, capacidad de influir)

Hagamos otras cuentas

Dado que no damos clase en una nave industrial con 300 alumnos de instituto y veinte profesores metidos dentro, a la vez, ¿qué tal si nos preguntamos cuántos alumnos están dentro de un recinto recibiendo clases con cada profesor? Ahí la respuesta es 25 en Primaria, 30 en ESO y 38 en Bachillerato.

Por lo tanto, no, no me “tocan” 15 alumnos, me encierro con 30 en un aula, así que dar a entender lo contrario es mentir, por ignorancia o voluntariamente.

Tampoco parece tener en cuenta en su “variable intensiva” el volumen de horas lectivas que asume cada profesor, que también podría ser arbitraria. Quiero decir, que si doy 50 horas a la semana (como un compañero de México -un abrazo), mientras siga dividiendo alumnos entre profesores y le dé su “quince”, todos bien.

De hecho podríamos hacer otra cuenta.

Un profesor, veinte horas lectivas, dos horas por asignatura, treinta alumnos por clase… por lo tanto se encarga de 300 alumnos.

Y tiene que enseñarlos y evaluarlos, y no, no disminuye mi tarea que otros profesores estén trabajando con esos alumnos en otros momentos, tengo que enseñar y evaluar uno por uno a esos trescientos. De nuevo se da a entender lo que no es cierto, se miente, voluntariamente o por ignorancia.

Después de una breve conversación, parece más claro que todo esto que podéis entender vosotros tan sencillamente, también podría entenderlo él, por lo tanto, supongo que sus motivaciones van más allá de la ignorancia.

Ahora sólo queda dejarnos de paños calientes y luchar por lo que es de todos, la Educación, incluso contra los enemigos que tiene en sus propias estructuras.


Mamá, ¿cuál es el último número?

5 diciembre 2016

La pregunta del título fue el primer encuentro con el infinito, para muchos de nosotros.

En nuestras primeras experiencias nos encontramos con conjuntos finitos de cosas, nuestros juguetes, nuestros primos… o un kilo de garbanzos, que siendo muchas unidades, sigue siendo finito. Algunas cosas enormes, como nuestra ciudad, desdibujaban sus fronteras, más por inalcanzables que por necesariamente infinitas.

Pero un día, probablemente insultándonos, nos encontramos que “Tú eres tonto”-“Y, tú más” era una sucesión que no tenía por qué tener fin.

Más adelante surgen cosas como “Tú eres tonto hasta el infinito”- “Y tú hasta el infinito más uno” o bien, “Todo lo que tú digas, tú lo eres una vez más”.

La búsqueda científica, abandonada casi toda esperanza de encontrar La Verdad, se dedica a generar modelos compatibles con los hechos observados, que nos permitan entender “cómo” funcionan y de esta manera tener cierta capacidad de control sobre ellos o, al menos, de predicción.

Y esto también podemos hacerlo con el infinito.

La primera manera que se nos ocurre de saber que algo es infinito, es demostrar que no es finito. Lo hacemos por “reducción al absurdo” (de lo que ya hablamos aquí). Suponemos que es finito y llegamos a una conclusión falsa, luego la suposición debía ser incorrecta.

En nuestra infantil petición del último número, suponemos que lo hay… y en cuanto nos lo den, procederemos a sumarle una unidad para tener un número mayor. Por lo tanto… no hay un último número.

Y así, un chiquitín que no levanta un palmo del suelo acaba de demostrar la existencia del infinito.

Hace unos días Gaussianos me hizo recordar una tradicional demostración de la infinitud de los números primos. Y si os fijáis se parece mucho a lo que acabamos de hacer, remedando lo que pensabais en vuestra infancia.

Recordaréis que los números primos son aquellos que sólo se pueden dividir con resto cero entre sí mismos y el uno. Por ejemplo, 10 no es primo, porque se puede dividir de forma exacta entre dos y cinco. En cambio, 17 sí es primo.

Los números primos tienen una importancia vital en cómo codificamos nuestros mensajes secretos o privados en la actualidad, pero eso os lo cuento otro día. Hoy vamos a ver sólo que hay un porrón…

Si vamos pensando en qué números serán primos, de uno en uno… es sencillo

Sólo se consideran primos los números mayores que uno.

2

3

El cuatro, no, que es divisible por 2.

5

El seis tampoco, divisible entre 2 y 3

etc.

Para saber si un número dado es primo, voy dividiendo entre los primos anteriores

Por ejemplo, 19

19 entre dos… a 9 y sobra uno, no.

19 entre tres… a 6 y sobra uno, tampoco

19 entre cinco… a 3 y sobran cuatro, nope

Ya no hace falta seguir, cuando el resultado (3) es menor que el número por el que divides (5) puedes parar, porque sería como intentar dividirlo entre tres y eso ya lo hemos probado.

Por lo tanto el 19 es primo.

Cualquier otro número puede escribirse como el producto de números primos, por ejemplo

6 = 2·3

15 = 3·5

Los factores primos pueden aparecer varias veces

8 = 2·2·2

12= 2·2·3

Volvamos a nuestra búsqueda del infinito.

Como te digo, los números primos son infinitos… pero eso hay que demostrarlo.

Hagamos lo mismo que antes, imaginemos que el conjunto de los número primos es limitado, por ejemplo (2,3,5).

Ahora déjame que te pregunte por este número

N = (2·3·5) + 1 = 31

Dicho más sencillo, el producto de todos los primos que me has dado, más una unidad.

¿Sabes qué? ¡Es primo!

Comprobémoslo.

31 entre 2… a quince, sobra uno.

31 entre 3… a diez, también me sobra uno

31 entre 5… a seis, otra vez me sobra uno

Siempre me da como cociente el producto del resto de los primos (por los que no divido) y me sobra esa unidad que sumé. Así que he encontrado un primo más… por lo tanto, de la misma manera que antes, tu hipótesis de partida era falsa.

Lo hemos hecho con un conjunto pequeño de primos, pero puedes coger cualquier conjunto de primos, siempre que sea finito, y construir uno nuevo. Por lo tanto en este segundo encuentro con el infinito, después de tantos años, volvemos a salir victoriosos y podemos “manejarlo”, por inaprensible que parezca su concepto.

Aquí os dejo, a la orilla, os invito a que os adentréis en el infinito mar del infinito… en realidad de “los infinitos” (¡¡hay más de uno, y son infinitamente diferentes!!).

 


Soy docente y he pecado

21 noviembre 2016

Creo que es momento de hacer examen de conciencia.

Me gusta llegar a casa a comer, de hecho, poder hacerlo también con mi madre o con amigos… pero dejadme seguir.

También me gusta no tener un horario muy amplio que me haga salir y volver de noche y que me permita llevar a cabo otras actividades y quererme con los míos. Puro egoísmo.

Disfruto de los días de vacaciones que tengo y, que dios me perdone, me gustaría tener más. Avaricia sin límite la de mi ansia.

Cuando disfruto de mis días de descanso, fines de semana o festivos, no me siento culpable si no estoy trabajando, y tampoco me siento inflamado en el orgullo docente cuando me veo en la obligación de hacerlo, como debería ser.

No tengo un sueldo malo, pero a veces, en la soledad de mi cuarto, fantaseo con cobrar más, incluso a veces sueño despierto con que me toca la lotería y no tengo que trabajar más. Qué vergüenza que lo sepáis.

Tan pecador soy que me gusta cuando mis jefes y mis alumnos me tratan con respeto y amabilidad, mientras vivo con disgusto lo contrario, en lugar de usar el dolor como la escuela de la virtud.

Me resulta molesto e injustificado cuando cualquiera se siente con derecho a opinar sobre mi profesión o mi desempeño sin tener más formación que lo que “le parece”, cuando humildemente debería aceptar los pensamientos a medio formar que regurgitan como mucho más valiosos que mi formación o experiencia. Soberbia que me ciega.

Veo que muchos sufren de dolores más grandes que los míos y comprendo que será por mi corto entender que no consigo ver cómo mi mal puede aliviar su carga. Que dios perdone mi orgullo intelectual.

En fin, lo siento de verás, no sé por qué soy así, no consigo corregirme…

La carne es débil, muy débil… y yo soy humano, tan humano.


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