El respeto ni se pide ni se gana, se exige.

15 marzo 2019

Lo primero sería precisar de qué hablamos, porque algunos definen respeto como admiración, otros cortesía (digamos un mayor miramiento que el que la educación básica pide), otros “auctoritas” (esa autoridad que te conceden por admiración o méritos y que lleva a que te sigan u obedezcan por voluntad y no por acatamiento), y así, variantes hasta el infinito.

Podría ser que mucha discrepancia venga de que no hemos acordado qué significa el término para nosotros.

Para mí tiene dos aspectos básicos y de esto es de lo que voy a hablar aquí:

Uno es la consideración a la condición de persona de cualquiera, lo que incluiría los derechos básicos, la integridad física, el honor, la intimidad, etc. Algunos prefieren llamarlo educación o civismo.

Otro tiene que ver con la situación en la que se está o la labor que se  desempeña. Por ejemplo, un moderador te da o quita el turno de palabra y eso debe respetarse en el ámbito de un debate.

Es frecuente oír decir que “El respeto hay que ganárselo” o que “Si respetas, te respetan”. Son dos frases que me activan diez mil alarmas.

Los derechos no se ganan, son derechos. Punto.

En este caso, que hablamos de puros derechos humanos, soy acreedor a ellos por mi propia condición de persona. No hay nada que ganarse, que pactar, de lo que deba convencer a nadie o que esté en la voluntad o capricho de nadie concederme. También me preocupan aquellos que respetan o piden respeto por “cosas” como la edad, los estudios, la posición social… ¿qué hacemos entonces con los que carecen de esos “atributos”? ¿No les respetamos?

Hablando como profesor, supongo que habréis oído más de una vez la enorme cantidad de tiempo que se pierde en las clases intentando poner orden. Si no sois profesores, quizá no sepáis cuánto trabajo y cuánto tiempo se invierte en encontrar maneras, estrategias, “inventos” (alarmas, semáforos, gráficos…) para conseguirlo. Creo que hemos perdido el norte.

¿Estamos diciendo entonces que cosas como el cuidado del entorno, que callen cuando el profesor u otro alumno está hablando, que no agredan verbal o físicamente… deben ser “ganadas”? ¿Que si al muchacho no le “gusta” la materia o tu forma de explicar, puede elegir incumplir algunas de esas facetas del respeto a las personas?

Pues mira, no.

Sería maravilloso que la gente fuera respetuosa de por sí, pero ya sabéis que unos lo son y otros no, que hay quien depende cómo le pille el día o le venga el aire, y ahí está el problema, ¿cómo debemos actuar con quien no nos respeta, con quien le explicas y le explicas que somos personas, que estamos en cierto entorno, y no le “convences”?

Porque hay chavales que son así. Y no es sólo por la edad, no os engañéis, los adultos también somos así, también está el que no entiende (o no quiere entender) qué hay cosas que son de otro, que hay cosas que son de todos… y no es porque no se le haya explicado, o porque tendría que ser evidente. No todos somos tan buenos como tú (te crees que) eres.

Me parece que venir de un mundo educativo mucho más autoritario, en el peor sentido, nos ha llevado al otro extremo del péndulo con malas consecuencias tanto para el trabajador como para los estudiantes (y los padres).

Y digo trabajador con toda la intención, porque fijaos: ¿Qué diríais si en vuestro trabajo se os insultase/agrediese dependiendo de la voluntad de vuestro jefe o compañeros? ¿No diríamos que es acoso laboral? ¿No hay leyes contra eso? ¿Es obligación contractual de los profesores tener que soportar esto? Podríamos decir lo mismo del personal sanitario… con el agravante de que ahí son adultos, mayormente.

En el entorno educativo se añade además que el profesor es la autoridad que debe garantizar el derecho a la educación (y el resto de derechos) de los menores que allí se hallan. Así que no sólo no tiene que asumir la falta de respeto, sino que está ahí para garantizar que no se produzca.

Por supuesto que deben explicarse y razonarse las normas… Y después, por supuesto también, deben hacerse cumplir. Cuando te cuesta media hora diaria explicar la misma norma, es que te están tomando el pelo. Cualquiera que trate con público general, con chavales… o que se mire al espejo… o se acuerde de cuando era niño, lo sabe.

Una derivada de eso de “ganarse el respeto” que no suele contemplarse es lo que estamos diciendo de aquellos que no son respetados, de los que reciben abusos puntuales o sostenidos. Les estamos culpando de lo que sufren. Precioso. Así que, el chaval al que roban el bocadillo, que insultan, que pegan… debe ganarse el respeto. Muy bien. Y el profesor, también. Si le insultan, que se esfuerce, que se lo gane, ¿verdad que sí? Es algo muy miserable, que espero se medite mejor cuando se dicen esas cosas.

Es respeto es un requisito para la interacción humana civilizada, no un objetivo, ni un deseo… ni un, “si os apetece”.

Curiosamente, estas cosas que se les “permite” a los muchachos, este elegir si respetan o no a los profesores y los centros de enseñanza… se acaban de manera abrupta a la mayoría de edad, cuando se les lanza sin miramientos a un mundo lleno de obligaciones, límites, frustraciones, porcojonismos… Un lugar donde tienes que llegar a la hora al trabajo o a la ventanilla, un lugar donde eso que le decías al profesor, si se lo dices al jefe te despide, si al policía te multa, si al juez… igual te vas a la cárcel. Un lugar donde el uso o la amenaza del uso de la fuerza te “explica” que debes acatar las normas. No es extraño que así tengamos a muchos chavales aterrizando en el mundo con un despiste considerable y llevándose unas cuantas tortas según salen al MundoReal.

Profesores, enseñemos lo que son los derechos y hagámoslos respetar, esa es una parte importante de enseñarlos. Es nuestro puto trabajo, somos los garantes de los derechos de esos menores. Respecto de nosotros, somos trabajadores, con nuestros derechos laborales (¡y humanos!). Cuando el entorno sea hostil, toca reivindicarlos y exigirlos, con los medios legales a nuestro servicio. No es tu culpa, no “va con el trabajo”. Hay entornos amables y entornos que no lo son, y cuando toca ponerse en tu sitio, hay que hacerlo. Es una incomodidad y una injusticia, pero así es la vida. Crezcamos.

Creo que hay que hacer hincapié también en esa terrible frase de “Si respetas, te respetan”.

Joder, ¿cómo puede decirse eso? Cualquiera que lleve diez minutos en este puto planeta sabe que esto no es necesariamente así. ¿Ha sido así en la vida de alguien?

Esto es el típico sesgo de la ilusión de control. A nuestro cerebro le encanta pensar que está en nuestra mano controlar los acontecimientos haciendo o dejando de hacer ciertas cosas. Es como aquello de “Si te esfuerzas, lo conseguirás” y todas esas mierdas que obvian la multitud de causas que influyen en cualquier fenómeno, que son generadas por otras personas, condiciones actuales (o previas) o el propio azar y que pueden ser completamente determinantes en el resultado.

No señores, puede que yo respete mucho a todo el mundo y que cualquiera me falte el respeto, pasa todos los putos días en todos los putos lugares. Vaya, te ha pasado a ti innumerables veces. Recuerda las mil veces que te han tratado mal sin que hubiera provocación alguna por tu parte… y si quieres hacer un ejercicio de humildad, piensa en las veces en que tú has tratado mal a otros sin provocación o justificación alguna.

Así que no, profesor, tu obligación es enseñar tu materia y civismo. Si todos los días debes invertir la mitad de la clase en convencerles de que te concedan el respeto al que tú y los otros sois acreedores por vuestra propia condición de persona, lamento decirte que te están tomando el pelo y lo que hacen es conseguir que se pierda la clase y tú habrás fracasado en tu deber de garantizar el derecho a la educación de esos menores.

P.S.: Me veo pisando charcos más de una vez que no son “míos”, quiero decir, que no son cosas a las que esté expuesto personalmente, por ejemplo, si hablo del paro juvenil, yo que soy funcionario y no tan juvenil. Pero es que sí son míos, porque son de todos.

En este caso en particular, habrá quien piense que soy un profesor que no se “sabe imponer”, al que los chavales no respetan porque “no tiene ni idea” y no le conceden la auctoritas aquella, o que me odian, que soy de “la vieja escuela”… en fin, cualquier cosa salvo leerse la argumentación e intentar entenderla. Desde luego no voy a discutir con trolls, pero sería divertido apostar, en lugar de discutir, y que se viniesen un día conmigo para ver que, en realidad, estoy más cerca del otro extremo en todas esas cosas.

¿Debería, entonces, callarme y dejar que cada uno hable de sus problemas? ¿Culparles de la hostilidad que sufren? Este Panadero vuestro, no.

Insisto, es mío también porque es de todos. Eso es ser un ciudadano en mi opinión.

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¿Evidente? ¿Para quién?

12 marzo 2019

Ayer hubo cierto revuelo entre compañeros profesores y divulgadores porque se volvió viral un “truco” matemático.

Resulta que calcular el 4% de 75 es lo mismo que calcular el 75% de 4.

Si pensamos que el 75% son las tres cuartas partes de algo

El resultado es sencillamente 3

¿De dónde viene el revuelo? Pues de que es algo “evidente”, veamos.

(4 x 75) / 100 en el primer caso

(75 x 4) / 100 en el segundo caso

El “truco” es la simple aplicación de la propiedad conmutativa de la multiplicación, aquello que todo el mundo sabe recitar de memoria: El orden de los factores no altera el producto.

Y si es tan sencillo, ¿por qué es una novedad? Pues porque mucha gente no se había dado cuenta. No había reparado en las consecuencias de una propiedad que sabe recitar de memoria, en una operación que sabe hacer y que lleva a cabo casi todos los días. Así que, de nuevo, toca eliminar la palabra “evidente”, porque no es claro y distinto para cualquiera. En realidad, nada lo es.

Como profe de tecnología tengo que enseñar a mis alumnos a calcular tolerancias de resistencias y les tengo que enseñar que el cinco por ciento se puede calcular como la mitad del diez por ciento, que es simplemente “quitar un cero” o mover la coma una posición a la izquierda. Vaya, que el cinco por cierto de 240, es 24/2 = 12.

Bien, de nuevo una “tontería”… que a algunos chavales les sigue sin parecer evidente después de oírlo (!) y continúan calculando el cinco por ciento con el algoritmo de siempre, multiplicando por cinco y dividiendo por cien.

Recuerdo cuando me contaron cómo en los enfriadores de cerveza se cortaba el cable del dispositivo refrigerante y se dejaba que fuera el agua la que cerrase el circuito hasta que el hielo los cubriese y lo interrumpiera. Esto me lo explicó alguien sin estudios a mí, un licenciado en física… que no había reparado en que esa propiedad (que os aseguro que conozco bien) podría ser usada así.

Otro caso similar se da con uno de los life hacks más celebrados de mi libro Como Einstein por su casa que consiste en envasar al vacío sumergiendo una bolsa de congelados en agua, aprovechando algo tan conocido como que la presión aumenta con la profundidad y actúa en todas direcciones. Curioso pensando en que tanto el principio de Pascal como los asuntos de la presión hidrostática son bien conocidos desde el cole, o para cualquiera que meta la cabeza bajo el agua al nadar. Bueno, tampoco se me ocurrió a mí hasta que me lo contaron.

Si todo fuera tan evidente, todos fuéramos tan racionales y tan consistentes con nuestro conocimientos no veríamos a nadie fumar, beber ni embarcarse en conductas de riesgo o formas de vida poco saludables… y lo hacemos, queridos humanos, lo hacemos todos, cada uno en lo que flaquee, en las matemáticas, la dieta, las relaciones…

Es labor de los docentes y divulgadores contar lo que sabemos, tantas veces como sea necesario y hasta que sea necesario. por más evidente que nos pueda parecer y por más veces que se haya dicho ya.

El desconocimiento del público es la razón de la enseñanza.


“Haz tú lo que quieras y déjame que haga yo lo que quiera” Suena bonito, pero es falaz.

11 marzo 2019

Fuente: Wikipedia

Te juro, querido lector, que no me gusta discutir o polemizar, pero mi motor para escribir es decir aquello que no se dice (y debería), o no lo suficiente, o no cómo creo que debería hacerse. Por lo que, a veces, me toca meterme en charcos, muy a mi pesar.

La frase del título “Haz tú lo que quieras y déjame que haga yo lo que quiera” es muy curiosa, porque suena extramadamente mesurada, respetuosa, que invoca el uso de la libertad y respeta la del otro… y no deja de usarse, en la mayoría de los casos de manera muy falaz.

Partamos del triste hecho de que la gente, en general, es bastante indolente y egoísta, por lo que las cosas de los demás suelen importales un pimiento… hasta que les afecta (o así les parece a ellos).

Os pondré un ejemplo que repito mucho a mis alumnos. Ellos se quejan de que no les dejen beber en la calle, hacer “botellón”, y parecen estar convencidos de que es para que no consuman bebidas alcohólicas. Ejem, qué inocentes. Ya sé que eso es lo que dice la ley, pero venga… ¿pensáis realmente que se pone un empeño sincero en que los menores no consuman bebidas alcohólicas? ¿Nadie más que yo relaciona ese hecho con que dejasen las plazas llenas de mierda y estuviesen tocando los tambores y dando voces hasta las tantas? ¿Pensáis que los jóvenes no consumen con extrema facilidad todo el alcohol que desean y a edades muy tempranas? ¿No sabemos todos dónde y cómo consiguen las bebidas? ¿Os parece tan difícil de perseguir?

Por lo tanto, cuando alguien te viene a tocar las narices es porque entiende que, lo que tu haces, le salpica. Así que, dejemos de decir “A ti qué te importa”, porque le importa, si no estaría callado, como con tus enfermedades raras, tu enorme tasa de paro, la pobreza extrema y todas las demás cosas que te pasan y que no se comentan. Fíjate que podría darse el caso de que le importase, pero no fuera de su incumbencia, como quien se preocupa por si tal actor y tal cantante tienen una relación romántica o no, pero fíjate que sí que les importa.

Dicho esto, a por los charcos.

“Déjame que aborte yo si quiero, eso no te obliga a abortar a ti”.

Quien se opone al aborto piensa que defiende el derecho a la vida de un tercero, por lo que decirle que no es cosa suya está fuera de lugar. Aquí el asunto central es si ese conjunto de células es un ser humano ya con derechos o no. Decir que sí lo es, o asumir que es parte del cuerpo de la mujer, es dar por hecha la conclusión (de una parte o de otra) en lugar de discutirla.

Lo mismo podría decirse de las técnicas de reproducción asistida, de la píldora del día después, o de cualquier sistema en el que se destruya o se manipule un embrión. Quien se opone, cree estar defendiendo algo bastante parecido a un bebé, ¿cómo podemos decirle que no lo haga él si no quiere, pero que nos deje hacerlo a nosotros si queremos?¿Hacer qué, cargarse a un ser humano?

Para evitar haters que no sepan leer, hay que decir que no estoy en contra del aborto, sino de los argumentos pueriles. En concreto me parece muy interesante, como principio general para poder avanzar en este límite (que no conocemos) ligar la condición de ser humano a la actividad cerebral, como se hace para dar a alguien por muerto, por lo que, personalmente y con carácter genérico, estoy a favor de una ley de plazos. Aquí te lo explica estupendamente Sergio Acebrón.

“Déjame que yo me case con quien quiera (no heterosexual) y cásate tú con quien tú desees”.

Esta afirmación con todas sus derivadas: “Cada uno que haga lo que quiera en su cama”, “La sexualidad es un asunto privado”, etc.

Pues tampoco. Casarte es un acto legal que te concede unos derechos y acarrea ciertos deberes. Y eso no es un asunto baladí ni privado. Por ejemplo, la adopción. Quien entiende que lo “no heterosexual” es moralmente condenable pretende proteger a un tercero cuando pide que en esas uniones no se puedan adoptar niños, porque su educación sería perjudicial para esa tercera persona. El derecho a heredar, la viudedad, poder tomar decisiones médicas sobre tu pareja, y otro montón de cosas, van aparejados con esa condición… además del propio nombre del vínculo. Y es una lucha política y filosófica de primer orden establecer el estatus de igualdad entre cualquier unión, o bien marcar una como la “buena” y las otras como “menores”.  Por lo tanto es algo que nos compete a todos y que afecta a más gente de los que se meten en la cama juntos.

Una vez más, para haters con problemas de lectura: Estoy absolutamente a favor del matrimonio igualitario, de que todas las uniones tengan el mismo nombre y los mismos derechos asociados. Y andar discutiendo sobre la etimología del término con alguien que lo que quiere es distinguir su opción de otras, para marcarla como “moralmente válida”, es una pérdida de tiempo. Ni el quiere que se llame de otra manera por etimología, ni yo quiero que se llame igual por etimología.

“¿Qué problema hay con la eutanasia (activa, pasiva, no reanimación, etc.)? Si tú quieres sufrir, sufre, y déjame a mí morir en paz”.

El problema de esto es remangarse a escribir la ley y contemplar todos los casos que también habrá que contemplar para que tú puedas hacer “lo tuyo”: enfermos en coma, evaluar estados de ánimo y demás.

Se puede hacer una redacción de la ley que quede muy bonita, por ejemplo: Si alguien ha sido informado suficientemente y tiene una decisión clara e irrevocable en pleno uso de sus facultades… Todo lo que os pongo en cursiva es difícil de evaluar, no imposible, pero muy difícil. ¿Y si el paciente está en coma irreversible (o no) y no ha dejado nada escrito y ahora los familiares se ponen a discutir si en la cena de Navidad él dijo que prefería morirse a verse así, el otro que dice que no, la pareja (con la que no formalizó vínculo) dice que le había dicho otra cosa? ¿Qué hacemos? Y si cambia de voluntad después de un percance grave (en el sentido que sea), ¿cuándo asumimos que pensaba con claridad, entonces o ahora?

Y, ¿qué pasa con los malintencionados que hay en el mundo real? Algunos de nuestros viejitos, no sólo están enfermos, están rodeados de gente de mala voluntad, o de médicos sin escrúpulos, o de sistemas sanitarios que priman el ahorro por encima de otra cosa. ¿Cómo garantizamos que no se mate enfermos que dejarían cuantiosas herencias, o que son caros de mantener, o que son más o menos molestos? Supongo que conoceréis casos de enfermos terminales que se les sedó un poco “de más” para ahorrar su sufrimiento, y quizá conozcáis casos de alguno enfermo no tan terminal que se le sedó también “de más” porque daba mucha guerra… y se murió.

Suponer que todo el mundo es bueno y que nadie va a usar las leyes torcidamente es ser muy inocente o muy ignorante.

De nuevo, en estos tiempos, y para haters faltos, habrá que decir que estoy a favor de que se haga una ley de la mejor manera posible para permitir la muerte tranquila e indolora a quien lo desee y que así muchos médicos puedan dejar de jugarse el tipo por aliviar el sufrimiento de otro ser humano.

Por lo tanto, hablemos claro y argumentemos claro.

Tú quieres que no aborte (o destruya embriones o los manipule) porque piensas que es un ser humano desvalido y yo pienso que no. Hablemos de eso y busquemos la información científica que arroje luz ahí.

Tú quieres que si me emparejo con un hombre no me dejen adoptar y no me den ciertos derechos porque crees que lo que hago está mal, y yo creo que no. Hablemos de eso y de quién tiene derecho (o no) a imponer su moral en una democracia.

Tú quieres que si prefieres morir a sufrir eso pueda llevarlo a cabo un médico en las mejores condiciones, pero legislar eso es peliguado y puede costarle la vida a gente muy desamparada. Así que hay que concretar bien eso antes de poder abrir una puerta sin saber quién va a entrar detrás de ti. Hablemos de eso.

O bien, no hablemos de nada. El tiempo es demasiado escaso, hay tanto por aprender y tanta gente con la que quererse que discutir de idioteces, o con quien se comporta como si fuera idiota, es un despilfarro intolerable.


No somos tan buenos

4 marzo 2019

Ya dijimos hace tiempo que tampoco éramos tan listos, y que en realidad te insultaba quien no te llamase tonto. Pues resulta que buenos, tampoco somos.

Este post surge del debate con unos amigos tuitero sobre educar vs. legislar, un tema frecuente.

Creo que se sobrevalora el poder de la palabra y el argumento, del discurso racional y de la influencia de la formación sobre el carácter de los individuos.

Nada me gustaría más, creedme. Soy profesor, divulgador, escritor, conferenciante, nada me haría más feliz que creer en lo poderoso que soy en todas esas facetas, pero no es así.

No somos seres racionales y nuestras decisiones están influidas por múltiples factores genéticos, culturales, afectivos, la situación actual, tu salud o simplemente el estado físico en el que estés (cansado, con hambre, etc.)

Por lo tanto, variar una creencia, opinión o idea por medio de la palabra o pruebas más o menos empíricas, es algo muy optimista, cuando la mayoría de ellas ni se “eligieron” ni se mantienen por argumentos racionales.

Es cierto que hay personas y momentos en los que uno está “maduro” para un cambio y hay un disparador que puede ser una conferencia, una lectura, una cita… pero atribuir todo el mérito a eso es culpar del desbordamiento del vaso a la última gota que lo colmó.

Dos factores “extra-racionales” de gran fuerza en nuestra conducta son el miedo y el egoísmo, con sus interacciones, ramificaciones y derivadas.

Fíjate que no hablo de maldad en el sentido de procurar y solazarse en el dolor ajeno. Hablo de quien no te deseará ningún mal de primeras, pero elegirá tu dolor frente a una molestia suya o un leve beneficio.

Supongo que soy el único que ha visto caer muy cacareados “principios” a la mínima de cambio, cuando su mantenimiento ocasionaba el mínimo coste, o el peligro de tenerlo. En el trabajo, en la familia…

No somos tan buenos como nos gusta pensar, (tampoco tan malos, en general). Somos más como un adolescente indolente, que no le preocupa mucho de entrada lo que no le afecta directamente y peca un poco de hedonista.

El problema en estas cosas es que esa indolencia y despreocupación acumulada acaba produciendo maldad. Como la tolerancia a la enorme pobreza severa que vivimos en lo local y en lo global.

Vean las noticias y descubrirán muchos problemas que escalan o que se mantienen simplemente porque no están en la agenda política y no olvidemos que no están allí porque ocuparse de ellos o ignorarlos no tiene un coste electoral, esto es, porque a la ciudadanía no nos importa. Al menos, no lo suficiente.

A los educadores nos preocupa, nos ocupa, nos desespera y nos aterra el asunto de enseñar el Bien, y no sabemos ni siquiera si está en nuestra mano, por mucho que lo intentemos. Os lo contaba aquí.

A veces se piensa que lo hemos conseguido cuando les hemos mostrado que debían ocuparse del problema porque también era suyo, o porque les podría afectar en el futuro, pero eso, pensadlo, es una forma de egoísmo más inteligente que comprende lo que puede interesarle.

No es solidaridad cuando te ocupas de lo “tuyo”, solidaridad es cuando te ocupas de lo del otro por consideración a él, más allá de te afecte.

Si aún no estáis convencidos os animo a que participéis en alguno de los actos de El día internacional para la erradicación de la pobreza. Una causa justa, no politizada y que causa mucho dolor a mucha gente. Bien, pues no va ni Dios.

Por esto, y por lo que decíamos antes de los principios, suele decirse que si quieres saber si alguien es una buena persona observes cómo trata a aquellos a quienes no tiene la obligación de tratar bien, ni va a obtener beneficio de hacerlo.

Como no somos tan buenos, hemos llegado al Contrato social (en aquellos lugares donde tenemos la suerte de tener sociedades más o menos estables). Hemos cedido el monopolio de la fuerza al estado para que yo no tenga que partirte la cara cuando me rayes el coche, o tenga que amenazarte con una pistola para que me pagues lo que me debes. Estamos un poco más civilizados y tenemos un estado de derecho y sus mecanismos. Pero no debemos olvidar que detrás de eso, dándole autoridad, está la amenaza o el uso de la fuerza. Que la gente no se para en un control policial porque se lo pidan o por principios, sino porque no hacerlo tendría consecuencias.

Si esto os parece muy feo, recordad lo que ha ocurrido cuando ha habido apagones, catástrofes naturales, guerras y demás. En lo casi ridículo, tenemos al tipo que tira un ladrillo y se lleva diez pares de vaqueros durante una inundación; en lo espeluznante, los asesinatos y violaciones de adultos y menores. Simplemente en la última crisis de refugiados en Europa se cuentan por miles los menores desaparecidos. Niños que no sabemos donde están, si están vivos o muertos, esclavizados o torturados, descuartizados y vendidos sus órganos o metidos en una zanja, violados y asesinados. Vaya, no hace falta que lo diga, porque al ser algo tan importante, supongo que es una prioridad política e informativa, ¿verdad?

Así que, sí, también hay monstruos entre nosotros. No creo que sean los más, pero sí los hay sí.

La ley, el estado de derecho y la defensa de esas leyes con la amenaza y el uso de la fuerza son necesarias con la sociedad de hoy, con cómo somos nosotros. Te puede enfadar que así sea, te puede entristecer (a mí, mucho), pero no voy a negar la realidad. Para mí ser optimista no es hacer un juicio sesgado. El juicio de una situación debe ser justo, la acción que tomemos, esa sí puede ser optimista, si se quiere, buscando y apostando por un final positivo que fuera improbable.

Si nos sobreponemos un poco a la tristeza y nos miramos a nosotros mismos, veremos que también funcionamos así en lo personal, tomando el dolor como ese maestro que nos hace recapacitar, cuando no lo entendemos por las buenas. Desde el empacho cuando nos gusta una comida, hasta lavarnos los dientes por miedo al dentista, cambiar nuestra forma de vida cuando nos da un arrechucho, mejorar en nuestras relaciones cuando las vemos peligrar, y un interminable etcétera si eres sincero contigo mismo.

Ahora os pregunto, ¿creéis que en el aprendizaje de niños o adultos es diferente?

“¿Esto va a entrar en el examen?” es una pregunta que a nadie le suena, supongo.

Lamentablemente (o humanamente) actuamos en nuestra mayoría y la mayoría de las veces con la evaluación de coste-beneficio o, directamente, un sesgo. Aquellos que hacen las cosas por la pura convicción de su bondad y haber llegado a eso por un razonamiento discursivo, son una minoría y no en todas las ocasiones.

Así que, las normas constituyen un referente y una presión para que nuestros comportamientos estén dentro del margen de lo “socialmente tolerable”. Creo que algunos me mirarán con una ceja arqueada sintiendo que ellos son superpuros y supermorales y muy fieles a sus principios. A vosotros os diré que igual sois la excepción, o igual sólo estáis mirando aspectos de vuestra vida en los que verdaderamente sois así, pero, ¿qué pasa con los otros?

Como este es el marco en el que vivimos (bendito sea), esto también tiene un efecto tremendo en lo educativo. Os pondré un ejemplo, la homeopatía. Ya se ha explicado muchas veces que no funciona y que es algo muy peligroso porque te puede hacer dejar de acudir a tratamientos que sí curan, perjudicando tu salud y en algunos casos, ocasionando tu muerte, como ya ha sucedido. Bien, pues cuando explico en alguna conferencia esto, siempre surge la misma pregunta: Si no funciona y es peligroso, ¿por qué es legal venderlo? Se crea una paradoja en la mente del que escucha.

Que algo esté prohibido dificulta su práctica y crea el ambiente necesario para que se entienda que no es bueno, así que la dicotomía entre legislar y educar es falsa. Legislar, educa. Y no legislar, dificulta la educación.

Si a lo dicho añadimos a aquellas personas que no irán por debajo del límite de velocidad o de alcohol si no les multan, a los que no respetarán la propiedad ajena si no les detienen por robo, a los que no cumplirán sus compromisos si no les ata un contrato, veremos la necesidad de legislar… porque no somos tan buenos.

Como habréis visto, no se trata de legislar EN LUGAR de educar. Se trata de hacer ambas cosas y de que se apoyen mutuamente. Dejemos también de dejar de pensar que todo el mundo es super-bueno, super-racional y super-coherente, empezando por nosotros mismos.

Además en los últimos tiempos hemos visto como leyes que parecía que iban a traer el Apocalipsis resulta que se acataron sin más, por ejemplo, la prohibición de fumar en los bares y lugares de trabajo en España. Por lo tanto, en mi opinión, es estupendo que se prohíba la venta de homeopatía en las farmacias, que se obligue a la vacunación de los niños, que se prohíba fumar en los trabajos, que se obligue a que se lleve el cinturón de seguridad y mil cosas más.

Esto no es óbice para que aquel cuyos principios sean tan elevados que la norma les sepa a poco hagan un análisis más profundo y sean más justo y más éticos de lo que la sociedad les demanda. Maravilloso y ojalá cada vez haya más personas así.

Advierto que mucho ojito con las críticas a este post, porque este que os habla cree que el mundo necesita mejorar pero ha dedicado toda su vida profesional a la educación, así que los que se enfaden conmigo porque digan que el mundo es chupi mientras no mueven un músculo para colaborar, pueden irse a ese lugar lejano y marrón.

Seamos justos en el análisis, no porque la educación sea mi actividad principal voy a sobrevalorar su poder transformador ni, desde luego, nuestro nivel ético.

La educación y la comunicación son esas cosas en las que cada vez cree uno menos… pero que no te resulta posible dejar de intentar.


El tiempo que pasamos con gilipollas

2 marzo 2019

Fuente: Wikipedia

Muchos dicen que el tiempo es dinero… pero no. ¡Ojalá!

Si así fuera podríamos pedirlo prestado, intercambiarlo por otros bienes y servicios, ahorrarlo (!)… pero no.

Decían Faemino y Cansado que “el tiempo unas veces pasa inexorable, otras pasa normal”, pero tampoco, siempre pasa inexorable.

OCHENTA Y SEIS MIL CUATROCIENTOS segundos que transcurrirán cada día hagas lo que hagas con ellos… si tienes la suerte de llegar vivo al final de la jornada.

¿Habéis pensado en la cantidad de tiempo que perdemos tratando con gilipollas? Es tremenda.

En muchas ocasiones nos han enredado y nos damos cuenta después, pero quizá podemos recordar esto de los protocolos que os decía en La Cordura de Saberse Loco y evitar algunos errores, os pondré un par de ejemplos:

1. Alguien muy querido hace lo siguiente.

Está trabajando y viene una persona a pedir consejo, ayuda, contar su vida… yo lo llamo “Oficina de atención al triste”. Muchos de ellos jamás le preguntan qué tal está y tampoco asoman la cabeza cuando es obvio que necesita ayuda. En fin, un abuso de manual.

Total, que estos figuras vienen y nuestra protagonista se hace la cuenta de que las personas son más importantes que su trabajo en ese momento, así que les atiende. Más tarde, en casa, el trabajo necesita ser hecho y le quita tiempo a su descanso, aficiones, familia y amigos para poder terminar ese trabajo. En esos dos cambios, si lo simplificáis, lo que ha ocurrido es que ha invertido su tiempo en un gilipollas y se lo ha quitado a sus seres queridos, incluida su propia persona. Muy mal negocio.

2. Un buen amigo andaba hace poco evaluando si contestaba a un troll en las redes sociales o no. Acababa yo de poner un post y no pude evitar decirle (con el cariño que nos tenemos) que si iba a invertir tiempo en las redes sociales que mejor le diera bola a mi entrada en lugar de discutir con idiotas.

Estos y otros muchos ejemplos, si hacéis balance honradamente, os mostrarán qué cantidad tan irritantemente enorme de tiempo invertimos en gilipollas o gente que se está comportando como tal, sin que ello redunde en ningún beneficio para nosotros, ni siquiera para ellos: los trolls han recibido “caso” (Do not feed the troll), los abusadores han llevado a cabo su abuso, los convencidos o evangelizadores tampoco han movido un milímetro su postura, etc. Nada educativo para ninguno de ellos.

Cada segundo que se va, segundo que no vuelve. Las obligaciones laborales, físicas, éticas nos demandan un tiempo que no podemos obviar y que, como mucho, podemos intentar aprender a vivir con cierto disfrute o atención en lugar de resistirnos, pero, sin duda alguna, el tiempo del que pueda disponer no lo voy a malgastar con quien no sea un privilegio hacerlo para ser ambos más felices y mejores personas.

Hay un gilipollas con el que paso mucho tiempo. Yo mismo. Muchos de mis pensamientos recurrentes, monólogos interiores y hábitos mentales, me hacen ser un gilipollas y dilapidar mi tiempo entregándome al flujo de las ideas que suelta mi red neuronal acostumbrada a que le “premie” cuando me recuerda: dolores, rencores, malos pensamientos sobre uno mismo… Pero, el consejo es el mismo: no pases tiempo con gilipollas. Observa eso que surge de tu mente y quítale importancia, pensando en lo parecido que son esos pensamientos que te propone tu red neuronal y las palabras que te propone el autocorrector del teclado, por ejemplo. Eso te dará la distancia y el humor que podría ayudarte a ser menos gilipollas… y mejor compañía para ti mismo. Más detalles sobre esta idea las tenéis en La Cordura de Saberse Loco.

Para finalizar, permitidme aclarar una vez más que aquí hablamos del tiempo del que podamos disponer, que para algunos será una fracción apreciable del día y para otros, prácticamente nada, dentro del concepto “libertad” que asumimos que tenemos. Los pobres que no tengan ni un minuto para rascarse que no se sientan culpados en este post.


Life hack para personas con movilidad reducida

1 marzo 2019

Voy a compartir con vosotros un apaño “cacharrista” al que he llegado pensando en una necesidad que nos contaba una persona con serios problemas de movilidad.

(Ya sabéis que llamamos cacharrimo a esos experimentos que hacemos con material casero pero con estupendos resultados)

En este caso en particular tenía que ver con la posibilidad de limpiarse de manera autónoma en el baño.

Buscando por la red se pueden encontrar muchos artilugios que pueden sujetar de manera sencilla papel higiénico o toallitas húmedas, y soltarlas con facilidad evitando tener que mancharse.

Para algunos casos hay un problema añadido, la falta de fuerza, amplitud de movimientos o miembros de longitud reducida. Aquí la física nos impone una limitación.

Energía generada = Fuerza x Distancia

¿Qué quiere decir esto? Que yo puedo tener la misma energía, por ejemplo 10 unidades, de infinitas maneras distintas. Sólo por poneros números sencillos.

10 = 1 · 10

10 = 2 · 5

10 = 5 · 2

10 = 10 · 1

Interpretemos esto. En el primer ejemplo tengo una fuerza muy pequeña pero que se mueve una distancia larga, mientras que en el último ejemplo tengo una fuerza grande pero que se desplaza una distancia pequeña.

Con mecanismos más o menos sencillos (sin motores, ni aportes de energía extra) podemos cambiar un tipo de movimiento en otro.

Por ejemplo, con el gato del coche podemos cambiar un movimiento de poca fuerza y mucho recorrido (un montón de vueltas de manivela) y transformarlo en un movimiento de mucha fuerza (levantar el peso del coche) con poco recorrido. Aquí tenéis un ejemplo visual con un cascanueces, de nuevo poca fuerza y más recorrido, por más fuerza y menos recorrido.

Es el mismo principio que usamos en las marchas de las bicicletas o los automóviles, en las palancas, los mecanismos con engranajes, etc.

Pero claro, ¿qué pasa si no tenemos ni fuerza ni amplitud de movimientos en las manos? Pues que no disponemos de energía para conseguir el movimiento necesario para limpiarnos. Es como si te dan cinco manzanas para comer una semana e intentas arreglarlo con “organización”. No es posible.

Una manera de solventar esto consiste en sujetar alguno de estos elementos en algún lugar de tu cuarto de baño de manera que sea tu cuerpo el que muevas, en lugar del aparato, para poder limpiarte. Esto puede ser suficiente para solucionar la necesidad en tu casa, pero, ¿cómo lo hacemos si queremos usar otros baños: en el trabajo, casas ajenas, locales de ocio?

Aquí nos vienen a la mente la falta de limpieza de muchos de esos lugares, así como las enormes diferencias constructivas y de organización de objetos en estos lugares.

Así que tenemos que buscar un modo de sujeción, que resulte “universal” y que evite lugares potencialmente sucios como la tapa de los váteres.

De las primeras ideas que se le ocurren a uno son ventosas, imanes, pero no me acaban de convencer porque lo que bien se agarra, difícil se suelta. Quiero decir que poner un aplique en una pared con una ventosa suficientemente fuerte para que aguante que te frotes contra ella, necesitaría de cierta fuerza para ponerla y quitarla, como hemos visto en estanterías y agarraderas de baño.

He llegado a una solución que me gusta bastante, a ver qué os parece.

  • No necesita mucha fuerza
  • Puede ponerse con una sola mano
  • Se pone en una puerta con pomo o picaporte, bastante universal
  • Es mecánicamente muy estable en todas direcciones
  • Usa elementos comunes y baratos

Son dos perchas de las que se colocan en la parte superior de las puertas.

He puesto sólo un listón de madera sujeto con bridas, pero ahí iría lo que se quisiera sujetar o bien un anclaje para poder poner y quitar lo que se quisiese.

¿Cómo se coloca?

1. Se apoya sobre el pomo o picaporte

2. Se mueve para colocarlo en el ancho de la puerta

3. Se cierra la puerta

Con la presión que hace la puerta sobre los ganchos, más el apoyo sobre el pomo (o el picaporte) se queda bastante rígido para esfuerzos tanto verticales como horizontales.

Aquí os pongo un vídeo para que veáis que efectivamente es muy sencillo de poner con una sola mano y que no requiere fuerza ni especial habilidad.

La unión entre las perchas y el aparato que queráis (el listón en mi caso) podríais pensar en hacerlas móviles para que se pudiera plegar juntándose al listón moviéndose hacia abajo. Estas uniones deberían tener en este caso un tope para que al desplegarse no subieran más de noventa grados y así todo el conjunto podría guardarse en una bolsa recta como las que se usan para planos o trípodes.

Espero que os sirva, tanto para la aplicación que contábamos al principio como para cualquier otra, y me encantaría que nos lo contéis por aquí y que mandéis vídeos o fotos de vuestras aplicaciones.

Juntos somos más.


¿Cómo te puedo probar que existe Dios?

22 febrero 2019

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Mateo 16, 15.

He pensado que podría ser interesante meterse en este charco, incidiendo en el asunto del problema de la racionalidad del que hablamos hace nada y juntándolo con el problema de las pruebas empíricas, las explicaciones a los fenómenos y demás.

Se le suele pedir al creyente que pruebe la existencia de Dios (o cualquier elemento sobrenatural) con el correcto argumento de que la carga de la prueba queda en el que afirma y que afirmaciones extraordinarias piden pruebas acordes.

No critico este proceder, pero juguemos un rato…

Alguien, que presume de tener un enorme poder, nos dice:

Dios existe, ¿qué quieres que haga para probártelo?

Veamos…

  • Que me diga algo que nadie más que yo sabe.

No, no vale. Si tiene la capacidad de leer la mente, sabrá lo que yo sé. Y leer la mente no es ser Dios, incluso algunos sistemas de resonancia magnética están empezando a tocar eso con la punta de los dedos.

  • Que sane a alguien de una enfermedad que no puede curarse o que resucite a un muerto.

No, no vale. Ahora tratamos dolencias que eran mortales hace unos años, y podemos te sacar de una parada cardio-respiratoria con relativa facilidad, lo que hace algún tiempo hubiera sido tomado literalmente como “resucitar a un muerto”.

  • Que viole una ley física.

Mirad, en los últimos ciento y pocos años hemos flipado, literalmente con la cuántica y la relatividad, y os aseguro que lo que pensamos que es la realidad, con lo que sabemos hoy, se separa mucho del concepto común.

Si queréis seguir con otras peticiones os animo a que lo hagáis en los comentarios (esos grandes olvidados en los blogs), pero podemos resumir las objeciones a las propuestas con dos ideas.

1. Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es totalmente indistinguible de la magia.

Tercera ley de Clarke ampliable a cualquier avance científico. Por lo que cualquier manifestación “alucinante” podría obedecer sencillamente a un conocimiento más profundo de las leyes de la naturaleza o a un mayor desarrollo tecnológico, no constituyendo, por tanto, ninguna prueba de lo “sobrenatural”.

2. Sí, pero no por eso.

Os recuerdo un post de hace un tiempo sobre demostraciones/experimentos y sus explicaciones.

La idea es que una cosa son los fenómenos y otra las explicaciones que damos de ellos. Muchas veces, más de las que nos gusta reconocer, no hay una relación ineludible entre el fenómeno y su explicación. Por esto, hay explicaciones incorrectas que persisten en el tiempo, sin que violente la lógica de los que las oímos. De hecho, algunas suenan muy razonables. Por poneros un ejemplo, el efecto invernadero de la Tierra no ocurre por el mismo mecanismo que el calentamiento de un invernadero.

Por lo tanto, que tú demuestres la telepatía, seas inmortal o flotes en el aire, no implica necesariamente la existencia de un ser superior. Aunque tú me lo asegures (“Puedo volar porque Dios me faculta”), hay un salto lógico. Si abres un libro de historia verás que estas técnicas de manipulación son bien conocidas por colonizadores de todas las épocas.

TE DESAFÍO, querido lector, a que me pongas alguna prueba que no pueda ser explicada de manera “natural” cambiando alguna hipótesis adyacente o por teorías más sencillas que acudiendo a la existencia de ese ser superior.

Y fíjate que he escogido “pruebas” objetivas, medibles y detectables por cualquier observador.

Si nos vamos a lo que pasa en tu cabeza, lo subjetivo…

a) Si no tiene efectos en el mundo real, ¿cómo saber que no es una alucinación?

b) Si tiene efectos en el mundo real (telekinesis, p.ej.), tampoco implica que exista un ser superior, sólo que los humanos son capaces de hacer más cosas.

Llegando aquí y, aunque la falsabilidad no es una característica imprescindible en el método científico (por mucho que lo digan), te pregunto yo, querido lector:

¿Es tu creencia en la no existencia de un ser superior, FALSABLE?


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