Me han hecho una putada… lo que sucedió a continuación le sorprenderá

31 mayo 2022

Como ya ha hecho usted click le anuncio que le contaré una serie de sucedidos y las reflexiones que me suscitan, por si no quisiera dedicarme más tiempo.

Allá voy.

Pues sí, me han hecho una putada. Algo sobre un objeto mío que me consumirá tiempo y dinero, ni pizca de gracia me ha hecho.

Uno de los primeros pensamientos que te asaltan es «¿por qué a mí?». Soy un tipo justo y benéfico como decía La Pepa que debíamos ser. Y este es uno de los primero errores a descartar. Los derechos son derechos, no se «ganan» o se «merecen». Mi integridad física o la de mis cosas no pasa porque a alguien le parezca mal lo que hago, piense que le debo algo o que el mundo se lo debe y se «cobre» con el primero que pase. Por lo tanto no soy de los que menos «se lo merecen», soy uno más de los que no se lo merecen, que somos todos.

Otro pensamiento es: ¿Qué hubiera pasado si pillo en el acto al interfecto? Esta educación que nos dio la sociedad y mis propios desequilibrios hacen que te surjan ciertas ganas de explicar la tercera ley de Newton con ejemplos prácticos e ilustrativos. Pero la capa de socialización que modera mi animalidad me recuerda que una cosa son las personas y otra los objetos, y que hay un estado de derecho al que poder acudir para no tener que resolver las cosas a hostias entre «bandas». Ya, ya, soy tan consciente como vosotros de las fallas de este estado de derecho. Así que, pensemos en cuál es la otra opción, la ley de la selva, y luchemos por mantener la estructura que queda y construir lo que falte.

Por supuesto, el ánimo ha estado bastante bajo, me sigo resistiendo a la idea del mal, incluso del poco mal que me llega dada mi posición socio-económica y mi red de apoyo personal. Pero de esto hablaremos al final.

Como os decía, el ánimo ha estado bajo, pero a partir de aquí han pasado muchas cosas buenas e interesantes.

Primero he recibido cariño y ayuda de quien más cerca está, quien a diario prueba algo que suele negarse: que se puede querer de manera profunda, apasionada y pacífica(!). Así que, tomen nota. Es posible. No se conformen con menos.

Después ha venido la acogida de compañeros de trabajo, que alguno bueno hay, teniendo lugar un pequeño acto de cariño cotidiano que a veces pasamos por alto y es de suma importancia. La simple comprensión, empatía ya supone un alivio que no debe desdeñarse. Esto se acentúa cuando alguien cae en el error de sugerir que quizá TE pusiste en «ocasión». Pero de esa falacia de «merecimiento» ya hemos hablado, así que pasamos página.

El estado de ánimo un poco plof me ha recordado que los estudios indican que bastan dos o tres golpes fuertes de la vida para que la salud mental peligre, muchas personas sin hogar pueden atestiguar esto. Lo mío ha sido algo muy leve, pero me ha hecho pensar en la fragilidad de nuestra estabilidad mental. Dado lo azaroso que es el vivir y la diversidad de cosas que nos podrían venir de camino, aprovechamos de nuevo para recordar la importancia de la atención sanitaria, la protección laboral, las redes de apoyo de clase o gremio que puede dar un sindicato, por ejemplo y, sobre todo, la red de apoyo personal (familiar y amistosa) sin la que podríamos caer un profundos abismos de los que no saldríamos con facilidad.

Más tarde me he puesto a intentar arreglar el asunto, y en ese momento ha aparecido un buen amigo de muchos años, que me ha hecho ver… lo que no estaba viendo: Que había un camino mucho más fácil y apropiado para resolver el problema. Así que, de nuevo he pensado en lo frágil que es también nuestra capacidad mental cuando nos encontramos en un estado «alterado»: tristes, enfadados, preocupados o estresados,, por ejemplo. Es como si tu CI bajase unas decenas de puntos. Es curioso, me tengo por una persona bastante resolutiva, pero en ese momento no era tan hábil o inteligente como en mi estado fundamental. Este hecho debería tenerse muy en cuenta en trámites administrativos, por ejemplo, de esos que hay que hacer cuando las cosas están jodidas: fallecimiento, pobreza, desahucios o similares.

Este amigo ha intentado (y podido) cambiar la hora de un asunto de trabajo para acercarse a echarme una mano… aunque no ha sido la «mano» lo que me ha echado al final sino la cabeza. Ha puesto la cordura y la claridad que me faltaba en mi estado «alterado» de conciencia.

De nuevo un bonito acto de amistad, que me recuerda que me quieren. Recuerdo también que los actos de ayuda involucran a alguien que la necesita y a alguien dispuesto a darla. Que en cada momento nos tocará un papel y que son todos dignos. Es una oportunidad para quererse. Con la misma buena voluntad que ayudamos, debemos aceptar la ayuda (¡y pedirla!), que a veces somos un poco tozudos.

Tomo nota y ejemplo de mi amigo para no dejar que la prisa me prive de ayudar a quien lo necesita, hay cosas que pueden esperar, y quizá deban hacerlo, frente a cosas más urgentes o importantes.

Después he recibido más apoyo y comprensión de otros amigos, familiares, profesionales que han hecho su trabajo acompañado de una sonrisa. Lo que me hace pensar en que se puede aliñar la obligación con buenos sentimientos sin que suponga un cargo extra. Así que, de nuevo he aprendido de ellos, y he marcado de buena actitud y buenas palabras mi interacción como cliente.

Aún quedan unos flecos, pero creo que podemos dar la historia por concluida, después de una reflexión final.

Primero. Ha sido una putada, no es una crisis, una oportunidad… es una putada. Punto. Otra cosa diferente es cómo vivimos las situaciones en las que nos vemos envueltos y qué aprendizajes podemos obtener o refrescar. Pero vamos, que no recomiendo desear estas situaciones de aprendizaje.

Y la siguiente es: ¿Qué hacemos con el mal?

De esto hemos hablado en el blog mas de una vez. Insisto de nuevo en que ha sido algo de una intensidad despreciable comparado con lo que viven a diario tantos: agresiones, violaciones, desahucios, abusos, pobreza, guerras… Lo mío es un leve roce del mal, pero nos ha servido para la reflexión.

¿Cómo luchamos contra él? ¿Qué armas tenemos? ¿La educación? ¿La ley? ¿Ambas? ¿Es erradicable o tendremos que convivir con él para siempre? ¿Es innato o fruto de la sociedad?

Lo que sí veo claro es que, en el tiempo que se me conceda, no creo que vea el final del mal, por lo que voy a tener que convivir con él. También es cierto que hay una parte de mi actividad profesional y humana que intenta incrementar el bien y reducir el sufrimiento de este mundo nuestro, pero mi parte es mínima y mi influencia en el mundo muy pequeña.

Pero mi parte es MÍA, lo único sobre lo que tengo capacidad. ¿Hago lo que puedo con «lo que puedo»?

¿Y qué pasa con mi serenidad? ¿Debo estar siempre indignado por el mal que existe? ¿Es posible la acción sin esa «indignación»? ¿Ayuda o entorpece? ¿Puedo irme a dormir tranquilo? ¿Puedo reírme con los que me quieren o tengo que estar siempre triste por el dolor de millones?

¿Es posible y deseable una acción serena en la esfera propia, personal y política?

¿Debe el mal, además de ganarnos la partida material, envenenar nuestro mundo mental y emocional, haciéndonos infelices más allá del daño concreto?

Bueno, ahí os dejo deberes.

Gracias a los que habéis hecho del día algo mucho mejor que como comenzó, los que abrigáis mi alma y me mostráis el camino… y un mojón bien gordo para los otros.

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¿Es rentable el mal?

21 enero 2021
Fuente. Cuadro Caminante sobre mar de nubes

Sí, el mal sale rentable. Aunque, como siempre, esta frase no significa nada si no pactamos el significado de los términos que usamos. En este caso la clave está en «rentable».

Quizá podríamos decir que rentable es algo que nos produce un beneficio neto positivo, superando a los costes. Es fácil que estés de acuerdo, pero esto sigue sin ser preciso. ¿Tenemos un definición consensuada de costes y beneficios?

Utilizo a un amigo para obtener un contrato sustancioso y pierdo esa amistad. ¿He ganado o perdido? ¿Y si no es muy amigo? ¿Y si es sólo conocido? ¿Y si ni siquiera es conocido?

Algo muy curioso de la reflexión sobre la inteligencia artificial es que te hace tener que definir con precisión y con cierta coherencia cosas sobre las que no nos ocupamos mucho, sobre todo la coherencia.

Alguien ponía un ejemplo, creo que era Helena Matute: Si programo una máquina en la que su función beneficio sea producir el máximo número de naranjas posibles, podría entender que eliminar a parte o toda la humanidad pondría a sus disposición un montón de energía que se está desperdiciando, en tanto que no se invierte en naranjas. ¿Quieres que la vida humana tenga un coste? Pues más te vale decírselo a la máquina… y ahora te va a preguntar cuánto es ese coste, para poder comparar con los beneficios de ciertas acciones y tomar decisiones. Esto, que te debe parecer tan oscuro, lo hacen personas, a diario, cuando se toman decisiones sobre la contaminación atmosférica.

Ayer veía en la tele cómo se le afeaba a una «pequeña» famosa no querer trabajar más para poder crecer (económicamente) más, aunque fuera a coste de su vida personal. Ese mantra del crecimiento económico constante ¿es una teoría del beneficio compartida? Los que se lo afeaban tienen patrimonio para vivir una vida tranquila y medianamente modesta sin volver a trabajar, aunque, de hecho, siguen trabajando mucho. Esgrimían el argumento de estar «preparado» para un futuro (económicamente) incierto, pero el suyo ya no lo es.

A veces olvidamos que no todos queremos lo mismo y no a todos nos importa lo mismo. Leí hace poco una interesante reflexión sobre gente que no siente (casi) nada al mentir, al usar la palabra como una herramienta más, componiendo mensajes que le favorezcan, estén o no alineados con la verdad, sin que les provoque un mínimo choque cognitivo. ¿Es para ti un coste mentir? ¿Según a quien? ¿No te produce ni siquiera incomodidad o carga cognitiva al intentar que no «te pillen»? ¿O te da igual que te pillen?

Quizá por eso a veces no nos entendemos o no entendemos al otro, porque estamos suponiendo una base común de los conceptos coste y beneficio que no tienen por qué darse, cuando a la luz de estos sus actos serían muy claros.

Otro día discutíamos entre amigos, ¿es una mala estrategia una actitud poco ética que te reporta dinero y una buena posición laboral? A estas alturas ya convendréis conmigo en que la pregunta está incompleta, habría que decir «para qué»: ¿Qué fines buscas y qué costes te importan? Y otra cosa que se ha colado: ¿A qué «ética» nos estamos refiriendo? Hay quien dice que, en tanto que esto es una puta jungla, (casi) cualquier comportamiento es ético.

Hasta aquí me podríais decir que es obvio lo que digo y que no tiene mayor importancia, en tanto que me rodeo de gente que comparte mis principios éticos y un buen subconjunto de valores (lo que considera deseable y lo que le dolería perder), PEEEEERO….

Resulta que somos profesores, educadores… o lo que es peor, padres. Aquí ya no puedes alegar transpiración genital y pasar de quien te parezca un gilipollas, un aprovechado o una mala persona. porque la Educación de esa persona es, en parte, tu Responsabilidad (permitidme las mayúsculas). Y si eres padre o madre, percibirás que es totalmente tu responsabilidad, aunque no lo sea así, ya que, por más que te duela, sólo eres un agente de los muchos que le influyen.

«Quiero que mi hijo no piense que las personas son un medio para sus fines». ¿Es esto una aspiración legítima? Más allá de que asumamos (temporalmente) que tienes (un cierto) derecho a «inculcar» los valores que desees a tu progenie, me refiero a que, ¿hay una «manera» para que se lo crea/interiorice/asuma? ¿Podemos conseguirlo?

Dar la turra ya sabes tú que no siempre funciona, por las muchas que hay oído, y que sigues oyendo, y que te entran por un oído y te salen por el otro. En algunos casos, afortunadamente.

«Yo, si veo que mi hijo no comparte con su hermano, le dejo sin nada». Muy bien, tienes mi apoyo, pero aquí el coste es el castigo y el riesgo, que te pillen. Igual le coge el gusto a compartir, pero puede que siga siendo egoísta donde resulte difícil que le detecten, o bien, donde no le pongan coste si le vieran.

Predicar con el ejemplo. Ah, seguro que estabas pensando en esto, ¿eh? Nadie lo discute, todos piensan que es lo mejor y que funciona. Olvidas lo fácil que es sortear este «adoctrinamiento». Y digo olvidas porque tú lo haces, todo el puto día. Consiste en etiquetarte como diferente al otro, de esta forma ese ejemplo ya no es «para ti». Repasa cómo no imitas el comportamiento de gente cuyas cualidades dices admirar, porque luego añades: Es que yo no soy como tú de bueno/responsable/generoso… Fácil, ¿eh?

Así que no, tú puedes pasar todas las tardes en una ONG y que tus hijos piensen que eres un pringao mientras roban en el bazar de la esquina, porque es un viejo que no se entera.

Me resulta curioso que personas muy «racionales», por ejemplo respecto a las creencias religiosas, no duden en repetirles a sus retoños que El tiempo pone a todos en su lugar, Al final se acaba pagando y otras ideas que me gustaría ver sustentadas con datos y pruebas, porque lo que yo veo es que: no siempre ocurre a corto plazo, tampoco a medio plazo y a veces no ocurre jamás. Y, si el nivel de empatía de aquellos «malvados» es bajo, posiblemente duerman mejor que tú y que yo y no tengan ningún problema al mirarse en el espejo.

Y por fin llego al título del post (cada vez me cuesta más).

Sí, el mal es rentable, según cuáles sean tus objetivos y lo poco que valores lo que vayas a perder en el camino. Sobre todo en entornos organizados, en sistemas garantistas. Piensa en la carretera: Si todos conducís más o menos bien, mi objetivo es ganar tiempo, no me importa pagar multa y no es fácil que me pillen porque hay poca vigilancia… es «beneficioso» ir haciendo pirulas, sirve a mis objetivos. Otra cosa es una carretera llena de pillos, o un sistema fiscal donde todo el mundo defraudara mucho. Se convierte en inviable. No, el río revuelto no es el mejor sistema para ser un pillo. Al menos, no si está muy revuelto.

¿Qué hacemos? ¿Seguimos amenazando con castigos las conductas «no buenas», a ver si se «aficionan»? ¿Seguimos vendiendo la moto de que «los malos al final salen perdiendo»? Es mejor eso cuando son jóvenes para que les llegue la crisis más tarde? ¿Igual que con Papá Noel? Quizá con niños muy pequeños os sirva, ya te digo yo que los adolescentes ven claro que tu compromiso con el trabajo y el ciertos «influencers» funciona diferente a la hora de acercarte a cierto hedonismo, típico de esas edades. De hecho, es posible que hayas cumplido cuarenta o cincuenta y estén pensando que llevas haciendo el gilipollas toda la vida, ¿es así? ¿Estás revisando valores? ¿Los sientes impuestos o los has elegido? ¿Has invertido algún tiempo en revisarlos en todos estos años? ¿Quién eres? ¿Quién quieres ser? ¿Ahora crees que te hubiera gustado haber sido otro?

Ya te digo que, respecto del pasado, te vas jodiendo. Está fuera de tu alcance por más que lo revises. Sí puede ser interesante que pienses respecto del presente y del futuro.

¿A qué se debe tu adhesión al «bien»? Sirve a tus «intereses», porque es posible que a ti si te haga dormir tranquilo ser «bueno» según tus parámetros, y que le dé una dirección a tu vida o incluso una identidad a tu persona.

Y terminaré diciendo que estoy no es una apología del mal o del que «cada perro que se…», digo, «cada palo que aguante su vela», mejor. A lo que sí llamo es a una reflexión y un discurso valiente respecto a esto, que es un terrible abismo al que hay que enfrentarse, o vivir en un letargo intelectual constante.

Mi opinión, expresada mil veces y detallada en La Cordura de Saberse Loco, que os dejé gratis por aquí, va en una dirección muy diferente: el Amor es el único sentido «razonable» de este mundo, tanto si lo es de manera trascendente, como si decidimos elegirlo y atrevernos a dotar de sentido a una naturaleza caótica, pero desde luego no porque «me paguen» en la otra vida, o «acabe peor» si soy malo. Joder, que ya somos (o deberíamos ser) mayorcitos.

¿Están nuestros adolescentes, estamos nosotros, maduros para tener esta conversación o es mejor seguir con el hombre del saco y paraísos futuros?

Y ahora así, por último, «dar ejemplo» es el puro resultado de comportarte con cierta coherencia y constancia alineado con ciertos principios. Dar «turra» (ligera, por favor), la explicación pertinente a quien la pida y el ejercicio de la libertad de expresión, derecho al que también somos acreedores. Así que sigamos haciéndolo, pero no por si «sirve», porque, ¿qué ejemplo sería un comportamiento ético que tuviese como motivación ser ejemplar? ¿Sería, entonces, ético?


¿Quién es responsable del mal?

20 septiembre 2020

Nadie culparía a un bebé que te araña al mover una mano cuyos movimientos no controla aún.

Por otra parte, no creo que nadie tuviera demasiada comprensión con una persona adinerada de sesenta años que malversa un millón (para sumarlo a los otros que tiene), con serio perjuicio otros.

Entre ambos extremos, la persona debe ir sumando responsabilidad a sus acciones.

Así lo entiende también la ley y, obligada a poner un límite concreto y objetivable, hace surgir el concepto «mayoría de edad», que viene acompañado también de muchos problemas.

Como momento vital forma parte de mi trabajo desde hace más de dos décadas, vivo muy de cerca esa transición tan brusca: de ser considerados menores y eximirles de muchas responsabilidades, contar con una cierta protección de derechos (manutención, educación, etc.) a pasar, de un día para otro, a ser «arrojados» a la calle con mucha menor protección y todo el peso de la ley pendiendo de un hilo sobre ellos. Esta situación es aún más kafkiana para aquellos menores en situación de exclusión social.

A esto se le añade que hay muchas «mayorías de edad» que también varían de un país a otro: para conducir, para consumir alcohol/tabaco, consentimiento sexual, trabajar, votar, decidir una interrupción de embarazo… cayendo en contradicciones lógicas de difícil resolución. Por ejemplo, en España se puede trabajar con dieciséis pero no se puede votar hasta los dieciocho, siendo ya alguien sobre el que caen responsabilidades laborales serias, pero que no consideramos capaz de decidir quién quiere que elabore las leyes que se le aplican. Que conste aquí que me considero incapaz de proponeros un listado de edades «correctas», sólo señalo los problemas filosóficos que conllevan.

Dejaremos la ley a los expertos, hablemos de educación.

Yo diría que una definición útil y bastante acertada de lo que significa ser adulto podría ir por aquí:

Madurar es asumir las responsabilidades de tus actos y sus consecuencias.

Así que, como educador y enseñante en todas mis facetas, mi labor autoescogida se orienta, sobre todo, a que entiendan esta responsabilidad y vayan asumiéndola. También los que hayan cumplido años sin madurar, que una cosa es hacerse viejo, y otra, adulto.

Por eso escribo posts como este, sobre la responsabilidad individual (Tú ordenas y yo obedezco, o no.)

Ya habéis oído muchas veces que los maltratadores suelen haber sido víctimas del maltrato o que pasados traumáticos explican (no digo justifican, ni lo dejo de decir) y quizá fueran atenúen la responsabiidad de ciertos comportamientos. Pero, ¿hasta cuándo podemos esgrimir esta justificación? Cualquier norma justa tiene un ámbito de aplicación y unos límites temporales.

Supongo que cada caso es un mundo, por más que la legislación tenga que fijar ciertos límites que siempre adolecerán de arbitrariedad, para eso están los jueces, para matizar su aplicación.

Y tampoco hay que dejar de decir que, a quien vivencias pasadas le resulten traumáticas y no le dejen vivir una vida amable para sí mismo y para otros, hará bien en reclamar su derecho a la atención sanitaria en salud mental. Lo que no puede reclamar es el derecho a tener «víctimas».

Pero a los educadores y a la sociedad (que también educa, voluntaria o involuntariamente) también les queda un trabajo, ir haciendo que sus niños y adolescentes vayan asumiendo su responsabilidad.

No sé si habéis visto estas tablas de tareas asumibles por los chavales (por edad), me gustan mucho. No entraré a discutir el detalle, ni a defender el método en el que se basa, sólo quiero decir que existen tareas factibles y que es bueno que las hagan y se responsabilicen de su resultado. De hecho, más allá de quien avale unas tablas u otras, cada chaval progresará a un ritmo diferente y habrá que hacer SU tabla particular, según su nivel de desarrollo y competencia.

Dada la situación educativa actual, va a tocar que los niños y jóvenes tomen un papel más activo en responsabilizarse de su proceso educativo, ya que ni las administraciones, ni los funcionarios educativos ni los propios usuarios se han plantado, de momento, para exigir una presencialidad segura. Y tendré que adaptar mi enseñanza en ese sentido.

Mi intención es que cada alumno lleve un diario/cuaderno en el que vaya reflejando su aprendizaje, elemento que podrán usar en algunas pruebas presenciales, así conseguiré que los más refractarios a esta medida tengan ese aliciente para hacerlo. A su vez, además de la instrucción que impartiré, dejaré establecido el «camino» con las referencias necesarias para que cualquiera pueda sumarse y recorrerlo desde el punto en el que se haya parado. Pero de nuevo la responsabilidad de recorrerlo es suya. La mía es establecer un camino, no «empujarle» desde atrás, o «perdonarle» lo no hecho.

Así que este año estaré más aún preocupado por que aprendan contenidos, aunque esto no sea una corriente que parezca muy popular. Mis alumnos tienen el derecho a que se les enseñe ese saber sofisticado que no es tan sencillo adquirir por cuenta propia. Saber del que yo soy especialista y derecho del que yo soy garante.

El respeto al que aprende, tanto intelectual como a su libertad de elección, no se muestra eliminando las dificultades del camino, sino tendiendo el camino para que pueda superarlas.

Y esto, lo cantó muy bien Mahalia Jackson.

Lord don’t you move the mountain
Just give me strength to climb
Lord don’t move my stumbling block
But lead me around

Aquí la letra completa

Añadido

Permitidme un pequeño añadido para los más curiosos sobre este tema tan bonito que es el libre albedrío (como decía Cassen).

Quizá el la responsabilidad del mal no sea de nadie, si nuestras decisiones no las tomamos nosotros. Si nuestra conciencia es «informada» de la decisión en lugar de ser la fuente en la que se origina, como apuntaba cierto estudio que merece una investigación más profunda que lo corrobore o desmienta, si es que nos atrevemos a ello. En él, la preparación del estímulo muscular era anterior al momento en el que el sujeto tomaba la decisión de moverlo. Échense a temblar. ¿Cómo articulamos un sistema legal con esto en la mente? ¿Cómo articulamos una vida? Permanezcan atentos a sus pantallas… o no. Es aterrador.


Lo Mejor Que Te Puede Pasar 08/02/2017

8 febrero 2017

Hoy hablamos del espeluznante experimento de Milgram… sobre todo por las conclusiones.

lo-mejor-que-te-puede-pasar

Aquí podéis ampliar información en este post de Francis

Os dejo también con dos post muy relacionados

Tú ordenas y yo obedezco… o no

Lo que mas atormenta a un hombre es lo que no le ordenan hacer


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