Un muerto más

8 enero 2021

No existen las “burbujas” de información, al menos si las entendemos realmente estancas. ¿Quién no sabe que en este mismo momento hay gente viviendo verdaderos infiernos? Y no hace falta irse a lugares “atrasados”, habrás visto gente durmiendo en cajeros y oído gritos de alguna casa cercana.

No voy a decir que somos unos desalmados por no estar doliéndonos constantemente de esta situación, sería imposible vivir con ello. Es una realidad abrumadora y persistente sobre la que no tenemos más control que el de los pocos casos que te tocan directamente y cierta acción política, dependiente de tu capacidad de influencia, que es bastante limitada.

Pero ocurre que un día nos asombra la indolencia general ante un caso en el que nos veamos involucrados o con el que nos sintamos particularmente empáticos por alguna razón.

Curiosamente, ese día conoces la estadísticas de aquel problema del que resulta que no eres ni el primer ni el único caso: un daño por error médico, una enfermedad rara, un abuso laboral o administrativo…

En ocasiones este golpe te genera una cierta preocupación “general” por el asunto. Entrecomillo el “general” porque vuelve a ser una preocupación por “tu tribu”, sólo que has ampliado tus fronteras. Entiendo que esa es la razón detrás de las fundaciones que montan personas ricas para luchar contra enfermedades sufridas por ellos o su familia.

Lo que a veces olvidamos es que eres “un muerto más”, concienciado por la vía de los hechos, ahora sensible y absorto ante la insensibilidad general, que antes compartías, muy similar a la que sigues teniendo respecto a otras causas.

Insisto que esta insensibilidad puede ser un mero mecanismo de supervivencia emocional, que nos permite convivir con el horror, pero quizá tengamos que pensar que también lo es en otros, y que no lo tildemos de inmoral, si evitamos hacerlo en el nuestro, aunque sigamos luchando contra la situación de un mundo que, efectivamente, debería avergonzarnos de manera constante.

Escribo esto pensando en la situación horrible que se está viviendo en la Cañada Real, sin electricidad desde hace meses, en plena ola de frío, con la inacción de la administración. Miles de personas, más de mil niños, algunos ya ingresados en el hospital por diversas razones relacionadas con esta situación. ¿Estamos esperando al primer muerto para actuar (quizá ya hay alguno con causas relacionadas)? ¿Estamos esperando al primer NIÑO muerto para actuar? Es aterrador y vergonzoso, mancha de sangre las manos de los que tienen poder de decisión, pero será un muerto más que quedará oculto en el montón de desheredados que en el mundo son.


Quién eres y quién podrías ser

23 noviembre 2020

Me ha llegado por enésima vez el “chiste”, “zasca” o como lo queráis llamar:

– ¡Pateras del carajo, nos quitan el trabajo!

– Pues si alguien sin papeles, formación, contactos y sin hablar el idioma te quita el trabajo, igual eres tú el que no vale un carajo.

Entiendo a lo que se refiere y lo que critica. Ya sabéis, ese inmigrante de Schrödinger, que por un lado no trabaja y vive de paguitas y ayudas, pero que por otro te quita el puesto de trabajo, pero creo que incurre en un error que me gustaría comentar.

La mayoría de nosotros encontramos que tenemos cierto mérito en lo que sabemos hacer o en nuestras capacidades físicas porque, aunque haya una parte innata en algunos talentos, seguro que le hemos dedicado horas y esfuerzos a perfeccionarlos.

En la economía de mercado, la provisión de los derechos básicos nos la “ganamos” a través de la remuneración del trabajo.

Seguro que muchos de vosotros no pensáis en tener que solicitar una cobertura asistencial más que como un hecho temporal, una eventualidad, algo pasajero; aunque no dudo de que otros habéis probado la amargura de la exclusión y marginalidad (parados de larga duración o discapacitados, por ejemplo). Este post va dirigido principalmente a los primeros, a los que se creen seguros y acreedores de derechos, por méritos. Quería proponeros un experimento mental.

Imaginad que de repente toda la población dobla su capacidad intelectual y física. ¿En qué posición social nos deja eso?

Yo soy profesor y divulgador, pero si todo el mundo entiende que aquello que soy capaz de entender y explicar es trivial… mi trabajo se hace innecesario.

¿Qué sería de Rafa Nadal, si ahora cualquier chaval de quince años juega como él?

Y si todos sabemos electricidad, hacernos cualquier peinado, hay máquinas que cargan los pesos, coches que se conducen solos, ¿qué puedo hacer para “ganarme” la vida? ¿Hay algo que pueda hacer por lo que alguien quiera pagar?

Fijaos que en esta situación hipotética yo NO he cambiado. No concurre mérito o demérito alguno por mi parte. Simplemente, todo el mundo corre más rápido que yo y, ahora, con mi misma marca personal, soy el último de la carrera.

Mi esfuerzo es el mismo de siempre y cuando voy a buscar trabajo les aseguro que intentaré aprender lo que sea necesario y me esforzaré al máximo de mi potencial… el único problema es que ambas cosas son poco valoradas económicamente en esa realidad que imaginamos.

Volvamos a nuestro mundo, ¡qué alivio! Aquí (aún) sigo pudiendo cargar (algo de) peso como para trabajar de mozo de almacén, sé más física y matemáticas que muchos, con lo que mis enseñanzas o mi capacidad de hacer trabajos sofisticados son mayores que las de otros, vaya, tengo una (cierta) empleabilidad que me tranquiliza, porque mis necesidades siguen siendo las mismas: vivienda, salud, educación, justicia…

Y así estamos todos, ¿no? No, claro.

Imagina una discapacidad mental, la incapacidad de entender aquello que a todo el mundo le parece evidente o de pasar de cierto nivel de instrucción. Imagina una discapacidad física, una enfermedad incapacitante, una edad avanzada… o simplemente, ser poco agraciado físicamente (post sobre ser feo).

Estas personas están en esa realidad hostil, en este mismo momento, a tu alrededor, no hay que viajar muy lejos.

Podría ser cierto que yo no valiera un “carajo” para ningún empleador, pero quiero colaborar con lo que pueda en mi sociedad, comer y dormir bajo techo. ¿No es un deseo justo?

¿Qué puede hacer un humano, qué debe hacer un humano, para ser acreedor a la provisión de sus derechos más básicos?

¿Seguro que las cacareadas “leyes del mercado” darán la provisión básica a TODOS?

¿Crees que nunca serás ELLOS? ¿Estás protegido ante cualquier eventualidad sanitaria, económica o familiar? ¿Cuánto puedes vivir si se paran tus ingresos en este momento? ¿Y las personas que dependen de ti? ¿Y si a eso le añadimos recortes de servicios públicos que ahora se pagan con impuestos?

Los derechos no se “ganan”, ni se “merecen”, ni se “piden”… los Derechos humanos, no. A esos eres acreedor por tu condición de persona, esos debemos exigirlos. Para nosotros… y para todos.

EXTRA: No contaré detalles para no hacer spoiler, pero os recomiendo un capítulo de Futurama en el que salía Leonardo Da Vinci.


¿Cómo vamos a avanzar, tan confundidos?

15 noviembre 2020
Caspar David Friedrich – Wanderer above the sea of fog

Fuente

Una de las cosas que más me preocupan (en realidad me aterra) es ver a la buena gente tan confundida, en los objetivos y en las formas, y a los malvados tan seguros de que sus métodos funcionan… y con tanta razón.

Cuando los que se nutren de la desigualdad y la defienden dicen cosas como “nosotros queremos que todo el mundo llegue a nuestro estatus”, MIENTEN, y lo saben. Es evidente que su forma de “riqueza” implica necesariamente la pobreza de otros. Si no estás dispuesto a pagar un sueldazo al mes por limpiar alcantarillas, el que lo haga, será porque no pueda elegir otra cosa… que no sea peor. Hay formas de riqueza común, que no involucran necesariamente la precariedad, la pobreza o la marginalidad de otros, pero no son las que ellos defienden.

Luchar contra estas ideas, defendidas por los que se benefician de ellas (a costa de mucha sangre) me parece “normal”, a lo que no me acostumbro es tener que discutir esto con quien vive en la precariedad y en la marginalidad, precisamente, creadas por esas ideas. Así que dejadme que exponga por aquí un par de lugares comunes que parece que nos hemos creído y que nos paralizan.

Empecemos por ese “hay sitio para todos”.

No, no lo hay… si tú sigues quedándote con tres sillas para ti, no puede haberlo. Los recursos son limitados, igual que la capacidad de producción, así que, en la inmensa mayoría de los casos, lo que hay es un REPARTO y, como la cantidad disponible no suele ser enorme, si alguien acapara, necesariamente, en otro lugar va a haber escasez.

Pensemos de nuevo en esas personas “hechas a sí mismas” cuya fortuna, en muchas ocasiones, tiene que ver con dinero que obtienen de las administraciones públicas. ¿No es limitado el presupuesto del estado? ¿Están perfectamente provistas todas las administraciones? ¿Esos millones que se van a aquella empresa no son los que faltan en sanidad, educación o justicia, porque NO HAY MÁS? Los recursos del estado no son un mágico cuerno de la abundancia. Eso es extraer lo que ganamos y pusimos entre todos para la provisión de Lo Común. La (poca) renta de nuestro trabajo que nos dejaron, ahora la retiran también por ese camino.

A esto se une una normalización de la desigualdad de las castas o clases sociales o como lo quieras llamar. El tomar como normal que el complemento para vivienda de un diputado sea 1800€ (si no tiene casa en Madrid) mientras que el sueldo mínimo del que tiene que salir la vivienda y lo demás ronde los 1000€ para los demás. Las necesidades y gastos de unos y otros son de naturaleza diferente. Hace pensar en otras épocas y otros sistemas sociales que creíamos superados.

Cuando la sociedad reclama que se gaste el dinero que le PERTENECE, el dinero del Estado, para proveer Lo Común, los servicios públicos, este tipo de individuos suele decir “que muy bien”, pero que no se toque lo suyo. ¿Cómo puedo no tocar lo tuyo? ¿Cómo que “lo tuyo”? Perdón, hablamos de lo “nuestro”, de lo que te estabas apropiando injustamente, tergiversando las leyes o incumpliéndolas en no pocas ocasiones.

¿Cómo puedo conseguir un Consejo de Administración paritario, sin que esos hombres, que estaban allí por delante de mujeres de mayor mérito, dejen de estar? ¿Doblamos las plazas?

No se le está retirando un derecho a nadie, se está reclamando lo que tenían… sin tener ese derecho, lo que estaba siendo usurpado.

Así que, debemos dejar de pensar que en estos actos de justicia social no va a haber “damnificados” porque no puede ser de otra forma. De la misma forma que si recuperas una bici robada, puede que el ladrón pretenda que ha perdido algo.

Se suele decir que con estas medidas de justicia social ganamos todos, y no es cierto. Todos no. Hay quien dejará de tener lo que tenía sin que le correspondiera. Y protestarán.

¿A qué jugamos si en lugar de hacer lo justo cuando tenemos la capacidad de hacerlo nos ponemos a pensar en qué manera podemos molestar lo menos posible a empresas o particulares que estaban vaciando lo público, que estaban haciendo que el médico no pudiera atender a mi madre enferma o que alguien acabe en la calle porque no tiene trabajo?

Cuando se hace un acto de justicia social, hay personas que recibirán un daño: aquellas que eligen ponerse al otro lado, y no debemos dejar de hacer lo correcto por molestar a quien elige tu daño por encima de engrosar su privilegio.

Y esto me lleva a un segundo punto.

Vamos a llegar a un acuerdo, todos tenemos que ceder…

¿De veras? ¿Un acuerdo? ¿Con cualquiera?

Yo, oveja, ¿voy a llegar a acuerdos con el lobo que me mira y se relame? ¿A qué acuerdos? ¿Horario de la cena? ¿Por qué pata empieza?

No hay acuerdo posible con quien tiene fines contrarios a los tuyos, con quien discute tus derechos más fundamentales. Si soy homosexual y quiero poder casarme en igualdad de condiciones no puedo pactarlo con quien piensa que tengo una enfermedad y quiere “curarme”. Tengo que EXIGIR mis derechos e IMPONER que se respeten. No mi opinión, mis derechos.

Otra cosa es llegar a acuerdos con quien comparte el fin último o con quien tiene algunos objetivos en común, claro, llegar a acuerdos en eso es la base de la sociedad. Esperar a que los racistas crean que todos debemos tener los mismos derechos para legislar la igualdad, no… y menos si estoy en una sociedad que me “racializa” para discriminarme.

Y esto me lleva al tercer punto.

Es necesaria la fuerza. No la violencia, ojalá que no. Pero la fuerza, sí.

Este hecho os puede entristecer (como me pasa a mí) pero, ¿cuál es la situación que hemos descrito?

  • Los recursos están distribuidos de forma tan desigual que hay una parte significativa de la sociedad que está viéndose desprovista de los derechos fundamentales.
  • Aquellos que están a cargo de ese reparto desigual, y beneficiándose de él, saben que perderán lo que usurparon si se llevan a cabo medidas de justicia social.
  • No tienen una cuota de poder precisamente pequeña.

¿Y aún creemos que no va a ser necesaria la fuerza para proveer el derecho de todos? ¿Quién ha cedido sus privilegios motu proprio en el pasado? ¿Es algo habitual? ¿Tenemos tiempo para esperar? ¿Todos?

No hablo de romper escaparates o incendiar contenedores, hablo de fuerza, de fuerza política.

Al final todo pasará por allí, necesitamos un sistema de provisión y de defensa de los derechos fundamentales, si entramos en la espiral de que quien grite más o queme más contenedores, tendrá razón, será un camino muy espinoso y nos llevará a sitios muy oscuros.

Yo quiero representantes que… nos representen. A nuestros intereses como ciudadanos: los servicios públicos, los derechos fundamentales. Que legislen para proteger y proveer y que lo hagan de forma valiente y expeditiva. Con tantos apoyos como se pueda, pero sin vacilar. Los más desfavorecidos no tienen ni siquiera el “derecho a la paciencia” que tengo yo, porque les desahucian mañana, porque llevan en el paro varios años o porque se mueren sin atención médica.

Y tienen que hacerlo ejerciendo la fuerza que les da la representación de la sociedad frente a muchos agentes que ya hemos dicho que tienen intereses contrarios: individuos, empresas u organizaciones. Que quieren otras cosas, tan diferentes que en muchos casos son literalmente CONTRARIAS, y que se opondrán, y se oponen ya, a esas acciones.

Así que, en mi opinión, hasta que no entendamos esto, hasta que no nos demos cuenta de que esto es una lucha en la que hay poderosos agentes que se juegan mucho, que no lo quieren perder y que tienen el ánimo y los medios para oponerse con mucha fuerza, seguiremos viendo cómo nos roban la tostada en nuestras narices, cómo los derechos parecen algo utópico y algunos seguirán diciendo que hay que tomárselo todo con una sonrisa, porque nosotros somos muy pacíficos y no somos como ellos… No, desde luego que no lo somos, ellos saben lo que quieren y actúan en consecuencia.

Dos no pelean si uno no quiere…

Claro que no, porque si uno quiere mucho, no será una pelea, será una PALIZA.

Y esto es lo que estamos viviendo.

Con cariño, para L.


¿Cómo mides cuando no te importa?

26 octubre 2020
Identificación antropométrica (Dibujo antiguo)

Fuente

Aunque yo soy Físico Fundamental (digamos tirando a teórico), mi carrera profesional como profesor ha sido enseñar Tecnología/Informática en Secundaria, así que he aprendido a amar a los ingenieros 😉

Serán imprecisos, usarán tablas y modelos que no saben ni de donde salen, de acuerdo, pero se suben encima y se ponen debajo de lo que construyen. Y eso es tener compromiso con lo que se hace. Respect.

Un día dije esto en Twitter y alguien me contestó: “Coeficiente de seguridad”.

Ya, ya. I know. Calculan el grosor de una columna… y lo multiplican por dos, por ejemplo, pero fijaos que CONTROLAN su grado de aproximación, y esto es fundamental. Os lo contaba en Aproxímate.

La medida es una parte fundamental de la Ciencia, o de cualquier otra actividad que descanse en lo empírico como criterio de certeza.

Medir la realidad es la manera en la que tomamos los datos con los que modelamos el mundo y volver a medir es la manera para cotejar los resultados de nuestros modelos. Así comprobamos si son adecuados o no.

Pero, ¿qué pasa cuando quien mide no tiene que pasar por ese “examen final”? ¿Qué pasa cuando el valor medido no tiene que “demostrar” que es una buena medida? ¿Qué pasa cuando te da igual el resultado de tu medida?

Pues pasa lo que vemos en las noticias a diario: Muchos números pero muy poca vergüenza.

Imagina que soy un productor de alimentos enlatados. Para la pregunta “¿Cuándo caduca esta lata?” quiero una respuesta REALISTA. Quiero saber la verdad, porque me IMPORTA, porque va a afectar seriamente a la fuente de dinero con la que pago mis facturas. Más allá de las decisiones que tome con este valor, quiero saber cuál es. Por ejemplo, podría poner una fecha muy adelantada para asegurarme de que nunca jamás se le estropeara a nadie una lata, o podría querer apretarme mucho a esa cifra para liquidar un stock (avisando al comprador). Sea como fuere, NECESITO SABER ese valor para poder “trabajar” con él. Me la juego.

Pero, ¿qué pasa cuando no me la juego? ¿Qué pasa cuando las decisiones que se toman con tus medidas se aplican a otras personas? ¿Evalúas igual una inversión en la que pones tu dinero que otra en la que involucras a un cliente, o a un peatón sin relación contigo? ¿Qué pasa cuando se toma una “medida” sobre el nivel educativo de los estudiantes, el IPC, la tasa de pobreza, el impacto sobre la esperanza de vida de una buena sanidad pública?

Empezaré diciendo que esas medidas “sociales” o “humanas” son de gran dificultad, pero se incrementa hasta el extremo cuando no te importa, y añadiré que hay mucha gente muy preocupada por hacerlo de la mejor manera posible, pero en las cúpulas donde se manda están… quienes están, y no suelen ser aquellos con las mejores competencias técnicas.

Quitamos unos profesores de apoyo en las escuelas, aumentamos el nivel permitido de un contaminante… ¿a quién le interesa medir el impacto real sobre la vida de la gente?

¿Quién se ocupa de cuidar de que el IPC o la tasa de pobreza reflejen eso que predica sus nombres? ¿Qué actos políticos se verían forzados a tomar a partir de un valor realista?

Como ya no somos tan jóvenes hemos visto subir los precios con la llegada del euro y que ese año BAJARA el IPC. O que una descomunal burbuja inmobiliaria tampoco hiciera que se dispararan los “precios”, aunque el gasto en vivienda se coma un porcentaje muy amplio de los ingresos de las familias. Raro, ¿verdad?

Claro, es que el IPC, es un valor que sirve de “semilla” para calcular otras cosas. “Es que si sube mucho, tengo que subir las pensiones.” Ya, ya. Pero los pensionistas están pagando los precios REALES, por más que tú digas que no han subido y que ellos vean mermado su poder adquisitivo.

Pero vaya, te digo el IPC como te podría hablar del aislamiento térmico de un edificio, del aprobado en una asignatura, de la tasa de pobreza… de cualquier indicador que me obligue a tomar decisiones que no quiero.

Si estos valores no van a sufrir el contraste directo con la realidad y no inciden sobre quien me importe, puedo medir “mal” para que salga el valor que me permita decidir en la dirección que había elegido previamente. Han dejado de ser una medida para ser una herramienta de control, una mentira más.

Esto incrementa la desafección de la sociedad por la Estadística y las Ciencias Sociales, porque les han hecho creer que esos valores falsos, en evidente contraste con “lo real” a ojos del peatón, son la conclusión que arrojan esas disciplinas. “No hay peor mentira que la Estadística”, JA.

Claro que puede uno medir seriamente, tratar los datos con respeto y extraer lo mejor de ellos, pero para eso hace falta dominio técnico y honestidad, y no andamos muy sobrados de ninguna de las dos en las altas esferas.

Decía un conocido economista, el mejor consejo sobre inversión es que tu gestor invierta SU dinero donde te aconseje invertir el tuyo. Quizá esa sea la manera, vincular el destino de los que deciden con el nuestro, sus intereses con los nuestros. No podemos dejar que la gestión de Lo Común siga siendo llevada a cabo por los que sólo buscan destruirlo, hacerlo trocitos y repartirlo entre sus amigos. Dañar el Bien común, no puede salir tan barato, y menos aún reportar beneficios.

Al igual que no culpamos a la lengua o al idioma de las mentiras que tejen con ellos, no culpemos a la Estadística o a las Ciencias Sociales de las mentiras que envuelven con ellas.


Mini Video Tutoriales para Google Docs

20 septiembre 2020

Buenas, aquí tenéis CUARENTA Y NUEVE mini video tutoriales de funciones del editor de textos de Google.

Los he preparado para que sean extremadamente cortos y expliquen cada uno una función suelta del editor de texto para que puedan servir como referencia, sobre todo pensando en estudiantes y principiantes que necesiten hacer esa consulta concreta.

Como profesores os pueden servir para dar referencias para tareas concretas o para estructurar un tema sobre procesadores de texto.

Aquí tenéis unos videotutoriales similares para GoogleSheets

La razón para usar este procesador de texto es la facilidad de acceso online desde cualquier equipo y su popularidad. No soy especial fan de Google y menos aún “certified” ni esas cosas. De hecho, si podéis controlar la configuración de los equipos en los que enseñéis, quizá sería más interesante usar LibreOffice, tanto por potencia, como por filosofía.

En todo caso, estos vídeos os pueden servir para saber qué cosas existen y son posibles, y cómo se hace en una particular versión de un particular procesador, que cambiará con el tiempo, pero al menos ya sabréis que está, por dónde buscarla y cómo aplicarla en un nivel básico.

Se agradece difusión, sobre todo para que alguien se pueda ahorrar el trabajo que ya he hecho yo, y si queréis/podéis aportar, pues también se agradece, que lo que con amor se ofrece, también con amor puede agradecerse… y un cafelillo es una estupenda muestra de reconocimiento 😉 Aquí tenéis mi ko-fi


Manual de prácticas de Hojas de Cálculo y datos estadísticos

23 enero 2020

Aquí os dejo un manual de prácticas de hojas de cálculo (usaremos Google Sheets por la facilidad de trabajar online) pero aplicado a la obtención y tratamiento de “microdatos” tomados de fuentes públicas, de forma que quien lo use se sienta con el “poder” de comprobar por sí mismo esas afirmaciones en los medios, por ejemplo.

Gracias en gran parte a las aportaciones de Guillermo Peris y a la ayuda técnica de Gaby Jorquera.


El que mide, sabe. El que no, sólo opina.

19 enero 2020

Este era el leitmotiv de la gira de mi libro Aproxímate y una de las cosas que como profesor del área de ciencias más me gustaría que aprendiesen mis alumnos.

Ando pensando en qué podía hacer en el mundo de las hojas de cálculo y resulta que Guillermo Peris y yo andábamos pensando en cosas muy parecidas.

Pues gracias a la pericia de Gaby Jorquera aquí os dejo cómo sacar datos del Instituto Nacional de Estadística, para poder hacer luego nuestras cuentas y sacar nuestras propias conclusiones, o comprobar si esos números que vemos por ahí son verdad.

Hay mucho que podéis mirar o usar con vuestros alumnos. Incluso podéis ver directamente gráficas. Mirad, esta es la de la tan “discutida” brecha salarial por sexo (haz click para ver bien).

Por supuesto el INE no es el único sitio donde podéis consultar y visualizar datos, tenéis:

Gapminder el legado del enorme Hans Rosling (os dejo enlazada una de sus más famosas conferencias)

Google Public Data que agrega datos de varias fuentes

CIVIO donde tenemos a nuestro admirado Javier de la Cueva

EuropaPress con unas gráficas online muy vistosas.


Trabajar en lo tuyo

7 enero 2020

¿De quién son mis talentos?

¿Quién se beneficia de ellos? ¿Yo? ¿Otros?

¿Cómo se reparte el valor que añado?

Últimamente, personas de la generación que me precedió, de bajo nivel socioeconómico y en épocas complicadas de guerras y posguerras, me han contado historias sobre la vida hace cincuenta o sesenta años. Suenan como algo de película para nosotros, sus hijos, ya en otras circunstancias geopolíticas y socioeconómicas (en gran parte por el esfuerzo que hicieron ellos por nosotros).

Me ha llamado mucho la atención la concepción del trabajo: muy dependiente de las circunstancias (se trabajaba de lo que “había”, un familiar te decía que había plaza en su fábrica e ibas para allá), desde muy niños y muy trabajosamente. Como veis bastante alejado de la concepción de trabajo que tenemos sus “acomodados” descendientes que tuvimos acceso a formación, que queremos trabajar en lo “nuestro” y que definimos buena parte de lo que somos por el trabajo que desempeñamos.

Muy lejos de mi intención caer en “antes estaban mejor”, pero creo que hemos distorsionado el papel del trabajo en nuestras vidas, para perjuicio nuestro… y beneficio de otros.

¿Quién no quiere trabajar en lo suyo? ¿No es una ventaja poder desempeñar una labor que te agrada? Por supuesto que es una ventaja. Mi pregunta es: ¿Para quién debe serlo?

En tiempos confusos hay que repasar conceptos básicos. Recordemos que en el trabajo por cuenta ajena, cedo parte de mi tiempo, capacidades, conocimientos a otro que obtendrá un rédito económico por ellos, del cual yo recibiré una parte. Y ese es mi pago, esa parte del rédito económico, motivada porque quien me contrató consigue también un rédito económico.

Esto que parece evidente cuando encaramos un trabajo “alimenticio”, algo que hacemos porque tenemos que trabajar, pero que no nos agrada particularmente, se desdibuja bastante cuando hablamos de trabajos “vocacionales” o de trabajar en lo de uno. En estos casos parece que poder desempeñar esa labor ya es un privilegio y, por lo tanto, un pago, parte de tu “salario”. En algunos casos se extrema tanto, que poder hacer lo que te gusta se convierte en el único pago: escritos que te dejan “firmar”, apariciones en medios que te dan “visibilidad”, charlas o conferencias gratis, obras artísticas gratis, actuaciones musicales por las cervezas, etc.

Así que resulta que tengo cierto talento y gusto por una actividad, pero, en lugar de ser una ventaja para mí, se convierte en un inconveniente. No soy yo el que saca beneficio de escribir un artículo con gusto, es el propietario de la revista quien deja de pagarme gracias a mi “gusto”. Pues vaya negocio que he hecho.

Me recuerda también el caso de las personas con ciertas características físicas o mentales que se convierten en una carga o una obligación en lugar de ser una baza que pudieran jugar en su beneficio. Personas altas que deben jugar al baloncesto, personas de altas capacidades que deben estudiar varias carreras o hablar tres mil idiomas. Por supuesto, el problema está en el deben.

Mis talentos, mis habilidades, mis características sobresalientes… comparten algo, y es que son MÍAS. Así que seré yo quien deba beneficiarse de ellas o disponer su uso para bien de otros a mi personal criterio. Serán MI baza, ni una carga, ni algo que usa mi empleador u otros a su antojo para su beneficio y, en ocasiones, para mi perjuicio.

Para los que nos precedieron era la presión vital de la subsistencia la que obligaba a que el trabajo mediatizase la vida: horas sin cuento, cambios de ciudad, vivir lejos de los suyos, viajes interminables… lo que fuera por tener un trabajo, lo único que daba acceso a comer y vivir bajo techo a la gente de clase trabajadora. Hoy, aquellos a los que nos repartieron más cartas y mejores, andamos también mediatizados por el trabajo. Es cierto que seguimos siendo clase trabajadora, tenemos que trabajar para vivir, pero no parece que le estemos sacando ventaja a las más y mejores posibilidades objetivas que tenemos respecto a ellos. Seguro que muchos os reconocéis en “horas sin cuento, cambios de ciudad, vivir lejos de los suyos, viajes interminables…” pero no desde la cabina de un camión cargando y descargando lo que fuera, sino con vuestro título universitario y vuestros trabajos de “corbata”. ¿Qué ha pasado?

¿Más carga de trabajo es tu premio por trabajar rápido y bien? ¿Menos sueldo es tu premio por disfrutar de tu actividad? ¿Trabajar gratis “como hobby” es tu premio por tu vocación?

En mi opinión, otros han capitalizado lo que somos y sabemos. En algunos casos hay un miedo más o menos fundado al desempleo y eso puede justificar todo lo que tragamos, pero a los que somos funcionarios sólo nos queda el sesgo, y no penséis que se diferencia mucho del de otro trabajador. Creo que incurrimos en confundir lo que somos y en lo que trabajamos. Olvidamos que la vida tiene múltiples facetas, que no somos profesores o médicos, algo que sabía el operario, o que al menos no somos sólo, ni principalmente, profesores o médicos.

Hay mucha gente protestando porque “deciden” prolongar su actividad laboral como “hobby” y se les critica. Más allá de las múltiples derivadas problemáticas que tiene eso para su trabajo, la estimación de su carga laboral, la externalización de costes en formación o equipamiento, y las implicaciones para otros trabajadores que no pueden, o quieren, hacer eso… bueno, pues más allá, está la dimensión simplemente humana del asunto. ¿Cuántas horas tiene el día? ¿Cuántas le dedicas a esa actividad? ¿Cuántas quedan (el día es limitado) para otras? ¿No hay nada (o nadie) más importante o urgente y que está recibiendo menos atención de la que le corresponde… incluido tú?

Bueno, no sé si se me entiende… resumiendo.

No olvidemos que trabajamos para vivir y no a la inversa, que nuestros talentos y capacidades están, primero, a nuestro servicio y que somos mucho más que una profesión, por interesante que sea, somos personas con toda la grandeza que esconde esa palabra.


Lo Mejor Que Te Puede Pasar 03-05-2017

3 mayo 2017

Hoy hablamos de progresiones geométricas, vampiros, interés compuesto… y salen un par de Naukers


Respuesta a: ¿Son responsables los famosos de la publicidad que hacen?

5 junio 2015

Este post es la respuesta al que publicó el estupendo Scientia hace un ratín.

Nunca creímos que viviríamos para ver el día en que se equivocara, pero ese día ha llegado…

Va por ti, maestro, por el intercambio y el cariño.

En mi humilde opinión (y ahora saco las garras)…

En el post de Scientia se explica con detalle por qué no es ilegal que se publiciten complementos alimenticios por gente con bata (médicos o actores) y por famosos, pero la cuestión, para mí, es otra, más simple y más de fondo.

Se trata de PUBLICIDAD ENGAÑOSA, quizá sea difícil demostrar que se ajusta el tipo legal, quizá se da tan por supuesto que es mentira lo que dicen que nadie se atreve a ir a un juzgado a denunciarlo. Pero si yo me echo una crema antiarrugas y no se me quitan, es publicidad engañosa. ¿Qué juez lo admitiría a trámite?

Hay quien opina que es legal pero inmoral. Yo creo que también es ilegal.

Dice López Nicolás que los famosos no tienen por qué ser expertos en el tema.

De acuerdo, entonces, ¿por qué se meten? ¿Por qué lo recomiendan? Nadie les obliga a pronunciarse sobre lo que no saben. Pero lo hacen. Hacen afirmaciones cuya veracidad no les consta y cobran por ello. Alegar que la marca dice que sí funciona, sin preocuparte de cómo es el producto ni la legislación y, como mínimo, sospechando que es men-ti-ra, es escudarse en otro. Es coger el dinero y rechazar la responsabilidad.

Si compramos ese argumento, ¿dónde está la racionalidad de que lo anuncies tú? Si simplemente lo que haces es “repetir” la seguridad que te da el experto… ¿por qué quieren que lo repitas tú, famoso?

Algunos clientes adquieren ese producto PORQUE ellos lo publicitan. Creen en su criterio o simplemente sufren algún sesgo cognitivo como aceptar el argumento de autoridad o seguir al líder. Si juzgamos por el dineral que cobran esos famosos, no estamos hablando de cuatro nuevos clientes. Eso lo saben los famosos y por eso exigen un pago proporcional.

En muchas situaciones además dicen o simplemente hacer creer que el uso de ese producto es la causa de cualidades físicas suyas que no provienen de su uso, en ocasiones porque son puramente genéticas, en ocasiones porque jamás han usado el producto ni piensan hacerlo. Y eso tampoco es inconsciente, es parte de la estrategia psicológica de venta.

Resumiendo:

Decir que algo hace lo que no te consta que hace, conseguir que gente lo compre por un sesgo cognitivo y cobrar por ello, podría decirse que es inmoral. Pero en el momento en el que se demuestre que ese producto no hace lo que TÚ decías… a los juzgados por publicidad engañosa. Eres parte del sistema de venta y te lucraste con ello, también es tuya la responsabilidad de esos actos.


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