¿Para qué? ¿A costa de qué?

Ya hemos hablado de estas dos preguntas por aquí, fundamentales a mí entender en cualquier propuesta educativa.

Andamos con nuevas leyes y nuevos currículums en cada comunidad autónoma. Veo a muchos compañeros empeñados en explicarnos sus bondades cuando quizá un análisis crítico debería ser primero en la lógica y en el tiempo. Al fin y al cabo, nos jugamos la educación de miles de chavales.

Preguntémonos para qué queremos que aprendan cierta cosa.

¿Es importante por sí misma? ¿Es un vehículo para aprender algo más abstracto?

Por ejemplo, si hablamos de enseñar programación, podríamos escoger un lenguaje solamente como un vehículo para el «pensamiento computacional», o podríamos estar interesados en que tuvieran nociones de ese lenguaje en concreto por su implantación o cualquier característica particular.

En el caso de estar utilizando algo como un vehículo, toca hacerse la pregunta de si es el mejor vehículo y si es eficiente. A veces las herramientas complican más que aclaran, como ya sabéis.

A veces escuchamos decir que con tal o cual actividad se aprende «algo», que no es completamente inútil.

Si me permitís llevarlo al extremo, la simple actividad contemplativa, el hecho de estar vivo y despierto también enseña cosas. La cuestión es que si vamos a pasar una hora haciendo algo, el «jugo» que saquemos, la «densidad educativa» tiene que ser relevante y significativamente diferente de sentarse a escuchar crecer la hierba.

Si queremos enseñar a pensar ordenadamente, por seguir con ese ejemplo, podríamos no sólo usar un lenguaje de programación en concreto, podríamos usar sólo diagramas de flujo, podríamos enseñar a cocinar o a hacer malabares. Todas ellas actividades interesantes e incluso divertidas pero, ¿cuál es nuestro objetivo? No es «entretener», es educar. ¿Cuál de estas actividades resulta más efectiva para unas personas en concreto en una situación concreta? Las respuestas tampoco son uniformes.

Bueno, Javi, ¿qué problema hay en que se tiren dos horas haciendo esto si aprenden «un poco»? Es algo bueno.

Pues aquí entra la segunda parte del título. ¿A cambio de qué?

Las horas de clase y el tiempo es limitado. Si me tienes una hora haciendo alguna actividad estás dejando de hacer otras. No se trata de si sirve para algo, si no si es comparativamente mejor que otra actividad que pudiéramos llevar a cabo.

Por supuesto que algo se aprende después de estar toda la mañana en el Parque Warner, la pregunta que quizá deberíamos hacernos es, ¿es esto lo mejor que podemos hacer, educativamente, en SEIS horas?

Ser divertido o que al docente le guste hacerlo no son (o deberían no ser) motivos para elegir una actividad u otra. Nuestro objetivo es enseñar, no entretenerles ni lucirnos. El objetivo es buscar qué es lo mejor, educativamente hablando, que podemos hacer con estos chavales en este tiempo.

Y si me tomo un rato en decir esto, y la libertad de pedirte que lo leas, es porque no me parece que estas dos preguntas se hagan lo suficiente entre legisladores y docentes, con nefastas consecuencias.

2 Responses to ¿Para qué? ¿A costa de qué?

  1. juangarpea dice:

    Estas son las preguntas fundamentales en todo proceso de formación. Como experto en formación continua me resulta increíble cuando acudo a los centros educativos la poca reflexión, en este sentido, a la hora de seleccionar los cursos, temas y profundidad de los mismos. En la mayoría de los casos resultan poco prácticos y aprovechados en su práctica docente. Una pena y que dineral malgastado. Felicidades Javier.

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