Me han hecho una putada… lo que sucedió a continuación le sorprenderá

Como ya ha hecho usted click le anuncio que le contaré una serie de sucedidos y las reflexiones que me suscitan, por si no quisiera dedicarme más tiempo.

Allá voy.

Pues sí, me han hecho una putada. Algo sobre un objeto mío que me consumirá tiempo y dinero, ni pizca de gracia me ha hecho.

Uno de los primeros pensamientos que te asaltan es «¿por qué a mí?». Soy un tipo justo y benéfico como decía La Pepa que debíamos ser. Y este es uno de los primero errores a descartar. Los derechos son derechos, no se «ganan» o se «merecen». Mi integridad física o la de mis cosas no pasa porque a alguien le parezca mal lo que hago, piense que le debo algo o que el mundo se lo debe y se «cobre» con el primero que pase. Por lo tanto no soy de los que menos «se lo merecen», soy uno más de los que no se lo merecen, que somos todos.

Otro pensamiento es: ¿Qué hubiera pasado si pillo en el acto al interfecto? Esta educación que nos dio la sociedad y mis propios desequilibrios hacen que te surjan ciertas ganas de explicar la tercera ley de Newton con ejemplos prácticos e ilustrativos. Pero la capa de socialización que modera mi animalidad me recuerda que una cosa son las personas y otra los objetos, y que hay un estado de derecho al que poder acudir para no tener que resolver las cosas a hostias entre «bandas». Ya, ya, soy tan consciente como vosotros de las fallas de este estado de derecho. Así que, pensemos en cuál es la otra opción, la ley de la selva, y luchemos por mantener la estructura que queda y construir lo que falte.

Por supuesto, el ánimo ha estado bastante bajo, me sigo resistiendo a la idea del mal, incluso del poco mal que me llega dada mi posición socio-económica y mi red de apoyo personal. Pero de esto hablaremos al final.

Como os decía, el ánimo ha estado bajo, pero a partir de aquí han pasado muchas cosas buenas e interesantes.

Primero he recibido cariño y ayuda de quien más cerca está, quien a diario prueba algo que suele negarse: que se puede querer de manera profunda, apasionada y pacífica(!). Así que, tomen nota. Es posible. No se conformen con menos.

Después ha venido la acogida de compañeros de trabajo, que alguno bueno hay, teniendo lugar un pequeño acto de cariño cotidiano que a veces pasamos por alto y es de suma importancia. La simple comprensión, empatía ya supone un alivio que no debe desdeñarse. Esto se acentúa cuando alguien cae en el error de sugerir que quizá TE pusiste en «ocasión». Pero de esa falacia de «merecimiento» ya hemos hablado, así que pasamos página.

El estado de ánimo un poco plof me ha recordado que los estudios indican que bastan dos o tres golpes fuertes de la vida para que la salud mental peligre, muchas personas sin hogar pueden atestiguar esto. Lo mío ha sido algo muy leve, pero me ha hecho pensar en la fragilidad de nuestra estabilidad mental. Dado lo azaroso que es el vivir y la diversidad de cosas que nos podrían venir de camino, aprovechamos de nuevo para recordar la importancia de la atención sanitaria, la protección laboral, las redes de apoyo de clase o gremio que puede dar un sindicato, por ejemplo y, sobre todo, la red de apoyo personal (familiar y amistosa) sin la que podríamos caer un profundos abismos de los que no saldríamos con facilidad.

Más tarde me he puesto a intentar arreglar el asunto, y en ese momento ha aparecido un buen amigo de muchos años, que me ha hecho ver… lo que no estaba viendo: Que había un camino mucho más fácil y apropiado para resolver el problema. Así que, de nuevo he pensado en lo frágil que es también nuestra capacidad mental cuando nos encontramos en un estado «alterado»: tristes, enfadados, preocupados o estresados,, por ejemplo. Es como si tu CI bajase unas decenas de puntos. Es curioso, me tengo por una persona bastante resolutiva, pero en ese momento no era tan hábil o inteligente como en mi estado fundamental. Este hecho debería tenerse muy en cuenta en trámites administrativos, por ejemplo, de esos que hay que hacer cuando las cosas están jodidas: fallecimiento, pobreza, desahucios o similares.

Este amigo ha intentado (y podido) cambiar la hora de un asunto de trabajo para acercarse a echarme una mano… aunque no ha sido la «mano» lo que me ha echado al final sino la cabeza. Ha puesto la cordura y la claridad que me faltaba en mi estado «alterado» de conciencia.

De nuevo un bonito acto de amistad, que me recuerda que me quieren. Recuerdo también que los actos de ayuda involucran a alguien que la necesita y a alguien dispuesto a darla. Que en cada momento nos tocará un papel y que son todos dignos. Es una oportunidad para quererse. Con la misma buena voluntad que ayudamos, debemos aceptar la ayuda (¡y pedirla!), que a veces somos un poco tozudos.

Tomo nota y ejemplo de mi amigo para no dejar que la prisa me prive de ayudar a quien lo necesita, hay cosas que pueden esperar, y quizá deban hacerlo, frente a cosas más urgentes o importantes.

Después he recibido más apoyo y comprensión de otros amigos, familiares, profesionales que han hecho su trabajo acompañado de una sonrisa. Lo que me hace pensar en que se puede aliñar la obligación con buenos sentimientos sin que suponga un cargo extra. Así que, de nuevo he aprendido de ellos, y he marcado de buena actitud y buenas palabras mi interacción como cliente.

Aún quedan unos flecos, pero creo que podemos dar la historia por concluida, después de una reflexión final.

Primero. Ha sido una putada, no es una crisis, una oportunidad… es una putada. Punto. Otra cosa diferente es cómo vivimos las situaciones en las que nos vemos envueltos y qué aprendizajes podemos obtener o refrescar. Pero vamos, que no recomiendo desear estas situaciones de aprendizaje.

Y la siguiente es: ¿Qué hacemos con el mal?

De esto hemos hablado en el blog mas de una vez. Insisto de nuevo en que ha sido algo de una intensidad despreciable comparado con lo que viven a diario tantos: agresiones, violaciones, desahucios, abusos, pobreza, guerras… Lo mío es un leve roce del mal, pero nos ha servido para la reflexión.

¿Cómo luchamos contra él? ¿Qué armas tenemos? ¿La educación? ¿La ley? ¿Ambas? ¿Es erradicable o tendremos que convivir con él para siempre? ¿Es innato o fruto de la sociedad?

Lo que sí veo claro es que, en el tiempo que se me conceda, no creo que vea el final del mal, por lo que voy a tener que convivir con él. También es cierto que hay una parte de mi actividad profesional y humana que intenta incrementar el bien y reducir el sufrimiento de este mundo nuestro, pero mi parte es mínima y mi influencia en el mundo muy pequeña.

Pero mi parte es MÍA, lo único sobre lo que tengo capacidad. ¿Hago lo que puedo con «lo que puedo»?

¿Y qué pasa con mi serenidad? ¿Debo estar siempre indignado por el mal que existe? ¿Es posible la acción sin esa «indignación»? ¿Ayuda o entorpece? ¿Puedo irme a dormir tranquilo? ¿Puedo reírme con los que me quieren o tengo que estar siempre triste por el dolor de millones?

¿Es posible y deseable una acción serena en la esfera propia, personal y política?

¿Debe el mal, además de ganarnos la partida material, envenenar nuestro mundo mental y emocional, haciéndonos infelices más allá del daño concreto?

Bueno, ahí os dejo deberes.

Gracias a los que habéis hecho del día algo mucho mejor que como comenzó, los que abrigáis mi alma y me mostráis el camino… y un mojón bien gordo para los otros.

6 Responses to Me han hecho una putada… lo que sucedió a continuación le sorprenderá

  1. libreoyente dice:

    Excelente artículo en el que nos regalas, como dices, muchos deberes. Es necesario releerlo despacio varias veces e ir extrayendo todas las enseñanzas que en él aportas.
    Muchísimas gracias, y te aseguro que volveré a leerlo y contarte los que me aporta.
    Un fuerte abrazo.

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  2. Angeles Benito dice:

    Pues yo me he quedado con la curiosidad de conocer la putada….. 😉

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