¿Qué vas a hacer?

17 octubre 2018

Eso es la Vida, una interpelación constante.

Te coge de la pechera y te pregunta: ¿Qué vas a hacer?

Pues no lo sé, no tengo suficiente información para decidir, no quiero pensarlo ahora…

Y Ella repite: ¿Qué vas a hacer?

Incansablemente, de forma constante, más allá de nuestras excusas o peticiones de prórrogas.

¿Qué vas a hacer?

Y aquí estamos los que vivimos en el espacio-tiempo, los que jugamos al antes y al después, al tú y yo, al aquí y allí, interpelados con una petición constante de acción.

No nos hace mucha gracia, ya lo hablamos en Te jodes y decides, pero es lo que hay.

Y no sólo eso, nos vienen con prisas, porque la vida sigue con su pregunta constante: ¿Qué vas a hacer? Ese amigo “especial” que te ha propuesto algo, no puede esperar hasta que llegues a una conclusión con el nivel de certeza suficiente sobre si vuestro encuentro o proyecto en común será satisfactorio cuando medites sobre ello en tu lecho de muerte… De hecho está esperando en el teléfono a que le contestes que si quedas hoy o no. También hablábamos de esto en Te juzgo, sí, ¿qué pasa?

La evolución lidió con ello dotándonos de una red neuronal (nuestro sistema nervioso). Un sistema de procesamiento en paralelo que, por mucho que se repita, no se parece a lo lineal, secuencial, que son nuestros ordenadores, y que tiene la propiedad de ser bastante eficiente para clasificar, decidir, predecir, tratando con información limitada, incluso con información errónea.

Uno de los elementos que nos han ayudado es ese “vive para follar otro día” (definción panaderística de la selección natural) han sido los tan vapuleados sesgos cognitivos que con frecuencia son denostados como errores en los razonamientos o defectos mentales, pero que nos proporcionan atajos y decisiones rápidas que nos han sacado de no pocos apuros en nuestro camino evolutivo. Imagina, por ejemplo, este comportamiento medroso nuestro ante cualquier ruido, una estrategia que hace saltar muchas falsas alarmas, pero nos evita falsos negativos que podrían ser un depredador y terminar allí con nuestra línea genética. Y, ¿qué me dices del efecto “halo”? Aquí criticamos mucho que las personas más agraciadas físicamente sean percibidas también como mejores, pero puede ser que ese sesgo evitara a nuestros abuelos el contacto con enfermos contagiosos o que les llevara a emparejarse con individuos con una carga genética más resistente a dolencias que pudieran haber “afeado” sus rasgos.

Un poquito más erguidos del barro, figuradamente hablando, ahora buscamos mejores maneras de (intentar) llevar el timón e intervenir lo más posible en la dirección que toma nuestro barco en este mar tan agitado.

Con este propósito y, como me gusta contaros últimamente: “Quien no tiene talento, que se busque protocolos”. Me refiero a que, probablemente, la única cordura accesible es saberse loco y que, desde ahí, podemos tomar ciertas medidas de control, los citados protocolos.

Hoy quería hablaros de uno en particular que llamo “Suspensión del juicio”. Lo explicaré con un ejemplo.

Unos alumnos me preguntaron por mi opinión sobre la Ouija (una pretendida manera de invocar muertos o seres de otros mundos).

Mi respuesta es la siguiente:

Puede que sea falso y que esté perdiendo el tiempo.

Puede que sea cierto y esté invitando a meterse en mi casa a muertos, demonios y demás.

En ningún caso me interesa.

Conclusión: Puedo suspender el juicio sobre el asunto concreto y tener clara mi línea de actuación, porque os repito que la vida lo que me pide es actuación, en su continuo examen no me hace “preguntas de teoría”.

Os pondré algún ejemplo más que quizá os sirva.

Aquel que no desea mi compañía…

Puede que tenga razón y que mi compañía no sea valiosa.

Puede que se equivoque y desprecie algo de valor.

En ambos casos mi actuación es la misma: les alivio de la carga (o del regalo) de mi presencia porque, en ambos casos, quien no me quiere, no me merece (por su acierto o por su error).

Como veis, más allá de mis complejos, falta de autoestima y demás, el protocolo me permite funcionar como una persona más equilibrada de lo que en realidad soy. El tiempo que me lleve ir mejorando mi estado mental será más o menos largo, pero mi actos son más cuerdos desde hoy mismo.

Os dejaré con una última suspensión del juicio en un asunto bastante grave.

Ya oís a muchos vende-humos decir que escuches la voz de tu interior, que te dejes guiar por lo que sientes y demás palabrería. No sé cómo estaréis vosotros, pero en mi cabeza hay un follón de tres pares de pelotas y no me resulta fácil identificar la fuente de la mayoría de impulsos, deseos o apetencias.

Ese análisis de mi coco, ese decidir “quién es quién”, si es que es posible, llevará toda mi vida, pero os recuerdo que el universo me interpela aquí y ahora, ¿qué vas a hacer?

Bien, la fuente de todas esas voces es una red neuronal que lleva millones de años “entrenándose”, dando respuestas y recibiendo feedback (químico o por selección natural), reajustándose una y otra vez. Y te recuerdo que sigue haciéndolo aquí y ahora, tu forma de vivir modifica tu encéfalo y viceversa.

Mi pregunta es, ¿por qué debería darle más valor a las ideas que “propone” mi red, que a las sugerencias del autocorrector del teclado de mi teléfono? Intentaré explicarme.

El autocorrector también es un sistema adaptativo que se ajusta y va dando respuestas de acuerdo con el feedback que recibe. De hecho, te animo a que abras el teclado y aceptes todas las sugerencias que vayan saliendo una tras otra, verás surgir frases o fragmentos que bien podrías haber escrito tú.

Quiero decir que nos tomamos quizá muy en serio lo que “pensamos” y lo que “nos apetece”, cuando una explicación científicamente más ajustada sería decir que somos más un espectador que un sujeto de esas acciones.

Entonces, Panaderito nuestro, ¿cuál es el protocolo que nos propones?

Pues que no te tomes tan en serio. No “aceptes” las sugerencias tan a la ligera. Haz aquello que en tu mejor calma y análisis entiendes que te hace más libre y más feliz, incluso, acepta el consejo de otros más sabios y “descarta” las propuestas de tu “red” que no van en esa línea, porque, ¿quién es esa voz, querido lector? ¿La falta de azúcar que te hace estar irritable, algún desequilibrio hormonal que te tiene especialmente eufórico, la presión de tu programación genética o cultural?

Saber con certeza qué somos, más allá de eso que llamas “yo” y que tiene los pies de barro, nos llevará también toda una existencia (o más), pero no tenemos que esperar tanto para vivir una vida mejor.

Así que, querido lector, es tu turno: ¿qué vas a hacer?

Fuente de la foto: Caspar David Friedrich [Public domain], via Wikimedia Commons

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¿Por qué os gustan los malotes?

12 febrero 2015

Marlon Brando Streetcar 1948 d

Qué mejor día que el Día de Darwin para preguntaros, mujeres, ¿por qué os gustan los malotes?

Quizá os dijeron que la teoría de la evolución enseñaba que las características más “fuertes” eran las que perduraban, pues no.

Quizá os dijeron que eran las características que mejor se adaptaban al medio, las que perduraban o se veían favorecidas, y os dijeron que se llamaba selección natural, pues tampoco.

Son las características con las que más se folla. Disculpen.

¿De qué me vale que mis mutaciones sean chupiguays si no hay hembra que ME SE acerque? ¿Cómo se transmitirían esos genes? Por mucho tiempo que dure vivo en ese ambiente al que estoy tan bien adaptado, si no chingo, mis genes salen del pool genético de la especie.

Y aquí nos preguntamos, hembras humanas, ¿por qué los malotes? ¿POR QUÉ?

Os hacen sufrir y si aún no, sabéis que lo harán… pero despreciáis a los cariñosos, sencillos, amables… por Marlon Brando o Cincuenta hostias de Grey…

También tenéis razón en decir que entretanto nosotros perseguimos a hembras de tetas gordas (o a las misteriosas, que no sé qué es peor), pero tengo una disculpa: Dice mi psicólogo evolutivo que es porque pensamos que así amamantarán mejor a nuestra descendencia…

Si somos sinceros… creo que cuando corremos detrás de tetas gordas no estamos pensando en que amamanten a nuestra descendencia… ni creo que tampoco pensemos en tener descendencia… No parece ser la idea más excitante para lanzarse a la yunta, tal y como la estamos planteando, por puro deseo físico.

Y de vuestros malotes podría decirse que solían ser más fuertes, o más arrojados y garantizaban una mejor protección y una prole más fuerte… No sé, me cuesta pensar en que esas sean vuestras ideas cuando queréis desmontar a Brando de su moto y darle lo suyo.

Puede que nuestro deseo de machos sea tan inconsciente como vuestro deseo por el malote. Lo que queda claro es que nuestros tatarabuelos han tenido “malotitos” que han tenido más “malotitos”… y esa característica ha probado ser evolutivamente favorable. Vaya, que tardan más en darse una hostia con la moto, que en pillar cacho y además dar en la diana.

¿Qué misteriosa fuerza nos arrastra a buscar esas parejas disfuncionales que nos hacen sufrirrrr?

Como buen profesor… ¡Os lo dejo como ejercicio!

En todo caso, celebremos que tú y yo somos el resultado de una selección de millones de años… así que a ver si nuestro comportamiento está a la altura.


Los guays, ¿son evolutivamente favorables?

24 noviembre 2014

Los guays… qué chupis que son…

Pero, cojamos carrerilla, ¿qué es “evolutivamente favorable”?

Seguro que habéis oído hablar de Darwin y su Teoría de la evolución. En ella hay un concepto clave: selección natural.

 by Julia Margaret Cameron

Los individuos de cada generación presentan diferencias con la generación anterior, bien por mutaciones o por la recombinación genética de la reproducción sexual, por ejemplo. Esos individuos diferentes se adaptan mejor o peor a las condiciones del ambiente en el que viven, y eso les hace tener más o menos eficacia en “pasar” sus genes a la generación siguiente.

Así que unos genes que producen unas características se ven “favorecidos” y otros “castigados” por esa selección natural, que podríamos parafrasear como “Vive para follar otro día”.

Por ejemplo, ser precavido o incluso más, ser miedoso, podría haber sido evolutivamente favorable en un entorno donde ir a curiosear detrás de ese seto que se mueve, resulta frecuentemente fatal.

Nuestros ojos detectan con mayor facilidad la luz amarilla que es donde el sol tiene su máximo de emisión, y suena bien pensar que ese diseño de ojo que ve, donde más luz hay, es evolutivamente favorable.

En el asunto físico lo tenemos más o menos claro, pero en el asunto del coco a veces se nos va un poco la pinza, y nos volvemos locos pensando si ser cariñoso, o buena persona, o más malo que la quina… podría haber sido, o no, premiado por la selección natural. Os recuerdo, queridos míos, que en este asunto no se trata de vivir más, sino de pasar tus genes de manera más eficiente.

Y ahora, a por los guays.

Hay muchos tipos de guays (incluso he estado a punto de escribir un libro -que dios me perdone).

Hoy me refiero a esos que:

1. Siempre hacen lo mejor, o quizá las cosas son buenas porque las hacen ellos.

Lo que hacen siempre es guay. Puede que cambien de opinión, pero no hay problema. Ayer era guay lo que hacían, y lo que hacen ahora es guay hoy. Por supuesto no hay problema con que sean actividades contrarias.

2. No se arrepienten de nada… aprenden de sus experiencias.

No me molesta la gente que cambia, que aprende… hombre, soy profesor. Lo que me jode es la gente que no reconoce que se equivocó, que hizo daño a algunos o a muchos y a los que hay que comprender siempre porque tenían motivos y razones chupis (que no excusas) para hacer lo que hicieron.

Por supuesto, pedir perdón a los dañados, compensar los daños, o tomar acciones para reducirlos o evitarlos en el futuro, no son cosas que se plantee un guay que sea merecedor de tal nombre.

3. Racionalizan los comportamientos a posteriori.

Cuando hay una decisión suya o de otros, o algo que pueda ocurrir, no oirás razones de su boca antes de que se produzca el hecho. Eso sí, después de que ocurra, aparecerán millones de razones por las que eso tenía que ser así, y justo en ese momento y no podía ser de otra manera. En ese sentido son anti-Murpyi.

4. Son así.

Es un misterio donde se obtiene el carnet de “Ser así”, pero si tienes la oportunidad, querido lector, consigue uno, son cojonudos.

a) ¿Mandarle ese trabajo a Pepito? No, ya sabes como es. Lo haría mal. Se lo encasquetas al gilipollas de Juanito que es un comemarrones de libro.

b) ¿Que Pepito te ha dado un chillido? Él es así, ya sabes cómo es, luego se le pasa. A ti igual no, pero eso no le importa a nadie.

Pues eso. Es genial “Ser así”. No me digáis que no hay en vuestro trabajo/entorno nadie que “sea así”.

Finalmente, por fin, la pregunta.

¿Es esta mierda de forma de ser un comportamiento evolutivamente favorable?

Esta gente que va a su puñetera bola, como un elefante en una cacharrería, sin preocuparse de otros, que daña, que no recuerda ni se arrepiente, que no sufre emocionalmente por el mal que hace… esta gente… ¿vive más feliz que los que andan preocupándose por lo que hacen y por lo que hicieron? Y, por lo tanto, ¿viven más años y mejor, y acaban chingando con alguien y pasando sus genes de guay (si tal cosa existe) a la siguiente generación?

Aterrorizado por estas conclusiones (y con la bilis que me queda…) de momento, tomo una determinación: Voy a ser guay… con los guays. Eso mejorará mis posibilidades en el juego de la evolución y me calmará un poco.


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