El respeto ni se pide ni se gana, se exige.

15 marzo 2019

Lo primero sería precisar de qué hablamos, porque algunos definen respeto como admiración, otros cortesía (digamos un mayor miramiento que el que la educación básica pide), otros “auctoritas” (esa autoridad que te conceden por admiración o méritos y que lleva a que te sigan u obedezcan por voluntad y no por acatamiento), y así, variantes hasta el infinito.

Podría ser que mucha discrepancia venga de que no hemos acordado qué significa el término para nosotros.

Para mí tiene dos aspectos básicos y de esto es de lo que voy a hablar aquí:

Uno es la consideración a la condición de persona de cualquiera, lo que incluiría los derechos básicos, la integridad física, el honor, la intimidad, etc. Algunos prefieren llamarlo educación o civismo.

Otro tiene que ver con la situación en la que se está o la labor que se  desempeña. Por ejemplo, un moderador te da o quita el turno de palabra y eso debe respetarse en el ámbito de un debate.

Es frecuente oír decir que “El respeto hay que ganárselo” o que “Si respetas, te respetan”. Son dos frases que me activan diez mil alarmas.

Los derechos no se ganan, son derechos. Punto.

En este caso, que hablamos de puros derechos humanos, soy acreedor a ellos por mi propia condición de persona. No hay nada que ganarse, que pactar, de lo que deba convencer a nadie o que esté en la voluntad o capricho de nadie concederme. También me preocupan aquellos que respetan o piden respeto por “cosas” como la edad, los estudios, la posición social… ¿qué hacemos entonces con los que carecen de esos “atributos”? ¿No les respetamos?

Hablando como profesor, supongo que habréis oído más de una vez la enorme cantidad de tiempo que se pierde en las clases intentando poner orden. Si no sois profesores, quizá no sepáis cuánto trabajo y cuánto tiempo se invierte en encontrar maneras, estrategias, “inventos” (alarmas, semáforos, gráficos…) para conseguirlo. Creo que hemos perdido el norte.

¿Estamos diciendo entonces que cosas como el cuidado del entorno, que callen cuando el profesor u otro alumno está hablando, que no agredan verbal o físicamente… deben ser “ganadas”? ¿Que si al muchacho no le “gusta” la materia o tu forma de explicar, puede elegir incumplir algunas de esas facetas del respeto a las personas?

Pues mira, no.

Sería maravilloso que la gente fuera respetuosa de por sí, pero ya sabéis que unos lo son y otros no, que hay quien depende cómo le pille el día o le venga el aire, y ahí está el problema, ¿cómo debemos actuar con quien no nos respeta, con quien le explicas y le explicas que somos personas, que estamos en cierto entorno, y no le “convences”?

Porque hay chavales que son así. Y no es sólo por la edad, no os engañéis, los adultos también somos así, también está el que no entiende (o no quiere entender) qué hay cosas que son de otro, que hay cosas que son de todos… y no es porque no se le haya explicado, o porque tendría que ser evidente. No todos somos tan buenos como tú (te crees que) eres.

Me parece que venir de un mundo educativo mucho más autoritario, en el peor sentido, nos ha llevado al otro extremo del péndulo con malas consecuencias tanto para el trabajador como para los estudiantes (y los padres).

Y digo trabajador con toda la intención, porque fijaos: ¿Qué diríais si en vuestro trabajo se os insultase/agrediese dependiendo de la voluntad de vuestro jefe o compañeros? ¿No diríamos que es acoso laboral? ¿No hay leyes contra eso? ¿Es obligación contractual de los profesores tener que soportar esto? Podríamos decir lo mismo del personal sanitario… con el agravante de que ahí son adultos, mayormente.

En el entorno educativo se añade además que el profesor es la autoridad que debe garantizar el derecho a la educación (y el resto de derechos) de los menores que allí se hallan. Así que no sólo no tiene que asumir la falta de respeto, sino que está ahí para garantizar que no se produzca.

Por supuesto que deben explicarse y razonarse las normas… Y después, por supuesto también, deben hacerse cumplir. Cuando te cuesta media hora diaria explicar la misma norma, es que te están tomando el pelo. Cualquiera que trate con público general, con chavales… o que se mire al espejo… o se acuerde de cuando era niño, lo sabe.

Una derivada de eso de “ganarse el respeto” que no suele contemplarse es lo que estamos diciendo de aquellos que no son respetados, de los que reciben abusos puntuales o sostenidos. Les estamos culpando de lo que sufren. Precioso. Así que, el chaval al que roban el bocadillo, que insultan, que pegan… debe ganarse el respeto. Muy bien. Y el profesor, también. Si le insultan, que se esfuerce, que se lo gane, ¿verdad que sí? Es algo muy miserable, que espero se medite mejor cuando se dicen esas cosas.

Es respeto es un requisito para la interacción humana civilizada, no un objetivo, ni un deseo… ni un, “si os apetece”.

Curiosamente, estas cosas que se les “permite” a los muchachos, este elegir si respetan o no a los profesores y los centros de enseñanza… se acaban de manera abrupta a la mayoría de edad, cuando se les lanza sin miramientos a un mundo lleno de obligaciones, límites, frustraciones, porcojonismos… Un lugar donde tienes que llegar a la hora al trabajo o a la ventanilla, un lugar donde eso que le decías al profesor, si se lo dices al jefe te despide, si al policía te multa, si al juez… igual te vas a la cárcel. Un lugar donde el uso o la amenaza del uso de la fuerza te “explica” que debes acatar las normas. No es extraño que así tengamos a muchos chavales aterrizando en el mundo con un despiste considerable y llevándose unas cuantas tortas según salen al MundoReal.

Profesores, enseñemos lo que son los derechos y hagámoslos respetar, esa es una parte importante de enseñarlos. Es nuestro puto trabajo, somos los garantes de los derechos de esos menores. Respecto de nosotros, somos trabajadores, con nuestros derechos laborales (¡y humanos!). Cuando el entorno sea hostil, toca reivindicarlos y exigirlos, con los medios legales a nuestro servicio. No es tu culpa, no “va con el trabajo”. Hay entornos amables y entornos que no lo son, y cuando toca ponerse en tu sitio, hay que hacerlo. Es una incomodidad y una injusticia, pero así es la vida. Crezcamos.

Creo que hay que hacer hincapié también en esa terrible frase de “Si respetas, te respetan”.

Joder, ¿cómo puede decirse eso? Cualquiera que lleve diez minutos en este puto planeta sabe que esto no es necesariamente así. ¿Ha sido así en la vida de alguien?

Esto es el típico sesgo de la ilusión de control. A nuestro cerebro le encanta pensar que está en nuestra mano controlar los acontecimientos haciendo o dejando de hacer ciertas cosas. Es como aquello de “Si te esfuerzas, lo conseguirás” y todas esas mierdas que obvian la multitud de causas que influyen en cualquier fenómeno, que son generadas por otras personas, condiciones actuales (o previas) o el propio azar y que pueden ser completamente determinantes en el resultado.

No señores, puede que yo respete mucho a todo el mundo y que cualquiera me falte el respeto, pasa todos los putos días en todos los putos lugares. Vaya, te ha pasado a ti innumerables veces. Recuerda las mil veces que te han tratado mal sin que hubiera provocación alguna por tu parte… y si quieres hacer un ejercicio de humildad, piensa en las veces en que tú has tratado mal a otros sin provocación o justificación alguna.

Así que no, profesor, tu obligación es enseñar tu materia y civismo. Si todos los días debes invertir la mitad de la clase en convencerles de que te concedan el respeto al que tú y los otros sois acreedores por vuestra propia condición de persona, lamento decirte que te están tomando el pelo y lo que hacen es conseguir que se pierda la clase y tú habrás fracasado en tu deber de garantizar el derecho a la educación de esos menores.

P.S.: Me veo pisando charcos más de una vez que no son “míos”, quiero decir, que no son cosas a las que esté expuesto personalmente, por ejemplo, si hablo del paro juvenil, yo que soy funcionario y no tan juvenil. Pero es que sí son míos, porque son de todos.

En este caso en particular, habrá quien piense que soy un profesor que no se “sabe imponer”, al que los chavales no respetan porque “no tiene ni idea” y no le conceden la auctoritas aquella, o que me odian, que soy de “la vieja escuela”… en fin, cualquier cosa salvo leerse la argumentación e intentar entenderla. Desde luego no voy a discutir con trolls, pero sería divertido apostar, en lugar de discutir, y que se viniesen un día conmigo para ver que, en realidad, estoy más cerca del otro extremo en todas esas cosas.

¿Debería, entonces, callarme y dejar que cada uno hable de sus problemas? ¿Culparles de la hostilidad que sufren? Este Panadero vuestro, no.

Insisto, es mío también porque es de todos. Eso es ser un ciudadano en mi opinión.

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Profesores por azar

7 noviembre 2018

Fuente: Wikipedia

Una de las perlas que nos dejó ayer la Ministra de Educación en su comparecencia fue quejarse de personas que llegan a profesores por azar.

Cuando adjetivamos una palabra, cuando marcamos una situación, siempre se produce una diferencia que la distingue del conjunto de su misma especie. Si hablo del coche rojo, o grande, o del mío; será porque el resto de coches considerados no cumplen alguna de esas características.

Así que, cuando marcamos a la gente que llega a determinada profesión “por azar” será porque el resto habrá llegado por algo diferente al azar.

Primero habría que definir qué es eso de llegar por “azar”. ¿Será que en la tapa del yogur le ofrecieron una plaza de profesor? ¿Será que salió a trabajar y abrió la primera puerta que resultó ser de un colegio?

Y los que no llegaron por azar, ¿por qué llegaron? ¿Por el ejercicio de la voluntad? ¿Por el ejercicio LIBRE (glups) de la voluntad? ¿Desde cuándo? Si su voluntad de ser profesor sólo tiene la antigüedad de un año, ¿es “azarosa”? ¿Es libre?

A mis alumnos les mando como ejercicio que revisen sus vidas e identifiquen cómo fueron tomadas decisiones cruciales en ellas, qué participación tuvo su voluntad y qué participación tuvieron otros factores incontrolables (pero determinantes) que podríamos llamar “azar”. Como aún viven vidas cortas, les sugiero que pregunten también a sus padres cómo se conocieron, cómo eligieron estudios, cómo eligieron profesión, cómo llegaron a su primer trabajo…  Cualquiera que haga este ejercicio, si no se engaña demasiado, encontrará que su libertad y su voluntad tiene una influencia mucho menor de lo que nos gusta reconocer en sus resultados, por más que sea en lo único que podamos trabajar para mejorar nuestras posibilidades.

Pero no se preocupen, que el resto del discurso de la ministra y sus expertos (o la opinión dominante) ya ha encontrado cuál es ese antónimo tan buscado al “azar”. Y resulta que es…. (redoble)… la vocación. Acabáramos.

¿”La llamada del corazón”, “La llamada de Dios”?

Tócate las pelotas…

Si ya era difícil definir o identificar si hay alguna voluntad libre en nuestras vidas, ahora resulta que hay que oír la voz de la vocación para poder ejercer un trabajo, porque no se engañen, ser profesor es un trabajo.

Supongo que lo siguiente será realizar un juramento o quizá hacer votos. Esto empieza a parecerse más a un sacerdocio que a un trabajo realizado por un profesional en unas condiciones concretas y durante un tiempo estipulado.

No sé si reconocéis lo peligroso que es todo esto. Pensadlo respecto de cualquier otro trabajo, y cambiad vuestro estatus de trabajador en el de monja o cura. Mirad lo que eso significa respecto a la interferencia en el resto de vuestra vida, disponibilidad absoluta en tiempo y recursos, jerarquías abusivas, etc. No, ser profesor no es un sacerdocio. Basta de tonterías.

Yo mismo he hablado de la conveniencia de que el amor sea lo que impulsa tu vida, incluido el trabajo. Como profesor creo que es importante amar tu materia y a la gente que la enseñas, pero esto puede concretarse en poseer una buena formación en tu materia, disfrutar con ella y tener la suficiente empatía para tratar a tus alumnos con el respeto y cariño que se merece cualquier persona. Si a esto le añades una capacidad didáctica suficiente, tendrás un profesor digno.

Esto me gustaría poder decirlo de cualquier profesión. Si voy a la mercería a comprar hilo me gusta que quien me atienda conozca su materia y me trate con respeto y aprecio. Por supuesto cuando el trato con personas sea más cercano y la situación de las personas que atiendes más demandante, más necesaria será esa empatía, pero empatía, respeto y ya.

Quiero ser un profesional, quiero poder llevar una vida sana, tener un horario y atribuciones concretas y asequibles. No quiero ser el héroe o el mártir de un sistema que está mal diseñado, que cuenta con que la gente trabaje por encima de sus horas y atribuciones para el funcionamiento normal.

Así que no, no quiero irme a vivir al colegio, que todo mi día gire en torno a eso, tener que comprar el desayuno a chavales que les niegan una beca de comedor, pagar materiales a los que no tienen dinero para comprarlo.. no.

Quiero un sistema robusto que provea derechos para todos y que los trabajadores no tengan que vivir explotados para que los usuarios puedan ver sus derechos provistos.

Sé que muchos profesores sacamos a veces nuestra propia estima o nos definimos como personas desempeñando ese papel, contamos nuestras batallas con indignación, pero con un tufillo de orgullo, y es un error, tanto psicológico como laboral. Por eso escribí esta otra entrada con la que tanto os bombardeo en redes “Los profesores son un mal ejemplo”.

Por lo tanto, no, Sra. Ministra:

Que la decisión de tomar un trabajo tenga un año más o menos de antigüedad, no me hace más valioso que otro trabajador.

Mi trabajo no es mi religión. Es la forma en la que aporto a mi sociedad en la medida de mis capacidades y es sólo una parte de mi actividad humana que no se agota con mi condición de obrero. (Aprovecho para recordar que por esto mismo siempre repetimos que no formamos obreros en la educación pública, formamos personas.)

Que los trabajos tienen que estar bien definidos y los sistemas bien diseñados. Y, a partir de ahí, hablemos de evaluación del profesorado y de ver si se están cumpliendo las funciones para las que fuimos contratados. Hoy no dejamos de apagar fuegos y hacer más de la cuenta en un entorno hostil y de continua emergencia.

Finalmente, y como un hijo más de esos que nacieron porque nuestros padres no usaban medidas anticonceptivas, como alguien que llegó a esta tierra por el azar de que mis padres se conocieran y practicaran sexo sin demasiadas precauciones, le diré que no me siento un ciudadano de segunda e intentaré vivir con todas mis ganas una vida valiosa para mí y para mi sociedad, aunque, repito, no sea un hijo “vocacional”.


Vídeo. Charla en Eduhorchata

4 octubre 2018

Aquí os dejo mis Panaderismos sobre cacharrismo, metacacharrismo y la profesión de profe que anduve desgranando en Eduhorchata.

Mil gracias a Jordi (@xarxatic) por su invitación y al resto de organizadores.

Mil gracias también a todos los viejos amigos y a los nuevos que hicimos en ese ratito. Un privilegio quererse.

Muy recomendable que veáis también la charla de Marta Ferrero, sobre evidencias y prácticas educativas.


Al final innovar va a ser trabajar como una mula

26 marzo 2017

Estaba viendo esta interesante charla sobre educación en la Jornada que se organizó desde la Cátedra de Cultura Científica del País Vasco (aprovechamos para agradecer a Iñako su gran labor), cuando me saltaron algunas alarmas.

Lo primero que quiero comentaros es una realidad mil veces constatada y mil veces silenciada desde muchas administraciones. Lo que de verdad correla estupendamente con el éxito académico es el nivel socio-económico y cultural. El problema es que si decimos esto ya es más difícil culpabilizar al pobre de su estado, deporte de exhibición en esta sociedad nuestra.

En horizontal el nivel socioeconómico y en la vertical el logro académico

Captura de la charla que podéis ver también en la eitb

Más adelante nos cuentan los autores, Beronika Azpillaga y Luis Lizasoain, que para hablar de centros “exitosos” se concentrarían en aquellos que tuvieran un diferencial de logro mayor respecto a la tendencia que cabría esperar.

No os voy a desmenuzar la charla, os aconsejo que la veáis, pero es interesante como aparecen cosas que ya deberían ser evidentes: control más cercano del alumno, relación estrecha con las familias, trabajo en equipo, diferentes metodologías, etc.

Y allí estaba yo escuchando esto cuando empezó a resonar en mi cabeza: tiempo, tiempo, tiempo…

No sé si conocéis el concepto de “solución escalable” en ingeniería, se trata de que la solución que tú me das para un caso pueda servir también si en lugar de uno se dan muchos casos. Por ejemplo, a un alumno mío le falta un boli, pues yo se lo dejo. En cambio, si les falta un boli a cien alumnos… pues no puedo. Una solución escalable podría ser que cada alumno trajera dos bolis y pudiera dejarle uno a un compañero, eso vale para un alumno o para mil.

Volvemos a lo mío. Por ejemplo, control más cercano del alumno. En lugar de una redacción en inglés, le mandaremos dos y se las corregiremos lo más rápidamente posible. Si das clase a cuatro terceros y cada uno tiene unos 30 alumnos, estamos hablando de corregir 120 redacciones más. Así de simple.

Dejé un comentario en la entrada, no sé si tuvieron en cuenta esa variable, pero si el control detallado del alumno, la creación de proyectos colectivos entre docentes y su puesta en marcha, la formación, etc. se hace a costa del tiempo y la vida personal del docente, entonces no hablamos de eficiencia, hablamos de explotación oculta.

Esta explotación a veces es “elegida”, en realidad es un chantaje emocional que involucra tu preocupación por el alumno y tu propio autoconcepto como profesor vocacional. Tú sabes que si no haces ese trabajo extra el chaval y las clases van a ir mal… tú mismo.

Otras veces es impuesta, por inspección y administraciones, o por tus contratadores en la enseñanza privada y concertada. En cualquier caso, explotación laboral.

Así que me pregunto, si al final todas estas innovaciones, métodos, nuevos estilos y otras hierbas, al final son trabajar como una mula, ¿no se parece mucho esto a una empresa donde se presume de productividad cuando en realidad lo que ocurre es que los trabajadores echan dos horas más que ni se reflejan, ni se cobran?

Un conocido economista me discutía por tuiter que esas horas en una empresa generan unos gastos (suministros, material, etc.) que haría que en el fondo no subiera la productividad, pero él y otros muchos olvidan que aquí las “horas extra” se echan en una sala, en la cafetería, en tu casa usando tu electricidad, tu ordenador y tu conexión a Internet. Así que es el perfecto chollo, no sube la factura del cole un céntimo.

Una vez más:

  • Un sistema que depende de héroes o mártires para su funcionamiento normal es un mal sistema.
  • Las heroicidades locales no aseguran que el derecho que se debe proveer llegue a todo el mundo.
  • Sólo un buen diseño de sistema y su dotación asegura la provisión del derecho.
  • Los profesores podríamos estar dando muy mal ejemplo con ese comportamiento “comprometido” que no lucha por un cambio de sistema, sino que intenta tapar sus grietas, sin conseguirlo, y enseñando a las nuevas generación esa aceptación sumisa y lucha mal enfocada.

No eres tú, es el sistema

14 enero 2017

Cuando empieza el curso y no te llaman para que te incorpores y los chavales se quedan sin profesor, a veces dos semanas… No eres tú, es el sistema.

Cuando tienes una intervención médica programada con tiempo y tus alumnos se quedan sin profesor porque no se te sustituye… No eres tú, es el sistema.

Cuando acompañas a alguien que está a tu cargo al médico (joven o adulto) y no suplen tu ausencia… No eres tú, es el sistema.

Cuando se da la oportunidad de que te formes en tu tiempo de trabajo en lugar de tener que usar tu tiempo libre y no se suple tu ausencia… No eres tú, es el sistema.

Cuando usas tu derecho de días de asuntos propios (incluso sin sueldo) para… vaya, asuntos propios, y no se suple tu ausencia… No eres tú, es el sistema.

Cuando el derecho de los alumnos se provee gracias a que te conviertas en un héroe o un mártir, haciendo cosas que no son tu obligación y que te cuestan dinero, tiempo, que te quitas a ti y a los tuyos… No eres tú, es el sistema.

Cuando el derecho de los alumnos queda desprovisto porque se cuenta con que la gente hará cosas que no es su obligación hacer y esa gente no las hace… No eres tú, es el sistema.

Cuando te enfermas o, directamente, te mueres (de lo harto que estás) y el derecho de tus alumnos no se provee… No eres tú, es el sistema.

Cuando los alumnos no están en tu clase porque se han ido de excursión… No eres tú, es el sistema.

Cuando tú dejas de dar una clase porque te has ido de excursión con otros alumnos… No eres tú, es el sistema.

Cuando no hay alumnos porque es el día de la tortilla, el de las “pellas”, el último antes de vacaciones, etc. No eres tú, es el sistema.

Cuando dejas de dar una clase porque ha ocurrido algo y tienes que hacer “tutoría”… No eres tú, es el sistema.

Cuando las circunstancias como: número de alumnos, alumnos disruptivos, alumnos con problemas mentales, etc. te impiden dar una clase… No eres tú, es el sistema.

Cuando las estupideces con que demasiado frecuentemente vienen los inspectores te quitan tiempo de clase o de preparación o de descanso… No eres tú, es el sistema.

Cuando currículums mal diseñados, pruebas externas mal diseñadas y otras hierbas te impiden dar clase, o darla como se debiera… No eres tú, es el sistema.

Cuando estás fuera una semana para evaluar los papeles de los profesores que concursan para traslado de destino y no se te suple… No eres tú, es el sistema.

Podría seguir…

Es curioso cómo las clases son sacrosantas en ciertas ocasiones y muy prescindibles en otras. Eso es señal de que esas clases no le importan mucho a quien haya diseñado el sistema.

La clave para ver cuál es la causa de las cosas es, cómo no, ver qué es constante en todas esas situaciones. El problema no es que tú faltes, es que no se te supla, es hacer que la provisión del derecho dependa de un individuo concreto, al que es muy fácil culpabilizar de que el sistema falle.

Intentar etiquetar cómo poco éticas o inmorales a las distintas razones por las que uno deja de dar sus clases puede ser interesante para tomar acciones legales contra ese trabajador, pero la razón por la que los alumnos dejan de recibir sus clases no tiene que ver con eso, tiene que ver con que no se te supla.

Si caemos en eso, pasamos la responsabilidad de la provisión del derecho al individuo, no al estado, y les hacemos el caldo gordo a los ignorantes y malintencionados que socavan el estado del bienestar, incluso dejándolo por debajo de los simples derechos humanos.

Los derechos ni se deben si se pueden cubrir con heroicidades individuales o con mártires. Eso sólo son parches que pueden solucionar una situación puntual, pero para luchar por que se provea el derecho de TODOS los ciudadanos, hay que luchar por un SISTEMA.


Dime qué me preguntas y te diré quién soy

24 febrero 2016

Últimamente hablamos mucho, o eso me parece, sobre la evaluación de los profesores.

Y se nos cuela una falacia.

Evaluar no es medir.

No hay algo con un valor escondido y que nuestra medida revela, sería bonito pero no es así.

EVALUAR ES CONDICIONAR

En todos los ámbitos.

Dime QUIÉN va a evaluarme, dime QUÉ me va a preguntar, dime CÓMO va a preguntármelo y adaptaré mi comportamiento a ello.

Otra falacia que se cuela en el discurso es: Convengamos en que es necesario evaluar y después veamos cómo lo hacemos.

No, no.

Dígame usted qué evaluación sugiere y entonces le diré yo si me parece bien, por lo que mide, por quién se atreve a medirlo y por los comportamientos que generará.

¿Te suena raro?

Recuerda… Cierra tus ojos y recuerdaaaa….

Último curso en el instituto, ¿no estaban las clases completamente enfocadas a la Selectividad?

¿Estudias igual para un tipo examen tipo test, de desarrollo u oral?

Carnet de conducir. ¿Nos enseñaron a conducir o a poder aprobar?

¿Por qué hay gente que ficha en el trabajo a la hora y luego no hace ni el huevo? Porque le controlan (evalúan) su puntualidad y no su rendimiento.

Profesores universitarios que no enseñan, evaluados por su eficacia investigadora.

Y así, sigue y sigue…

Según las reglas del juego que tú pongas la población va a adaptar su comportamiento, aunque sean los mismos y se dediquen a lo mismo.

Así que no, queridos, “CÓMO” vamos a evaluar la efectividad de la educación es lo que dará forma a esa estructura educativa y generará comportamientos en los que la forman.

“CÓMO” vas a evaluar la enseñanza es LO PRIMERO a decidir.


Los profesores son un mal ejemplo

16 abril 2015

Sí, esos que echan la vida en el cole y su tiempo libre corrigiendo… precisamente esos, son un mal ejemplo, un terrible ejemplo de lo que debe ser un profesional.

Un profesional es alguien con quien se contratan unas prestaciones, que ofrece algunas habilidades y conocimientos en unas condiciones de tiempo y disponibilidad concretas.

Profesor, que quizá te has enfadado leyendo el título, ¿te reconoces en estas prácticas, nada profesionales?

1. Dedico más horas de las estipuladas al trabajo

Ya sé que es porque si no lo haces no puedes cumplir con lo que te piden, pero, ¿no ves entonces que tu pacto laboral es un engaño?

Te dejo como ejercicio que sumes las horas de trabajo, a un querido compañero le salían cincuenta y pico. Eso es adicción al trabajo… o explotación.

2. En mi trabajo utilizo recursos materiales propios y en ocasiones dinero personal

Y sé que no lo haces porque seas idiota, lo haces porque así solucionas situaciones. Preguntémonos entonces: ¿cómo está diseñado el sistema que necesita de eso para funcionar?

3. Ofrezco conocimientos o habilidades no contratadas, incluso me lo piden… o me lo exigen. Por supuesto sin contrapartida en tiempo, dinero, condiciones…

Sí, si tu sabes x (inglés, otra materia, algo extraescolar… hacer paellas) pero no es tu función. Ellos te contestan: “Ya, pero es que hace falta” Y, como hace falta… pues… ¿te toca a ti? ¿Es eso un sistema profesional? No somos una panda de colegas en un club pintando el que sabe, arreglando una silla otro… ¿O sí?

4. ¿Quieres que siga?

Creo que no hace falta, se ve la estructura del engaño clara:

a) Un sistema mal diseñado que necesita de estos comportamientos para que no colapse

b) La eterna confusión entre que algo deba hacerse  y que tenga que hacerlo yo.

c) El omnipresente chantaje emocional, “es por los chavales”, con el que cualquier abuso laboral se justifica.

d) El complejo de padres superprotectores que no dejarán que los chavales sufran ninguna consecuencia… ya la asumimos nosotros.

Bueno, si has llegado hasta aquí y te reconoces conmigo como uno de esos, digámoslo ya, pringao, igual te apetece que nos hagamos algunas preguntas:

1. ¿Qué consideración estás teniéndote a ti mismo, como persona y trabajador?

2. ¿Qué consideración estás teniendo sobre tus seres queridos que sufren las consecuencias?

3. ¿Qué presión haces sobre un sistema (para poder cambiarlo) que confía en que le saques las castañas del fuego echándotelas tú a la chepa y al que le das la razón haciéndolo?

4. ¿Crees que con tu comportamiento eres acreedor de ese respeto que no recibes del sistema educativo y de la sociedad? ¿No crees que la única dignidad que se concede es la que uno reclama para sí?

4. Compañero que me escuchas, buen profesor y mejor persona, ejemplo para tus alumnos… ¿son todas estas cosas las que les estás enseñando para que lleven una vida equilibrada, sana y feliz? ¿No crees que eres, al fin y al cabo… un mal ejemplo?

Como reflexión final, y repito que soy uno de ellos, te diré que estos comportamientos nuestros reflejan una mala manera de tratarnos a nosotros mismos y constituyen un mal ejemplo para esos chavales que queremos. Y esto me duele, no sé si aún lo suficiente para cambiar, pero me duele.


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