¿Qué ha pasado con la motivación intrínseca?

6 octubre 2019

Moto pequeña con pedales

Fuente: Wikipedia

Los que vivimos la infancia del “Si apruebas te compro la moto”, fuimos aleccionados luego como profes con que eso era “motivación extrínseca”, ajena a la disciplina particular, un pelín “tramposa” a corto plazo y que, a largo plazo, resultaba poco efectiva para asegurar que los conocimientos perduraran.

Más o menos en la misma infancia disfrutábamos también canturreando con Mary Poppins: “Con un poco de azúcar en la píldora que os dan…”.

Y ahora, desgraciadamente, nos vemos ENTERRADOS EN AZÚCAR.

El número de “metodologías”, “pedagogías”, “innovaciones” (las comillas muy intencionadas) cuyo principal fin y método es edulcorar un contenido que (supongo) que se presume amargo, es legión.

Ya os hablaba de que era un fenómeno común también en los medios de comunicación respecto a los contenidos científicos.

¿Podría ser que ni siquiera quien transmite conocimientos crea que son apasionantes, divertidos, interesantes?

¿Quizá sí los encuentra así, pero no cree que pueda ocurrir para otros?

¿Qué podemos esperar de quien tan poco cree en el propio contenido que quiere contar?

¿Dónde quedó la motivación intrínseca? ¿Dónde el placer de conocer una disciplina? ¿Son idiotas cada uno de los millones de personas que disfrutan realmente con una disciplina?

De acuerdo, busquemos el vehículo para contar nuestra disciplina, pero CREAMOS en ella, en su poder de seducción, de fascinación. Que el vehículo no se convierta en lo principal… o en lo único.

Cuando un juego para aprender se convierte sólo en un juego, cuando hay que plagar de contenido no científico un programa científico para que no sea un tostón, cuando nunca se puede abandonar el vehículo porque sin él, el contenido es insoportable… hemos perdido.

No hay pocos que crean en lo que cuentan y que lo cuenten bien.

Hagan por buscarlos, hagan por buscarme… y su experiencia del mundo crecerá junto con su disfrute. Sin disfraces. Con su propia belleza.


De vectores, esfuerzos y hombres

19 julio 2014

A estas alturas, ¿quién no ha oído hablar de la “cultura del esfuerzo”, de que tal o cuál persona no se esfuerza, refiriéndose a trabajadores, alumnos, hijos…?

Vale, pues ya me habéis enfadao’.

El esfuerzo… ¡es un vector, joé!

A ver dejadme que me explique.

Si te pregunto por la temperatura, pues me das un número y sus unidades y listo: 35ºC, ¡caló! Punto.

Pero si me hablas de una fuerza, por ejemplo, necesito más datos.

–          Punto de aplicación

–          Dirección

–          Sentido

Necesito saber dónde vas a aplicar esa fuerza, si va a ser en la dirección vertical, horizontal o en qué otra… y también su sentido. No olvides que una fuerza vertical puede ser hacia arriba o hacia abajo.

Esto se soluciona fácilmente pintando una flecha, un vector. Su longitud me da idea de su intensidad, y ya veo en qué dirección y sentido apunta. Llamamos magnitudes escalares a las que son como la temperatura y vectoriales a estas últimas.

Dejando esto claro.

Cuando alguien habla de que un chico se tiene que esforzar, me lo imagino apretando sentado en el medio de una habitación vacía… lo mejor que puede pasar es que le escape un traque.

¿ESFORZARSE PARA QUÉ? ¿HACIA DÓNDE?

Permitidme la metáfora, el esfuerzo es un vector. Uno se esfuerza para conseguir un fin, y si no hay tal fin o te interesa un pepino, pues entonces no te esfuerzas y punto.

Pero eso es cierto para PEQUEÑOS Y MAYORES y también para ti.

Los padres se quejan de que los chavales han sacado un notable sin esforzarse, y eso no les gusta… Cuando dicen esto yo me imagino a ese corredor que llegando a la meta “se deja ir” haciendo una marca menor de lo que podría haber hecho.

Para mí los dos actúan de igual manera: Han alcanzado el resultado que deseaban y cesan en su esfuerzo.

Pero vamos, si no os gusta el ejemplo, podéis mirar en vuestros corazoncitos y decirme cuán diferentes sois de esos chavales, cómo seguís esforzándoos en cosas que no os producen un resultado apetecido. Salvo en los casos en que una fuerza externa os obligue por imperativo genital.

¿Dónde quiero llegar?

Pues a que dejéis y dejemos de hablar de que los chavales se esfuerzan o no, y empecemos a hablar de metas, de fines. De qué queremos para ellos y qué quieren ellos para ellos mismos. De cuáles de esas metas nos corresponde a nosotros fijarlas y cuáles otras debe ser su prerrogativa elegirlas.

Si queréis que se esfuercen en llegar a vuestras metas (y esto vale también para gente que tenga personas a su cargo, líderes de equipo y tal), lo que tendréis que conseguir es que ellos hagan suyas vuestras metas.

“Si no lo haces te meto una patá en la cabeza” o  “Si lo haces te compro una moto” son motivaciones llamadas extrínsecas y que no tienen que ver directamente con el logro que se va a conseguir. Esto puede solucionar situaciones puntuales, crisis y cosas por el estilo, pero hay cierto consenso en que tienen corto recorrido.

Pero si lo que deseas es que alguien tome gusto por la lectura, la biología, el orden en sus cosas, el cuidado por el detalle… o lo que se te ocurra, y que eso le acompañe el resto de su vida, entonces necesitas que el propio asunto le resulte motivante (motivación intrínseca).

Ya, ya… y eso, ¿cómo se consigue?

Bueno, yo te dejo mi respuesta y tú verás, que ya hago bastante escribiendo en vacaciones.

En mi opinión, si eso de lo que hablamos es una meta o una pasión tuya, es porque le ves belleza, porque disfrutas haciéndolo (a no ser que quieras motivar a los demás a hacer lo que tú no deseas hacer o no disfrutas… actividad con poco futuro).

Pues ahí lo tienes: Cuenta esa belleza, muestra esa pasión, explica por qué te emociona, comparte la actividad y hazles ver dónde se te humedecen los ojillos… sí, aunque sea estudiando física. A los que nos gusta, nos pasa.

Recuerda que la utilidad de esa tarea no fue lo que te hizo amarla, así que no vendas utilitarismo tampoco a los demás.

Una vez más, la cita atribuida a Feynman: La ciencia es como el sexo, puede que sirva para algo, pero no es esa la razón por la que la hacemos.


¿Para qué coño vale esto?

8 febrero 2011

Esta pregunta, (disculpen el término) aparece de cuando en cuando en labios de profesores, padres o alumnos… y el resto del tiempo permanece latente en muchas de sus cabezas.

Con frecuencia intentamos dar respuestas utilitaristas… con escaso éxito.

Que la ciencia, o cualquier otra disciplina, sirva para esto o lo otro… justifica su existencia, no que yo deba dedicar un minuto a su estudio.

Por ejemplo, recoger la basura a diario es una actividad de lo más importante y prioritaria, pero no nos ocupamos de ella, la dejamos para otros, independientemente de su importancia.

Si construimos argumentos que justifican el estudio de nuestra materia, pero van en contra del de otras… no hacemos más que defender nuestro chiringuito, no la necesidad del estudio en sí. Con eso sólo conseguimos que esta pregunta se la hagan a otros.

Como hoy he tenido esta conversación en una clase, os propongo el punto de vista que yo les doy a mis chavales, con la misma intención con la que se lo cuento a ellos:  que lo consideren y lo acojan si les parece bien y lo dejen a un lado en caso contrario. Con la ventaja de que no alude a una asignatura u otra, sino a la idea del estudio en general.

1. Buena forma mental

Me sorprende cómo nos preguntan para qué vale estudiar poesía, logaritmos o filosofía y nadie le diga nada al de educación física que hace correr a los chicos en círculos… vaya, que acaban justo donde empiezan.

En la actividad física todo el mundo asume que una buena forma te hace vivir con más comodidad y mejora tu salud.

Pues en la actividad mental pasa lo mismo, ejercitar el coco lo mantiene en buena forma. Ese coco con el que piensas, tomas decisiones, construyes tu vida, tus relaciones personales, laborales… Ese coco que a veces te ayuda a ser feliz y otras veces es la causa de tu desgracia.

Para los adultos es bastante sano comenzar actividades nuevas que impidan que “eches barriguita” mental y te acomodes… aprende a hacer algo nuevo, un hobbie, una habilidad… Sabréis que a los mayores les recomiendan hacer aunque sea sudokus o crucigramas para luchar contra la pérdida de facultades.

2. Desarrollo de distintas habilidades, capacidades… completarte como persona.

Si sólo hubiese que estudiar aquello que tiene una aplicación directa, económicamente rentable a ser posible, habría que cerrar todo lo que oliese a arte. La música, la educación plástica, la literatura… closed.

Me gusta pensar que somos algo más que un miembro de una cadena de montaje que come, caga, monta cacharros y se muere a los 67 sin cobrar ni un sólo día de pensión.

Que nuestros chavales (o nosotros mismos) pasemos un buen rato combinando pinturas de colores o intentando sacar algo musical de una flauta, desarrolla partes de nosotros distintas a las que tienen que ver con factorizar un número o apretar una tuerca y que también son importantes si deseamos un desarrollo integral de la persona.

3. El futuro es impredecible

Aunque este es un argumento utilitarista, y me parecen suficiente los dos anteriores, sí creo que produce una reflexión interesante en nuestros alumnos.

Ya que la pregunta del título suele ser una versión reducida  de “¿Para qué coño quiero esto si yo me voy a dedicar a aquello?”.

La vida es impredecible (gracias a dios!) y no es fácil saber hacia donde te va a llevar y, quizá más importante, cómo cambiarán tus intereses, que evolucionan. Este hecho no siempre lo tienen presente los chicos que, por su juventud, piensan que sus intereses o su forma de ser, “siempre” han sido así y siempre lo serán… un “siempre” que quizá abarque cuatro o cinco años a lo sumo.

4. Ayudita extra

Dicho todo esto, como a mí me desagradan o aburren mortalmente algunas cosas, debo reconocer y admitir que a mis chavales les aburrirán otras cosas, quizá mi asignatura, sin culparles de eso como si fuera algo moralmente condenable.

Hablando de esto me gusta hacerles esta reflexión.

Esto que te parece un tostón, es la ocupación jubilosa de cientos de miles o millones de personas en el mundo.

Establezcamos hipótesis.

– Primera hipótesis:  son imbéciles.

– Segunda hipótesis: esto tiene que tener algo de gracia escondida en algún sitio.

Como es tanta gente, creo que debemos descartar la primera hipótesis… Sí, a mí también me cuesta descartarla en algunos casos, pero seamos buenos.

Así que, si abrimos los ojos y miramos con cierta apertura a esa disciplina, buscando dónde se esconde eso que les emociona a los frikis de turno, probablemente nos facilite su estudio.

Finalmente para mis compañeros profes, os diré que cuando no les intentamos vender motos y les contamos razonadamente cosas verdaderas la respuesta es bastante positiva.

Esta entrada está dedicada a mis alumnos presentes, pasados y futuros, y a mis compañeros profes.

Imagen: Academia de Platón de Rafael en wikipedia


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