Quiero una ley que me proteja, no un mártir que me inspire.

Un conocido articulista, (al que le agradezco desde aquí su lucha por Lo Común), Antonio Maestre, ha titulado un artículo “Una izquierda que ofrezca su cuello al cuchillo” y no puedo evitar escribir un post. Ya me perdonaréis…

Empecemos diciendo que todo esto viene al hilo del asesinato terrible y la decapitación posterior de un profesor en Francia por poner imágenes satíricas sobre el Islam en su clase. Sin duda los hechos, pero también las actitudes que acaban allí, deben ser confrontadas por la ley, los estados y los individuos. Y aquí se enmarcan artículo y post.

Muy de acuerdo con el fondo del texto de Maestre, pero creo que cae en un sutil error secular del que debemos librarnos ya, precisamente para la lucha que él defiende.

¿Habéis oído decir alguna vez que el mejor juez o el mejor policía serían aquellos que no quieren el puesto? Una exageración que pretende mostrar que el uso de la fuerza deberían ser ejercido por aquellos más reticentes a hacerlo entendiendo que lo harían con la mesura necesaria. En nuestra educación se suele unir “el Bien” con una austeridad “genérica” que incluye a menudo ese rechazo por el poder, aunque luego necesitamos, precisamente, a gente buena que lo ejerza, que desee ejercerlo.

Repitan conmigo: Lo único que garantiza que el derecho esté provisto para todos es un sistema.

Frente a esta necesidad, un hecho: somos muy amigos de los héroes y mártires, están en nuestras mitologías desde siempre y son nuestros referentes humanos e ideológicos. Ni que decir tiene que pagamos todos los días por ello en las estructuras de nuestros partidos políticos articuladas en torno a líderes y no a ideas, pero quiero ir un poco más allá.

Yo no quiero una izquierda que ofrezca su cuello, que se ofrezca como un mártir más para servir de ejemplo y estimular corazones. Quiero un sistema de protección de derechos.

Quiero una ley que me proteja, no un mártir que me inspire.

Quiero la fuerza del estado, la fuerza de lo común, la fuera del sistema que no tolere que se pisoteen mis derechos más fundamentales.

Soy educador y sé, quizá por eso, que una parte ineludible de educar es mostrar los límites y aplicar los costes cuando se rebasan. Pero en la vida en sociedad hay que ir más allá, el respeto a mis derechos no puede esperar a que los demás lo “entiendan” y estén de acuerdo. Si lo entienden, estupendo. Si no, que acaten la ley.

Me enseñaron que la democracia era el gobierno del pueblo. No la posibilidad de martirizarme hasta que la gente estuviera de acuerdo con mis derechos. De hecho, entiendo que la organización en un estado democrático tiene que ver con tener la fuerza necesaria como grupo para defender lo común frente a actores individuales con mucha más fuerza que el individuo aislado, desde las empresas hasta otros estados.

Por lo tanto, yo no quiero una izquierda o un gobierno que ofrezca el cuello ante un cuchillo, quiero que el sistema le quite el cuchillo, que le sujete la mano, o que ponga a esa persona fuera del alcance de mi cuello. Y fíjate que no digo mi cuello fuera de su alcance, digo su alcance fuera de mi cuello, no es la víctima la que tiene que huir, como tantas veces pasa.

Juraría que Antonio Maestre está de acuerdo con la mayoría lo dicho aquí, que me corrija si lo desea, y mi intención no es enmendarle la plana (yo también estoy muy de acuerdo con su artículo), pero creo que, como explicaba en “El respeto no se gana ni se pide, se exige”, tenemos que dejar de pedir derechos, para exigirlos. En mi opinión, para este objetivo, la figura del mártir no ayuda.

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