Trabajar en lo tuyo

¿De quién son mis talentos?

¿Quién se beneficia de ellos? ¿Yo? ¿Otros?

¿Cómo se reparte el valor que añado?

Últimamente, personas de la generación que me precedió, de bajo nivel socioeconómico y en épocas complicadas de guerras y posguerras, me han contado historias sobre la vida hace cincuenta o sesenta años. Suenan como algo de película para nosotros, sus hijos, ya en otras circunstancias geopolíticas y socioeconómicas (en gran parte por el esfuerzo que hicieron ellos por nosotros).

Me ha llamado mucho la atención la concepción del trabajo: muy dependiente de las circunstancias (se trabajaba de lo que “había”, un familiar te decía que había plaza en su fábrica e ibas para allá), desde muy niños y muy trabajosamente. Como veis bastante alejado de la concepción de trabajo que tenemos sus “acomodados” descendientes que tuvimos acceso a formación, que queremos trabajar en lo “nuestro” y que definimos buena parte de lo que somos por el trabajo que desempeñamos.

Muy lejos de mi intención caer en “antes estaban mejor”, pero creo que hemos distorsionado el papel del trabajo en nuestras vidas, para perjuicio nuestro… y beneficio de otros.

¿Quién no quiere trabajar en lo suyo? ¿No es una ventaja poder desempeñar una labor que te agrada? Por supuesto que es una ventaja. Mi pregunta es: ¿Para quién debe serlo?

En tiempos confusos hay que repasar conceptos básicos. Recordemos que en el trabajo por cuenta ajena, cedo parte de mi tiempo, capacidades, conocimientos a otro que obtendrá un rédito económico por ellos, del cual yo recibiré una parte. Y ese es mi pago, esa parte del rédito económico, motivada porque quien me contrató consigue también un rédito económico.

Esto que parece evidente cuando encaramos un trabajo “alimenticio”, algo que hacemos porque tenemos que trabajar, pero que no nos agrada particularmente, se desdibuja bastante cuando hablamos de trabajos “vocacionales” o de trabajar en lo de uno. En estos casos parece que poder desempeñar esa labor ya es un privilegio y, por lo tanto, un pago, parte de tu “salario”. En algunos casos se extrema tanto, que poder hacer lo que te gusta se convierte en el único pago: escritos que te dejan “firmar”, apariciones en medios que te dan “visibilidad”, charlas o conferencias gratis, obras artísticas gratis, actuaciones musicales por las cervezas, etc.

Así que resulta que tengo cierto talento y gusto por una actividad, pero, en lugar de ser una ventaja para mí, se convierte en un inconveniente. No soy yo el que saca beneficio de escribir un artículo con gusto, es el propietario de la revista quien deja de pagarme gracias a mi “gusto”. Pues vaya negocio que he hecho.

Me recuerda también el caso de las personas con ciertas características físicas o mentales que se convierten en una carga o una obligación en lugar de ser una baza que pudieran jugar en su beneficio. Personas altas que deben jugar al baloncesto, personas de altas capacidades que deben estudiar varias carreras o hablar tres mil idiomas. Por supuesto, el problema está en el deben.

Mis talentos, mis habilidades, mis características sobresalientes… comparten algo, y es que son MÍAS. Así que seré yo quien deba beneficiarse de ellas o disponer su uso para bien de otros a mi personal criterio. Serán MI baza, ni una carga, ni algo que usa mi empleador u otros a su antojo para su beneficio y, en ocasiones, para mi perjuicio.

Para los que nos precedieron era la presión vital de la subsistencia la que obligaba a que el trabajo mediatizase la vida: horas sin cuento, cambios de ciudad, vivir lejos de los suyos, viajes interminables… lo que fuera por tener un trabajo, lo único que daba acceso a comer y vivir bajo techo a la gente de clase trabajadora. Hoy, aquellos a los que nos repartieron más cartas y mejores, andamos también mediatizados por el trabajo. Es cierto que seguimos siendo clase trabajadora, tenemos que trabajar para vivir, pero no parece que le estemos sacando ventaja a las más y mejores posibilidades objetivas que tenemos respecto a ellos. Seguro que muchos os reconocéis en “horas sin cuento, cambios de ciudad, vivir lejos de los suyos, viajes interminables…” pero no desde la cabina de un camión cargando y descargando lo que fuera, sino con vuestro título universitario y vuestros trabajos de “corbata”. ¿Qué ha pasado?

¿Más carga de trabajo es tu premio por trabajar rápido y bien? ¿Menos sueldo es tu premio por disfrutar de tu actividad? ¿Trabajar gratis “como hobby” es tu premio por tu vocación?

En mi opinión, otros han capitalizado lo que somos y sabemos. En algunos casos hay un miedo más o menos fundado al desempleo y eso puede justificar todo lo que tragamos, pero a los que somos funcionarios sólo nos queda el sesgo, y no penséis que se diferencia mucho del de otro trabajador. Creo que incurrimos en confundir lo que somos y en lo que trabajamos. Olvidamos que la vida tiene múltiples facetas, que no somos profesores o médicos, algo que sabía el operario, o que al menos no somos sólo, ni principalmente, profesores o médicos.

Hay mucha gente protestando porque “deciden” prolongar su actividad laboral como “hobby” y se les critica. Más allá de las múltiples derivadas problemáticas que tiene eso para su trabajo, la estimación de su carga laboral, la externalización de costes en formación o equipamiento, y las implicaciones para otros trabajadores que no pueden, o quieren, hacer eso… bueno, pues más allá, está la dimensión simplemente humana del asunto. ¿Cuántas horas tiene el día? ¿Cuántas le dedicas a esa actividad? ¿Cuántas quedan (el día es limitado) para otras? ¿No hay nada (o nadie) más importante o urgente y que está recibiendo menos atención de la que le corresponde… incluido tú?

Bueno, no sé si se me entiende… resumiendo.

No olvidemos que trabajamos para vivir y no a la inversa, que nuestros talentos y capacidades están, primero, a nuestro servicio y que somos mucho más que una profesión, por interesante que sea, somos personas con toda la grandeza que esconde esa palabra.

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