Tu vida no es tuya

Niños jugando AMPE

Fuente: Wikipedia

Si alguno pasa el filtro de tan desagradable título, le invito a que me acompañe en unas, tampoco demasiado lisonjeras, reflexiones.

“Yo no pedí nacer” se dice a veces en broma y a veces entre lágrimas, siendo algo muy cierto en ambos casos. Incluso aquellos que creen en realidades trascendentes convendrán conmigo en que la ausencia del recuerdo de esa decisión hace que, en la práctica, el sentimiento sea similar al de los demás.

En nuestra especie los recién nacidos vienen al mundo desvalidos, incapaces de sobrevivir durante un largo periodo de tiempo sin el cuidado de los padres y de la tribu. Como era ayer, es hoy.

El cuidado sanitario, la alimentación y el cobijo no son un “regalo” que se hace al recién nacido, es una OBLIGACIÓN de los padres y de la tribu, como se refleja en los Derechos (sí, con mayúscula) reconocidos internacionalmente y en la legislación particular de cualquier país mínimamente civilizado.

Tu vida, pequeñín, no es tuya, es NUESTRA, la obligación de protegerla y hacerla florecer con la educación, el respeto a la infancia, es DE TODOS. Insisto, no de los padres, DE LA SOCIEDAD y, por eso, pagamos con los impuestos de todos la provisión de los derechos de ese ciudadano que es el niño.

Hasta ahora seguro que me lees asintiendo y preguntándote dónde está la amargura prometida, inflamado en el orgullo por los Derechos de los niños y niñas… Claro, siempre es cómodo el punto de vista de los derechos, pongámonos ahora en el de los DEBERES.

Movamos nuestra posición, ahora ya no somos niños, somos adultos que pertenecemos a esa tribu. Vaya, pues resulta que ahora mi vida no es sólo mía… porque el Panadero este, dice que le debo noséqué hostias a una panda de mocosos que anda por ahí. Cagüentó.

Queridos míos, vivimos en una manada, en una tribu, en una sociedad… juntos, vaya. Eso nos colma de derechos y obligaciones, piensa en unos y otros como un regalo o una carga, pero no olvides que unas veces serás proveedor y otras, usuario, y que sin los que proveen es imposible su existencia. Ambos aspectos están indisolublemente ligados.

Sé que jode sobremanera que alguien cuestione que yo haga “lo que me dé la gana”, pero es que la vida en sociedad matiza, limita y condiciona (si lo piensas en negativo), pero a la vez, crea posibilidades, tiempo y seguridad para que el margen de lo que te puede “dar la gana” sea más amplio.

A esto se le añaden nuestros “contratos voluntarios”. Aquello de “mi vida es mía y de quien yo quiera”. ¿Te has emparejado? ¿Has llegado a acuerdos, límites en vuestra relación? ¿Has tenido un hijo? ¿Tienes amigos y (placenteras) “obligaciones” derivadas de esa amistad, como la compañía mutua? ¿No son todos esos “contratos de cariño” a los que ELEGIMOS “atarnos” ? ¿Y no los hemos elegido porque sentimos que hacen nuestra vida mejor? Ya apuntaba este tema en Papá, has matado a mi padre.

Por supuesto, nadie puede impedirte “romper” todos tus contratos, incluso dejando “deudas” aquí y allá, y largarte a una isla desierta o a la puta jungla, pero… mucho ojo… puede que allí te veas en los debates de los que huías aquí, discutiendo de política alimentaria con un león (en tu nuevo papel de comida) o sobre soluciones habitacionales con un oso en la cueva donde ibas a dormir. Quizá tengas mejor suerte con ellos que con nosotros.

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