¿Decís lo que queréis decir?

¿Qué diferencia hay entre “Vaya día de mierda en el trabajo” y “Mi trabajo es insoportable y quiero cambiar”?

¿Qué diferencia hay entre “Mis hijos hoy están inaguantables” y “Quiero renunciar a la custodia de mis hijos”?

¿Qué diferencia hay entre “Me encanta la programación” y “Todos los estudiantes deberían aprender programación”?

¿Qué diferencia hay entre “Mi situación vital me resulta durísima” y “No hay nadie con una pena como la mía”?

¿Qué diferencia hay entre “Qué bien vivís los solteros” y “Me quiero divorciar”?

¿Qué diferencia hay entre “Esto TIENE que estar para mañana?” y “Sería ventajoso que esto estuviera para mañana”?

Pues lo mismo de siempre… confundir lo particular, lo privado con lo universal.

El lenguaje está para entendernos y ya he contado más de una vez que he elegido ser claro con mi expresión y no “interpretar” a la gente. Digo lo que quiero decir y escucho lo que se dice. Esto me ahorra mucha manipulación que se hace con lo sugerido, y mucho malentendido.

No es difícil elegir entre las expresiones de arriba. Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a tener un día de estar hasta la gónadas y cargarse en los dioses propios y ajenos, pero tengamos cuidado, porque en estos subidones de universalidad, a veces proponemos iniciativas que pueden tomarse en serio, tomamos decisiones (personales o laborales, para nosotros o para otros) que tienen consecuencias o hacemos entender a los amigos que tu situación vital es de cierta manera y les preocupamos, o les hacemos perder el tiempo en intentar ayudarnos en algo que era un simple “Joder, estoy hasta las pelotas, me tomo una Fanta contigo y se me pasa”.

Me resulta curioso ver qué intensos se ponen algunos con la ortografía, particularmente con reglas que cambian de un día para otro por el puro acuerdo de un puñado de personas, y lo poco que importa expresarse universalmente cuando no toca, lo que sí retuerce el lenguaje y dificulta la comunicación, lo que era su objetivo primario.

También es curioso escuchar a la gente quejarse de que no se le haga caso, cuando frecuentemente usan palabras que dicen lo que después resulta que no querían decir.

No es tan difícil elegir los términos. No es tan difícil evitar palabras como siempre, nunca, todo, nada… universales, vaya.

Hay mucha diferencia entre “Nunca me haces caso” y “Algunas veces no me haces caso”. Es tan evidente que lo primero es falso como que lo segundo es casi imposible que no sea cierto.

Por esto, uno de los protocolos que os proponía en La Cordura de Saberse Loco es ser literal y subrayar lo que decís con vuestros actos.

Todos sabemos lo en serio que nos tomamos a la gente que sabemos que no habla por hablar. ¿No quieres ser uno de ellos?

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