Si me quieres convencer, no me mientas

Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons

Como ya sabréis soy profesor de instituto.

Dedico mucho tiempo a hablar con mis alumnos de temas “transversales”, ya sabéis, esas cosas a las que nos obliga el compromiso educativo personal y, no olvidemos, la ley. Esas cosas que cuando van en la línea de tu pensamiento llamas “formación” y cuando no, “adoctrinamiento”. Esas cosas.

En muchos aspectos, los profesores tenemos un feedback inmediato y descarnado, algo que no todos los comunicadores tienen, porque ya sabéis que la suma de fans y trolls no es un indicador bueno para casi nada. Nosotros, en cambio, tenemos ojos que brillan, otros que se cierran de sueño, gestos de desagrado, palabras de agradecimiento… y todo sobre un número de personas relativamente grande como para ser significativo.

Os diré que mis alumnos se quejarán probablemente de defectos personales y profesionales (en ocasiones con toda la razón), pero no podrán quejarse de que les “venda motos” a sabiendas. Les hablo muy clara y sinceramente, exponiéndome en lo personal y laboral, de lo que creo que deben saber y de lo que entiendo cierto.

Más allá de que es una postura vital que trasciende este aspecto profesional, diría que también es una buena estrategia comunicativa, aunque se opte con frecuencia por contar mentiras fáciles y (aparentemente) efectivas.

Lo vemos a diario en expresiones como “Cómete la sopa, que viene el Coco” y otras para adultos con distintos “Cocos” que sabemos tan aterradores como falsos o exagerados.

En otras ocasiones pasamos por negar nuestra humanidad, nuestra emocionalidad, nuestra irracionalidad y esperar que eso surta efecto. Por ejemplo, la idea de una alimentación sana, frente a la “tentación” de comer un pastel. Es fascinante que sigamos pensando que ganará “la cabeza”.

Por supuesto que es tentador comerse un pastel, quedarse con lo que no es de uno, buscarse las mañas para pagar menos impuestos (o directamente defraudar) y un montón de etcéteras que podéis listar en vuestras cabezas.

Os oigo protestar… “A mí no me tienta quedarme con lo de los demás”, bueeeeno, bueno. De acuerdo, entonces, ¿crees que es para ti para quien va el mensaje sobre eso? ¿Es a ti, que odias el dulce, a quien se le está intentando convencer de no comer tantos pasteles? Tenemos que pensar que el mensaje que estamos componiendo va dirigido precisamente a quien sí le parece bien, o al menos tentador, aquel comportamiento contra el que estamos hablando. Si no, estaremos predicando a conversos, actividad tan sencilla como inútil.

¿A dónde quieres llegar, Panadero nuestro?

Pongamos el típico ejemplo de “¿Con factura o sin factura?”, lo que se traduce en “¿Pagando impuestos o sin pagar impuestos?”.

Si digo que hay que pagar impuestos porque es mi deber, un grupo de adultos asentirá con la cabeza por “urbanidad” y luego seguirá haciendo lo mismo que antes. En un grupo de adolescentes, no pocos levantarán ostensiblemente una ceja cuando les digas que podemos estar hablando de que paguen 60€ más en una factura de 300€.

¿Les digo entonces que da igual, que no necesitan ese dinero, que no “apetece” quedarse con esos sesenta eurazos? ¿A mis muchachos de clase obrera? ¿Es que no preferiríamos todos una rebaja de de sesenta euros en esa factura?

Digamos la verdad, la pura y descarnada verdad.

Sois obreros, la provisión de vuestro derecho depende necesariamente de un sistema público ya que no tenéis patrimonio, acceso a crédito ni contactos para afrontar un problema grave de salud, educación, justicia, etc.

Los impuestos que os pretendéis ahorrar son los que acortan la lista de espera de la operación de tu familiar, proveen una justicia que no dependa de vuestra capacidad de pagar un abogado o la atención educativa de vuestros pequeños.

Esto genera un argumento emocional y verdadero que podría contraponerse al otro argumento emocional de la tentación en el momento que haga falta. No es una “consigna moral” repetitiva y racional que no hace mella, ni es un falso Coco que mañana deje de atemorizarme y, por lo tanto, de moverme a la acción.

Así que, cerrando el círculo, fíjate que estoy haciendo justo lo que acabo de explicar. Estoy intentando convencer a aquel que miente para convencer de que deje de hacerlo, y no lo he hecho mintiendo… ya me diréis si ha dado resultado.

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